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Desde la vista
María de Jesús Velasco



Hoy se me espesa la niebla en las pupilas,

envejezco limpiando, en la memoria .

Ella no volvió nunca ....

Enriqueta Ochoa. 


Yo soy Mariana, maestra de niños y jóvenes.

    Yo soy Mariana del Mar, hermana tuya, de Ketta, del Coronel Cipriano y otros más.  Yo soy Mariana del Mar Tornel, hija de Florentino Tornel, a quien por su gran estatura de 2.10 metros llamaban Tino-largo y me sentaba en sus rodillas cuando hacíamos rimas y él les ponía música y les llamaba  “corridos”. Luego me levantaba en sus brazos y yo le preguntaba si no se mareaba porque tenía la cabeza muy arriba y él me contestaba no y sonreía.

    Yo soy Mariana del Mar, hija de Petrona Arango, la gordita, güera, de nariz chata que está postrada en una silla de ruedas desde hace años, esposa de Tino-Largo.

    Yo soy Mariana del Mar.  La huesamenta, la metiche, la hija de la chingada que no nació para santa y que no se deja de nadie y que a todos les dice sus verdades.  Sobrina del tío Rodo, profanador de tumbas prehispánicas y vendedor de santos y vírgenes y monedas antiguas, comprador de mujeres-esposas y vendedor de mujeres-hijas también.

    Yo soy Mariana del Mar Tornel Arango: maestra, madre, hija, hermana, sobrina, disidente de la solemnidad y mujer de nadie, porque desde hace mucho tiempo ya no creo en los hombres y, aunque tengo muchos, ninguno es mío y los amo a todos por si acaso, porque el hombre es hombre y nació para la mujer.

    Desde la vida, hoy te traigo noticias de la familia.  Vengo cargada de recuerdos y de sueños, con el impulso de darte a conocer parte de lo que ha sucedido desde que te fuiste.  Es un puñado de información entretejida con algunas hebras blancas de la cabellera que llueve como una cascada sobre la espalda desnuda de Petrona cuando la he terminado de bañar.

    Me han dicho que los médicos encargados de tus últimos momentos, Edy, cuando tu cuerpo estaba  vivo, caliente aún y aunque no te movías ya, esos doctores te extrajeron al niño a quien tú ya le habías escogido nombre.

    Quién iba a imaginar, Edy, que nunca más te volvería a ver aunque te esperé al igual que tu padre, si es que en verdad lo fue Tino-largo también, y que nada ni nadie lo pudo salvar de la muerte por la maldita diabetes mellitus, ni los médicos de todas las clínicas y hospitales que recorrió en su fase terminal, ni el gran amor que le tenía a tu madre, pero de lo que sí se salvó él fue de dejar pequeños a sus hijos, porque todos estábamos crecidos y aunque, como él mismo decía: unos vivos y otros pendejos pero todos comemos, Edy.

    Mi querida Edy, mi adorada hermana, compañera de juegos y mi aliada en los pleitos contra Ketta: no le creas a nadie de los que te digan que soy una loca o una metiche o una chismosa, porque te escribo esto.  Es mentira, y las mentiras cambian de todo, de ojos, de oídos, y las mentiras nos pierden y tu muerte fue una mentira y lo puedo decir porque te me perdiste y no estás conmigo y no te veo y no te escucho y no te toco, sólo te pienso y me dueles y te amo.  Nadie quiere entender que cuando hablo de tu vida hablo también de la mía y de la de ellos.  Nadie lo ha querido entender en todos estos años que he estado viviendo y escribo y que quieren que esté callada como cuando era niña.  Era preferible escaparme a la casa de los tíos o regresar inmediatamente al internado, donde las putas monjas me hacían sacarle brillo a los pisos, de rodillas. Pero ahí podía cantar con el piano, dibujar y jugar matatenas.

    Edy, hay días que me pregunto dónde están mis recuerdos, los busco en la blusa que me diste, en los libros que leías para prolongar tu existencia y donde están congelados: y qué has hecho dime, sino quedarte quieta desde entonces en la cripta, quieta, mirando al mundo con tus apacibles ojos, lo más quieta posible, para que nada te pase, quieta y calladamente para que nadie más te humille y te pisotee, para que nunca más tengas que suplicarme que vaya por ti, qué has hecho Edy.

    El tiempo pasa, dicen, pero no, pues el tiempo ha estado, está y estará, siempre ahí, siempre. Nosotros pasamos: unos fugaces y otros lento, tú pasaste rápido, Edy, acaso sin darte cuenta. Pero nadie se va por completo, lo sé, y lo sé porque tú estás aquí, a veces en la mente, en ocasiones en la voz o en el nombre de otros, pero también en mí y te pienso y te percibo y te amo, porque el amor no se acaba sólo con decir adiós, hay que tener presente que la ausencia no anula el recuerdo.

