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El
Mundo, España 16 de Marzo 2004
Dice
un personaje de Casablanca que renunciar a luchar es estar
muertos. España, ayer, decidió morir: estaba en su
derecho. Como tan bien lo supo Francesco Guicciardini en la
Florencia del siglo XVI, las naciones son tan mortales como
cualquier otro ser vivo; no es nada extraordinario.
Los
cadáveres morales son legión en la política española. Así
sucedió con aquella inmunda burguesía francesa que, en
1940, prefería colaborar con el nazismo antes que afrontar
la guerra contra los genocidas. Todo ha sido vertiginoso
desde el jueves.Al dolor, siguió el asco. Asco por el
obsceno uso electoralista que PSOE e IU han hecho de la
tragedia, en las 48 horas moralmente más turbias de la España
reciente. Empieza, a partir de ahora, lo peor.
El
11-S abrió un horizonte nuevo y terrible: el de la cuarta
guerra mundial (la tercera fue, entre 1948 y 1989, la Guerra
Fría). Las guerras, una vez desencadenadas, sólo admiten
dos desenlaces: o se ganan o se pierden. Los manifestantes
que, ante las sedes del PP, exigían la rendición
incondicional, son pobre gente. Los partidos que tramaron
eso son abyectos: algo de lo más normal entre esos
monstruos que son los políticos profesionales.
El
11-S ha fascinado a los últimos residuos del terrorismo de
herencia estaliniana: los deslumbró hasta qué punto era
posible sembrar apocalipsis con medios limitados. Por eso en
las herriko tabernas se celebró, aún más gozosamente que
en Gaza, la caída de las Torres Gemelas. No hay más que ir
a las hemerotecas para seguir, en estos dos años y medio,
la islamización política del abertzalismo: la iluminación
de que sólo el cuerpo empanado en dinamita del mártir
suicida es arma invencible contra el imperialismo; los
llamamientos a la alianza estratégica con esa «religión
de los pobres», llamada a destruir la perfidia
capitalista... El viejo terrorista estaliniano Ilich Ramírez
(alias Carlos), desde su prisión francesa, había dado
ejemplo, convirtiéndose al islam, y enarbolando el Corán
como última razón revolucionaria. Siglo XXI.
Ni
es nuevo ni es extraño. Durante la Guerra Fría, Carlos,
como ETA, como todos los terroristas europeos, fueron
instrumentos de un KGB que administraba su logística y
guiaba sus acciones.Y la OLP, el FPLP y los campamentos de
la Beká fueron los cimientos de la vieja ETA. La fascinación
del 11-S fuerza un tránsito de Arafat a Bin Laden.
Elemental lógica del cambio generacional.
Ganó
ayer la opción indigna de rendirse. A un adversario (el
islamismo, pero también sus gérmenes entre nosotros) mil
veces más exterminador que el nazismo, porque su comandante
en jefe es Dios, y Dios no tiene límites. Eso se votaba
ayer: renunciar a luchar; estar ya muerto. Ganó Al
Qaeda. Adiós, España
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