¿ Q
uieres ser médico?, Hijo mío:
Es una hermosa profesión que debería ser practicada, no solamente por
personas sabias y profesionalmente bien calificadas sino, además,
honradas y
decentes.
Ante todo, piensa en cómo puedes servir antes de pensar en la forma en
que
crees que debes ser retribuido; reflexiona primero en lo que puedes ser
capaz de hacer por los demás y por tu patria, antes de calcular lo que
has
valorado como tus merecimientos y en lo que los demás y tu patria
pueden
hacer por ti.
Si eliges la medicina como profesión, no lo hagas pensando en que puede
ser
un oficio remunerativo y destierra de tu mente todo afán de lucro.
Nunca
saques ventajas de tu profesión ni admitas un solo centavo por un
servicio
prestado. Aunque el símbolo de la Medicina y el de Hermes Mercurio, que
sirve de divisa a los comerciantes, tienen cierto parecido, el médico
no
debe nunca confundirse y pensar en ejercer su profesión con el espíritu
de
un mercader. Por el solo hecho de haber nacido, todo hombre tiene
derecho al
trabajo, la alimentación, la educación y a la atención médica. Cobrar
por la
prestación de un derecho propio e inalienable, equivale a delinquir. La
Historia señala claramente la dirección en la cual se mueve la Medicina
para
que todos sus recursos científicos puedan ponerse al servicio de la
comunidad, ya que el ejercicio privado de la misma no puede satisfacer
las
necesidades de la salud del pueblo en nación alguna, por muy rica y
poderosa
que ésta sea.
No obstante, los enfermos, o sus familiares sinceramente agradecidos y
sin
ánimo de especular con su obsequio u obtener privilegios a cambio, te
asediarán tenazmente. Ten la sabiduría de aprender a reconocer cuándo
tu
reluctancia ofende y cuándo tu aquiescencia no te compromete. Aprende a
identificar el momento en que tu beneplácito deja impoluta tu probidad;
pero
recuerda que el más largo de los caminos comienza siempre por el primer
paso.
Mantén absoluta reserva con relación al diagnóstico de todos los
pacientes y
a cualquier revelación que puedan hacerte durante el ejercicio de tu
profesión. Los enfermos y familiares descorrerán, poco a poco, los
cerrojos
que guardan con celo en el fondo de sus almas los más recónditos y a
veces
ominosos secretos, que quedarán ante ti tan visibles como un libro
abierto;
accederán a que traspases los límites ignotos de lo arcano y ello te
permitirá desvelar lo que para el resto de los hombres será siempre un
enigma.
Si eres llamado al hogar de algún enfermo para prestar tus servicios no
es
levantado para el espíritu husmear en los detalles de sus
interioridades.
Cumple tu misión con sencillez y con amor y cuando hayas terminado, da
por
finalizado tu trabajo y despídete con elegancia, porque el cotilleo es
una
cualidad que solo germina saludablemente en las almas ruines y
miserables.
Aleja la lujuria de tu práctica profesional, ya que no es posible
congeniar
la lascivia con el espíritu científico y los instintos libidinosos son
ajenos a la práctica de la medicina. Hay tiempo y lugar para cada cosa.
Debes saber que para llegar al diagnóstico correcto de una enfermedad
deberás relacionarte estrechamente con tus pacientes que, por lo
regular,
son personas no avezadas en la ciencia médica, que suelen conceder
singular
importancia a los aspectos menos relevantes de su padecimiento y es
mediante
tu interrogatorio que deberás apartar la hojarasca superflua, para
descubrir
los indicios que te lleven a esclarecer las causas del mal que los
aqueja.
Esta es una tarea que requiere infinita paciencia.
Al igual que el interrogatorio, el examen físico es un aspecto
primordial
del método clínico; por ello deberás inclinarte sobre cuerpos enfermos,
a
veces, pustulosos y respirar muy de cerca el aliento malsano de
aquellos que
han sido presa de alguna dolencia; palpar su piel sudorosa por la
fiebre y,
en ocasiones, examinar detenidamente su orina y su excremento -su
cantidad,
color, consistencia, y hasta su olor-, porque eso puede proporcionar
datos
de valor inapreciable para establecer un buen diagnóstico.
