y me completes así todo;
hasta que mi mitad de luz se cierre
con mi mitad de sombra…
Juan Ramón Jiménez
La salpicadura de arrugas en el lánguido rostro y los mancillados
ojos evidenciaban tristeza y melancolía. Iba por la vida esquivando abrazos,
pláticas y relaciones con otras personas. Ensimismado, llegaba siempre a su
enorme mansión de estilo neoclásico, con paredes de blanco inmaculado,
grandes cortinas grana, vitrales religiosos en los largos ventanales y un
jardín donde plantas y árboles se sentían en el paraíso. Caminaba lentamente
por los vestíbulos, recorría cada habitación, el ruido de la calle era
intraspasable. Apenas anochecía, mandaba a todo el personal
—cocinero,
sirvientas y jardineros— a sus
respectivas casas para quedar completamente solo. El silencio que habitaba
lo enorgullecía al punto de andar con mucho cuidado para eternizarlo en cada
movimiento, para llenar los oídos del susurro de su respirar. Apagaba las
luces para quedar en absoluta oscuridad, pero al mismo tiempo encendía una
palpable incertidumbre, como la sensación de entrar en una iglesia vacía a
media noche o igual que si muchos le observaran en un sitio desconocido. Con
paciencia desesperante todas las noches iba a la cocina. Cada rincón por
donde pasaba y mueble interpuesto como obstáculo los conocía a perfección,
parecía un ciego por la ciudad tras del lazarillo, de la alacena sacaba una
vela nueva y la prendía.
Luego, sentado en el banco
del piano, en el estudio, encendía uno de los caros cigarros con un
encendedor de plata, escuchaba inexorablemente el disco de Wagner, dejaba
caer despreocupado la ceniza en lo negro de la superficie del piano,
entreviéndose apenas sobre el nicho de humo, contemplaba por unos minutos y
con orgullo, un Munch y un Caravaggio, como fondo para sus divagaciones.
El resplandor iluminaba su
rostro pálido, los dilatados ojos negros, la boca pequeña, la nariz
preponderante, la cabeza donde prácticamente no había rastro de cabello,
dejando confundidos con la penumbra al elegante traje negro y los zapatos de
charol. Sentía escurrir la cera caliente entre los dedos, la jugaba con las
yemas, el leve ardor le producía un excesivo placer.
La escalera, del mismo color
que las paredes, lo conducía hasta un pequeño cuarto. Subían: él, la vela,
el hilillo de humo que le rebotaba en la cara hasta llegar al techo
mezclándose con el olor a jazmines que entraba por las ventanas, sin que el
tiempo y el aire los pudieran disipar, y un libro que, después de salir del
estudio, escogía de la privilegiada biblioteca, con miles de volúmenes,
donde aguardaban encerrados entre anaqueles los más grandes escritores.
Cada escalón que ascendía le
pesaba aún más; en los últimos del tercer piso, donde la música era casi
inaudible, hacia alto total; la fuerza de la duda lo empujaba hacia atrás.
Alzaba la cara, veía la puerta cerrada, bajaba la vista como si con ello
ayudara a los pies a subir. Ya frente a la puerta tocaba tres veces, muy
suave, aunque supiese que no había nadie, y tiraba la colilla del cigarro.
Abría, entraba y cerraba ágil, parecía que tuviera miedo de que en ese lapso
se escapara un suspiro del vacío enclaustrado. Parsimonioso se detenía en
medio del cuarto; taciturno, se sentaba en el piso, cruzaba las piernas al
mismo tiempo que colocaba, ceremoniosamente, la vela a un costado.
Debido a la ausencia de
cualquier mueble, las paredes lo único que reflejaban era su sombra.
Permanecía callado unos minutos hasta que la flama tomaba ritmo uniforme.
Abría el libro y leía en voz alta, con soltura, seguridad y placidez, Una
temporada en el infierno. Después de unos instantes, decía a la sombra:
habla conmigo, estoy solo.
En medio del perenne
silencio y bajo la sábana de la noche se escuchaban murmullos por debajo de
la puerta del tercer piso de la mansión; pláticas y risas que se alargaban
hasta el crepúsculo y a veces, llantos amargos y solidarios. Conversaban
hasta que el sol empezaba a arañar los edificios de la ciudad y las flores
del jardín comenzaban a bañarse de rayos y secarse el sereno.
Ocho años hacía que dormía
la mayor parte del día, trabajaba en las tardes y se quedaba solo en la casa
por las noches para conversar y leer a Rimbaud.
Por la mañana, salía a caminar,
fumando complacidamente por el
conspicuo jardín con un alumbrar de plenitud en las retinas, que se iría
extinguiendo a través del día.
Hasta que una noche ocurrió algo diferente. Cuando
subía la escalera, en el segundo piso a la altura de la ventana, una ligera
corriente de aire impactó contra la vela, la flama se tambaleó. Hizo todo lo
posible para ayudarla a sobrevivir con sus manos angustiadas, no lo logró.
Rápidamente bajó a encenderla y continuó su particular ritual. Toda la noche
se escuchó el diálogo en tono de ruego, pero inexpugnable.
Nadie volvió a salir de la habitación, ni a caminar y fumar por
el jardín. Sólo se hallaron desperdicios de cera pegada al piso, un traje
negro igual que el pabilo de donde aún emanaba humo, el par de zapatos de
charol y un libro de Rimbaud sin algunas hojas.
Nació
en la ciudad de Oaxaca, en 1984. Es ingeniero civil egresado del
Instituto Tecnológico de Oaxaca. Ha pertenecido a los talleres
literarios de la Biblioteca Andrés Henestrosa, de la Casa de
la Cultura de Oaxaca y es integrante del de la Biblioteca Pública
Central de Oaxaca. Ésta es su primera publicación.