Y ESTO ES REAL....

 

 

 

 

 

La vida cotidiana, diaria o como quiera llamarse, (algunos le llaman resl) no está muy lejos ni exenta de los miles de extraños, complejos e indignantes acontecimientos con los que nos encontramos dentro de las salas de un chat...

Siempre hemos hablado de que este medio da para todo, que la gente viene y hace lo que no haría en su vida diaria, que quizás vertemos nuestro interior negro, nuestra parte oscura en una sala de chat...

Siempre también he defendido la idea de que los seres humanos, si bien somos complejos y podemos ser duales, no podemos fingir por mucho tiempo ni en la "realidad", ni en la "ficción de un chat"...

Cuando a mis manos caen historias de la vida diaria que no están atadas a un chat, pues me siento inclinada a publicarlas aquí para que mediante la comparación determinemos que "en todos lados se cuecen habas".

Es por ello que decidí, a pedido expreso de su autor, publicar la historia que me hizo llegar, y que no tiene nada de extraño y al que muchos encontrarán similitudes con las historias que vivimos a diarios en nuestras salas...

Pero..... ¡juzguen por Uds. mismos...!!!

 

MI HISTORIA...

A la redacción.  

A través de una persona, conocí el sitio conventilleando. La verdad les felicito por ello.   Les mando mi historia. Quisiera que la publicaran ahí, porque es la única forma que tengo de contarla. Es muy triste para mí, pero si la contara con mis amistades, se reirían y me criticarían. Sin embargo, no puedo quedarme con todo esto dentro; necesito expresarlo y entre más gente la sepa, me sentiré reconfortado. Así que recurro a ustedes.   Gracias.

  TRISTE.    

Esta es una historia como tantas.

Inició como cualquier otra de estúpidas aventuras: una noche de julio, un grupo de amigos, un bar, algunas copas. Existía euforia. Después de las angustias, la franca mejoría. Todo estaba bien. Todo marchaba bien. El futuro más que promisorio. En todos los aspectos.

Al disolverse el grupo noctámbulo, el ánimo de una copa más. La curiosidad de regresar al lugar visitado en otras ocasiones, pero que en los últimos tiempos había sido prohibitivo por su precio. El costo de una simple cerveza había representado en los meses recientes la gasolina que utilizaba para una semana de recorridos infructuosos, en busca de oportunidades. Pero ahora era diferente. Ahora ni se molestaba en conducir su automóvil. Tenía chófer, y otro auto. Como en los viejos tiempos.

Entrar al lugar. Los “solícitos” camareros ofrecían una mesa. Ya conocía el local. Recorrió los pasillos a media luz. Llegó hasta el final, y regresó a la mitad. Al dirigirse a los sillones, en una pequeña mesa, dos de las atracciones del lugar. Una de ellas le sonrió al paso.

Si la vida se veía de maravilla ¿qué más daba gastar algunos cuartos más? Pidió su cerveza –la desconfianza ante la posibilidad de que otro licor estuviese adulterado. No en vano recordaba el caso de Arturo– y a la pregunta del camarero sobre compañía, la respuesta no tuvo que ser expresada. La sonrisa vestida de negro estaba allí, a unos cuantos pasos.

¿Qué edad tenía? Lucía muy joven. O quizás sus ojos de más de cuarenta así la veían. Después de las preguntas trilladas de siempre, una que marcó el hito: ¿por qué estaba esa sonrisa en ese lugar? Detrás del destello de maquillajes y vestidos de noche, atrás de los amables camareros, estaba el ambiente sórdido del burdel: las estafas con las tarjetas de crédito, las cuentas infladas, las propinas desproporcionadas... y la compañía comprada. La sonrisa y el rostro que la acompañaba no concordaba con ese lugar.

