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La
Argentina es el refugio de las ideas gastadas. Pocas novedades
cercan en panorama actual aún cuando haya un constante fluir de
noticias acompañadas de sus pertinentes desmentidas que, en
definitiva no aclaran nada. Los argentinos pueden creer en lo
imposible pero no creerán nunca en lo improbable. Cuando la
realidad es mala toda explicación es contraproducente, razón por
la cual los políticos deberán tendera dirigirse más a los ojos y
menos a los oídos. Sin embargo, la retórica populista está a la
orden del día y es que para la clase dirigente, las cosas que no
existen son más fáciles y menos riesgosas para ser expresadas con
palabras antes que atenerse a describir lo concreto, el escenario en
el cuál nos movemos.
Escasea
la inventiva. Parece estar siendo reemplazada por la improvisación
y el “arte” nacional de atar todo con alambre en vez de intentar
una reparación definitiva. En el gobierno de lo provisorio hasta
las leyes son efímeras. En ese contexto la inseguridad
emerge como eje central de un conflicto que excede las
fronteras entre capital y provincia. Sin Justicia no hay nada. Puede
haber jueces garantistas pero no hay garantías. Vaya paradoja
argentina...
Sometidos
a una avalancha de disposiciones que varían antes de ser
implementadas estamos impedidos de lograr una exégesis válida de
lo que pasa y construir un razonamiento medianamente lógico que
permita analizar dónde estamos parados (quizá, lo que cabe
analizar es adónde es que se nos ha acostado).
Con
los principios básicos de la tolerancia y el respeto se nos ha
perdido la noción de tiempo. Estamos en detenidos en un presente
continuo, imposibilitados de avanzar y de retroceder sí es para
aprender de la experiencia que la historia nos ha legado para
evitarnos caer nuevamente en el barro.
Dilatar
la toma de decisiones es una política falsa, ya que entre medio de
las supuestas conversaciones sólo se busca un intercambio de
privilegios y se ve a los gobernadores sentados en torno a una
perinola que el presidente ha cargado. Siempre cae del lado “todos
ponen” pero nadie quiere hacerse cargo.
Estancados
en la incertidumbre todos nos parecemos a Gregorio Samsa, ese hombre
devenido en cucaracha que describiera Kafka una vez harto de ser
mero espectador en un espectáculo sin guión.
Si
el primer mandatario asegura que estamos en un mar de conflictos,
está visto que su más patriótica acción ha sido la de echar
anclas...
Se
nos permite gozar de la medida nuestra de cada día, la constancia
en la idea y en la ejecución no es más que una utopía. Néstor
Kirchner debe haber heredado de Carlos Menem esa peculiar bibliografía
a la que nadie jamás tuvo acceso pero que el ex primer mandatario
aseguró que leía con ahínco. Leer a Sócrates es tan real para
algunos como para otros lo es garantizar la impunidad de los
asesinos. Pero Argentina dista considerablemente de ser la Grecia
iluminada por la filosofía. En consecuencia, la actitud socrática
del presidente y su séquito dejando al descubierto la ignorancia
impide divisar la puerta para huir de este laberinto, y convengamos
que Cristina Fernández no es Ariadna capaz de conquistar a un
minotauro para que extienda el hilo redentor hacia la salida. Las
heroínas de antaño seducían, las actuales dan lástima y no
comprenden siquiera que “la caridad bien entendida comienza por
casa”.
Nos
encontramos presos de un “ahora” que nunca termina, sucumbiendo
a la apatía, cercados peligrosamente por la resignación sabiendo
que la política se hace o se padece, y acá estamos para
padecerla...
Congelados
en una coyuntura permanente, viviendo en el reino de lo meramente
espontáneo perdemos la visión de futuro y el impulso vital del
proyecto que no hace sino proyectarnos y darnos una razón de ser
sin ser, todavía...
La
apuesta del gobierno no es transformar la Argentina. El único plan
sustentable que poseen es aquel que les exige internamente
perpetuarse, no trascender sino perdurar, canjeando creencias por
intereses sectarios.
Ortega
y Gasset se refería a estos hombres como primitivos incapaces de
aprender de la historia, detenidos en el “no sé”. Para Santiago
Kovadloff los hombres primitivos que se instalan en el poder no
llegan a entender que lo que personalmente simbolizan no es ya lo
socialmente representativo. Es creer que lo que es equivale a lo que
lo que la comunidad quiere ser. Parece entonces, dice el filósofo,
como si trabajar tuviera sentido, como si estudiar tuviera valor,
como si contáramos con una moneda, como si la justicia vertebrara
la sociedad, en definitiva como si la democracia consistiera en lo
que aparenta ser.-

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