eguro que cuando muramos, muchos de nuestros colegas, los
verdugos y
los cobardes habrán ganado, irán a nuestro funeral y lanzarán
con alivio un puñado de tierra, el portero del hospital escribirá
nuestra biografía. Todos ellos finalmente nos recompensaran con lo
que tengan a mano o con el latigazo de una carcajada.
El perdón ya no estará en nuestro poder. Debemos cuidarnos del
pajaro con nombre desconocido, de las paredes que no logran
iluminarse
con el esplendor del cielo.
Ahora, debemos ser los primeros en
gritar, cuando el sol aparezca en la montaña debemos de estar arriba y
acostarnos hasta que la sangre se vuelva en nuestro en pecho una
oscura
estrella. Por el momento, sigamos repitiendo grandes palabras con
terquedad
Dr. Ernesto Guidos
(El Salvador).
Febrero 7, 2004.
E-mail: [email protected]
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