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Carlos Sabino es
Sociólogo y Doctor en Ciencias Sociales, y es Profesor Titular de
la Universidad Central de Venezuela. Es autor de varios libros,
entre ellos El Fracaso del Intervencionismo, y unDiccionario de
Economía y Finanzas.
Carlos
Sabino
E l
intervencionismo económico ha dado muy pobres resultados a lo largo
de los años. En el período que siguió a la Segunda Guerra Mundial
muchos países comenzaron a adoptar una política que pretendía
acelerar el crecimiento económico mediante la acción directa del
estado. Las ideas económicas que prevalecían en esa época, y que
continuaron dominando hasta bien entrada la década de los setenta,
tenían una orientación que se aproximaba al socialismo o a las
formas más extremas del keynesianismo.
S e pensaba
entonces que los países pobres no podían salir del atraso sin que
el estado interviniese de un modo decidido, planificando o
promoviendo el desarrollo, y dominaban en el ambiente las ideas de
nacionalismo económico que orientaban el crecimiento mediante el
proteccionismo, la sustitución de importaciones, la selección y
promoción de industrias estratégicas y una amplia política de
subsidios indirectos dirigidos a mejorar la situación de los
estratos sociales más pobres. Casi todos los países
latinoamericanos se encaminaron por esta vía, lo mismo que muchos
de Asia y prácticamente todas las ex colonias africanas que
–desde 1960 en adelante- fueron adquiriendo su independencia.
E n algunos
casos esta política obtuvo, al comienzo, resultados alentadores. México
y Brasil alcanzaron buenos índices de crecimiento mientras que
otras naciones, que abandonaron enseguida la sustitución de
importaciones por una política de promoción de exportaciones,
lograron cosechar bastantes éxitos durante un período bastante
largo, especialmente en el extremo Oriente. En la mayoría de los
casos, sin embargo, se notaron ya desde el comienzo las severas
restricciones que tenía un modelo de desarrollo tan apegado a
criterios socializantes y tan centrado en la desconfianza en el
papel dinamizador del mercado.
E n todo caso
este modelo intervencionista de desarrollo fue manifestando, poco a
poco, una debilidad central: imponía una pesada carga financiera al
sector público de cada país que derivaba de la necesidad de gastar
en subsidios, controlar el valor de la moneda, hacerse cargo de
empresas públicas ineficientes y, en general, de tener una cuenta
de egresos que las débiles economías locales no podían
satisfacer. Dicho en términos más directos: las economías
nacionales resultaban demasiado endebles como para soportar con sus
impuestos las cargas de un estado que no cesaba de extenderse, que
intervenía costosamente en una esfera cada vez más amplia de
decisiones y que, en última instancia, ahogaba el desempeño de un
sector privado que se hacía cada vez más débil en términos
relativos y más dependiente de los favores oficiales. En tales
circunstancias se hizo frecuente que los gobiernos acudieran al
endeudamiento, primero interno y luego –cuando ya la fuentes
nacionales de financiamiento no resultaban suficientes- cada vez más
volcado hacia el mercado internacional.
L a famosa
crisis de la deuda, que estalló en México en 1982 y luego se
extendió a toda Latinoamérica, buena parte de Africa y Asia,
afectando aún a varios países socialistas, no fue otra cosa que el
resultado de este endeudamiento descontrolado de los gobiernos. El
modelo intervencionista de desarrollo mostraba con toda claridad su
talón de Aquiles, la imposibilidad de ampliar los gastos públicos
sin límites mientras la economía languidecía y no lograba
despegar hacia el desarrollo sostenido.
C asi todos
los países de América Latina, luego de un período de
incertidumbre donde se ensayaron las más variadas políticas y se
asistió al aumento indetenible de la inflación, se decidieron por
fin a superar la crisis mediante una serie de reformas que
aproximaron sus economías al libre mercado, las abrieron al
exterior y redujeron –en mayor o menor medida- el papel
intervencionista del estado. Los resultados, en pocos años, fueron
enormemente positivos: se restauró el crecimiento económico, se
detuvo la inflación, abriendo el crédito otra vez a los sectores más
empobrecidos y –aunque muchos no quieran aceptarlo- se redujo la
pobreza, sentando las bases para una expansión económica que
afortunadamente aún predomina en nuestros días. Los pocos países
de la región que no avanzaron por esta vía, o que lo hicieron de
un modo más lento o contradictorio, se encuentran todavía hoy en
medio de crisis políticas y económicas que no han logrado superar
y que los obligarán, tarde o temprano, a revisar el errático curso
que han seguido. (V. mi libro El Fracaso del Intervencionismo,
Panapo, Caracas, 1999, donde se hace un examen detallado de este
proceso).
