n la epoca del sistema de residencias médicas que participé, tenían
una
estructura rígida y autoritaria.
Los médicos recién recibidos iniciábamos el aprendizaje real de la
Medicina
en el Hospital, con pacientes y en una estructura médica educativa
continua.
Comenzábamos con el manejo cotidiano de las internaciones de los
enfermos,
con la vida hospitalaria compleja donde tratamos de cuidar y resolver
los
problemas de Salud, facilitar un futuro distinto en mejoría y
estabilidad.
Una estructura jerárquica con jefes e instructores y residentes con
distintos grados y poder: de tercero, de segunda o de primera.
Los médicos- alumnos repetíamos y perpetúabamos la modalidad cultural
de los
jefes y de sus subordinados.
El servicio de cardiología priorizaba la investigación en
electrofisiología.
Comenzaba a ser un laboratorio clínico de experimentación.
Publicar trabajos científicos era la meta. Aumentar la fama de sabios,
competir con los otros lugares con mejores presupuestos y organización
administrativa.
El jefe era una especie de Zeus y nosotros, sus peones.
La Medicina amada era la del exterior, del Norte.
Allá todo era mejor y más fácil que acá.
Sobraba soberbia.
La sala de internación de hombres.
Muchas camas y creo que seis u ocho para cada resisdente de primero.Con
uno
superior co- responsable que sugería y supervisaba nuestra práctica
diaria
durante unos meses de rotación.
Cumplir con todos los pacientes me resultaba una tarea difícil.
A veces descuidaba a unos para dedicarme a otros, más sintomáticos.
Al que mejoraba y estaba cerca del alta, lo veímos superficialmente.
Pedíamos algunos estudios, modificábamos la medicación, organizábamos
el
seguimiento por consultorio y su futura evaluación.
Conocí a Jose y a Alcides.
El primero, un viejito atreroesclerótico, inquieto buscavidas con una
mujer
que lo visitaba.
El otro, más jóven, sin nadie, sin trabajo ni dinero par vivir con un
corazón insuficiente por el reumatismo infeccioso y recuperado de una
embolia cerebral que le provocó la tratamudez.
Jose, el "ruso", comenzó a ayudarlo con una incipiente amistad.
Alcides, poco a poco, progresaba.
Una tarde, cuando paseaba con las carpetas llenas de historias
clínicas, me
detuvo y pidió charlar conmigo.
- ¿ Qué pasa, Molina?, pregunté.
- Quiero pedirle disculpas, doctor- contestó con un lenguaje lento y
trabajoso.
- ¿ Por qué?, inquerí asombrado.
- Por haber desconfiado de usted y no valorar su trabajo, respondió
con
indignación.
- ...
Me senté al borde de su cama y con sorpresa le dije:
- El que tiene que pedirle perdón soy yo. Por no haberme ocupado
correctamente de usted.
Y por mi soberbia, pensé.
Y por todos los miedos que tengo.
Por tratar de actuar como el sistema exige, descuidando a veces de los
enfermos, de sus historias vitales, de la realidad total.
A partir de ese momento, que adquirí conciencia de que hay otras
variables
en la relación médico- paciente, nuestra relación creció.
Alcides comenzó un programa de entrenamiento físico que inventamos
Daniel
Bender y yo para pacientes con insuficiencia cardíaca.
Su vida fue mejorando. Jose lo ayudó, un poco.
Consiguió un hotel donde estar, ciertas "changas" laborales que le
ayudaban
a sobrevivir. Y no se si no apareció alguna mujer en su vida.
Con los años, dejé de verlo.
Siguió un tiempo bajo el cuidado de Daniel.
Al irme del servicio, nunca más lo vi.
Estas palabras son mi homenaje a un ser que pidió mi humildad y
compromiso.
Que devolvió a mi vida lo importante y trascendente.
Por sobre la mediocridad oculta del poder médico imperante.
Dr. Alejandro Wajner, ese residente de cardiología,
hace más de veinte años.
Dr.Alejandro Wajner
(Buenos Aires, Argentina).
Junio 13, 2004.
E-mail: [email protected]
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