La Imagología.
El
político depende del periodista. ¿Pero de quién dependen los
periodistas? De los que pagan. Y los que pagan son las agencias
publicitarias, que compran de los periódicos el espacio y de la televisión
el tiempo para sus anuncios. A primera vista se diría que se dirigirán
sin vacilar a todos los periódicos que se venden bien y que pueden por lo
tanto incrementar la venta del producto ofrecido. Pero ésa es una visión
ingenua del asunto. Vender el producto no es tan importante como creemos.
Basta con fijarse en los países comunistas: No es posible afirmar que los
retratos de Lenin que colgaban por todas partes pudieran incrementar el
amor por Lenin.
Las
agencias de publicidad de los partidos comunistas (los llamados
departamentos de agitación y propaganda) olvidaron hace ya mucho tiempo
el objetivo práctico de su actividad (hacer que el sistema comunista sea
amado) y se convirtieron en un fin en sí mismas: crearon su idioma, sus fórmulas,
su estética (los directores de estas agencias tenían antes un poder
absoluto sobre el arte en sus países)
¿Objetarán
ustedes que la publicidad y la propaganda no pueden compararse, porque una
está al servicio del comercio y la otra al de la ideología? No entienden
ustedes nada. Hace unos cien años, en Rusia, los marxistas perseguidos
comenzaron a reunirse en secreto en pequeños círculos para estudiar el Manifiesto
de Marx; simplificaron el contenido de esta sencilla ideología para
difundirla a nuevos círculos cuyos miembros, simplificando aún más esta
simplificación de lo sencillo, la transmitieron a otros y éstos a otros,
de modo que cuando el marxismo se hizo conocido y poderoso en todo el
planeta no quedaba de él más que una colección de seis o siete
consignas, tan deficientemente ligadas entre sí que es difícil llamarlas
ideología. Y porque lo que quedó de Marx hace ya tiempo que no
constituye un sistema lógico de ideas, sino apenas una serie de imágenes
y consignas sugerentes (un obrero que sonríe con un martillo, un hombre
negro, uno blanco y uno amarillo que se dan fraternalmente la mano, la
paloma de la paz que echa a volar hacia el cielo, etcétera, etcétera),podemos
hablar de la gradual, general y planetaria transformación de la ideología
en imagología.
Imagología.¿Quién
inventó primero este magnífico neologismo?¿Paul o yo? Al fin y al cabo
eso no es lo que importa. Lo importante es que esta palabra nos permite
unir bajo un mismo techo lo que tiene tantos nombres: las agencias
publicitarias, los asesores de imagen de los hombres de Estado, los diseñadores
que proyectan las formas de los coches y de los aparatos de gimnasia, los
creadores de moda, los peluqueros y las estrellas del show bussines,
que dictan la norma de belleza física a la que obedecen todas las ramas
de la imagología.
Claro
que los imagólogos existían antes de que hubieran creado sus poderosas
instituciones, tal como las conocemos hoy. Hasta Hitler tenía su imagólogo
personal, que se ponía ante él y le enseñaba pacientemente los gestos
que debía hacer durante sus discursos para fascinar a las masas. Sólo
que si entonces aquel imagólogo hubiera dado a los periodistas una
entrevista en la que hubiese divertido a los alemanes contándoles que
Hitler no sabía mover las manos, no habría sobrevivido más de medio día
a su indiscreción. Hoy, en cambio, el imagólogo no sólo no oculta su
actividad sino que con frecuencia habla en lugar de sus hombres de Estado,
le explica al público lo que les ha enseñado y lo que ha logrado que
olvidaran, cómo van a comportarse, de acuerdo con sus instrucciones, qué
fórmulas utilizarán y que corbata llevarán puesta. Y no debe extrañarnos
su autosuficiencia: la imagología ha conquistado en las últimas décadas
una victoria histórica sobre la ideología.
