a Marco Antonio Campos
La primera imagen
podría ser la del sílex, esa piedra que los primitivos
veneraban como la punta misma del relámpago. Un proyectil
caído del cielo, enviado de lo alto, con algún
propósito inconfesable. Arrojado, el muchacho lleva la
señal que atraviesa su horóscopo y trastoca el eje que
habría de afinar toda mesura en el fiel de la balanza. Si se le
ha designado al enlodamiento, a la forzada convivencia con la ley de la
gravedad; si se le quiere adormecido, consecuente, él
habrá de responder con la cólera y la altanería
propias de su casta. ¿Quién osaría retener al
furor que se sabe? La quietud, el reposo, la contemplación, no
son para él cosa de este mundo. Sino la urgencia por volver a
poseer la Verdad. Podrá, sin embargo, pactar aquí
efímeras alianzas, traficar, hablar en lenguas.
Aprenderá, demasiado rápido, la mecánica
erótica, la alquimia verbal y, sobretodo, a no permanecer mucho
tiempo en el mismo sitio. Aire, andará sobre las aguas. Fuego,
consumirá los desiertos. Se asomará a lo inefable y
nos lo ofrecerá con el mismo gesto déjà vu que
muestra en su retrato. Trazará mapas, una cartografía en
la que habremos de traducir para entenderlo apenas. Sufrirá,
conforme a los términos de este mundo, la traición de la
linfa y de los tejidos en su propio cuerpo. Él, que por derecho
había heredado la fecundidad del espíritu y la inmensidad
del universo; él, que había visto en el iris de unos ojos
humanos la luz del comienzo, nos exige, aún así,
mutilado, humillado, nos exige resistir: “dígame a
qué horas puedo ser transportado a bordo”.
Jorge Esquinca
Este
poema forma parte de Cuaderno para iluminar, que en estos días
comienza a circular bajo el sello de Mantis Editores. Los libros
más recientes de Jorge Esquinca son Región 1982-2002
(UNAM) y Uccello (Bonobos). El año pasado la editorial
quebequense Ecrits des forges publicó su libro Un chardon dans
la voix/El cardo en la voz, traducido al francés por Francoise
Roy.