Ten en cuenta que tu vida, si quieres ser un buen médico, tendrás que
consagrarla por entero al ejercicio de tu profesión, que atenderás
pacientes
con graves enfermedades que requieren atención urgentemente y ello
puede
ocurrir a cualquier hora del día o de la noche. Por otra parte, con no
poca
frecuencia, en tus horas de asueto, durante las que te solazas con
familiares y amigos, serás interpelado por pacientes que debido a la
gran
preocupación que les concita su dolencia, te interrumpirán y reclamarán
tu
consejo o tu atención. Adviérteles que una buena consulta médica
requiere un
local apropiado y privacidad y así los educarás; pero reflexiona,
cuando
enfrentes estas situaciones, en la confianza que están depositando en
ti y
en las horas que, quizás, deben invertir para llegar hasta un lugar
donde un
médico los atienda y en otras tantas de espera antes de obtener una
consulta. Piensa que, probablemente, ellos están a su vez abrumados por
múltiples ocupaciones laborales y familiares. Sé benévolo por muy
inapropiada y fuera de contexto que sea la solicitud de que has sido
objeto
y cuando se te agote la paciencia... ¡busca más paciencia!
En todo
caso, una
respuesta brusca o descompuesta, o simplemente un rechazo, te
acarrearía aún
más dificultades y conflictos que una conducta indulgente. Por
añadidura,
podrían injustamente valorarte por ese mal momento, en vez de por el
resto
de las horas que consagras con devoción a la atención de tus enfermos.
No
olvides, que las heridas que inflinge la palabra suelen tener una
cicatrización lenta y difícil.
No es de extrañar, que debas atender a enfermos de diferente rango y
posición social, gentes de muy disímil profesión. Unos quizás sean
ricos y
poderosos, otros pobres y desvalidos; unos afamados intelectuales,
altos
dirigentes, ministros o tal vez, incluso, jefes de estado -ya que es de
esperar que la jerarquía de algunos de tus pacientes aumente en la
misma
medida que la fama que te proporcionará tus conocimientos-; otros serán
simples empleados, obreros, campesinos o amas de casa. Cuando se trate
de la
atención de un enfermo, para ti no debe haber diferencia entre aquel
que
ostente el bastón de un mariscal y los que empuñen el machete del
campesino
o el martillo del obrero. Préstales a todos la misma atención. Ésa,
solícita
y gentil que te gustaría que te dispensaran a ti mismo o a alguno de
tus
familiares más allegados, indefenso y enfermo. Unos podrán tener
mayores
oportunidades que los otros de disfrutar de los placeres materiales que
la
vida consigue proporcionar y tendrán la facultad de pagar tus auxilios
no
solo en dinero, sino con favores, que a veces no se pueden comprar ni
con
toda la riqueza de la tierra. Lo que a todos les está vedado adquirir
es el
poder de sobreponerse a lo efímero de la existencia, pues a cada uno de
ellos la vida les depara, como destino final, una muerte segura.
Atiéndelos
a todos como lo que son, seres humanos que te necesitan, y que ante la
sola
idea de una cita con la parca, tiemblan de pavor como cervatillos
acorralados. El valor, atributo de unos pocos, radica precisamente en
ser
más fuerte que este sentimiento de desamparo que es ineluctable.
Recuerda que nuestra especie, la humana, es única e indivisible en
nuestro
planeta -lo que constituye uno de sus rasgos distintivos con relación a
otras especies-; que genómicamente no existen diferencias entre unos
hombres
y otros, sino solo en el color de su piel o de sus ojos, la textura de
su
pelo y algunas de las facciones de sus rostros; que no importa que no
se
parezcan físicamente a ti; que hombre es más que blanco, más que negro,
que
mulato, que indio, que amarillo o asiático, más que europeo, más que
americano, más que árabe, más que hindú; que cuando se dice, hombre, ya
se
han dicho todos los derechos y que uno de los más elementales, es el
derecho
a la atención médica.
Ten en cuenta, que tu sola presencia sirve de aliento a un paciente y a
sus
familiares, y que una palabra o simplemente un gesto tuyo, puede marcar
la
insalvable diferencia entre la esperanza y la desolación. Tu poder no
tiene
comparación con ningún otro sobre la faz de la tierra.
Vístete bien y preséntate en todos los lugares correctamente ataviado y
muy
limpio; la higiene, que previene las enfermedades, comienza por la
limpieza.
