Carrozas
Chantillí en la plaza de armas .
Pedro
Lemebel .
En España , a los homosexuales mayores les dicen carrozas ; así
fueran arrugados carruajes , que sentados en la plaza de armas , esperan
pacientes levantar a algún cochero . Algún taxi-boy que , por algunos
pesos , les engrase el vaivén de las caderas acolchado por la celulitis .
Acá
en Chile , pueden ser los tíos o padrinos jubilados , a los que nunca se
les conoció una novia . Y envejecieron contestando la pregunta odiosa del
casamiento con un reiterado : Para qué , si soltero se pasa tan bien . Y
aunque la familia siempre tuvo la certeza , insisten con la mascarada
social que repite : El tío es tan mañoso , qué mujer lo va a soportar .
De
esta forma , el rótulo de tío solterón es la sutileza que enmarca en
blondas de castidad a la loca vieja , archivada como magnolia seca en el
desván familiar , casi confundidas con fotos de abuelas o actrices del
cine mudo , como un extra de película doméstica que nunca alcanzó el
protagonismo de los azahares , que se fue ajando en la aparente vida de
eunuco decorador de tortas . La esquina frágil de la familia reforzada
por clichés que hablan de la solitaria alma artística del tío , su
exquisito buen gusto , su especial rococó para poner la mesa , mejor que
una mujer engalando a la sobrina que se casa poniéndole tules y merengues
con sus manos de cigüeña vieja .
Las
tías carrozas , por lo general , hablan remontándose a una nostalgia
imaginada . Escenografían su anónimo pasar con leyendas empolvadas que
encuentran en el cine añejo su simulacro perfecto . Ellas son las únicas
que recuerdan los chismes dorados de esa perdida actriz : la que te dije ,
la que le decían , aquella la del lunar . ¿ Te acuerdas ? Esa que nunca
fue elegida para el papel , eterna postulante , pretérita incansable , la
otra .
Para
ellas no existe la historia real . A través del relato fílmico
reinventan las verdades del pasado . Con su narrativa deriliosa iluminan
las ruinas , sobreponiendo el esplendor Metro-Goldin-Meyer y Columbia
Pictures , al testimonio verificable . Así , para las tías colas , la
entrada de Elizabeth Taylor en Roma dejó a la verdadera Cleopatra como
reina de colegio pobre . Esa reina hollywoodense es la única que
reconocen , agregando en su defensa que todas sus fobias y amantes ,
zafiros , esmeraldas y rubíes , eran de verdad , así como los cientos de
extras que arrastraban el trono ; musculosos , bronceados , bien comidos ,
bien pagados con dólares . No como los cuatro pelagatos esclavos , tan
flacos , desmayándose con los latigazos que les daba la vieja egipcia del
cuento .
Y
para qué hablar de la Biblia escrita , ese libro ahumado de tantos
cordero en sacrificio , pecados y castigo . Tanto misterio indescifrable
en ese latín de puras equis , araméos , hititas , parábolas , y
refraneos simbólicos que cuesta un mundo entender con su jerigonza divina
. No hay mejor traducción que la cinematográfica , en tecnicolor ,
entretenida , súper corta , con ese Chartlon Heston con sus regias
piernas con su minifalda dorada . Y esos centuriones romanos con sus
polleras de cuero y botitas barbarella y los gladiadores esclavos del músculo
. Bien comidos , bien potentes con su cuerada aceituna a todo sol en la
arena del circo . Con su pequeñísimo tapabarros a punto de que el
zarpazo del león los deje en bolas . A punto que se corte la tirita de la
zunga , y entonces el felino debe lidiar con esa anaconda liberada de la
esclavitud . Porque el cine sugiere ese claroscuro erógeno de la memoria
religiosa , privilegia el oro púrpura de la imagen pagana , muestra lo
que el libro oculta y reprime con su manuscrito moral . La versión cinéfila
de la historia frivoliza sus personajes , reemplaza la gesta heroica por
el montaje decorativo que lleva como emblema el contrato lucrativo de las
estrellas .
