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La
discusión pública en el país sobre la salida del default
está enferma de miopía, de explotación política por
parte del Gobierno y de desprecio por el futuro. Se ha
enfrascado en el porcentaje específico del PBI que el
Gobierno debería pagar y en la ingeniería financiera de la
propuesta, y se ha olvidado del punto básico de la discusión,
que es la naturaleza de las políticas económica e
internacional que podrían colocar la economía argentina en
el sendero de un crecimiento como el español.
La
estrategia de salida del default debería ser un apéndice
de la política económica y de inserción internacional.
Pero ocurre al revés: el proyecto de país es un apéndice
del póquer que juega el Gobierno con el FMI, el G-7 y
Estados Unidos. Si el proyecto de país estuviera definido,
un potente haz de luz iluminaría el futuro argentino, los
acreedores confiarían más en nuestras posibilidades
fiscales e institucionales y se encontrarían mejor
dispuestos para la renegociación.
Según
la propuesta de Dubai todavía vigente, el Gobierno entregaría,
por ejemplo, un nuevo bono de 25 dólares a los acreedores
privados a cambio de la devolución de un viejo bono de 100
dólares que está en default. Pero como la Argentina no
quiere reconocer como deuda los intereses devengados y no
pagados desde fines de 2001, y quiere alargar plazos y bajar
tasas de interés, los acreedores no podrían vender el
nuevo bono en más de 8 dólares. De forma que la quita
verdadera, en términos del valor presente neto, ascendería
al 92% del valor de emisión del viejo bono.
Conforme
la experiencia mundial reciente, las quitas han fluctuado
entre un 30% y un 40%; sólo en casos de países muy pobres
rondaron el 50 por ciento. La propuesta de Dubai apunta,
entonces, a una quita salvaje. No sirve ni siquiera como
punto de partida para una reestructuración seria.
Una
renegociación seria debe ser viable desde el punto de vista
fiscal y aceptable para los acreedores. Una buena salida del
default debe ser un buen negocio para ambas partes. Una
propuesta en tal sentido podría consistir en: a) evitar
toda quita nominal de capital; b) destinar un 3% del PBI al
pago de la deuda, como hasta ahora, y c) hacer algunas
reformas económicas de importancia clave. Lo primero nos
granjearía la simpatía de los jubilados italianos,
alemanes y japoneses, y dejaría sin efecto la acusación de
favoritismo en el tratamiento de las deudas con organismos
multilaterales que hacen ciertos grupos de acreedores.
Lo
tercero crearía las condiciones para que en pocos años el
PBI aumentara desde el bajísimo nivel presente, de US$
130.000 millones por año, al de 1998, de 300.000 millones.
El tamaño del PBI en dólares es el centro del problema,
porque los impuestos se recaudan sobre la actividad económica
y porque cuando el objetivo es pagar deudas en dólares lo
importante es el monto de la recaudación en la misma moneda
(esto explica el punto b).
Un
3% de un PBI bajísimo como el actual, y como el que puede
esperarse de la política económica vigente en los próximos
años, arroja un superávit fiscal de apenas 3900 millones
de dólares, que no alcanzaría para servir la deuda en
default aun en caso de que el Gobierno impusiera la
propuesta de Dubai.
Sin
embargo, un 3% de un PBI como el de 1998 arroja un superávit
fiscal de 9000 millones, que alcanzaría para honrar la
deuda en default y para ir cancelando vencimientos de
capital, mientras se paga un interés del 4% anual sobre
saldos. Esta propuesta fue desarrollada por el economista
Marco Rebozov. Según él, la quita verdadera rondaría un
35% y la deuda empezaría a achicarse en valor absoluto
dentro de unos diez años.
¿Qué
debería hacer el país para que los inversores del mundo lo
vieran en el camino de España y así aumentaran con fuerza
la inversión y el PBI? Lo mismo que ha hecho España en los
últimos 25 años, trasplantado al hemisferio americano.
Tras siglos de tribulaciones, la dirigencia española
entendió por fin a Ortega y Gasset: que el problema de España
era España y que la solución era Europa.
En el plano
político, el país se democratizó para estar a tono con
Europa; en el de la defensa, ingresó en la OTAN, y en el
económico, entró en la Unión Europea, lo cual significó
dos cosas: libre comercio con Alemania, Francia, Italia y el
resto de la Unión, y la adopción del euro en reemplazo de
la peseta. España importó instituciones irrevocables, se
hizo miembro de un gran club, se volvió previsible. Dejo
librada a la imaginación del lector la lista de las
reformas que la Argentina debería realizar para emular a
España y para que la deuda, a la larga, se pague sola.
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