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Fernando
Ruiz
La Nación, Argentina
La
Argentina, al igual que casi todo el resto de América latina,
asiste con tolerancia a la violación de los derechos humanos en
Cuba. No situarse en el mismo bando que Estados Unidos parece ser el
eje de una postura que lleva a abstenerse de condenar fusilamientos,
persecuciones y toda falta de libertades
La
aún abierta temporada de caza de disidentes en Cuba iniciada el 18
de marzo de 2003 reveló una vez más que la etapa superior del
castrismo es su política carcelaria. En apenas un mes --que
coincidió con los fragores guerreros de Bush--, setenta y cinco
disidentes fueron detenidos, procesados y condenados a un total de
casi mil años si se suman todas las condenas. La revolución que
auguraba democracia y cambio social en 1959 se convirtió en un
Estado policial. ¿Qué clase de régimen político es uno que
encierra durante veintisiete años por sacar fotos periodísticas
(Omar Rodríguez Saludes), veintiséis por comentar estadísticas
económicas (Víctor Arroyo Carmona) o veinte por enseñar
periodismo (Ricardo González Alfonso)?
Castro
en este momento no tiene casi seguidores en el mundo, sino más bien
toleradores. La dictadura no pide más, por ejemplo, el apoyo en las
Naciones Unidas: apenas pide --y festeja si la obtiene-- la abstención
de los otros gobiernos a votar en su contra.
En
América latina, Cuba marca los límites geográficos de la
democratización, pero también sus límites mentales. La discusión
sobre Cuba en la región responde a un mundo que ya no existe. Es
una discusión entre bandas organizadas que esperan el día de
fundirse en una batalla final. Cada banda piensa en bloque y son
incapaces de discernir tema por tema. Como en una partida de
ajedrez, todas las movidas responden a una estrategia y ninguna
pieza es considerada en forma individual. Era la manera de pensar de
la era bipolar: maniquea, injusta y supresora del otro en tanto
sujeto de alguna verdad posible. La lógica de la Guerra Fría era
evitar hacer aquello que pudiera eventualmente beneficiar al
enemigo, aunque eso que se evitara hacer fuera lo justo de acuerdo
con los derechos humanos. Era, una vez más, el fin que justificaba
los medios y por eso se toleraron y apoyaron las dictaduras en
nombre de la libertad.
En
Argentina, nuestros gobiernos, desde los noventa hasta hoy, han
demostrado que su política hacia Cuba es la misma: cada una en su
estilo, resulta completamente dependiente de lo que hace el gobierno
de los Estados Unidos. Menem hacía lo que le pedían, mientras que
Kirchner tiende a hacer lo opuesto de lo que le piden. La
coincidencia de fondo entre ambas políticas es que consideran
irrelevante su política hacia Cuba excepto en cuanto tiene de simbólico
para posicionarse frente al gobierno de los Estados Unidos y frente
a su público electoral interno. La otra coincidencia es que ninguna
de las dos ha demostrado un compromiso real con una transición
democrática y pacífica en la isla, ignorando la lucha cotidiana
del movimiento disidente cubano. ¿Qué espera el canciller
argentino para ordenar al embajador en La Habana que invite a los
disidentes a las recepciones oficiales, como hacen las grandes
democracias europeas, cuyos diplomáticos incluso concurrieron a
algunos de los juicios en los que los disidentes fueron
sentenciados?
La
reticencia de muchos demócratas del mundo a cuestionar el castrismo
contribuye a construir el poder de la dictadura, y construye también
impunidad para reprimir disidentes, que son los que finalmente pagan
los costos humanos de la indiferencia internacional.
Esa
impunidad ofrecida desde el exterior a la dictadura hay que
explicarla. La razón principal es que la activa defensa de los
disidentes cubanos no forma parte aún de lo politically correct.
Para un disciplinado exponente de lo políticamente correcto no es
tan importante en qué lugar uno está parado, sino quiénes son los
que están a su lado cuando se saca la foto. No importa tanto qué
se postula o defiende, sino con quién o contra quién se hace.
En
la discusión sobre Cuba las voces castristas ya están en retirada,
pero no crecen en la misma proporción las anticastristas. ¿Por qué?
Asumir una postura pública anticastrista remite al potencial
denunciante de la dictadura a un bloque humano y argumental al que
considera inaceptable pertenecer. Este bloque consta de cuatro
elementos:
*
En la foto del anticastrismo salen todos los que defendieron las
dictaduras latinoamericanas. En general, al potencial anticastrista
no le gustaría estar al lado de ellos cuando sacan la foto, o al
menos no aparecer sonriendo.
*
En la foto del anticastrismo sale el exilio de Miami, el que tiene
una mala imagen en el exterior. Cristalizar la imagen del exilio ha
sido uno de los principales éxitos políticos del régimen. El
exilio cubano tiene una enorme variedad de grupos políticos y
representa un abanico completo de una sociedad democrática.
Estigmatizar el exilio es estigmatizar a la sociedad cubana y existe
cierto acento racista y discriminatorio en algunos de los
comentarios críticos.
*
En la foto del anticastrismo aparece el embargo, que es
mayoritariamente rechazado en el mundo. Varias de las declaraciones
que piden el fin de la dictadura también promueven el levantamiento
del embargo. Algunos países de América latina y la mayoría de los
países europeos coinciden con esa posición.
*
En la foto del anticastrismo aparece la bandera de los Estados
Unidos, y si hay algo que se mantiene sólido en el mundo es el
rechazo al gobierno de ese país, con variación de algunos grados,
más o menos, de acuerdo a quién sea el presidente y a cuáles sean
las circunstancias internacionales.
