La Historia de Rosi

-AnaClara. Cada vez que la nombro recuerdo el tema de Viglietti. Ella es nuestra amiga “soporte” desde aquellos años en la Secundaria. La idealista de fatídico final de los años Universitarios. La soñadora de una era a iniciar. AnaClara sigue siendo la flaca que conocimos por nuestros 12 años. La mujer que nos escucha sin preguntas, sin interrumpciones y que en nuestros sollozos; nos abraza, siente y nos reconforta.
El habitat de AnaClara es como ella: transparente y luminoso, moderno y renovador. Simple, solitario y silencioso no necesita de nada más ni de nadie más; tal como ella. Para los amigos de AnaClara su casa es nuestro refugio. ¡Y allí me dirigí…!
-Mi amiga es Rosi. Estuvo desde su pubertad siempre confundida entre dos vertientes: Rebelarse revelando o esconderse como el avestruz y repetir la vida de su madre. Rol que tan bien conocía, rol que la hacía sentir a salvo, rol en el que desarrollaría esa comodidad tan particular de ciertos humanos. Así fue que a los 19 años Rosi se casa con Pablo. Son felices, comen perdices, tienen hijos. Pero a los 13 años de matrimonio todos fuimos testigos de que Rosi y Pablo se dejaron de amar.
Nunca dijimos nada, nadie nunca mencionó la falta de comunicación, la falta de manifestaciones afectivas o esa abulia tan peligrosa que decoraba los días de Rosi; acercándola irremediablemente a una depresión que años más tarde requirió medicación y terapia. Esta tarde me llamó, se escuchó su voz quebrada y pidió venir a verme. La espero…
-“Hola, dejame pasar, estoy destruída!!!”, dijo Rosi con sus ojazos rojos e hinchados y su voz temblorosa.
-“Pasa che!! Vení, vamos al solarium donde el sol entra irreverente.”- Tomándola de la mano y queriendo parecer indiferente a una marca violácea que lucía en su mejilla nos fuimos a sentar.
Lloró desconsoladamente y decidí dejarla sola con la excusa de preparar un café. Cuando volví, Rosi me miró y dijo simplemente: -“Me pegó AnaClara. Mi marido me pegó.”
Se deslizó la bandeja de mis manos y traté de disimular. Yo no estaba allí para juzgar, yo estaba allí para escuchar a una amiga.
-“Rosi, pero… ¿Cómo sucedió, qué pasó?”-, dije con mi voz más serena.
-‘No sé, no sé… Todo es tan confuso, un embrollo, un enjambre. ¿Te acordás cuando te comenté que le compramos a Sebi la famosa computadora? ¿Te acordás que renglón seguido le pidió a su padre el Internet?”- preguntaba Rosi buscando mis afirmaciones.
-“Sí, claro que me acuerdo. Incluso hablamos de esta tecnología que nos abriría puertas impensadas y cuya libertad no creo sea fácil de limitar”-, dije.
-“Bueno, no sé cómo empezar. Solo sé que un día Sebi me muestra como entrar a un chat. Yo aburrida con mis días, ya los chiquilines son grandes, no sé…”-, relataba mi amiga.
-“Esperá: ¿qué es un chat? Me hablas como que yo entendiera y realmente no te entiendo."
-“¡Uy, perdoname!! Abrís una página de chat que significa charlas en el slang inglés. Y seleccionás una sala. Te metés con un nick cualquiera y hacés sociales. Es re divertido, conoces gente de cualquier país, edad, clase social, etc… Mientras estas en pantuflas, en camisón o con la ultima crema de Revlon en la cara”-, contestó Rosi con una alegría desbordante.
-“Pero, disculpame. ¿Qué tiene que ver la computadora con el Internet, el chat con su gente y la marca que llevas en tu mejilla?”-, ya impaciente interrogué.
-“AnaClara, me enamoré. Estoy perdidamente enamorada. Como todo lo mío, todo perdido…”-, dijo mientras volvían las lágrimas a sus ojos.
Desmoroné mi espalda sobre el respaldo del sillón de mimbre trenzado. No era mucho lo que podía entender, deducir, saber. Aún así, ahí estaba Rosi esa mujer de casi 50 años. Confesando un amor añorado, deseado, perdido. Cuando no sé qué decir, suelo mirar a los ojos y quedarme callada.