    Todo llega, dicen, y a ti te llegó la muerte, y te esperé, Edy.  Sentada, acostada, de pie en el sol, en la luna,  te esperé y no llegaste.  Te esperé con flores y cirios.  Aunque sabía que los cirios te causaban mareos y náuseas y te derrumbaban.  Te he esperado veinte años y no has llegado, Edy.

    Qué dolor, qué pena, mi pobre hermana.  Qué dolor que fallecieras en el Distrito Federal, qué pena que justo al ver a tu hijo fuera de tu cuerpo cerraras los ojos para siempre y qué lástima que tus padres te estuvieran esperando acá y te lloraran como huérfanos, y  nunca regresaste porque Ketta y el Coronel Cipriano decidieron por ti que así fuera.  Qué dolor, qué frío, entonces quisiera hundir el rostro en esa oscuridad donde el tiempo nunca está o anda en otras partes.  Pero, ¿sabes, Edy?,  fue mejor que no regresaras porque a mí me hacen mal las despedidas, aunque en verdad a veces son necesarias.

    Te pienso, Edy, ¿sabes? Y cuando los pensamientos salen el dolor se asoma a la  cara, a lo ojos, a la boca, a todas partes y tú me dueles y no te miento porque la verdad también se inventa. No sé si el reír quiera decir que no sienta tu muerte, pero sé que estás conmigo, estoy contigo, estamos, hermana. Estamos aquí, ahora, ayer y siempre. Somos, estamos en la misma vida, en la misma muerte. Somos una sola existencia, ciencia y conciencia.

    No sé dónde termina la mentira de tu vida y comienza la verdad de tu muerte, pero ¿te acuerdas, Edy, cuando estabas acá y fuimos Ketta y yo a buscarte a la casa miserable de tu suegra y te llevamos leche y comida para tus niñas pequeñas que aún tenías y que las “alimentabas” sólo con té de canela?  Te vi bajar de esa cama de varas y amasar el lodo con tus pies descalzos a pocas horas de haber parido a tu segunda niña, ¿te acuerdas, Edy?  Después me contaste que cuando salimos de ahí tu suegra derramó todo al suelo y dijo que tus hermanas éramos unas putas, por eso teníamos para comprar cosas y ella no permitiría que su hijo y nietas consumieran algo de nosotras.

    ¿Te acuerdas, Edy, cuando te obligaban a acarrear agua en grandes botes, largas distancias, y todo para que bebieran y se bañaran tu suegra, tu cuñado y tu marido? ¿Te acuerdas que les preparabas de comer y tú esperabas que llegara tu marido con el dinero de la semana trabajada y ya se lo había entregado a su madre, y ella te bañaba con la comida si no le gustaba?  Pero tú pretendías, pretendiste hacerme creer que estabas bien, Edy. ¿De qué te sirvió todo eso? ¿Quién te agradeció, dime, que te preocuparas porque ellos comieran, bebieran y estuvieran limpios, quién, dime?  ¿Te acuerdas, Edy, que mientras tú parías a tu tercera hija en una esquina de tu habitación, tu primogénita agonizaba en la otra?  Y tú pujabas de impotencia, porque mientras dabas luz a los ojos de una, la otra buscaba la oscuridad. Poco después murió la segunda, también de desnutrición y fue cuando tú me mandaste decir, con no sé quién, fuera por ti y la única niña que te quedaba, la de seis meses de edad.

    ¿Te acuerdas, Edy, aquel día cuando me contaste todo lo que te hizo tu suegra, y yo te dije que si hubiera tenido una suegra como ésa la hubiera matado y enterrado en el patio de mi casa?  Olvídalo, pues es uno de mis privilegios de escribir: como en los sueños de los locos, puedo inventar, Edy, dar vida o matar a mis personajes y enterrarlos donde quiera.  Pero todo llega y a ti te llegó el día, Edy, cuando decidiste huir de ese hombre.

    Después, cuando ya estabas con la familia de un Capitán del Ejército, supe que también había fallecido tu última nena, y tú seguías ahí, trabajando incansable, sumisa,  responsable y calladamente, hasta que te fuiste al Distrito Federal sin ningún vestigio aparente que evidenciara tu pasado, estudiaste Trabajo Social, y aunque dabas servicio a otros, sólo tú sabías, Edy, lo que te pesaba el gran vacío en el pentagrama de tu vida.

