| Octavio Paz. |
| Mariposa de obsidiana. 1950 Mataron a mis hermanos, a mis hijos, a mis t�os. A la orilla del lago de Texcoco me ech� a llorar. Del Pe��n sub�an remolinos de salitre. Me cogieron suavemente y me depositaron en el atrio de la Catedral. Me hice tan peque�a y tan gris que muchos me confundieron con un montoncito de polvo. S�, yo misma, la madre del pedernal y de la estrella, yo, encinta del rayo, soy ahora la pluma azul que abandona el p�jaro en la zarza. Bailaba, los pechos en alto y girando, girando, girando hasta quedarme quieta; entonces empezaba a echar hojas, flores, frutos. En mi vientre lat�a el �guila. Yo era la monta�a que engendra cuando sue�a, la casa del fuego, la olla primordial donde el hombre se cuece y se hace hombre. En la noche de las palabras degolladas mis hermanas y yo, cogidas de la mano, saltamos y cantamos alrededor de la I, �nica torre en pie del alfabeto arrasado. A�n recuerdo mis canciones: Canta en la verde espesura la luz de garganta dorada, la luz, la luz decapitada. Nos dijeron: una vereda derecha nunca conduce al invierno. Y ahora las manos me tiemblan, las palabras me cuelgan de la boca. Dame una silla y un poco de sol. En otros tiempos cada hora nac�a del vaho de mi aliento, bailaba un instante sobre la punta de mi pu�al y desaparec�a por la puerta resplandeciente de mi espejito. Yo era el mediod�a tatuado y la medianoche desnuda, el peque�o insecto de jade que canta entre las yerbas del amanecer y el zenzontle de barro que convoca a los muertos. Me ba�aba en la cascada solar, me ba�aba en m� misma, anegada en mi propio resplandor. Yo era el pedernal que rasga la cerraz�n nocturna y abre las puertas del chubasco. En el cielo del Sur plant� jardines de fuego, jardines de sangre. Sus ramas de coral todav�a rozan la frente de los enamorados. All� el amor es el encuentro en mitad del espacio de dos aerolitos y no esa obstinaci�n de piedras frot�ndose para arrancarse un beso que chisporrotea. Cada noche es un p�rpado que no acaban de atravesar las espinas. Y el d�a no acaba nunca, no acaba nunca de contarse a s� mismo, roto en monedas de cobre. Estoy cansada de tantas cuentas de piedra desparramadas en el polvo. Estoy cansada de este solitario trunco. Dichoso el alacr�n madre, que devora a sus hijos. Dichosa la ara�a. Dichosa la serpiente, que muda de camisa. Dichosa el agua que se bebe a s� misma. �Cu�ndo acabar�n de devorarme estas im�genes? �Cu�ndo acabar� de caer en esos ojos desiertos? Estoy sola y ca�da, grano de ma�z desprendido de la mazorca del tiempo. Si�mbrame entre los fusilados. Nacer� del ojo del capit�n. Llu�veme, asol�ame. Mi cuerpo arado por el tuyo ha de volverse un campo donde se siembra uno y se cosecha ciento. Esp�rame al otro lado del a�o; me encontrar�s como un rel�mpago tendido a la orilla del oto�o. Toca mis pechos de yerba. Besa mi vientre, piedra de sacrificios. En mi ombligo el remolino se aquieta: yo soy el centro fijo que mueve la danza. Arde, cae en m�: soy la fosa de cal viva que cura los huesos de su pesadumbre. Muere en mis labios. Nace en mis ojos. De mi cuerpo brotan im�genes: bebe en esas aguas y recuerda lo que olvidaste al nacer. Yo soy la herida que no cicatriza, la peque�a piedra solar: si me rozas, el mundo se incendia. Toma mi collar de l�grimas. Te espero en ese lado del tiempo en donde la luz inaugura un reinado dichoso: el pacto de los gemelos enemigos, el agua que escapa entre los dedos y el hielo, petrificado como un rey en su orgullo. All� abrir�s mi cuerpo en dos, para leer las letras de tu destino. |
| Noche de resurrecciones. 1939 Segunda parte. Vivimos sepultados en tus aguas desnudas, noche, gran marejada, vapor o lengua lenta, codicioso jadeo de inmensa bestia pura. La tierra es infinita, curva como cadera, henchida como pecho, como vientre pre�ado, mas como tierra es tierra, reconcentrada, densa. Sobre esta tierra viva y arada por los a�os, tendido como r�o, como piedra dormida, yo sue�o y en m� sue�a mi polvo acumulado. Y con mi sue�o crece la silenciosa espiga, es soledad de estrella su soledad de fruto, dentro de m� se enciende y alza su maravilla. Dueles, atroz dulzura, ciego cuerpo nocturno a mi sangre arrancado; dueles, dolida rama, ca�da entre las formas, en la entra�a del mundo. Dueles, reci�n parida, luz tan en flor mojada; �qu� semillas, qu� sue�os, qu� inocencias te laten, dentro de ti me sue�an, viva noche del alma? El sue�o de la muerte te sue�a por mi carne, mas en tu carne sue�a mi carne su retorno, que el sue�o es una entra�a para el alma que nace. Sobre cenizas duermo, sobre la piel del globo; en mi costado lates y tu latir me anega: las aguas desatadas del bautismo remoto mi sue�o mojan, nombran y corren por mis venas. |