6.
¡Vivan
los sepultureros de la combinación!
Todo
acto es un disparo de revólver cerebral -el gesto insignificante o el
movimiento decisivo son ataques (abro el abanico de nocauts para la
destilación del aire que nos separa)- y con las palabras depositadas en el
papel entro, solemnemente hacia mí mismo.
En
la cabellera de las nociones planto mis 60 dedos y sacudo brutalmente
colgadiras, los dientes, los cerrojos de las articulaciones.
Cierro,
abro, escupo. ¡Atención! Ahora es el momento de decirles que mentí. Si hay
un sistema en la falta de sistema .el de mis proporciones- yo nunca lo aplico.
Es
decir que miento. Miento aplicándolo, miento no aplicándolo, miento cuando
escribo que miento pues no miento -pues he vivido el espejo de mi padre-
escogido entre los atractivos del baccarat -de ciudad en ciudad pues yo mismo
nunca he sido yo mismo -pues el saxofón lleva como rosa el asesinato del
chofer visceral- es de cobre sexual y hojas de carreras. Así tamorileaba el
maíz, la alarma y la pelagra en donde crecen las cerillas.
Exterminación.
sí, naturalmente.
Pero
no existe. Yo: mezcla cocina teatro.
¡Que
vivan los camilleros con convocaciones de éxtasis!
La
mentira es éxtasis -aquello que rebasa la duración de un segundo- no hay
nada que lo rebase.
Los
idiotas empollan el siglo -vuelven a empezar algunos siglos después- los
idiotas permanecen en el círculo durante diez años -los idiotas se balancean
en el cuadrante de un año- yo (idiota) me quedo aquí cinco minutos.
La
pretensión de la sangre de esparcirse en mi cuerpo y mi acontecimiento el
azar de color de la primera mujer que toqué con mis ojos en esos tiempos
tentaculares. El más amargo bandolerismo de gramófono, pequeño espejismo
anti-humano que amo en mí mismo -porque lo creo ridículo y deshonesto. Pero
los banqueros de la lengua siempre recibirán su pequeño porcentaje de la
discusión. La presencia de un boxeador (por lo menos) es indispensable para
el encuentro -los afiliados de una banda de asesinos dadaístas han firmado el
contrato de self-protección para las operaciones de ese género. Su número
era muy reducido -la presencia de un cantante (por lo menos) para el dúo, de
un firmante (por lo menos) para el recibo, de un ojo (por lo menos) para la
vista-, siendo absolutamente indispensable.
Pongan
la placa fotográfica del rostro en baño de ácido.
Las
conmociones que la sensibilizaron se volverán visibles y les sorprenderán.
Dense
a sí mismos un puñetazo en la cara y caigan muertos.
Tristan
Tzara
[publicado en "Siete Manifiestos Dadá", Ed. Tus
Quets, Colección Fábula, traducción de Huberto Haltter]