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Ciro Betanzos
Samael Hernádez
Ruiz
Como muchos de los que han
extraviado su futuro, Ciro Betanzos estaba sentado esa noche en un
pequeño banco en el interior de un cuarto hecho con
láminas, en espera de que se cumpliera su destino en alguna
ciudad gringa de Nuevo México. No podía regresar a su
pueblo natal porque debía vidas, y algunos se las querían
cobrar.
Bentanzos, como le decían en el pueblo, era un
muchacho delgado, de cabello lacio y piel blanca; despedía un
desagradable olor a aceitunas rancias, que se percibía
sólo cuando uno se le acercaba. Quedó huérfano a
los tres años de edad y, desde entonces, vivió bajo el
cuidado de su abuela, quien lo alimentó, vistió y
mandó a la escuela hasta que terminó la educación
primaria. Después Bentanzos se dedicó a recorrer las
casas de los vecinos ofreciendo sus servicios como mandadero,
lavacoches, jardinero o velador. Trabajó de ayudante en la
taquería de un puto, que lo despidió porque el negocio no
daba para tanto; pero, según Betanzos, lo corrió porque
“prefería gastarse el dinero de las ganancias comprando
hombres, el muy cabrón”.
Betanzos no era un mal muchacho; aunque a
los 14 años vendió mariguana al menudeo, dejó el
negocio por los ruegos de su abuela quien le pedió llorando
“se alejara de ese vicio que llevaría a todos a la
perdición”. La tarde que Betanzos decidió dejar la
venta de mariguana, fue a la casa de su jefe, para no dejar
ningún pendiente; pero no pudo entregar cuentas porque la
policía había rodeado la casa y se llevó detenido
al dueño.
No, definitivamente Betanzos no era un
mal muchacho, lo que pasaba es que sufrió mucho; creo que por
eso hizo lo que hizo. La primera vez, su abuela lo tomó como
cosa de niños, tenía ocho años y fue cuando
mató al gato del vecino. Lo hizo sin violencia, empleando el
veneno para las ratas que su abuela guardaba en un rincón de la
cocina. Tomó un poco de caldo de pollo y vació el veneno
en él y, con paciencia, esperó a que el gato rondara por
el patio de la casa para llamarlo con voz suave y hacer que se tomara
la pócima. El pobre Pinto salió contento de la cocina
pero, poco después, comenzó su suplicio y murió en
medio de vómitos y convulsiones. A todo mundo le
extrañó la muerte del gato, sobre todo porque el Pinto no
era dañero; al contrario, era limpio y muy educado, nunca le
había hecho mal a nadie. De cualquier forma los vecinos no
sospecharon de Betanzos, sólo su abuela, que lo reprendió
en secreto, lo supo, pero consideró aquello como una travesura
y, por tanto, nada grave.
Después de lo del Pinto, Bentanzos
le agarró gusto al asunto. En la primaria se ufanaba de haber
matado al gato y sus compañeros lo veían con respeto. En
una ocasión despellejó vivo a un sapo cuando, con un
grupo de sus amigos de clase, se fueron de pinta al río. De
ahí tomó fama de desalmado con los animales; su fama
alentó sus desvaríos. De los hechos pasó a la
palabrería. Alardeaba de haber matado pájaros,
arañas y hasta una iguana; eran mentiras, pero se daba gusto con
ellas, hasta que alguien lo retó a que matara a un perro.
Quien lo retó lo llevó a un
callejón del barrio de la Séptima Sección,
allí, sentados en una esquina, esperaron a que pasara un perro.
A Betanzos le sudaban las manos y sentía que las piernas le
temblaban; pero se tragó su miedo sorbo a sorbo para no
delatarse. La mala suerte hizo que pasara un perro flaco quien se les
acercó rogando quizás por un poco de comida. Betanzos, al
verlo, quiso correr pero sus mentiras se lo impidieron. Miró al
perro y sintió lástima por él, lo acarició
y dudó, dudó en serio; una cosa era matar bichos o
envenenar gatos y otra era enfrentarse a la víctima que
suplicaba vivir, y matarla con sus propias manos. Para acabar con su
suplicio más que con el pobre perro, lo agarró del cuello
y apretó con fuerzas. El perro se defendió,
lloriqueó, gruñó, pataleó, lucho por su
vida; pero finalmente fue vencido.
Esa noche Betanzos lloró y no pudo
dormir. Al otro día, cuando llegó a la escuela, al entrar
al salón sus compañeros le abrieron paso; Betanzos nunca
supo por qué, si por respeto o por desprecio. En todo caso no se
sintió halagado y tuvo la certeza de que había perdido el
alma. Fue después de eso que se dedicó a ofrecer sus
servicios como mandadero o para lo que se ofreciera, el caso era
olvidar. Su abuela pensó que deseaba ser útil, cuando en
realidad quería huir del recuerdo del perro flaco al que
había matado.