E n Africa y
Medio Oriente, donde estados nacionales más débiles y recientes
cayeron frecuentemente bajo estrictas dictaduras, la situación se
complicó aún más. Diversas guerras y conflictos interiores
aumentaron la pobreza y el atraso hasta límites impensables: las imágenes
atroces de los refugiados y de las hambrunas de Biafra (Nigeria),
Etiopía, Liberia, Rwanda y varios otros países más, nos recordarán
siempre las terribles consecuencias que pueden llegar a tener las
guerras cuando se producen en regiones que viven próximas a la
subsistencia.
E n Asia, sin
embargo, el proceso pareció discurrir por un camino diferente. Una
adecuada disciplina fiscal combinada con una política de promoción
de exportaciones que aprovechaba los avances tecnológicos de los países
occidentales, junto con la ampliación inicial del mercado interior,
favorecieron el crecimiento de varias naciones que, comenzando con
Japón, parecieron equilibrar en principio una dosis moderada de
intervencionismo estatal con una economía bastante abierta hacia el
mercado. No obstante, años después, se pudo apreciar que esta
forma de proceder también tenía sus limitaciones: la crisis de
1997 mostró claramente que el camino del desarrollo sólo se puede
recorrer sin interrupciones cuando existen amplias condiciones de
libertad personal y política, y cuando los estados no pretenden
dirigir el desarrollo económico. (V. Lingle, Christopher, The
Rise and Decline of the Asian Century, Asia 2000, Hong Kong,
1997).
P ero el
ejemplo más claro del fracaso del intervencionismo lo dieron, de un
modo que sorprendió a casi todos los observadores, los países
comunistas. Con una economía centralmente planificada en que la
propiedad de todos los medios de producción quedaba reservada al
estado, el modelo de desarrollo comunista debía considerarse como
la forma más extrema y no comprometida del intervencionismo. La Unión
Soviética, que experimentó largamente con este modelo, pareció
mostrar inicialmente indicadores claros de progreso. Desarrolló su
industria pesada a través de sucesivos planes quinquenales y logró
exhibir, entre 1957 y 1980, apabullantes éxitos en materia de
armamento y conquista del espacio exterior. Pero la economía soviética,
a pesar de estos progresos puntuales, se estancó de una manera
impresionante: su tecnología, que no podía contar con los aportes
de empresas libres y competitivas, fue rezagándose irremisiblemente
con respecto a la del mundo occidental; sus niveles de consumo
permanecieron muy bajos, más similares a los de los países
atrasados que a los del mundo desarrollado; su agricultura,
colectivizada completamente desde 1930, resultó siempre incapaz de
abastecer hasta su propia demanda interior. Al final, en 1989, el
modelo socialista colapsó completamente, mostrando al mundo que
muchas de sus supuestas conquistas no eran más que artificios estadísticos
o de propaganda, y que el comunismo no había sido una manera rápida
de alcanzar el crecimiento sino un peligroso desvío hacia el
estancamiento. Un ciudadano ruso, en esos días, enarboló durante
una manifestación un letrero que a mi juicio resume en una sola
frase todo lo acontecido: 75 AÑOS YENDO HACIA NINGUNA PARTE, decía.
2.
La Renovada Tentación del Intervencionismo
C omo puede
verse en la apretada síntesis que hemos hecho, el balance de la
intervención del estado como forma de promover el desarrollo es
completamente negativo. Siendo esto así, y habiendo ya suficientes
pruebas acumuladas al respecto, resulta bastante sorprendente que
tantos gobiernos sigan insistiendo en aplicar políticas cuyos
resultados son tan poco convincentes y que –sin la menor duda-
crean las condiciones para que aparezcan severas crisis en la marcha
hacia la prosperidad.