Nunca atiendas a un paciente sin una bata blanca, apropiada para la
ocasión,
que es un símbolo que te otorga un respeto sobrecogedor, capaz de
inspirar
más deferencia que el cetro o la corona de un monarca. Por eso, las
pacientes, a veces jóvenes y atractivas, se desvestirán ante una simple
indicación tuya durante una consulta, y los boxeadores, los luchadores
de
sumo, los generales entorchados con condecoraciones adquiridas a golpes
de
heroísmo, y hasta los más feroces criminales a quienes todos temen,
consentirán en que introduciendo tu dedo en sus orificios anales,
procedas a
realizarles sendos tactos rectales.
Mientras sinsontes y ruiseñores inundan alegremente con sus trinos la
mañana, hay cuervos de cuyos picos abiertos y voraces se desprenden
desmañados graznidos. Al mismo tiempo que tú te desvelas, combates las
enfermedades y alivias el sufrimiento; otros, cuyo poder es inmenso,
dedican
sus energías a urdir tramas macabras para despojar a otros hombres de
su
libertad o sus riquezas, para arrebatarles su independencia y los
recursos
naturales que posee su nación, y así, incrementar su poder. Como
resultado
de estas aviesas ambiciones se producen constantemente guerras en las
que
mueren o quedan mutiladas y psíquicamente afectadas de manera
permanente
miles de personas, muchas de ellas, en la flor de la juventud. Junto a
las
guerras se suceden, como jinetes apocalípticos, el hambre, la miseria y
las
enfermedades por lo que, finalmente, nadie queda a salvo, ya sean
ancianos,
mujeres o niños, que aportan más víctimas que los soldados regulares,
porque
las bombas -aunque sean de aquellas que hoy en día, no sin una buena
dosis
de sarcasmo, llaman "inteligentes"- y otras armas de destrucción masiva
no
respetan ni la edad, ni el sexo.
Si ejerces la medicina en un país imperial, tus gobernantes te llamarán
algún día, para que emplees tu sabiduría en atenuar el sufrimiento de
aquellos que ellos mismos han condenado. Ten presente entonces, con
entera
claridad, que hay por un lado, guerras justas y necesarias que son las
que
emprenden los pueblos en aras de su liberación e independencia o en
defensa
de su soberanía cuando son agredidos; y, por otro, guerras injustas que
son
las que desatan los oligarcas, en su soberbia, para acrecentar su poder
y su
riqueza; estos hombres poseídos por demoníacas ambiciones, son los que
se
convierten en fieras; muy injusto, errático y poco enaltecedor sería
culpar
al género humano en su conjunto por las acciones de un puñado de
criminales.
Puedes tener la absoluta seguridad de que no será siempre así, que la
maldad, el egoísmo y las guerras serán desterradas para siempre de la
faz de
la tierra y ten presente que la creencia de que un mundo mejor es
posible,
no es una quimera irrelevante y absurda, sino un futuro cierto.
Los pueblos liberados odian la guerra y necesitan la paz para construir
su
futuro y desarrollarse. La alborada del día en que la humanidad
actuando de
consuno se pondrá de pie, emplazará a todos los imperios y derribará a
los
tiranos presuntuosos y ávidos de recursos naturales que no les
pertenecen,
que son los que generan las guerras porque se benefician con ellas;
está más
próxima en el tiempo que remota, y así, el mundo será mejor. Mientras
tanto,
sirve honrosamente a tu patria y no vendas tus conocimientos a los
enemigos
de tu pueblo.
Recuerda la valentía de Hipócrates en el momento en que levantó su
estatura
moral más que nunca: cuándo Artajerjes, rey de los Persas y enemigo
jurado
de los griegos, le ofreció colosales riquezas para traicionar a su país
y
ayudar a controlar una epidemia que diezmaba el ejército persa; el
genial
médico griego se negó resueltamente y dejó muy claro que jamás
brindaría
ayuda a los enemigos de su patria. Con esto se inmortalizó eternamente
ya
que el profesional de la salud que comete la iniquidad de vender sus
servicios al enemigo o traiciona a su patria movido por la obtención de
riquezas y bienes materiales, aunque tenga una calificación académica y
científica elevadísima, es un hombre ruin, bajo e indigno. Ten siempre
vivas
en tu memoria las palabras de Louis Pasteur cuando exclamó: "Me
sentiría
como un desertor si yo buscara lejos de mi país una situación material
mejor
que la que éste puede ofrecerme". "Si la ciencia no tiene patria, el
hombre
de ciencia sí la tiene".
Presta tus servicios en una guerra justa de liberación -cuando ese
momento
llegue- y enfréntate con decisión, cueste lo que cueste, a los que
pretendan
involucrarte en una guerra injusta para oprimir y ultrajar a otros
pueblos.