Contó su breve historia. Había llegado de una de las provincias. Padres divorciados. Tiempos difíciles, estudios por completar, ayudar en casa. La urgencia de recursos. En conclusión: la única oportunidad para contar con ello era este lugar... La versión que parecía trillada, en esta ocasión le sonó real. Los ojos no mentían. El trato no era de la prostituta habituada a la simple conversación de compra – venta del servicio.

Esa noche no fingió ser vendedor de aspiradoras de puerta en puerta. Ante una sinceridad que no esperaba –solamente había querido beber una copa más, a sabiendas que no pagaría por el servicio– dijo la verdad. No deseaba pasar a los reservados. No quería sexo. Pero algo había impactado. Proporcionó sus verdaderos datos –cosa que sabía que en esos lugares no debía hacerse. Propuso verse en otro lugar, al día siguiente. La sonrisa aceptó. Terminó su bebida, y se levantó, prometiendo llamar.

Al salir a la calle, y abordar el vehículo, la historia escuchada le retumbaba. En lugar de disfrutar esa última copa, la incipiente borrachera había desaparecido. Algo estaba pasando, que no era normal. Llegó a casa, y en la cabeza le daba vueltas todo: las palabras, la sonrisa, los ojos llenos de verdad. Se impuso, a fuerza, la madurez. La incredulidad de tantas cosas vividas. Logró dormir.

Día siguiente. Trabajo. Compromisos. La llamada que no llegó. Y con ello, el convencimiento de que era igual que las otras. Que sólo había aprovechado para obtener la comisión de las bebidas que consumió. Sólo eso. Mejor era olvidarse del caso. Además, era viernes. El fin de semana contribuiría a dejar este asunto atrás.

Pasó el lunes. La intensa actividad no le permitió pensar más en ella. El martes por la mañana, la seguridad de que había sido solamente los minutos de negocio. Al mediodía, al regresar a su privado, la secretaria: había llamado ella. Había dejado un número telefónico –celular, como debía ser. Pidió la comunicación. Y tras unos instantes, la escuchó a través del auricular. Explicaciones, y la propuesta de verse al día siguiente por la noche.

Elegido el lugar, determinada la hora. Sólo faltaba que llegara el momento. El encuentro. El bar no podía ser mejor. Donde era conocido y reconocida su presencia. Donde no necesitaba pensar en la autenticidad de las bebidas. Es más, donde no tenía que decir al camarero qué deseaba. Coincidencia afortunada, quizás, de que estaba vacío.

Su llegada. La sonrisa. Los ojos. Su figura. El beso amistoso del saludo.

La conversación que pasó rápidamente de la superficialidad a la vida real. Las confesiones de un lado y del otro. La verdad. Coincidencias inimaginables. El surgimiento de los seres que pendían de ambos lados. La sugerencia aceptada de buscar una alternativa de vida distinta. El establecimiento de compromisos: él no quería comprar nada de ella. Ella quería una compañía sincera. Nada más allá. Ni de amor ni de carne. La presencia de ambos era suficiente.

En el camino a su casa, pensó que ella había invertido tiempo que, en sus condiciones, representaba dinero. De su billetera extrajo una cantidad sin contarla. Tomándola de la mano se lo entregó. Era una ayuda. No más explicaciones.

La noche había adquirido otra imagen. Aunque sabía que ella regresaría al día siguiente a aquél lugar, al menos una noche no había tenido que soportar a los ebrios y su decadente lujuria; con sus manos que trataban de acomodarse en su cuerpo. Al menos por hoy, le había evitado el asco que decía sentir.

Los compromisos no dejaban de surgir. La noche del jueves requería su presencia con los amigos. Más celebraciones. Todo estaba bien. La fiesta ayudó a no pensar que ella estaría con su sonrisa en una mesa, rodeada de compradores. O en uno de los reservados, o en una habitación de hotel, atendiendo a un cliente.