El
cine antiguo es la biblia biográfica de las tías carrozas y su fanatismo
de oropel nubla las autenticidades arqueológicas con el fulgor del
montaje , deja para el recuerdo el guión por la historia , la foto por el
real , y su perfil de loca fantasiosa por el frontis de la cara trizada
que delata el The End sin campanas de su propia película . La mentira
tecnicolor de un destino gris que se desvela en los bostezos aburridos de
los sobrinos .
Pero
las tías homosexuales no se conforman sólo con el mito , traicionan su
relato de vírgenes cautivas cuando giran en la plaza de armas bajo el
toldo de sus sombreros . Van y vienen entre la gente , con sus eternos
abrigos de tweed y bufanda en boa de cuello . Esas heladas tardes de abril
cuando los abuelos se enroscan en las frazadas buscando tibieza para huir
de la gripe ; ellas desafían la vejez , rengueando por los jardines
escarchados de la plaza . Patinan la tarde ofreciendo su arrugado corazón
a los jóvenes sureños que llegan a conoces la urbe . Guasos despistados
que son fáciles de deslumbrar con la invitación al hot dog y la cerveza
. Después , la educación provinciana paga el consumo en la pieza del
abuelo .
Las
carrozas se quedaron pegadas al patinaje transfugaz de una ciudad remozada
por el modernismo . Todo cambia ; se levantan torres de espejos y
caracoles comerciales donde revolotean los liceanos . Se remueven las
estatuas , se cambian placas de acuerdo al gobierno de turno . Los
alcaldes corretean a los comerciantes ambulantes . Los obispos pasean sus
vírgenes al vaivén de los incienciarios . Se te quema la cartera niña ,
bromea alguna . No seas hereje , le contesta la otra . Y todo sigue
girando en la centrífuga paseante de los carrozas pastoreando la plaza ,
cateando cafiches proletarios con quien compartir sus favores erectos .
" La vida es eterna " , para su obsesión de loca megateria ,
siempre al aguaite ( vigilante , sigiloso ) , siempre dispuesta a capturar
esa mirada de taxi boy , ese visaje puto que contempla tarifa y pieza
arrendada con los escasos pesos de la beneficencia estatal . Un sueldo mísero
para los años que tuvo que soportar en esa oficina pública donde le decían
Alfredito , con ese tono empequeñecedor disfrazado de afecto . Cuando el
sabía que en su ausencia el chistoso de la oficina lo imitaba , contoneándose
, acentuando sus modales rififí para servir el café . Y todos se reían
, hasta esa secretaria solterona que le juraba amistad . El siempre supo
que cualquier error suyo de papeleos , dejaba de ser Alfredito y pasaba al
maricón Alfredo , a secas . Por eso , la pobre mesada de la jubilación
es un pálido subsidio para tanto mal rato . Una limosna que apenas le
alcanza para pagar el arriendo , teñirse el pelo de caoba , comprarse los
remedios , y libar ( mezclar ) leche con palta una vez a la semana . Nada
más , porque el amor está lejos del versos que le recitan los cafiches
cuando lo confunden con millonario .
Aunque
a veces , tal vez , a Alfredo , le gusta que lo confundan por maricón
rico , porque son más cariñosos , le doran la píldora , le dicen que ni
se le nota la edad , que está súper bien , que se ve re-joven , y hasta
le hablan de irse a vivir juntos , a rematar los últimos latidos cardíacos
a pura cacha mentolada . Pero cuando entran en el pórtico destruido del
conventillo donde vive , al empujar la puerta de la pieza , al encontrar
la cama revuelta y el cepillo de dientes en un vaso . Al mirar con asco la
bacinica saltada y unos restos de café , se ponen groseros y les aflora
el lumpen que apurado reclama las monedas . Y se van casi huyendo , después
de una chupada lacia y la recomendación del : No lo mordai po vieja .