Espero al otro, sin necesidad de salir a su encuentro con alguna pavada infame.
-“El y yo charlamos en esa sala de chat por casi un año y medio y me vino a ver. Cuando lo vi en ese aeropuerto se me cayeron las medias”-, elaboró muy seria Rosi.
-“Las medias y por lo visto otras prendas”-, acoté yo para arrancar la hermosa sonrisa que esa mujer contenía.
-“Sí. La cuestión es que el amor que inciamos por letras se hizo carne”-, contaba mi amiga. -“Te advierto aquí que los dos somos casados con hijos. El no dejará a su esposa como yo no dejaré a Pablo y las ventajas que por convivir con Pablo disfruto.”
Mi expresión cambió. Intenté mirar hacia otro lado, pero Rosi es mi amiga desde hace siglos. A modo de broma y para tratar de convencerme, dijo:
-“¡Vamos AnaClara, vos sabes como soy yo! Entre nosotras nunca hubo ni habrá mentiras. Conoces que puedo llorar viendo un documental de Chiapas, regocijarme con la biografía de Camilo Cienfuegos pero cuando fui a Francia le pedí a Pablo un Lladró de tamaño gigantesco. Con la edad que tengo, sin un título y sin experiencia laboral no puedo pretender re-iniciar una vida como la que llevo. Sería un kamikaze y una ingenua. Con Pablo hemos construído desde el comienzo esto que hoy disfrutamos. Sé por experiencia que lleva años, horas de entrega y meses de lucha. Por el otro lado ya no nos amamos, pero estamos acostumbrados. Yo a sus largos viajes, él a mis caprichos.”
La miré y solo dije: -“Y el mundo seguirá girando”.
-“Pero en una de mis salidas clandestinas, fui descubierta. Pablo casi lo estrangula al susodicho y luego nos dirigimos a casa. Gritos, empujones, reproches, memorias y me dejó esto en mi rostro” -,termina Rosi de narrar.
-“Y los machos dominaron al mundo y a las bestias”-, sarcástica intervine.
-“¿Ahora qué hago? ¿Qué hago AnaClara? ¿Qué hago de mi vida, qué hago con Pablo, que hago con el chat?”-, preguntó con una mirada de adolescente desvalida retomando el llanto.
-“Rosi, si me viniste a ver para decirte qué hacer, tu visita es infructuosa. Si me viniste a ver para visitarme y que te escuche, la victoria es tuya. Si me viniste a ver buscando un consejo, sostengo siempre que sabemos equivocarnos solos, no requerimos de consejos. Yo no me comportaré como tu marido, yo no te castigaré por tu conducta, yo no reprocharé tu affair, yo solo soy tu amiga y aquí estoy.”
-“¿Pensás que Pablo tuvo razón en golpearme?”
-“¿Vos qué pensas sobre la violencia? ¿Es justificable, el acto de violencia es aceptable con uno, dos o cuántos atenuantes?¿Y de la violencia contra la mujer? ¿Vos qué sentís cuando cada 5 minutos mueren más de 25 mujeres en el mundo, víctimas de la violencia doméstica? ¿Que sensación se te produce en la boca del estómago cuando sabés que por nacer nena, hay lugares en el mundo donde te tiran en un campo a que te digieran aves de rapiña? Claro todo ésto no pasa en tu ciudad, en tu barrio o en tu casa, no? O sí…? Pensá Rosi, tratá de entender y entenderte. Tu cerebro y tu capacidad de aprendizaje son tus mejores armas. Por ello te suplico que no me pidas que piense por vos.”
Rosi se levantó y se acercó al gran ventanal que enmarcaba la ciudad. Acercándome a ella dije: -“¿Viste cómo se complica una vida entre bizcochitos recién horneados, cremas de Revlon y el último episodio de la diaria telenovela?”-. Nos sacudimos en estruendosa risa y preguntó: -“¿Flaca hermosa, por qué estas sola?”- Mientras la abrazaba con fuerza, le contesté: -“Rosi yo no estoy sola, yo me tengo a mí… y andá largándome a ver si tu marido me pega por creernos lesbianas.” -Volvimos a reírnos descaradamente...
