E
l rol del hombre cambia: de agente económico: trabajador o empleado,
con la
crisis capitalista, pasa a desocupado, desempleado hasta marginal:
cartonero, linyera.
Y la mujer agrega valores a su cuerpo: con una mejor educación, alcanza
la
universidad y logra ser profesional: recibir un dinero a cambio de su
trabajo.
Pasa de ser una sometida pasiva a un ser económicamente activo con un
poder
parcial dado por el dinero, su falo.
Puede conseguir lo que los mandatos sociales disponen y exigen: comprar
cuerpos jóvenes, trabajados con las pesas y los anabólicos; penes
rígidos
para alcanzar figurados orgasmos sin amor real.
Esta sociedad amontona a los seres, los hace solitarios y miedosos.
La mirada predomina y la identidad se adquiere con el parecer, con las
máscaras y tatuajes de pertenencia social, con las ropas corporales.
Los hombres sin cultura del trabajo se contentan con sus cuerpos y los
rellenan de curvas, de músculos como los antiguos griegos.
Una cultura homosexual y bizarra invade los actuales machos en
minusvalía:
los somete a poseer belleza corporal en cerebros empobrecidos como el
entorno ecológico.
Cuerpos perfectos para cabezas decorativas.
Una cultura vacía de esencias y sentidos aturde las mentes cosechadas
con
ruidos, imágenes y números.
El placer se puede adquirir, comprar y vender en esta sociedad
mercantil.
Los vínculos y relaciones entre seres deshumanizados refugian la
violencia
del malestar.
Las parejas expulsan hijos sin padres ni madres activos y reales. Los
depositan en la calle, en hogares estatales, cárceles o en
instituciones
sustitutas.
El poder convence a todos con ser el camino a transitar para hallar la
felicidad buscada e imposible.
Las agresiones entre seres se distribuyen de arriba para abajo y de
allí
para allá con el maltrato, los vejámenes cotidianos, los robos,
secuestros y
los múltiples juegos de la muerte, la reina de esta humanidad.
Nadie escapa a la violencia sistemática y estructural.
Somos sociedades sin espacio para la humanidad. Destructoras de la
naturaleza y la vida.
Complicidad, corrupción y mentiras: engalanan los discursos
justificadores
de tanta miseria.
Dr.Alejandro Wajner
(Argentina).
Diciembre 17, 2003.
E-mail: [email protected]
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