Todas
las ideologías fueron derrotadas: sus dogmas fueron finalmente
desenmascarados como simples ilusiones y la gente dejó de tomarlos en
serio. Los comunistas, por ejemplo,creían que durante el desarrollo del
capitalismo el proletario iba a empobrecerse cada vez más, y cuando un
buen día se demostró que en toda Europa los obreros iban a su trabajo en
coche, tuvieron ganas de gritar que la realidad les estaba haciendo
trampas. La realidad era más fuerte que la imagología. Y precisamente en
este sentido la imagología la superó: la imagología es más fuerte que
la realidad, que por lo demás hace ya mucho que no es lo que era para mi
abuela,que vivía en un pueblo de Moravia y lo conocía aún todo por su
propia experiencia: cómo se hornea un pan, cómo se construye una casa, cómo
se mata a un cerdo y se hacen con él embutidos, qué se pone en los
endredones, qué piensan del mundo el señor cura y el señor maestro;
todos los días se encontraba con todo el pueblo y sabía cuantos
asesinatos se habían cometido en los alrededores en los últimos diez años;
tenía, por así decirlo, un control personal sobre la realidad, de modo
que nadie podía contarle que el campo moravo prosperaba cuando en casa no
había qué comer. Mi vecino de París pasa su tiempo en una oficina en la
que está ocho horas sentado frente a otro empleado, después coge su
coche, vuelve a casa, enciende el televisor, y cuando el locutor le
informe del sondeo de opinión pública según el cual la mayoría de los
franceses ha decidido que su país es el más seguro de Europa(no hace
mucho leí semejante sondeo),abrirá de pura felicidad una botella de
champagne y jamás sabrá que ese mismo día se cometieron en su calle
tres robos y dos asesinatos.
Los
sondeos de opinión pública son el instrumento decisivo del poder imagológico,
que gracias a ellos vive en total armonía con el pueblo. El imagólogo
bombardea a la gente con preguntas ¿cómo evoluciona la economía
francesa? ¿habrá guerra? ¿existe en Francia el racismo? ¿es el racismo
bueno o malo? ¿quién es el mejor escritor de todos los tiempos? ¿está
Hungría en Europa o en Polinesia? ¿cuál de los hombres de Estado es más
sexy? Y como la realidad es para el hombre de hoy un continente
cada vez menos visitado y menos amado, para lo cual tiene motivos
suficientes, los veredictos de los sondeos se han convertido en una
especie de realidad superior o, por así decirlo, se han convertido en la
verdad y, aunque sé que todo lo humano es perecedero, no soy capaz de
imaginar qué es lo que podría acabar con este poder.
En
cuanto a la comparación entre la ideología y la imagología, querría añadir
lo siguiente: las ideologías eran como enormes ruedas tras el escenario
que daban vueltas y ponían en movimiento las guerras, las revoluciones,
las reformas. Las ruedas de la imagología dan vueltas, pero esto no
incide sobre la historia. Las ideologías luchaban unas contra otras y
cada tanto una de ellas era capaz de llenar con su pensamiento toda una época.
La imagología organiza ella
misma la alternancia pacífica de sus sistemas al ritmo veloz de las
temporadas. Dicho con las palabras de Paul: las ideologías pertenecían a
la historia, mientras que el gobierno de la imagología comienza allí
donde termina la historia.
La
palabra cambio, tan querida para nuestra Europa, ha adquirido un
nuevo significado: no significa un nuevo estadio de una evolución contínua
(como lo entendían Vico,Hegel o Marx) sino un desplazamiento de un
sitio a otro, de un lado a otro, de aquí hacia atrás, de atrás
hacia la izquierda, de la izquierda hacia adelante (tal como lo entienden
los sastres que inventan un nuevo modelo para la nueva temporada). Si los
imagólogos han decidido que en el club de gimnasia al que va Agnes todas
las paredes estarán recubiertas de enormes espejos no es porque los que
hacen gimnasia necesiten observarse durante sus ejercicios sino porque en
la ruleta imagológica el espejo en este momento se ha convertido en un número
afortunado. Si en el momento en que escribo estas páginas todos han
decidido que Martin Heidegger debe ser considerado un delirante y un perro
sarnoso no es porque su pensamiento haya sido superado por
otros filósofos, sino porque en la ruleta imagológica se ha
convertido en un número desafortunado, en un anti-ideal. Los imagólogos
crean sistemas de ideales y anti-ideales, sistemas que tienen corta duración
y cada uno de los cuales es rápidamente reemplazado por otro sistema,
pero que influyen en nuestro comportamiento, nuestras opiniones políticas
y preferencias estéticas, en el color de las alfombras y los libros que
elegimos, tan poderosamente como en otros tiempos eran capaces de
dominarnos los sistemas de los ideólogos.
Tras
estos comentarios puedo volver al comienzo de la reflexión. El político
depende del periodista.¿De quién dependen los periodistas? De los imagólogos.
El imagólogo es un hombre de convicciones y de principios: exige del
periodista que su periódico (canal de televisión, emisora de radio)
responda al sistema imagológico de un momento dado. Y eso es lo que los
imagólogos controlan de tanto en tanto, cuando deciden si van a apoyar a
éste o a aquél periódico...
[Milan Kundera, La Inmortalidad,1989]