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Curiosa parábola la del
justicialismo. En la década
del 70 se popularizó entre
los militantes un grito de
guerra que coqueteó con la
intolerancia.
"Ni sectarios ni
excluyentes, peronistas
solamente", coreaban
entonces.
Jamás habrán imaginado que
bajo un gobierno peronista serían
ellos, hoy máximos exponentes
del partido, los que resultarían
excluidos bajo el influjo del
sectarismo.
El acto que hoy tendrá lugar
en la ESMA persigue, según
sus promotores, edificar una
memoria colectiva que inhiba
la reiteración de violaciones
a los derechos humanos.
Pero surge veloz un
interrogante inevitable: ¿cómo
unificar la memoria y
contribuir a la reconciliación
si en la génesis de esta
conmemoración hay rencores,
resentimiento y confrontación?
El rechazo a la violencia que
azotó a la Argentina en la década
del 70 no es patrimonio de un
sector. Todo el país sufrió
cuando grupos terroristas
desafiaron el monopolio de la
fuerza de un gobierno
constitucional, así como toda
la sociedad quedó lacerada
cuando se violentaron las
instituciones y se instaló
prepotente un gobierno de
facto.
El peronismo, que perdió el
poder por obra del golpe de
Estado de 1976, deberá hoy
observar de soslayo el acto en
que se recordará ese grave
episodio.
Hebe de Bonafini, una figura
de escasa representatividad
social, hizo negocio con sus
amenazas. Vetó, y sus
plegarias resultaron
atendidas, a gobernadores
justicialistas que más allá
de objeciones que puedan
merecer sus respectivas
gestiones fueron elegidos en
legítimos procesos democráticos
y en muchos casos hasta fueron
víctimas de la represión de
aquel entonces.
Cinco de ellos -los jefes de
gobierno de Buenos Aires, Córdoba,
Santa Fe, La Pampa y Entre Ríos-
firmaron ayer un documento en
el que condenan eventuales
intentos de revancha y
lamentan que se reivindique sólo
una parte de la memoria.
Costo político
El episodio tendrá costo para
el oficialismo. En términos
de gestos y posicionamientos
se trata del primer
cortocircuito serio que separa
a los principales mandatarios
peronistas del Presidente
Kirchner.
El jefe de Estado, en
definitiva, le dio la derecha
a Bonafini al dejar correr su
ultimátum.
Si habrá repercusión en el
plano partidario, se verá en
los próximos días, en tanto
avance el proceso normalizador
del PJ.
Pero una conclusión irrumpe nítida
tras el incidente: el pasado
sigue torturando y tendiendo
trampas a la clase dirigente.
Entretanto, hay generaciones
urgidas por proyectar con
esperanza el futuro que no
alcanzan a entender por qué
los fantasmas del odio
resucitan una y otra vez.
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