    Y todo llega, Edy, y llegó el día en que iluminó tu vida algo diferente, algo especial y de ahí te nació Karlina, tan semejante a ti, tan bella como tú.  Cuando fue creciendo, algunas veces la dejabas al cuidado de Petrona o de alguna tía, dándole mil recomendaciones para hacerla autónoma, independiente, Edy, sin saberlo, como un preámbulo a su orfandad.

    En los últimos tiempos te volviste a embarazar, y cuando supiste de tu mal le escogiste el nombre a tu niño, porque sabías que viviría.

    Quién iba a imaginar que aquel niño viviría y vive, Edy, es un enorme muchacho, con doble vida, vive la de él y la tuya, su vida es plena, gracias a los cuidados de Ketta, porque, ¿sabes? únicamente ella y nadie más le ha prodigado todo, pero no todo, porque tú lo gestaste, y lo pariste Edy.

    Y todo llega, Edy, Karlina ha formado su propia familia, tiene una hija y por lo tanto, tienes una nieta.  Vive en aquel departamento que compraste cuando eras trabajadora social en el reclusorio Oriente.

    Yo soy Mariana del Mar, entrada en huesos, la chaparra, la negra, con alguna semejanza a Florentino Tornel. Yo soy Mariana del Mar, a quien de niña le alcanzaron todas las epidemias, al igual que a Cipriano niño. ¿Sabes, Edy?  Sé que soy difícil de carácter, un poco incomprensible, sin embargo, sé que soy importante, algunas veces.  Por eso quienes me aman aseguran que los años no pasan por mí, no saben que se me quedan y trabajo tanto que no me da tiempo de envejecer, sólo adquiero los conocimientos que me da la vida.

    Yo soy Mariana del Mar, tengo mis ciclos de vida, Edy.  En mil novecientos noventa y cuatro asesinaron a Luis Donaldo Colosio, futuro presidente de México y no te lo contaron, Edy.  Ya te imaginarás cómo anda la política en nuestro país.  El día primero de ese año, el Ejército Insurgente Zapatista de Liberación Nacional, asaltó el cuartel militar en Rancho Nuevo, Chiapas, y ahí se encontraba adscrito el coronel Cipriano, capitán entonces, y no te lo contaron tampoco.  En octubre del mismo año, falleció Tino-largo y han nacido nuevos sobrinos tuyos y tampoco te lo contaron.

    ¿No te han contado también que el tío Rodo compró a su más reciente esposa apenas de 14 años de edad, en quinientos pesos, y que ella lo abandonó por maltrato?  Luego él vendió a su hija pequeña en el mismo precio a otros clientes. 

    No sabes, no te imaginas las cosas que han sucedido desde que te fuiste y nadie te las ha contado, porque creen que no oyes, que no ves, que no sientes, Edy.

    ¿Verdad que nadie tampoco te contó que llegaron las computadoras a México?  Desde que no estás, quien quiera puede comunicarse con alguien del otro lado del mundo en segundos, a través de una computadora, chatear, le llaman.  Y también navegan buscando información sobre cualquier tema, pero yo sólo navego con bandera de pendeja porque ni compito ni computo, Edy, o sea  que yo de mis bienes estoy rete mal y de mis males estoy rete bien, como dice Pepe Aguilar, un nuevo cantante que no conociste, pero que está rete bien, es mi Pepesote, Edy.

    ¿Verdad que tampoco te dijeron que llegó el teléfono celular?  A quien sea puedes ver en la calle, hablando solo, como idiota, con su aparato pegado a la oreja.  Puedes ver en torno a una mesa de un café cinco o seis amigos comparando sus celulares: el más costoso, el más barato, el antiguo, el más reciente, con antena o sin ella, con tapa o sin tapa, hasta con pantalla donde ves la imagen de quien te habla, tu hijo, tu pareja o tu amante si lo tienes.  Si vieras, Edy, cómo me divierto cuando estamos en una reunión y de pronto se escucha el timbre de uno, de otro y de otro más, anunciando una llamada o algún mensaje.  De repente se suspende toda la conversación y luego... el suspenso termina en risa colectiva.  Pero me causan más risa los que traen las mujeres en su bolsa, en el momento que timbran ellas meten la mano acá, allá y más allá y no lo encuentran y en vez de salirse con todo y bolsa siguen haciendo el ridículo delante de los demás. Dime, Edy, ¿no es para divertirse?  Pero qué triste, también, pues yo no uso ninguno por mi tecnofobia.  Pero hay más, Edy. ¿Qué no sabes que algunos científicos inventaron los clones?  Son copias idénticas de animales y de personas.  Hasta ahora los maridos infieles se defienden contra una acusación de su pareja: ¿Yo?, ¡estás loca, sería mi clon!, te contestan, y ahora peor, con eso de que con el Viagra dicen que siempre están “firmes”, como si les entonaran el Himno Nacional o el Toque de Bandera.