No debes ignorar que se practica con encono singular el proyecto de la
dominación del mundo por parte de un imperio implacable y egoísta, que
no
vacila en emplear los más refinados métodos de divulgación y propaganda
para
conseguirlo. Estos procedimientos van orientados a ofrecer a los
moradores
de nuestro planeta una imagen simpática y hábilmente condimentada de
los
valores culturales y éticos de los conquistadores, que a veces llega a
deslumbrar a los incautos, en cuyas mentes germinan las fantasías más
descabelladas; son gentes que tienen la costumbre de mirar solo la
epidermis, es decir, las apariencias exteriores de las cosas y no han
aprendido a ver el corazón, que es como decir el centro, lo más
profundo de
ellas, que es lo que revela su esencia verdadera. Con sutiles embustes,
se
burlan de los ideales de progreso y de mejoramiento humano de grupos
sociales con precario nivel de vida, algunos de cuyos integrantes no
tienen
la ilustración suficiente y la conciencia necesaria para darse cuenta
de que
son objeto de la más vulgar manipulación de sus ilusiones y que su
falta de
perspicacia y de visión, asociadas a sus ansias de ver satisfechos sus
anhelos, pueden traer -en el marco de un contexto determinado- trágicas
consecuencias a su propio pueblo. Ese imperio omnipresente y
avasallador es,
sin dudas, el peor enemigo de la humanidad.
Pero, ten en cuenta sobre toda otra consideración, que si llegas a
alcanzar
tus aspiraciones de hacerte médico y perteneces a un país pequeño, los
valores de una nación no se miden por las dimensiones de sus fronteras,
sino
por la belleza de los ideales que defiende. Una nación desbordante de
dignidad y de orgullo es siempre una nación grande. Sin embargo, el
juicio
de ciertos sectores de opinión de nuestro planeta es, lamentablemente,
manipulado de manera inmisericorde por grandes empresas transnacionales
que
se valen de los medios masivos de difusión como la radio, la
televisión, el
cine y la prensa escrita, en un esfuerzo mediático colosal, no solo de
desinformación, sino también, de colonización cultural. Por eso, tus
acciones pueden ser tergiversadas por algunos y cuando honrada y
desinteresadamente acudas a un país lejano a ofrecer tus servicios,
prolongar la vida y aliviar el dolor de otros seres humanos, corres el
riesgo de ser acusado en el mejor de los casos de mercenario, cuando no
de
agente de inteligencia o de asesino sin escrúpulos o conspirador contra
la
seguridad del país en que te encuentres. Nada de eso debe doblegar tu
voluntad ni entibiar tu ánimo. Por el contrario, piensa que las
blasfemias
que un enemigo artero y despiadado lanza, como dardos envenenados
contra ti,
constituyen los mejores elogios y el más seguro aval de que tu
actuación es
adecuada y loable.
Tu conducta debe ser siempre pulcra y recta, ya que los demás verán en
ti el
conjunto de valores que tu pueblo defiende y representa.
La medicina es la más pura y humana de las profesiones, por lo que
nunca te
arrepentirás de haberla elegido. Gracias a ella, jamás estarás solo,
recibirás a caudales por ti nunca sospechados el agradecimiento de tus
pacientes y el reconocimiento social de toda una nación junto a la
infinita
solidaridad de tu pueblo, ¡y será tanta!... que pensarás no merecerla,
porque tu virtud descansará, únicamente, en haber cumplido con tu
deber.
Si estás hecho con la fibra de los patriotas verdaderos...
Si prefieres compartir las ideas de los grandes humanistas de todos los
tiempos...
Si eliges sufrir parte de las angustias y desvelos de los grandes
fundadores
de pueblos...
Si aceptas la necesidad de luchar contra las, arpías, grayas y demonios
terrenales, más tangibles que aquellos que se alojan en los avernos.
Si ansías conocer al hombre y penetrar en toda la grandeza de su
destino...
Si compartes el ideal de que un mundo mejor es posible.
Si persistes en tu decisión de aprender con fervor y seriedad la
medicina y
te encuentras con fuerzas para hacerle frente a todas las
adversidades...
Solo entonces, ¡Hazte médico, Hijo Mío!
Te deseo una larga vida... Si lograras conservarte limpio y puro hasta
el
fin de tus días, tu obra no será entonces, grande. ¡Será sublime!
Dr. Miguel González-Carbajal Pascual
Crítica Medicina:
un espacio creativo con reflexiones críticas
para construir la Medicina Social.
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