La fama de Betanzos cundió y, por
las noches, llegaba gente a su casa para encargarle un trabajito, que
su abuela siempre asoció con algún mandando o empleo
honesto, sin saber que Betanzos se había convertido en sicario.
Lo buscaban para darle muerte a algún animal molesto; alguien lo
contrató para matar a un perro que lo había mordido, otro
para asesinar a un cerdo que dañaba su hortaliza, una vez lo
llamaron para matar a un guajolote que había picoteado a un
niño. Pero no todo era venganza, no faltaron quienes le pagaron
para dar muerte piadosa a su mascota, y hasta hubo quien le
regaló una pistola para matar a su mula enferma. En el pueblo la
profesión de Betanzos era ya bien conocida; sólo su
abuela ignoraba a qué se dedicaba el nieto y creía que
sus múltiples ocupaciones como barrendero, ayudante de taquero,
lavacoches y velador, tenían que ver con que no encontraba su
oficio y no lo que realmente eran: una manera de huir de las muertes
que lo perseguían.
A pesar del daño que había
hecho, nadie lo acusó; primero porque no tenían pruebas
de que Bentanzos hubiera cometido los crímenes que se le
atribuían y, segundo, por miedo a las posibles represalias.
Nadie quería que su mascota, o ganado, fuera víctima del
matón del pueblo.
El carácter de Betanzos fue
cambiando conforme se acumulaban sus crímenes. Se volvió
callado, serio, y cuando se emborrachaba se tornaba violento y en
ocasiones sacaba la pistola amenazando a todos con matar a sus mascotas
o animales de trabajo. No faltó quien en esas ocasiones lo
calmara e, invitándole una cerveza, lo llamara a la
razón. Pero una noche que entró a la cantina de don Pepe,
hubo quien vio en sus ojos un destello de maldad que antes no
tenía. Dicen que bebió como si quisiera ahogar sus
miedos, o sus recuerdos. Su abuela salió a buscarlo a los
lugares donde acostumbraba reunirse con sus amigos pero no lo
encontró. Cuando la viejecita pasó por la cantina, no se
imaginó que Betanzos estuviera allí. Salió como a
las ocho de la noche y, los que lo vieron, afirman que tomó
rumbo al panteón y, más adelante, ya cerca de la
estación del ferrocarril, enarbolaba la pistola
agitándola como queriendo disparar. Cruzó la vía
férrea y salió a despoblado. Por el norte del pueblo se
introdujo al corral de don Celestino, recién electo Presidente
del Municipio, con fama de hombre violento; dicen que, en cuclillas,
sostenía la pistola con ambas manos a la altura de su frente
como rezando con ella. Algo pasó por su cabeza, porque lo
siguiente que hizo fue dispararle a dos bueyes y a una vaca que
rumiaban en el corral. Allí quedaron muertos los animales y
Betanzos salió gritando con el arma en la mano. Los vecinos de
don Celestino lo vieron dando traspiés y corrieron a avisarle al
Presidente Municipal quien, enfurecido, ordenó al comandante de
la policía que detuviera a Betanzos y lo encerrara.
La partida de gendarmes salió en
su busca pero no lo encontraron. Los testigos comentan que tomó
el rumbo de Ixtepec. Alguien le avisó a su abuela; eso creo
porque la vi esa noche en la estación de ese pueblo, la misma en
la que yo esperaba el tren para partir. Seguramente se encontró
con Betanzos y lo puso al tanto de las cosas.
No sé cómo consiguió
dinero o si su abuela le pagó el pasaje para que huyera, pero
ahora está sentado en un rincón de este cuarto,
aquí, en Puerto de Anapra, Ciudad Juárez, Chihuahua,
esperando al pollero que dijo nos llevaría pa’l otro lado.
Está muy serio, triste; se ha de acordar de su abuela, de su
pueblo, y de tantas vidas que debe, aunque sean de animales, pos que,
también esas muertes pesan.
Ya son las dos de la mañana y el
pollero no pasa. ¡ Ah, cómo son frías las noches
aquí en el Norte! Sobre todo cuando se está esperando la
partida. Y mira al Betanzos, no sé si tiembla de frío o
de miedo, quién lo dijera. No, definitivamente no es un mal
muchacho, lo que pasa es que ha sufrido mucho.
Nació
en Juchitán, Oaxaca, el 7 de marzo de 1955. Maestro en
Educación, es autor de diversos ensayos y textos especializados
en educación. Premio Nacional de Investigación Educativa
en 1984, ha publicado, además, cuentos y textos narrativos en
diversos suplementos y revistas culturales.
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