S
alimos de una guardia con el olor del hospital incrustado en
nuestra
piel.
Cuando llegamos a nuestra casa la mujer y los hijos ya no
nos
reconocen, la suegra nos ve con mala cara , el perro nos muestra
los
dientes.
Frente a las preguntas, las palabras se dirigen de un lado
a
otro, negándose a salir.
Y es que en nuestros hospitales arrecian fuerzas eternas, dolores
que
despedazan los cuerpos, alli ni las flores despiden fragancia y el
polvo
no se vuelve cristal.
Es un mundo cruel y eterno, un mundo de
bordes
agudos, en donde de tanto dolor las entrañas se nos convierten en
trapos viejos, en donde la putrida capa de la carroña es la capa de
nuestra soledad.
Donde nos vemos obligados a levantar nuestras
barracas
con las suelos carcomidos del asco
Dr. Ernesto Guidos
(El Salvador).
Febrero 8, 2004.
E-mail: [email protected]
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