Luis Molowny.
Nacido
en Canarias, donde se formó futbolísticamente, vino al Real Madrid, con quien
ganó la primera Copa de Europa. De gran precisión en el pase, hábil y sereno
dentro de un estilo sobrio y sencillo. Su paso por el Real Madrid marcó, y
marca aún, una huella profunda.
Difícilmente se encontrará un jugador tan extraordinario como
este magnífico interior que pese a tener que luchar contra la propensión a
aumentar de peso, fue un verdadero genio del ataque –de un Real Madrid plagado
de figuras- por su facilidad de regate, el temple de sus pases y lo fulminante
de sus internadas, coronadas con tiros casi siempre imparables.
Luis Molowny Arbelo vio la luz el 12 de mayo de 1925 en las Islas Canarias.
Desde su infancia el pequeño Luis, ojos azules y pelo rubio, que denotaban el
origen irlandés de su apellido, pateaba por las tierras de su patria chica,
Tenerife, todo lo que se ponía por delante de sus zapatos. Su afición por el fútbol
era superior a cualquier otro entretenimiento. Pero no será hasta los 15 años
cuando se tome este deporte “en serio”. A esa edad realiza unas pruebas en
el Tenerife que en aquellos tiempos hacía captación de jóvenes valores
canarios para potenciar a su equipo.
Primera desilusión
La primera desilusión llegó rápidamente. Luis Molowny ni siquiera fue
convocado para jugar el partido de prueba. Decepcionado, se situó detrás de
una de las porterías para devolver los balones que se escapaban del rectángulo
de juego. Quiso la fortuna que los chicos que jugaban ese partido de prueba no
tuvieran excesiva puntería, porque Luis, con su estilo tan peculiar, devolvió
tantos balones y con tan buenas maneras que los técnicos no tuvieron más
remedio que fijarse en las excelentes condiciones de aquel muchacho.
Así, de esta manera tan singular, fue como Molowny firma por el Santa Cruz, de
Primera Regional, pero la corta edad no le permite jugar partidos oficiales, ya
que el reglamento establecía el tope mínimo para la categoría en los 18 años.
Molowny hubo de conformarse con disputar amistosos.
La fama de excelente jugador de Molowny se iba extendiendo como un reguero de pólvora.
Abandona Tenerife y en el Puerto de la Luz, en Las Palmas, se enrola en el
Marino, equipo con el que se proclama campeón de Canarias. A raíz de este
hecho su nombre comienza a sonar con fuerza en los ambientes futbolísticos de
la Península y son varios equipos de los llamados grandes los que tienden sus
redes para pescar al fino interior canario. Es el Atlético de Madrid, en gira
por las islas, el que inicia conversaciones con los dirigentes canarios para su
fichaje, pero las negociaciones no llegaron a buen puerto.
Pugna Real Madrid-Barcelona
La verdadera pugna se entabló entre el Real Madrid y el
Barcelona. En ese momento se puso de manifiesto la gran visión del presidente
Santiago Bernabéu: mientras los catalanes enviaban a su emisario en barco, el
Real Madrid lo hacía en avión. Jacinto Quincoces llegó rápidamente a Las
Palmas, donde se había montado un partido para que pudiera ver en acción a
Molowny.
Todo el mundo sabía de la presencia del emisario blanco, excepto el propio
Luis. Sus contrarios no le marcaban. Sus compañeros se hincharon a pasarle
balones. Pero ni por esas. Molowny tuvo una tarde verdaderamente aciaga que hizo
que Quincoces telefoneara urgentemente a Madrid para explicar las nulas
condiciones del muchacho allí exhibidas. Sin embargo, Santiago Bernabéu
impartió órdenes tajantes para ficharle, pues sabía que el Barcelona estaba a
punto de llegar.
Es en la temporada 46-47 cuando se integra en la plantilla
blanca. Su acoplamiento, tanto personal como deportivo, fue perfecto. Su debut
se produce en el estadio Metropolitano precisamente ante el Barcelona. Hay que
hacer notar que el Real Madrid jugaba en este campo por estar Chamartín en
obras. La expectación entre los aficionados es enorme para ver en acción al
interior canario del que se cuenta y no se acaba.
