Otra vez despierto
en el país de no pasa nada, mi vida. Me levanté tarde
para ahorrar el desayuno. Sin amarrarme las agujetas voy rumbo al
baño mirando al piso (la mirada sin vida que lame el suelo es
de mi cuerpo el emblema). Al llegar al espejo levanto la cara y puedo
ver reflejadas horas de insomnio. Todo es culpa de mis gatos quienes
colgaron sus maullidos en el tendedero toda la noche. Tal vez debería
cambiarme a una casa sin animales, o mejor aún, sin
tendederos.
Con la curiosidad
de saber en qué día vivo comienzo a leer el periódico,
también leo la parte de mi horóscopo. Nunca he creído
en esas cosas pero de alguna manera tengo que justificar mi
existencia.
Después de
las lecturas intento hacer algo de provecho y como cada fin de semana
me dirijo al cuarto de lavandería. En casa soy el único
valiente que usa la lavadora pues existe un problema. Cada vez que la
descuido para atender la televisión, se vuelve loca, se
convulsiona. Toda la saliva le escurre de la boca y se orina. La
lavadora es una mujer astuta, le gusta llamar la atención.
─¡Imbécil!,
esa lavadora va a explotar -grita mi hermana.
Llego corriendo
a darle sus patadas hasta que al fin se tranquiliza. Apago el
interruptor al mismo tiempo que le doy unas caricias en la barriga
y le digo:
─Tranquila,
mi pequeña mujerzuela.
Esta vez decido
dejar el trabajo de la lavadora incompleto para reunirme con mis
amigos. Al salir se me quita esa terrible pesadez que sólo se
siente en el hogar. Afuera está Dios esperando en las azoteas,
hago como que no lo veo porque todavía estamos enojados.
Quiero que se largue a molestar a alguien más y me deje solo.
Por eso comienzo a hacerle burla: Padre nuestro que estás en
los cielos, y retiemble en sus centros la tierra, de quienes al morir
bajo su sombra; nos legaron patria y libertad.
Regreso tarde a
casa después de jugar. Camino al lado de mi sombra,
discutiendo teorías acerca de Jathzel. Nos percatamos de la
presencia del vecino y para no levantar sospechas mi sombra se pasa
atrás de mí. El vecino barre la calle con una calma que
perdona mis movimientos. Lo saludo. Sigo por la banqueta hasta llegar
a un árbol al que se le marcan las costillas, supongo que por
tanto escupir oxígeno. Entro a casa para ver el
cable
y mi madre, enojada, me arroja a mi cuarto.
Soy un peligro
para mi cuarto porque intento arreglarlo. Empiezo a guardar mis risas
en el último cajón del tocador, voy doblando mis
recuerdos y los acomodo en el clóset, ahí, al lado de
mis pecados que están jugando a las escondidas con Dios y que
seguramente Él encontrará después de mi muerte.
Sacudo las almohadas y veo a mis sueños subir sobre la ciudad
tan intensamente hasta las cumbres Jathzel. También veo a mi
gata Donky sentada sobre las cobijas, a ella no le importa el tiempo
que se tardó mi madre en lavarlas. Me mira con la frialdad de
una alcancía, escucho cómo el enigma de su ser se
comprime en un miau que se eleva, volviéndose negro, regándose
con el polvo por todas partes, mientras camina y deja sus huellas.
Esto de limpiar un cuarto es una acción tan aburrida como
incomprensible, por eso sigo a mi gata hasta la sala donde me doy
cuenta que dejé el televisor encendido. Comienzo a buscar el
poder que he perdido y que está tirado en alguna parte. Cuando
lo encuentre no lo volveré a perder: al próximo que me
quite el control de la tele, lo mato.
Como
estoy durmiendo frente al televisor la gata Donky me lleva cargando
hasta mi cuarto. Tengo que prepararme para el siguiente día de
clases.
Al
lado de la dirección calculaba la distancia para una relación
con Jathzel. Es una ecuación que nunca me sale. Mi amiga
Angélica me dio la bienvenida al mundo de los que ríen
y hablan; se ofreció a invitarme el desayuno, yo me ofrecí
a pagárselo, algún día. Fuimos a la cafetería
de la señora cara divertida, no pude reírme porque días
antes juré no hacerlo. Con un hambre del tamaño del
cielo intenté comer una torta fría como mi abuelita que
vivió 102 años. No soy de esas personas que comen sin
razón alguna, como porque necesito grasa para soportar el
frío.
─¿Si
pudieras reclamarle algo a Jathzel, qué sería? -me
preguntó Angélica en un instante inesperado.
─Que
hay enamorados en la escuela y no somos nosotros –respondí.