Otra vez viernes. Una gran resaca, pero al fin y al cabo, no tenía que trabajar ese día. Por el contrario, contaba ya con su ticket de avión. El fin de semana en la playa. Hacía tiempo que no desayunaba en el restaurante que tanto le gustaba. Ahora lo podía hacer. Tenía el dinero y el tiempo para hacerlo.

Maldito celular. Ojalá y no lo hubieran inventado. Le había quitado la privacidad a su vida. En el identificador de llamadas se leía: “oficina”. Respondió. Nada extraordinario: la confirmación de sus reservaciones, algunos otros mensajes que podían esperar al lunes, y uno más, de ella. Le urgía hablar con él.

Después de unos instantes de duda –en primer lugar, el pensar que el celular de ella tuviese también identificador y, por consiguiente, que registraría el número del celular de él, cosa que no le gustaba; en segundo lugar ¿qué podría ser urgente?– decidió llamarle.

Sí, no había salido aún de viaje. Saldría hasta la tarde. No, no estaba en la oficina.

Escuchó. Ella decía haber sufrido lo sórdido del burdel: se percató del robo descarado a un cliente y, para que no pasara nada, la invitaban a compartir el producto. Protestó, pero de nada sirvió; incluso, el responsable del lugar le recordó en dónde se encontraba. Prefirió abandonar el sitio. Pero requería dinero. El bautizo de su hija el sábado le apremiaba. Un préstamo. Una cadena de oro de por medio, como garantía, y el compromiso de devolver la cantidad en una semana. Él respondió que vería. Que llamaría más tarde.

Unas vueltas por el centro comercial. Necesitaba un traje de baño nuevo, unos top siders, y a ver qué más se le ocurría. Mentalmente repasó el saldo en su cuenta. Mucho, mucho más, escandalosamente más de lo que le pedía en préstamo. Recordó la fiesta del jueves por la noche. Había gastado el doble de lo que ella le pedía para el bautizo. Pensó en el viaje que iniciaba esa tarde. La habitación le costaría por noche dos veces más de lo que ella requería. El cenar en la playa, en el restaurante que tanto le gustaba, implicaría casi lo mismo.

El celular otra vez. Sí, que contara con ello. La cita inmediata: ambos disponían de poco tiempo. Un café, en treinta minutos. Se encontraron, bebieron una cerveza. Él entregó el dinero. Ella quiso entregar la cadena, pero no la aceptó: quería tener la oportunidad de confiar en ella. No regresaría al club. Había sido suficiente. Ella llamaría la siguiente semana, y él vería con sus amigos la oportunidad de un trabajo para ella. Se despidieron.

Pasó la siguiente semana. No hubo llamada. El celular decía estar apagado o fuera del área de servicio. Se había esfumado. Como paliativo, el pensar que ese dinero se había ido en una parranda. Pero dentro de él, se sentía decepcionado.

Al cabo de varios días, una llamada. Había tenido que salir de la ciudad. Estaba de regreso, y quería trabajar. Quería dejar atrás el pasado. Una cita concertada, pasaría primero a la oficina de él, y juntos irían a la entrevista. No llegó. Problemas familiares fueron la excusa. Otra entrevista más. Tampoco llegó. Esta vez, avisó a la secretaria: el deceso de un hermano. Más tarde llamó. Los restos incinerados. La madre le pedía le acompañara a dejar las cenizas en la provincia. Regresaría el lunes y llamaría.

Fue hasta el miércoles. El viaje se había complicado, pero ya estaba de regreso. El viernes nuevamente la entrevista, pero podían comer antes juntos. Esta ocasión, no le concertó la cita. Si llegaba, bien.

Ella llegó con una rosa en la mano. Se fueron al restaurante. Bebieron, comieron. Ambos coincidían. Parecía empezar algo. Al otro día, siendo sábado también comerían juntos. Se despidieron. Durante la cena con sus consabidos amigos, recibió tres llamadas de ella. Le extrañaba. Se sentía bien hablando con él. Quería que las horas volaran para que llegara el día siguiente.