Los
carrozas de la plaza fingen eternidad , estacionados en el mismo banco
cuando llega la primavera . Entonces cambian de piel , y felices de haber
pasado agosto , reciben el calorcillo vistiendo guayabera y zapatos
blancos . Casi pololas , aligeran el trote al compás del orfeón que
retumba en la pérgola azulada de nomeolvides . Casi tímidas ocultan la
mirada lujuriosa tras las gafas oscuras . Perfumadas , oliendo a jabones y
polvos de ciruela , se pasean tomando un helado de barquillo . Tratando de
seducir chicos con el lengüeteo baboso que sorbe el ice-cream . ¿ un
heladito chiquillos ? Preguntan a los estudiantes , que enrojecen
imaginando la felatio nevada de esa trompa hirviendo .
Pareciera
que las tías protegidas por sus refajos de lana , fueran inmunes a la
sombra sidática . Sus cuerpos fofos de nalgas colgantes , sus piernas
flacas , agarrotadas de várices morados ; están lejos de ser un
atractivo para los jóvenes que sueñan coitar con sus pares de muslos
duros y cola prominente . Quizás ese reflejo narciso las salva . La
negación del cuerpo selecto para el consumo sexual , que promueve la
empresa Peter Pan , las aísla del riesgo , las hace conformarse con la
felatio de cinco mil pesos , más barata , más segura , y quitándose la
placa de dientes , la hacen su mamante especialidad . Como si en la libación
se fugaran costras de tiempo , rejuvenecieran de regreso a la cuna ,
hambrientas y lactantes para reflorar sus encías huecas con el dulce néctar
de la juventud . El peligro es mínimo , y la pasión succionante adormece
al joven que disuelve su ocio en ese absorber .
Las
tías longevas se ríen de los condones de colores , ellas no practican la
penetración , no porque les desagrade . Argumentan que es una lata
desnudarse con este frío , y mostrar su escultural cuerpo que se negó al
ojo de Visconti , que es tan delicado como una lágrima de hielo que al
mirarlo se derrite .
Pero
hay veces , que también las tías se dejan desnudar por un guante
tarifado . Cuando un taxi-boy tiene un filamento de lengua Mastroiani ,
cuando le hace creer que la sucia pileta de la plaza es la Fontana de
Trevi , y Anita Eckberg está muy gorda para repetir la zambullida de La
Dolce Vita . Entonces , las manos del péndex , sedientas de monedas , le
arrancas el corpiño , le sacan el refajo , la descueran de camisetas y
calzoncillos de franela , la dejan a contraluz , en pose de Venus sujetándose
la charcha . Y así se acerca , macizo y dispuesto a contemplarla . Pero
ella sin deshacer la esfinge , precavida como la experiencia le enseñó ,
detiene el submarino a la entrada de la cueva . Ataja el torpedo en su máxima
latencia , y saca un condón tejido a crochet , plastificando la dureza
peligrosa . Ahora sí , dice campanante , las reliquias se tocan con
guante .
El
condón de las madrinas de ayer , es como una servilleta bordada que se
guarda en alcanfor , que se usa en ocasiones especiales para referirse a
alguna delicatessen , un postre de abuelas que se come rara vez . Así
fuera un presente de cumpleaños , envuelto y encintado por el rito cariñoso
de la precaución . Después , pasado el festín , retirado el
preservativo , lo lavan y lo tienden a secar junto a su ropa interior
pasada de moda . Lo perfuman y lo guardan para una próxima vez que se
repita el film en su imaginaria Cinecittá , cuando falte la estrella
tetona afectada por una rara jaqueca . y Antonioni desesperado , se fije
por primera vez en ella , una eterna postulante . Y Michelangelo , tan
lindo él , descubra su especial forma de mirar , la textura sedienta de
sus ojos . Entonces al llame para el papel haciéndole seña . Y ella
confundida y mirando en derredor , se pregunte con la mano en el pecho :
¿Será a mí? Y junto a ese galán , morenazo y cafiolo , haga la escena
de amor gorgoreando suspiros cacheros , encaramada en la carroza que
rumbea el amanecer, una tibia noche de plaza romana .