─Yo
digo que ya deberías olvidarla, debes dejar de hablar y
escribir de ella, no sabes cómo es y realmente creo que ni
siquiera la entiendes.
Las palabras de
Angélica desintegraron mi desayuno. Pensé que tenía
razón. Realmente yo no entiendo a Jathzel. Y si no la
entiendo no debería pensar en ella. De ahora en adelante nada
de necesitarla, ésta sería la última ocasión
que hablaría y escribiría pensando en ella, porque a
partir de cierto punto se escribe aparte.
Angélica
siguió preguntado cosas:
─Bla bla, bla
bla.
Yo respondí
con un eructo para que ya no dijera nada. Ella se levantó,
molesta, pagó la cuenta y sin decir más desapareció
como un duende.
De regreso miré
al
otro lado y vi a Jathzel con su novio. Mientras caminaban en
sentido contrario a la calle sus manos se hacían un nudo.
De la punta de sus dedos sudaban los deseos más insensatos. La
ciudad
se hizo invisible. Y fue en ese
momento que entendí a las mariposas que intentan atravesar
los cristales de las ventanas. Inútilmente
di un brinco desde la banqueta para suicidarme. Lo único que
conseguí fue avanzar en el tiempo. Avancé dos segundos.
Caminé
entre los rumores de los postes hasta que Jathzel me hirió con
el disparo de su mirada, yo no encontré otro lugar donde poner
los ojos más que en el suelo. Le dije hola. Con mucha
dificultad mis palabras le ganaron la batalla al viento, pero sé
que al final llegaron hasta ella porque respondió igual: hola.
Aquél tipo resbaló su mirada por mi cuerpo como
buscando una etiqueta. Sólo pensé que era un idiota,
que no era ni la raíz cuadrada de mí; tomé nota
que tenía que matarlo y seguí caminando.
Después de
veinte metros de nada sigo pensando en Jathzel. Nunca me he
conformado con su amistad pero sí con su presencia. Si ella me
lo pidiera, yo le quitaría el agua al mar para construirle un
castillo de corcholatas. Qué lástima de mis manos que
viven en mis bolsillos sin poder tocarla. ¿Qué les
pasa a mis ojos cuando algunas veces leo su nombre con los ojos
cerrados en el humo de los cigarros, también en el fondo de
una taza con café escrito con azúcar? A mí no me
importa que me llamen tonto por esperarla más de tres años.
Aquella ocasión en que ella me dijo yo tengo novio, a mí
se me olvidó decirle yo tengo tiempo.
Queriendo
escapar de estos pensamiento juego con mi celular, por suerte
encuentro a Alejandra (díganle a Dios que tanta belleza no
esta permitida, no en esta ciudad). Ella se pasea por toda la escuela
y yo sin poder hablarle. Al acercarse, mi cuerpo tiembla y siento
como si estuviera en medio de una gran gelatina sin poder moverme.
Así que sólo alojo
su
silueta en mi mirada y me alimento con cada una de sus sonrisas,
esas migajas de vida que me ayudan a ser como ella: inmortal. Y otra
vez es sólo un juego de niños en el que ella me mata de
mentiritas y yo me caigo.
En
plena tarde a través de mi ventana, entre las cortinas, todo
el mundo quiere escapar a los ojos de Dios, mas yo no porque estoy
aquí sin el permiso de mi madre para salir hasta terminar con
la tarea. ¿Cómo les explico a mis amigos que necesito
olvidarme de mi existencia para hacer la tarea? Yo, un guardián
de golosinas fui creado sólo para comer, jugar y querer a las
mujeres, no para hacer otras cosas. Además, las tareas nunca
se terminan, al amanecer siguiente ahí están, con
veinticuatro horas de polvo. En mi cuarto existe una presencia
invisible que no me deja mover los brazos y juega con el relampagueo
de mis ojos. Es alguien que camina por todos lados para acorralarme y
comerse mi vida; ha marcado mi piel con sábanas y se refugia
al lado del monstruo que ruge desde la letrina. Creo que la flojera
va a durarme toda la vida, lo que no sé es cuánto
tiempo voy a vivir. Aterrado con la idea de seguir así, salgo
en busca de un arma para terminar con todo esto. Me voy a morir y
ahora sí me va a regañar mi mamá porque no hice
la tarea.
Angel
Morales nació
en la ciudad de Oaxaca en 1986. Ha publicado en las revistas Ciclo
Literario y
Palabrarte.
Actualmente es becario del FOESCA. Suspendió la carrera de
psicología para escribir un libro de relatos y estudia Leyes
en la Universidad Benito Juárez de Oaxaca. Es integrante del
taller literario de la Biblioteca Pública Central de Oaxaca.