El celular apagado el sábado. Todo el día tratando de localizarla. Nada. El domingo por la mañana, igual. Hasta el medio día. La excusa de ella: su madre le había quitado el celular, como castigo por una fiesta con sus amigas de la escuela. Pedía disculpas. Él fue claro: no la obligaba a nada. No era forzoso que estuviera con él. Pero no más burlas a su tiempo. No más citas, y un adiós. Al rato, nuevas disculpas de ella. Lloraba, no quería perderlo.

Dos noches después, cenaban juntos. Ahora sí el compromiso de ambos: el surgimiento de un sentimiento. En los días subsecuentes, el celular siempre estuvo disponible. Hablaban, y en dos ocasiones se vieron poco tiempo.

Una semana después, él tenía que viajar a la playa. Razones de trabajo, pero la invitaba. Aceptó.

Era el penúltimo día de agosto. Se encontraron en el hotel. Él había llegado por la mañana, y tuvo que trabajar todo el día. Todo estuvo arreglado para la tarde, cuando ella llegó. Salieron a cenar, bebieron y disfrutaron su mutua compañía. Pasaron la noche juntos. Al día siguiente, salió a cumplir con su trabajo. Ella fue a la playa. En la tarde, se encontraron nuevamente. En la noche, se dirigieron al aeropuerto, esperaron el vuelo que estaba demorado, y ambos dijeron sentir algo muy especial.

Así inició la segunda parte de la historia. Fueron compañeros de aventuras, de parrandas, de momentos difíciles. Amantes apasionados, viajaron en varias ocasiones.

Surgieron dos confesiones más de ella: no tenía una hija, sino dos. No podía tener más. No importaba, él ya tenía dos hijos.

Sus padres regresaron. Trabajaba ya con ellos. El cambio de casa de la familia la motivó a independizarse. Él le seguiría ayudando económicamente.

Con la llegada del año nuevo, empezó la tercera parte de este relato, marcada por las complicaciones. Cada día, eran más problemas los que la rodeaban. De la familia, pero sobre todo de dinero. Discutían. Se separaron en dos ocasiones. Habían terminado, pero se volvían a reunir y hablaban mucho sobre lo que tenían que hacer para que todo siguiera adelante.

En la mitad de abril, después de aclarar su situación, volvieron a convivir como antes. Dos noches, que fueron las últimas. A partir de ahí, los problemas nuevamente. Los ratos esporádicos para verse. Cuestiones familiares de ella. El agobio de su situación económica. El dejar el departamento, e irse a casa de la abuela. Menos posibilidades de verse.

Cada día se iba a pique la relación. Esfuerzos infructuosos de él, que se topaban con días sin saber de ella. Los argumentos de siempre: los problemas familiares, la presión de las niñas, y los compromisos que tenía que atender.

Escasos momentos se vieron. Unos minutos cada vez. Llegó el verano. Las promesas de verse que no se concretaron.

Vacaciones. Al regreso, unos instantes para recoger unos documentos para la escuela de las niñas. La promesa de una habitación de hotel al otro día, donde conversarían para salvar su relación. No sucedió.

Otras propuestas para verse. Ninguna fue cumplida por ella. A la última llamada, sólo una frase: le llevaría las cosas de él. Asunto arreglado.

Él ha quedado desconcertado. Quizás el limitar la ayuda económica. Esa fue su única falta. Tal vez ella cuenta ya con alguien, que también le haya ofrecido su apoyo. ¿De qué otra manera pudiera ser? Él ya no es tan prolijo para contar con el mismo detalle y emoción como la primera parte de esta historia.

En una semana cumplirían un año de estar juntos. Ya no habrá celebración. Y para él, la maldita coincidencia de que su trabajo le obligará a estar en el mismo destino de playa. Su único consuelo es rumiar una frase dura, leída no hace muchos días, y que pareciera sintetizar su historia:

LOVE KEEPS NO PLACE FOR A HOOKER…

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