A
algunos les perturbará más un elemento que otro, pero entre los
cuatro reseñados suelen ser eficaces para bloquear la conversión
al anticastrismo. En síntesis, el anticastrismo no ofrece un
retrato de familia "políticamente correcto".
Una
razón adicional para demorar el paso del castrismo al anticastrismo
es que muchos tienen la impresión de que apoyar o tolerar a Castro
no los salpica de sangre, pues es una dictadura que ni mata ni
tortura. Ese sentimiento puede haber facilitado que el jefe de
gobierno de la ciudad de Buenos Aires le entregara una distinción
al dictador. Precisamente un jefe de gobierno cuya notoriedad fue
construida como fiscal en la defensa de los derechos humanos. Ocurre
que la fórmula represiva de Castro combina máxima contundencia
represiva y menor exposición de violencia. La exhibición de
violencia estatal es un recurso habitual en las dictaduras débiles
o transitorias, que no resulta tan necesario en las fuertes o
permanentes. En Cuba, la exhibición de violencia estatal se da
cuando crece la amenaza, como ocurrió con la política del paredón
en los inicios de la dictadura, con el caso del general Ochoa en
1989, o con los fusilamientos "preventivos" de tres
personas en abril del 2003.
Castro
prefiere reprimir en primera instancia, dado su control sobre el
tiempo presente y futuro de los ciudadanos, mediante el entierro de
los líderes cívicos clave en la cárcel durante decenas de años.
Es el caso del comandante de la revolución Huber Matos, o
actualmente de Elías Biscet, veinticinco años de cárcel, y de
Martha Beatriz Roque Cabello, presidenta de la Asamblea para
Promover la Sociedad Civil, que fue condenada precisamente por hacer
eso (como hacen en nuestro país Poder Ciudadano o Conciencia) a
veinte años de prisión, el pasado abril. La presidenta de
Conciencia recibiría en Cuba la misma condena, por ejemplo, que
recibió hace poco en Argentina quién violó y mató a una mujer en
un club en la zona de Palermo.
Cuando
recorrí la isla para realizar un estudio sobre los periodistas
independientes, sólo uno de ellos me mostró orgulloso su laptop y
su conexión a Internet. Un mes más tarde ese periodista se reveló
como un agente de la seguridad del Estado que participó como
acusador del resto de los periodistas independientes. Otros de los
periodistas que visité tenían computadora y alguno incluso puede
haber tenido algún tipo de conexión clandestina, pero temían
hacerlo público para que el régimen no se las sacara. A pesar de
la congresomanía internacionalista cubana, que este año organizó
al menos tres eventos sobre el tema repletos de delegados de América
latina, hoy Internet es Marte para Cuba. En una sociedad donde son
los bueyes los que volvieron a tirar de los arados, donde la tracción
a sangre es el eje del transporte público, la gente usa maletas de
madera, el parque automotor principal es de las décadas del
cincuenta y sesenta, las viviendas se derrumban con una frecuencia
inusitada por la falta de mantenimiento, tener una computadora es un
bien demasiado suntuario. La penetración de Internet (usuarios en
proporción a población) en Cuba es más baja que en Surinam o
Guayana Francesa y más baja que en todos los países
centroamericanos y todos los países de América del Sur
(www.abcdelinternet.com). Y si se pudiera discriminar entre usuarios
estatales y usuarios de la sociedad civil, Cuba tendría seguramente
la menor cantidad de usuarios de toda América. Las recientes
restricciones a la red buscan mantener el muro de la desinformación,
pero ese muro tiene cada vez más grietas.
El
parlamentario cubano Silvio Rodríguez escribió, en ese poema
inmenso que es La Maza, un verso que habla del "testaferro del
traidor de los aplausos, un servidor de pasado en copa nueva, un
eternizador de dioses del ocaso". Esas líneas creo que
deletrean, sin querer, el rol que cumple hoy la versión actual de
lo políticamente correcto con respecto a la dictadura. El ex
parlamentario Pablo Milanés, coprotagonista de la Nueva Trova
Cubana, está escribiendo ahora versos diferentes. Hablando de
Fidel, en diciembre del 2003, dijo a una radio colombiana:
"Cuando ves que es capaz de encarcelar a una gente durante
veinte años porque habló dos o tres mierdas, no lo concibes".
Al
fin del día, lo que la humanidad retendrá como perlas de nuestro
paso por la tierra en estas últimas décadas serán las imágenes
de una madre argentina en la Plaza de Mayo en un lúgubre 1977, un físico
ruso exiliado en Siberia, un tornero mecánico brasileño refugiado
en una catedral de San Pablo, un arzobispo salvadoreño que da
confianza desde el púlpito, un estudiante chino enfrentándose con
un tanque, un dramaturgo checo que escribe en su casa rodeado de
policías con perros, o un periodista cubano, como Raúl Rivero.
Ellos, sin ninguna piedra en la mano, sólo con la palabra y con su
cuerpo, horadan la enorme pared de la mentira. Sin haberlo buscado
ni estar demasiado alegres de tener que hacerlo ellos, son la pequeña
luz que traspasa ese muro anunciando temerosa que allí, gracias a
que hay un ser humano, hay una grieta.
Profesor
de periodismo y democracia en la Universidad Austral. Su último
libro es Otra grieta en la pared: informe y testimonios de la nueva
prensa cubana. (Cadal/Adenauer, 2003)

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