MI VERSION DE LOS HECHOS
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Antes que nada, déjenme presentarme. Yo soy el mexica
(no en la forma despectiva que lo emplea la argenta,
sino orgulloso de mis orígenes) al que se refiere
una de las historias contenidas en esta página.
Nunca dije ser asesor del Presidente de México, ni que
me transportaba en Mercedes. Era –y sigo siendo–
simplemente un servidor público, con mucha suerte y
que he tenido la fortuna de desempeñar
responsabilidades –al menos para mí– importantes. Mi
medio de transporte en esos ayeres, era un Nissan
Sentra, del cual me dotaba mi oficina (por cierto,
ahora abordo todos los días uno similar, que también
me proporciona mi actual trabajo), eso sí, con chofer
que, bendito sea el cielo, me asignan, o sea, no lo
pago yo. Imagínense, tener un enemigo a bordo, y
encima a costa propia, como que no es negocio. Mi
familia, sin fingir apellidos u orígenes rimbombantes,
ha sido gente de trabajo, sobre todo el de mi padre,
que nos permitió tener una posición más que cómoda en
la vida.
Dice la interfecta que no pisé universidad alguna ni
por la acera de enfrente. Allá ella y sus “fuentes de
información” –un empleado de la telefónica de mi
país.
Simplemente creo que en mi forma de expresarme puede
apreciarse el grado de cultura, y en último de los
casos, lo cuenta para mí y punto. Pero,
independientemente de ello, quiero decir que mi grado
y posgrado no los inventé. Ni lo que he hecho en mi
vida profesional, que no ha sido desde los 17 años en
una empresa. Por cosas del destino, tuve el gusto de
estar en varios lugares del mundo, lo cual se lo
demostré muchas conversaciones, en las que los
detalles mencionados no se aprenden ni en guías
turísticas ni en tarjetas postales.
Que vivo yo en los arrabales, me importa un bledo que
así lo piensen. Es más, con la maldita inseguridad con
que se vive en esta otrora región más transparente del
aire, como diría el poeta, qué bueno que así se lo
imaginen. A mí me encanta mi casa, la disfruto, y eso
es lo que cuenta.
Sobre mi vida personal, no abundaré mucho. Sí, tengo
dos hijos, no niego que casado aún, pero ya en mero
trámite de concluir formalmente esa etapa, que en los
hechos ya acabó.
Dicho lo anterior, paso a relatar mi versión.
Tiempo atrás, un día de ocio, y por mero accidente,
encontré el sitio denominado planeta chat. Entré con
el sobrenombre de “*”, que era la denominación
del personaje de una campaña de publicidad de la
dependencia donde en ese momento trabajaba. Conocí
mucha gente, algunas dignos de mencionar y recordar,
otras que... bueno.
Un día fui presentado ante M. Minutos después de
un interrogatorio –bastante incómodo, debo decirlo– la
susodicha desapareció, y tras unos instantes, ingresó
A. Una conversación corta, y luego de borrarse esta
última de la lista, apareció F. Los tres
personajes afirmaban ser amigas entre sí, y estar
interesadas en el bicho que acababa de ser presentado
con la primera.
Las semanas transcurrieron, y poco a poco fui cayendo
en la cuenta que las tres mencionadas eran la misma
persona. Ingenuo, si ustedes quieren, pero así fue. En
fin, hubieron varias conversaciones privadas con
F., hasta que un día, tras una bastante
“romántica” (el entrecomillado es mío), recibí una
de
las mayores majaderías que había escuchado (o leído,
en este caso) por parte de una mujer, y que mi
educación no me permite repetir aquí. Eso me pareció
suficiente para nunca más saludar a individua tan
corriente.
Sin embargo, tiempo después, una tal C. me saludo
en el chat, e iniciamos una conversación interesante, durante la
cual me percaté que era F. Ya sin las corrientadas de la
ocasión mencionada, percibí a una persona que, si bien burlona,
ocultaba una gran sensibilidad.
Tras el intercambio de direcciones electrónicas, inició una relación plagada de escritos –también tengo mi vena literaria, no crean que no– por medio de los cuales transmitimos sentimientos y emociones. Hasta el día que se aparecieron dos palabras en la pantalla, y que expresaban el mayor de los sentimientos del que podemos ufanarnos los humanos. Tras ello, surgieron los planes para conocernos personalmente. Una invitación a Niu Yor, que no fue aceptada y la cual puedo documentar ab-so-lu-ta-men-te, y luego la propuesta de venir a la tierra del quinto sol (propuesta de ella, no mía).
Y bueno, pues la argenta vino, vio y no venció. No me presenté ante ella, es verdad, por lo siguiente: su fuente de información, violando su ética profesional (si es que sabe qué significa eso) sacó información de mi cuenta telefónica, y le proporcionó mi número. Llamó, respondió quien no debía haberlo hecho, y todo se cayó. Equivocado, si ustedes quieren, pero ante esa circunstancia, mi conclusión fue: Bueno, explicaciones pueden ir y venir, pero ante ella, no hay razones. Su desprecio, como consecuencia, está más que justificado.
Sin embargo, en una actitud que reconozco que debe llamársele cobarde, la vi de lejos en al menos tres ocasiones, y no me atreví a acercarme. Así, transcurrió el mes de su estadía por estos lugares.
Tiempo después volví al chat, y luego por el ICQ. Conversamos, traté de explicar lo acontecido, y no se pudo. Ahora, ella por su lado, yo por el mío.
Es verdad, pude haber evitado que viniera. Es verdad, debí haber dicho cómo estaban las cosas en versión completa. Todo eso es cierto. Sin embargo, lo único que puedo decir es que se debió a una cuestión de tiempo.
No pretendo justificarme ni nada por el estilo. Sólo quise utilizar el derecho de réplica, y decir que, si bien no es algo como para sentirse orgulloso de lo acontecido, también existe mi versión, y que durante varios meses, el intercambio electrónico despertó un sentimiento que valdría no un viaje al sur o al norte de este continente, sino alrededor del mundo. Y recordarle a ella que lo que me inspiró a escribir, fue cierto. Eso no es reinventarse. Eso fue pasión. By the way, no me reinventé ni nada. Así soy. Cínico y cretino, quizás, pero cuando le afirmé que era “my sweetest thing”, fue verdad.

*