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Como las mariposas que intentan atravesar las ventanas
Angel Morales


 

Otra vez despierto en el país de no pasa nada, mi vida. Me levanté tarde para ahorrar el desayuno. Sin amarrarme las agujetas voy rumbo al baño mirando al piso (la mirada sin vida que lame el suelo es de mi cuerpo el emblema). Al llegar al espejo levanto la cara y puedo ver reflejadas horas de insomnio. Todo es culpa de mis gatos quienes colgaron sus maullidos en el tendedero toda la noche. Tal vez debería cambiarme a una casa sin animales, o mejor aún, sin tendederos.

Con la curiosidad de saber en qué día vivo comienzo a leer el periódico, también leo la parte de mi horóscopo. Nunca he creído en esas cosas pero de alguna manera tengo que justificar mi existencia.

Después de las lecturas intento hacer algo de provecho y como cada fin de semana me dirijo al cuarto de lavandería. En casa soy el único valiente que usa la lavadora pues existe un problema. Cada vez que la descuido para atender la televisión, se vuelve loca, se convulsiona. Toda la saliva le escurre de la boca y se orina. La lavadora es una mujer astuta, le gusta llamar la atención.

─¡Imbécil!, esa lavadora va a explotar -grita mi hermana.

Llego corriendo a darle sus patadas hasta que al fin se tranquiliza. Apago el interruptor al mismo tiempo que le doy unas caricias en la barriga y le digo:

─Tranquila, mi pequeña mujerzuela.

Esta vez decido dejar el trabajo de la lavadora incompleto para reunirme con mis amigos. Al salir se me quita esa terrible pesadez que sólo se siente en el hogar. Afuera está Dios esperando en las azoteas, hago como que no lo veo porque todavía estamos enojados. Quiero que se largue a molestar a alguien más y me deje solo. Por eso comienzo a hacerle burla: Padre nuestro que estás en los cielos, y retiemble en sus centros la tierra, de quienes al morir bajo su sombra; nos legaron patria y libertad.


Regreso tarde a casa después de jugar. Camino al lado de mi sombra, discutiendo teorías acerca de Jathzel. Nos percatamos de la presencia del vecino y para no levantar sospechas mi sombra se pasa atrás de mí. El vecino barre la calle con una calma que perdona mis movimientos. Lo saludo. Sigo por la banqueta hasta llegar a un árbol al que se le marcan las costillas, supongo que por tanto escupir oxígeno. Entro a casa para ver el cable y mi madre, enojada, me arroja a mi cuarto.

Soy un peligro para mi cuarto porque intento arreglarlo. Empiezo a guardar mis risas en el último cajón del tocador, voy doblando mis recuerdos y los acomodo en el clóset, ahí, al lado de mis pecados que están jugando a las escondidas con Dios y que seguramente Él encontrará después de mi muerte. Sacudo las almohadas y veo a mis sueños subir sobre la ciudad tan intensamente hasta las cumbres Jathzel. También veo a mi gata Donky sentada sobre las cobijas, a ella no le importa el tiempo que se tardó mi madre en lavarlas. Me mira con la frialdad de una alcancía, escucho cómo el enigma de su ser se comprime en un miau que se eleva, volviéndose negro, regándose con el polvo por todas partes, mientras camina y deja sus huellas. Esto de limpiar un cuarto es una acción tan aburrida como incomprensible, por eso sigo a mi gata hasta la sala donde me doy cuenta que dejé el televisor encendido. Comienzo a buscar el poder que he perdido y que está tirado en alguna parte. Cuando lo encuentre no lo volveré a perder: al próximo que me quite el control de la tele, lo mato.

Como estoy durmiendo frente al televisor la gata Donky me lleva cargando hasta mi cuarto. Tengo que prepararme para el siguiente día de clases.


Al lado de la dirección calculaba la distancia para una relación con Jathzel. Es una ecuación que nunca me sale. Mi amiga Angélica me dio la bienvenida al mundo de los que ríen y hablan; se ofreció a invitarme el desayuno, yo me ofrecí a pagárselo, algún día. Fuimos a la cafetería de la señora cara divertida, no pude reírme porque días antes juré no hacerlo. Con un hambre del tamaño del cielo intenté comer una torta fría como mi abuelita que vivió 102 años. No soy de esas personas que comen sin razón alguna, como porque necesito grasa para soportar el frío.

─¿Si pudieras reclamarle algo a Jathzel, qué sería? -me preguntó Angélica en un instante inesperado.

─Que hay enamorados en la escuela y no somos nosotros –respondí.

