|
En la Argentina de los últimos
años el amedrentamiento por medio del uso de la fuerza o el
simple perjuicio sobre terceros inocentes se ha convertido
en un método recurrente para lograr objetivos políticos.
Esta es la metodología que implementó el sindicalista de
los camioneros, Hugo Moyano, al negar el abastecimiento de
los hipermercados Carrefour desafiando la orden judicial y
es lo que logran Castells, Pitrolla, D´Elia y otros,
piqueteros duros y blandos.
A partir del corte de calles
y rutas, toma de edificios o simple desafío amenazante de
posible violencia mayor obtienen, por un lado, que el
Gobierno los empodere como administradores de miles de
planes Jefas y Jefes de Hogar que deberían ser otorgados
directamente a sus beneficiarios y, por el otro, el
cautiverio político de estos miles de necesitados que ven
convertida su desocupación en mano de obra piquetera.
Estas prácticas, que se
repiten con diversos actores, combinan en todos los casos la
acción fuera de la ley, la amenaza o el uso directo de la
fuerza, el clientelismo y otras viejas formas de hacer política.
En última instancia, evidencian la debilidad del Estado
para imponer la ley ya que, recurrentemente, concede
beneficios a quienes utilizan estas metodologías.
Son muchos los análisis,
escritos y verbales, que escuchamos diariamente sobre los
piqueteros, un dilema aparentemente insoluble que, en última
instancia, podría sintetizarse como la confrontación en la
vía pública entre ocupados y desocupados.
Se enfrentan argentinos
desocupados, subvencionados por debajo de sus necesidades básicas,
impidiéndole el tránsito a argentinos ocupados que
intentan desplazarse para llegar a cubrir sus propias
necesidades.
El verdadero dilema nace
precisamente allí, en la "arena" donde se permitió
que se diriman los reclamos, que históricamente fueron la
Casa de Gobierno y las autoridades, pero que hoy es el
espacio público.
Quién sino el Estado es el
responsable de hacer llegar la ayuda correspondiente a
quienes sufren una situación de desempleo o marginalidad y
a su vez de promover mecanismos (capacitación,
entrenamiento, etc.) para que éstos sean reemplazados por
empleos reales. En cambio, se ha consensuado la metodología
de paralizar el espacio público confrontando a la ciudadanía
activa con carencias sociales que ésta no puede resolver.
La solidaridad social de los
argentinos se manifiesta en las innumerables ONG que
trabajan y se multiplican en la ayuda a los más débiles.
Pero es el Gobierno -que dispone del 42% de todo lo que
aportan los argentinos a partir de su trabajo para ejecutar
su política social- el que debe crear e implementar las políticas
de inclusión.
Los argumentos que se
esgrimen sobre la no resolución del dilema -que, somos
conscientes, demandará inevitablemente largo tiempo- son
variados: la necesidad del Gobierno de presentar un
escenario de reclamo social imperioso para respaldar su
tratativa con los acreedores externos; el intento de evitar
el desgaste político apostando al desgaste público de
ambas partes; la pretensión de manipular la violencia tan
temida (el servicio policial de remise ida y vuelta fue un
testimonio flagrante) etcétera.
Ningún argumento supera la lógica
del sentido común, retirar el reparto social a los
"capos" piqueteros, blandos o duros, no sólo
disminuiría notablemente su poder de convocatoria sino que
optimizaría los recursos destinados a los necesitados.
Se opta por calificar de
"exitosa" una jornada de cien cortes en todo el país
sin cuantificar su costo económico, su representatividad ni
su ilegalidad manifiesta.
La última argumentación de
las autoridades que observa un creciente
"cansancio" en las manifestaciones piqueteras, no
resiste el análisis de la psicología social: nada hay más
cansador que la inacción y la falta de perspectivas.
Lamentablemente, es muy probable que nuestra moderna Armada
Brancaleone vuelva a aglutinarse en el espacio público para
confrontarnos con la exclusión, la violencia, la extorsión,
la inacción y el sufrimiento que espera soluciones de
fondo.
El penoso espectáculo del
primero del actual, cuando la agresión de manifestantes y
piqueteros blandos (que regresaban en micro de vitorear en
la plaza del Congreso al Presidente ) a los piqueteros duros
que cortaban la autopista a La Plata y les impedían
circular, fue el absurdo al que suele llegar la realidad
cuando pretende ser manipulada y las reglas de juego que
acordaron los ciudadanos para convivir entre ellos no
encuentran autoridad para hacerlas cumplir.
La historia dio numerosos
ejemplos de que el discurso populista que antagoniza a la
ciudadanía, aun cuando su intención sea la toma de
conciencia y la solidaridad, no resuelve el dilema social y
exacerba sentimientos negativos.
Las encuestas sostienen que
el 92% de los argentinos reprueba el método de los cortes
de vía pública como forma de protesta. Es tan importante
que el Estado acelere su política de inclusión como que
ejerza su papel de garante del Estado de Derecho
persuadiendo al 8% restante a manifestarse dentro de la ley.
Fundación Atlas, Argentina.
|