En el transcurso del juego Molowny sabe atraerse, desde el primer momento, las
simpatías del público por su peculiar concepción de la jugada, muy exclusiva,
y la vivacidad que suele dar a sus movimientos en el terreno. Gusta su juego,
pero se estima poco práctico ante la portería contraria. Sin embargo, la diosa
fortuna iba a tocar, a falta de ocho minutos, la rubia cabeza de Molowny. Cuando
ya parecía que el encuentro ante el Barcelona iba a finalizar en empate, un
excelente tanto, marcado por el nuevo interior, de preciso y magnífico
testarazo, proporcionaba el triunfo al Real Madrid y, con él, un inmejorable
debut de Molowny.
El primer encuentro lo disputó ante el Atlético de Madrid y constituyó una auténtica exhibición por parte de los argentinos que, con un dominio de la pelota rayando en el malabarismo y un espectacular juego de pases en corto, trajeron de cabeza al equipo colchonero al que derrotaron por cuatro goles a uno. Todo el mundo estaba convencido de que los equipos españoles poco a nada tenían que hacer frente a tamaño enemigo.
El siguiente partido lo celebró el San Lorenzo días más tarde
enfrentándose al Real Madrid. Tal era la confianza de los argentinos en su
victoria que el vaso Zubieta, internacional con España a los diecisiete años y
figura entonces en el equipo austral, decía: "Si contra el Atlético
ganamos fácilmente sin jugar a tope, frente al Real, dado nuestro marcado interés
por derrotarle de forma clara, forzaremos el tren de juego". Y como pronóstico
anunciaba: "Tal vez sea una fácil solución el doblar el tanteo del primer
partido".
Memorable victoria
A la hora de la verdad aquellos pronósticos se vinieron abajo. El Real Madrid
consiguió una memorable victoria devolviéndole el resultado que los argentinos
habían endosado al otro conjunto de la capital de España: 4-1. Aunque todos
los jugadores del Real Madrid se dejaron la piel en el campo, el que brilló con
más fuerza, verdadero artífice del juego de su equipo, fue Luis Molowny. Los
elogios fueron unánimes.
Dribló como sólo él sabía hacerlo. Repartió juego. Penetró
por la banda. Nadie fue capaz de frenarle en un encuentro lleno de fuerza e
inspiración que le valió convertirse en ídolo de los seguidores madridistas y
españoles. Al final del encuentro Angel Zubieta dijo de Molowny: “Es uno de
los más grandes jugadores que he visto nunca. En Buenos Aires cualquier equipo
se los disputaría a precio de oro”.
Once años en las filas blancas dejaron una indeleble huella en los aficionados
merengues. Durante todo este tiempo consiguió dos campeonatos de Liga, uno de
Copa de Europa –la primera-, una Copa de España, una Copa Latina, dos torneos
de Caracas y un Trofeo Teresa Herrera. Fue siete veces internacional, debutando
en 1950 ante Portugal y, al igual que hiciera en su presentación con el Real
Madrid, marcando un gol que levantó grandes elogios.
Entrenador talismán
Años más tarde sustituyó a Miguel Muñoz en n el banquillo en una época en
la que el Real Madrid se había sumergido en una racha de malos resultados.
Entrenador talismán, aunque siempre reconoció que sentarse en el banquillo le
ponía nervioso y lo pasaba mal. Tras este período en el que consiguió el título
de Copa, vuelve a la sombra dispuesto a saltar nuevamente cuando su club lo
requiera.
Se hace cargo del equipo al cesar Miljan Miljanic y consigue otro galardón, en
esta ocasión la Liga. No iba a ser ésta la última vez que tuviera que hacerse
cargo del equipo. Dimite Amancio y vuelve a coger las riendas de la plantilla y,
cómo no, a incrementar en número de trofeos para las vitrinas blancas,
conquistando un título de Liga y otro de la UEFA.
En el año 2001 y con motivo de la visita del Real Madrid a Las Palmas, para
disputar un partido de Liga con el equipo titular de la ciudad, el presidente
del Real Madrid, Florentino Pérez, le impuso la insignia de Oro y Brillantes
del Real Madrid por los servicios prestados al Club. En el emotivo acto estuvo
presente su querido ex compañero y amigo, Alfredo Di Stéfano, con quien le une
una gran amistad.
Fotos

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