─Yo digo que ya deberías olvidarla, debes dejar de hablar y escribir de ella, no sabes cómo es y realmente creo que ni siquiera la entiendes.

Las palabras de Angélica desintegraron mi desayuno. Pensé que tenía razón. Realmente yo no entiendo a Jathzel. Y si no la entiendo no debería pensar en ella. De ahora en adelante nada de necesitarla, ésta sería la última ocasión que hablaría y escribiría pensando en ella, porque a partir de cierto punto se escribe aparte.

Angélica siguió preguntado cosas:

Bla bla, bla bla.

Yo respondí con un eructo para que ya no dijera nada. Ella se levantó, molesta, pagó la cuenta y sin decir más desapareció como un duende.

De regreso miré al otro lado y vi a Jathzel con su novio. Mientras caminaban en sentido contrario a la calle sus manos se hacían un nudo. De la punta de sus dedos sudaban los deseos más insensatos. La ciudad se hizo invisible. Y fue en ese momento que entendí a las mariposas que intentan atravesar los cristales de las ventanas. Inútilmente di un brinco desde la banqueta para suicidarme. Lo único que conseguí fue avanzar en el tiempo. Avancé dos segundos.

Caminé entre los rumores de los postes hasta que Jathzel me hirió con el disparo de su mirada, yo no encontré otro lugar donde poner los ojos más que en el suelo. Le dije hola. Con mucha dificultad mis palabras le ganaron la batalla al viento, pero sé que al final llegaron hasta ella porque respondió igual: hola. Aquél tipo resbaló su mirada por mi cuerpo como buscando una etiqueta. Sólo pensé que era un idiota, que no era ni la raíz cuadrada de mí; tomé nota que tenía que matarlo y seguí caminando.

Después de veinte metros de nada sigo pensando en Jathzel. Nunca me he conformado con su amistad pero sí con su presencia. Si ella me lo pidiera, yo le quitaría el agua al mar para construirle un castillo de corcholatas. Qué lástima de mis manos que viven en mis bolsillos sin poder tocarla. ¿Qué les pasa a mis ojos cuando algunas veces leo su nombre con los ojos cerrados en el humo de los cigarros, también en el fondo de una taza con café escrito con azúcar? A mí no me importa que me llamen tonto por esperarla más de tres años. Aquella ocasión en que ella me dijo yo tengo novio, a mí se me olvidó decirle yo tengo tiempo.

Queriendo escapar de estos pensamiento juego con mi celular, por suerte encuentro a Alejandra (díganle a Dios que tanta belleza no esta permitida, no en esta ciudad). Ella se pasea por toda la escuela y yo sin poder hablarle. Al acercarse, mi cuerpo tiembla y siento como si estuviera en medio de una gran gelatina sin poder moverme. Así que sólo alojo su silueta en mi mirada y me alimento con cada una de sus sonrisas, esas migajas de vida que me ayudan a ser como ella: inmortal. Y otra vez es sólo un juego de niños en el que ella me mata de mentiritas y yo me caigo.


En plena tarde a través de mi ventana, entre las cortinas, todo el mundo quiere escapar a los ojos de Dios, mas yo no porque estoy aquí sin el permiso de mi madre para salir hasta terminar con la tarea. ¿Cómo les explico a mis amigos que necesito olvidarme de mi existencia para hacer la tarea? Yo, un guardián de golosinas fui creado sólo para comer, jugar y querer a las mujeres, no para hacer otras cosas. Además, las tareas nunca se terminan, al amanecer siguiente ahí están, con veinticuatro horas de polvo. En mi cuarto existe una presencia invisible que no me deja mover los brazos y juega con el relampagueo de mis ojos. Es alguien que camina por todos lados para acorralarme y comerse mi vida; ha marcado mi piel con sábanas y se refugia al lado del monstruo que ruge desde la letrina. Creo que la flojera va a durarme toda la vida, lo que no sé es cuánto tiempo voy a vivir. Aterrado con la idea de seguir así, salgo en busca de un arma para terminar con todo esto. Me voy a morir y ahora sí me va a regañar mi mamá porque no hice la tarea.



Angel Morales nació en la ciudad de Oaxaca en 1986. Ha publicado en las revistas Ciclo Literario y Palabrarte. Actualmente es becario del FOESCA. Suspendió la carrera de psicología para escribir un libro de relatos y estudia Leyes en la Universidad Benito Juárez de Oaxaca. Es integrante del taller literario de la Biblioteca Pública Central de Oaxaca.


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