    Ándale, levántate, que vamos con Cipriano a inventar de nuevo nuestra infancia, vamos a subirnos una y otra vez a las montañas de maíz en mazorcas, para cazar desde ahí a los pollos que pasen frente a nosotros, allá abajo.  Tírales tú primero las piedras que trajiste, Edy, y luego yo y por último Cipriano que tiene buena puntería, y verás, cómo ruedan esos pollos dando tumbos por el suelo en busca de la muerte.  ¿Ya viste, Edy, la certera puntería de Cipriano? ¡Te lo dije!

    Levántate, vamos, Edy, a la nopalera, a pintarnos la boca y las chapas con grana cochinilla, como lo hacen las catrinas. Que nos cuide Cipriano y Ketta no vea porque nos regañará. Anda, búrlate de mí que estoy tan flaca, y con Cipriano grítenme huesamenta y yo sacaré todas las lágrimas de mis ojos para inspirar compasión.  Ahora vamos a incendiar el totomoxtle para que al ver el humo la vecina se escandalice y nos acuse con mamá, nosotros corramos y Petrona nos corretee por todo el patio para castigarnos.

    Ya no corre, Edy, ahora ella está quieta, nada más grita. Grita desde su cama, pidiendo a su marido.  Ya no corre, ella sólo grita desde su silla de ruedas.  A veces me toca el hígado, pero hoy me tocó el corazón, Edy, y quizá por primera vez quise ser uno de sus hijos “jodidos”, que no tienen una moneda, un tiempo, una mirada que darle, no la escuchan porque la distancia los hace inmunes a sus requerimientos o tampoco tienen conciencia que les hable.

    Ya no corre, pero ella también inventa su vida, Edy, porque ella es alguien que no es ella.  Su pasado ya no es pasado.  Su tiempo y ella no tienen continuidad.  Se desprende de ella y habla de otra que no es ella.  Vive en el desacuerdo entre los tiempos, las personas y los sucesos.  En su mente no hay futuro, el pasado se va lentamente de su memoria y nunca volverá a ser la misma.

    Ya no corre, Edy, pero desde su cama pelea con Tino-largo, le recrimina que la engaña con sus “putas”. Y también se propuso no olvidarte nunca y que nadie te olvide.  Es por eso que tu fantasma le habla desde la niebla de su mente, todo el tiempo.  Es de ahí donde te ve.  Y yo no comprendo cómo es que has aprendido a conversar tan calladamente en público.

    Levántate, Edy, y vamos a aquellas calles de Dios o del diablo donde solía caminar el que fue tu marido, para que cuando intente abrazarte por la fuerza de un empujón lo mandes bajo de una camioneta en marcha y se salve de milagro, como lo hiciste alguna vez, ¿te acuerdas?

    Levántate, Edy, e inventaremos juntas nuestra vida, como lo hace Petrona.  Ella que siempre te ve y ve tus titilantes ojos mirándola y cuando vuelve a la realidad te has esfumado.  Ella que ve a su Tino-largo y la viste de novia, la cuida y la lleva de paseo.  Ella que cada día tiene un mundo nuevo.  Ella que hace de ti algo más alto y grande de lo que fuiste, más alto y grande que la tragedia de tu vida.

    Ándale, Edy, atrévete tú también a volver a ser todas las Edilbertas que fuiste alguna vez: la niña estudiosa, la jovencita alegre y cantadora, la muchacha bailadora, la tía feliz, la madre amorosa, bella, sonriente, saludable, viva.  La mujer que se defendió de los rufianes cuando trabajaba en el reclusorio, porque lo hiciste, ¿verdad?.

    Ándale, Edy, haz eso para demostrarle al mundo quién eres, ándale, no te hagas la sorda, ni la muda.  Ándale, cuéntame cómo has pasado tu vida entre los chilangos, cuéntame de tus quehaceres con la muerte.  Dime, Edy, ¿la muerte, tiene un sabor o color especial, huele cuando llega o cuando se va?   Dime, Edy, ¿en la muerte se ríe y se llora? ¿La muerte es tan dolorosamente dulce como la vida? ¿Es enloquecedora, o duele como el amor?

