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La Escapada
Rocío Tame
Al descubrirlo me
congelé de golpe. Una corriente embravecida de coches se
interponía fatalmente entre él y yo, entre él y la
acera salvadora, igual que una playa cercana pero inaccesible debido a
la ferocidad de las olas sepultureras.
El perro estaba atrapado en un
camellón. A ambos lados sólo un río tumultuoso de
autos, como el mensaje interminable de la muerte.
Yo seguía paralizada. Una de las
cosas que más me angustian es mirar a estos inocentes animalitos
acosados por la agresividad citadina que los deja solos, a su suerte,
en medio del océano.
Eran las once y media de la noche,
demasiado tarde para que una mujer anduviera sola. Ya la
atmósfera empezaba a adquirir un matiz sórdido,
sombrío, y en instantes parecía que las callejuelas
traseras palpitaban desacompasadamente en forma de rostros acechantes y
grotescos. Pensé en tomar un taxi, pero en media hora no
pasó alguno, además sólo tendría que
caminar ocho cuadras para llegar a mi casa, pero en esas ocho cuadras...
FUE UN IMPULSO inevitable, pero ahora me doy cuenta
que ha sido la peor tontería. Todos estaban tomados y el
ambiente dio un giro vulgar y despreciable que provocó mi huida.
Los desconocidos empezaron a formar parejas eventuales que esa noche
los incitaría a hurgar sus respectivos cuerpos con manoseos sin
futuro. Cada uno violaría la intimidad del otro dentro de una
excitación grosera y servil. En ese estado nadie se
acordaría de los condones y se propiciaría un cultivo del
VIH al por mayor.
Si siempre me han repugnado los encuentros ocasionales,
degradantes, ahora con mayor razón, por eso me fui, pese a mi
paranoia enfermiza que adquiría tintes enloquecedores con el
paso de la noche.
Caminaba rígida, como caña;
el corazón golpeaba mi cuerpo con febril desorden. Me
olvidé del perro, de la angustia por su vida, y me
concentré en mi propio instinto de supervivencia. Sin embargo,
de pronto me acordaba del can y me volvía. Parecía
entregado resignadamente a su destino.
En la mañana me había
peleado con mi esposo y quise castigarlo con esta escapada a la fiesta
que me invitó una amiga, la cual quedó muy formal de
llevarme a casa, pero en esas condiciones... Eran ya las doce de la
noche y Tito estaría por regresar del trabajo. Hoy salía
temprano, porque otras veces aparecía hasta la madrugada. Cuando
no me viera en casa... No quiero imaginarlo. Generalmente era un hombre
comprensivo y cariñoso de pronto hasta el empalagamiento, no
obstante, cuando se enojaba... Tito me ganó a pulso. No se
rindió con mi rechazo. Una y otra vez lo rechazaba, no
podía ser de otra manera. Yo amaba a Daniel y no quería
saber de alguien más. Pero las cosas con Daniel no resultaron y
parecía que Tito lo sabía. Daniel me engañaba, se
portó como un patán. No cedía en nada, pero yo
tenía que dar mi brazo a torcer en todo. Era desgastante hasta
el agotamiento. Y mientras Daniel se iba desprendiendo cada vez
más de mi corazón, más necesidad tenía de
refugiarme en el calor incondicional de Tito que anduvo cuatro
años tras de mí: el único que en verdad me amaba y
aceptaba como soy. Finalmente eso fue un estímulo, que alguien
me amara a pesar de mis defectos, reafirmaba mi valor como mujer y ser
humano. Me hizo sentir tan importante que de pronto creía flotar
en una dimensión irreal, fortalecedora. Era impredecible,
detallista. Sin motivo especial me tenía algún regalo,
una sorpresa; hasta que un día me topé con un Tito
desconocido: una sabandija venenosa que me agredía por cualquier
insignificancia, ofendiéndome como si quisiese desquitar la
humillación de haberme perseguido por cuatro largos años
en los que me ocupé de otros... No obstante, por fortuna, esos
momentos eran esporádicos. Sin embargo, el Tito extraño
se adueñaba cada vez más del que yo tanto quería;
me costaba trabajo asimilar esa parte suya tan repentina y nueva. Me
horrorizaba, me escandalizaba, pero cuando el enojo se iba, su recuerdo
acudía con la imagen del Tito acostumbrado, del Tito que
vivió conmigo durante dos años.
MI PARANOIA ya adquiría niveles de demencia.