L as razones
de esta tendencia a intervenir en la marcha de la economía son
diversas y bastante complejas, pero pueden presentarse esquemáticamente
como sigue:
a) Hay gobernantes
que, por desinformación o por esa arrogancia intelectual que tan
bien describiera Hayek, siguen creyendo sinceramente que el mercado
no puede hacer prosperar a las naciones o que, en todo caso, éste
debe ser controlado, regulado y manejado para asegurar una mayor
igualdad social y un trato más justo hacia los pobres. Quienes así
piensan, por lo general, no conocen la historia económica contemporánea
o tienen sólo una visión muy superficial de ella, y confían en
teorías y marcos conceptuales de referencia ya totalmente superados
(como el marxismo, la teoría de la dependencia, etc.). Una
paciente labor didáctica sobre estas personas y los partidos que
las apoyan resultará siempre conveniente.
b) Hay, por otra
parte, muchos gobernantes que no entienden bien la magnitud del
problema y que se dejan llevar, a veces hasta inocentemente, por lo
que proponen o aconsejan diversos grupos de interés. Piensan que es
mejor ceder ante ciertos productores locales que desean protección
frente a la competencia extranjera que eliminar las barreras
arancelarias, o se dejan llevar por las presiones de los sindicatos
que se ven afectados por las privatizaciones, o aceptan que se
mantengan ciertos subsidios por temor a las reacciones políticas
que pudieran presentarse. Su actitud ante el status quo es en
el fondo conservadora: tienen temor a todo lo nuevo porque piensan
que es mejor ceder ante las presiones que afrontar la
responsabilidad de los cambios y creen, equivocadamente, que nada
importante podrá suceder si se aumenta un poco el gasto público o
si se cede ante éste o aquél grupo empresarial. Los resultados,
sin embargo, a veces son catastróficos: la mayoría de las crisis
financieras, de las devaluaciones bruscas y de los conflictos agudos
suceden cuando se posterga indefinidamente la solución a los
problemas heredados. En estos casos hay que denunciar, sin
tapujos, la labor de los grupos de interés y sus probables
consecuencias, alertando sobre las equivocadas políticas que
proponen los gobernantes.
c) Existe, por último,
un tercer grupo, el más peligroso de todos. Está constituido por
los gobernantes que no se preocupan para nada de las consecuencias
económicas de sus actos. Ellos se interesan más que nada por
mantener o incrementar su apoyo en el corto plazo, porque piensan
que en política sólo se trata de sobrevivir hasta el día
siguiente, y por eso adoptan cualquier medida que parezca popular o
resulte efectista. Proponen controles de precios, valores
artificiales para la moneda, subsidios de todo tipo y políticas
sociales que sirvan para difundir su imagen como la de dadivosos príncipes
que benefician al pueblo. Poco les importan los equilibrios
fiscales, la tasa de ahorro o la capitalización efectiva que exista
en sus sociedades: lo importante es llegar hasta mañana, mantenerse
en las encuestas, retener el poder político. En tales
condiciones se hace más difícil la difusión de las ideas
favorables a la libertad y es preciso concentrarse en una labor
educativa a largo plazo, sin descuidar la crítica a cada medida
populista.
Al ilusionarse
sobre las posibilidades que tiene el estado en la promoción del
desarrollo se cae fácilmente en la tentación del intervencionismo,
en políticas que –en definitiva- sólo hacen más difícil un
proceso que ya de por sí es bastante complejo y sujeto a variadas
influencias. Quienes comprenden cómo opera el crecimiento económico
tienen por lo tanto la importante misión de vigilar, sin descanso,
el rumbo que siguen las sociedades cuando tratan de alcanzar la meta
de un mayor bienestar.
La gran fuerza de
un sistema de economía de mercado es que confía en la capacidad de
trabajo y el ingenio del pueblo, en lugar de basarse en el aporte
restringido de una élite arbitrariamente designada. Se trata de
pasar de un régimen de subordinación de los individuos a los
objetivos del Estado, a uno en el que el Estado esté al servicio de
los individuos y de la comunidad.
Hernando
de Soto, El Otro Sendero
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