    Ahora, Edy, cuéntame de tus quehaceres con la muerte. ¿Realmente estás en paz?, ¿te agrada todo o acaso existe algún descontento?  Dime, Edy, ¿Dios y el diablo se equivocan al escoger a quienes se llevan, como acá la policía? Sabes, Edy, Dios también miente, acuérdate que alguna vez dijo que no volvería a haber otro diluvio universal.  Tampoco dijo que habría por partes.  Si vieras, Edy, cómo hubo ahogados en los últimos tiempos…

    Dime, Edy, ¿has visto reír a Dios alguna vez o sigue siendo el Dios serio y castigador del viejo Testamento?

    Levántate, Edy, y dime qué es lo que deseas, qué es lo que prefieres. ¿Te gustaría estar cerca de tu familia?  ¿Te gustaría que no te hubieran sepultado en el Distrito Federal, entre los chilangos?  ¿Te gustaría no haber muerto, sino envejecer y llegar a ser una abuela amorosa?

    Ándale, Edy, levántate que vamos a inventar de nuevo nuestra vida, desde antes que Cipriano entrara al convento militar, a la escuela de armas, digo. Vamos, Edy,  espérame con todos los hermanos, les contaré chistes para hacerlos reír mientras Tino-largo y Petrona hablan solos, aparte.

    Vamos, Edy, en vacaciones reunámonos todos por la noche en torno a una fogata para calentar al invierno. Al amanecer Salo ordeñará a las vacas, Polo tomará la hoz, montará y saldrá a galope en el “gringo”, el burro blanco, para rozar la alfalfa y traerla a la casa. Josué barrerá el patio, mientras Natacha y Zena cuidarán del frío mañanero a Mauro y María Antonieta, los muy pequeños. Luego todos juntos desayunaremos pan con chocolate de leche, caliente, preparado por Ketta aunque ella esté enojada.

      Ándale, Edy, vamos a las playas de Puerto Escondido con Petrona y mis hijos. ¿Te acuerdas?  Vamos, si quieres, a dejar una corona de crisantemos amarillos sobre la tumba donde sepultaron a aquella vieja que fue tu suegra, para enseñarle a la indígena que “las putas” de tus hermanas sabemos perdonar y que el rencor no anida entre nosotras.

    Así me gustaría verte, así me gustaría presentarte a mis amigas y amigos, y que no se enteraran nunca de que te humillaron, para que nadie se atreviera a imaginar que la hermana de Mariana del Mar hubiera sido vejada, que estuviste doblegada, para que nadie supiera que a escondidas me tiraste por la cerca de carrizos una bolsa con dos pañales de tu niña, cuando fui por ti.  Así me hubiera gustado enseñarte: bella, Edy, audaz, autosuficiente y con tus riñones sanos, viva.

    Claro, morir es más fácil que seguir viva.  Estar muerta y que te recuerden es mejor que estar sepultada en el olvido por sus hijos, como vive Petrona.  Por eso nada más y para echarte en cara todas las mentiras de tu muerte, cada noche desanda el tiempo y sola en la oscuridad de su mente te ve muchas veces.  Ve que abres los ojos y vuelves a vivir y te levantas y entonces, Edy, qué divertido es para ella verte saltar a la cuerda, jugar a las escondidas, reír, nadar en el mar, rodar en la arena.  No entiende que su tiempo corre al revés.  Ella desaprende, Edy.

    Si supieras, hermana, lo que ha quedado de ella.  Si tan sólo te imaginaras lo que hemos pasado con ella.  Es mi condena y privilegio, porque si bien es cierto me desespera, me enoja, también me satisface el estar cuidando de ella y he llegado a la conclusión que estoy pagando todas las carreras que le provoqué cuando pequeña y no me dejaba castigar como ella quería.

    ¿Sabes, Edy?, el otro día soñé que estábamos en un río de aguas azules y espumosas como las olas del mar.  Venías a contra corriente y me suplicabas no temiera y fuera hacia ti. Pero sólo era eso, un sueño, la verdad es que sigo acá para ver todo lo que sucede y contártelo y aunque sé que te fuiste un poco preocupada, Edy, qué va, todo es como tú querías que fuera: Karlina está bien, Cristóbal vive protegido por Ketta y Petrona descansa sus achaques de la edad bajo mis cuidados.  Tú estabas en plena alba, Edy, y se te hizo tarde  el vivir.

    Todo está bien, sólo que tu vida pasó muy rápido. Y tú la alcanzaste, Edy.





Nació en Oaxaca en 1952. Ha publicado en suplementos culturales, en las revistas Memoranda, Cantera Verde y Oaxaca, población y futuro; así como en la antología Oficio de cantera, 1993. Tiene un libro de relatos y cuentos, Retozo de naguales, coedición del Instituto Oaxaqueño de las Culturas-Fondo Editorial Cantera Verde, colección Cuadernos de Cantera.
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