No había alguien alrededor de mí y yo me sentía la
presa idónea para el sinnúmero de violadores y criminales
que sólo esperan una oportunidad como la que yo generosamente
ofrecía. Los delincuentes no atacan a cualquiera. Hay personas
que subconscientemente arrastran alguna lacra de masoquismo que las
hace proclives, en cualquier instante, a ofrecerse como
víctimas. Desde aquella noche me di cuenta que yo era una de
ellas.
En la nota roja aparecían a diario
noticias escalofriantes, inconcebibles, de lo que las mentes enfermas
son capaces de hacer. Los crímenes del Pípila eran lo
más monstruoso que alguien pudiera imaginar. No era muy sano
pensar en todo eso. En las condiciones que me encontraba
atraería el mal, sin remedio. No podía evitarlo. El
Pípila, ese jorobado que destrozaba a sus víctimas
después de violarlas y torturarlas, merodeaba la Por-ta-les,
¡la Portales! Donde yo estaba sola e inerme a las doce de la
noche.
El terror me hundió su garra
destructora. Observé al perro: un perro grande, cruza de colie.
Parecía fuerte a pesar de su vida errante, sin hogar. Fue como
un acuerdo mutuo. Nuestras miradas se cruzaron en un desesperado y
angustiante pacto de camaradería protectora; era mi esperanza.
Los autos no habían cesado de pasar. En esta ciudad... ni el
fondo de la noche ofrece momentos de calma.
Casi llorando, apretando las manos contra
el pecho, elevé una oración sin palabras, fugaz pero
intensa. Por fin, a los diez minutos apareció un descampado con
fanales remotos, igual que ojos encendidos de enormes moscas.
Corrí hacia el camellón. Posé mi mano sobre la
frente del can. Yo, que en condiciones normales no me hubiera atrevido
a tocar un animal callejero, ahora cualquier peligro era nimio junto al
horror que vislumbraba. Parecía que el perro de algún
modo entendió la solidaridad que había entre ambos. Se
pegó a mí y corriendo cruzamos la calle, con los autos
pisando nuestros talones.
Está de más decir lo
agradecidos que son estos animales. Me dirigió unos ojos
expresivos, de correspondencia, y me acompañó en mi
camino. Tan enternecida me sentí que pensé en adoptarlo.
Las callejuelas estaban solas y
tenebrosas. Alguna que otra desganada lucecilla sólo
contribuía a acentuar el terror de la noche. Sombras susurrantes
se interponían. Caminaba aprisa, con el corazón
momentáneamente paralizado, la compañía del perro
amigo me hizo más confiada. Pensaba en Tito, de seguro ya
había llegado y estaría despotricando en mi contra, sin
duda tendríamos una acalorada y desagradable discusión.
De pronto me paralicé, una de esas
sombras se movió. Mi respiración aumentó
ruidosamente su ritmo. Mis manos se hicieron líquidas.
Miré nuevamente al perro y me tranquilicé un poco. Estaba
gruñendo, a la defensiva. Aceleré el paso, casi huyendo,
pero la sombra salió de la penumbra y cayó sobre
mí con un golpe que casi me hace perder el sentido. Grité
al tiempo que el can se aventaba contra mi agresor, ladrando
furiosamente. Forcejearon mientras yo seguía gritando,
aterrorizada. ¡El Pípila! No pude distinguir su cara, pero
la giba grotesca y deforme era inconfundible.
Un policía apareció
repentinamente y disparó tres veces. Una bala hizo volar la
joroba postiza. Las otras dos se incrustaron en su cuerpo. El perro
dejó de atacar y yo me acerqué, aún con los
nervios quebrantados, a observar el escalofriante rostro que el
policía alumbraba con una linterna: un rostro maquillado. Era
obvio que el delincuente ocultaba su identidad, pero... esas facciones,
ese cabello... No puedo describir lo que sentí. Todo se hizo
negro y mis huesos se derritieron de golpe.
Rocío
Tame nació en la ciudad de México. Estudió Letras
Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de
México, y Danza en el Instituto Nacional de Bellas Artes y en
escuelas particulares. Impartió clases de español y
literatura. Trabajó como correctora de estilo y láser en
el Reader’s Digest. Bailó en el grupo de danza
contemporánea Andamio, con Palillo y en el circo Atayde.
Colaboró un año en la sección cultural de El Sol
de México. Ha publicado cuento en la revista Punto de partida, y
poesía en las revistas Alforja y Cantera Verde. Recientemente
publicó su poemario Plumaje del viento, con la editorial La
Tinta de Alcatraz. Tiene un sitio en internet: Cajón de letras.
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