¿Puede el psicoanálisis dar una respuesta ante el abuso sexual en adolescentes?
Edit Beatriz Tendlarz
Univ. de Bs. As.
¿Qué le puede ofrecer un psicoanalista a un adolescente abusado sexualmente? Y ¿qué puede esperar ese adolescente del encuentro con un psicoanalista? Como en el caso del bifronte Jano, el dios romano que presidía la puerta de entrada de cada casa, estas
dos preguntas representan las dos caras de un mismo interrogante, para el cual este trabajo explorará un campo de respuestas posibles.
Por obvio que parezca, es importante señalar que hacen falta dos condiciones para que existan menores abusados: por un lado, adultos abusadores; por el otro, menores abusados. Menores que no pudieron defenderse, a veces por no haber sabido de qué manera hacerlo. Lo que nos lleva no a una respuesta sino
a otra pregunta: ¿qué es el abuso sexual?
Para ello, una primera respuesta sería pensar en que el abuso es ejercer una acción de orden sexual sobre una persona que no la quiere. Ahora bien, cuando esa persona es lo que el derecho llama menor de edad, la cuestión se complica porque el niño o adolescente abusado experimenta una mezcla de placer
y culpa. Cuando debe referirse a la problemática jurídica de lo que se llama el consentimiento, el psicoanálisis se ubica siempre en el lugar del uno por uno.
El modus operandi habitual de los abusadores sexuales nunca es recurrir a la violencia física, sino formular promesas de placer. Aquí podemos ver dónde se juega el difícil límite entre el abuso sexual y lo que el derecho penal llama violación. Porque en la violación interviene una fuerza
física irresistible, que el sujeto víctima, en términos del derecho, no puede resistir. Lo propio de la violación es la amenaza del uso de medios que atentan contra la vida o la integridad física de las personas: el violador anuncia que la matará o la mutilará si no se deja violar. En cambio, el abusador promete placer, y el abusado acepta la promesa. A veces con temor.
Posteriormente, ante la reiteración de conductas sexuales en el niño o adolescente y el adulto, peden surgir amenazas veladas (o no tanto) sobre lo que podría ocurrir, sobre resultados funestos para el menor o sus seres queridos si se denunciara de alguna manera lo que está sucediendo. Muchas veces,
especialmente en los casos de abuso sexual intrafamiliar, se calla la denuncia porque el padre, por ejemplo, que abusa de los menores, es a la vez quien sustenta económicamente al grupo de familia: en estos casos, de eso no se habla. Y en el mientras tanto, eso sí se hace. En palabras de Slavoj Žižek, “El surgimiento de la violencia real está condicionado por un impasse simbólico”.
Sobre las cuestiones mencionadas del borde en que se entrecruzan el discurso jurídico y el psicoanalítico, en el que se conversa sobre la relación posible entre crimen, culpa, responsabilidad y sanción penal, así como sobre el lugar que le cabe al sujeto del acto conviene recordar un texto definitorio de Sigmund Freud en el que parece trazar el horizonte abarcador de estas cuestiones. Es un texto temprano, de los Tres Ensayos de Teoría Sexual: “Se cree firmemente que [el instinto
sexual] falta en absoluto en la infancia, que se constituye en el proceso de maduración de la pubertad […], que se exterioriza en los fenómenos de irresistible atracción que un sexo ejerce sobre el otro, y que su fin está constituido por la cópula sexual [...]”. Por cierto, Freud combatirá esta creencia.
Existe un recorrido según el cual la pubertad es la culminación de un desarrollo psicosexual que se ve interrumpido durante el período de latencia. Es imprescindible, entonces, considerar lo que se haya originado en la infancia para
cualquier planteo de intervención sobre el abuso sexual en la adolescencia, aun desde un enfoque preventivo como interesa a las políticas públicas de salud.
En el caso de los niños, existe en los padres el temor de que ponerlos sobre aviso acerca del atractivo que ejercen sobre algunos adultos los perjudicaría. Desde tal perspectiva, esto significaría atentar contra una supuesta “inocencia”.
Tan cierto como que tener noción de su propia capacidad de experimentar y hacer experimentar placer puede ayudar a que se protejan contra las intenciones de adultos abusadores, es el hecho de que esa misma información es potencialmente peligrosa como aceleración de procesos de maduración y como fuerza
que atenta contra la barrera represiva característica del período de latencia. Sin embargo, no es conveniente considerar el papel de los niños solo como “víctimas pasivas” de los adultos, quienes para tener un contacto erótico se acercan a ellos, tal como dijimos antes, de manera cariñosa.
Cuando se trata de diseñar políticas públicas sobre las problemáticas sociales del abuso sexual contra niños y adolescentes, es necesario procurar que tanto la familia como las instituciones de socialización y enseñanza logren la consciencia del niño
sobre su propio atractivo. Esto debe conseguirse a través de actitudes diversas y sutiles, que no excluyan una elaboración en torno a la sexualidad de los propios adultos que rodean al niño y al joven. Los niños que esos adultos han sido, están también presentes en esa elaboración.
En los medios, hay una exposición constante de múltiples ideas y concepciones referidas al abuso sexual, cuyas futuras consecuencias y retransformaciones todavía desconocemos. Si nos detenemos por un instante a sopesar el rol que lo mediático cumple en
estos procesos, nos encontramos con que hay una suerte de “mostración” de visibilidad –gracias a la acción invasiva de los medios masivos de comunicación- que cumple con un efecto doble. Por un lado es cierto que facilita de múltiples maneras la denuncia, que antes parecía encontrarse vedada por muchos factores, entre los cuales no era el menor la represión y todos los
factores sociales que se vinculan con ella. Sin embargo, por otro lado, existe además como consecuencia de aquella mayor libertad en la denuncia, un exceso de mostración que no se halla adaptado de ninguna manera al lenguaje infantil y que tiene como respuesta directa una exacerbación de conductas sexuales en los niños.
En la consideración de estas dos vertientes que corresponden a los efectos multiplicadores de los medios sobre el grave problema social del abuso sexual, no se trata de ningún modo de quitar el contenido del discurso. Por el contrario, se trata de ver de qué manera lo dicho se adapta a algo que los
niños puedan procesar sin que eso les resulte pernicioso.
Uno de los aspectos que de ninguna manera debemos descuidar es el fenómeno que se ha dado en llamar de “revictimización”. Eso ocurre porque en numerosas ocasiones aquellos “efectos negativos de la denuncia” con los que el abusador amenazaba al niño –a los que nos hemos referido con
anterioridad en este trabajo- se cumplen de formas inesperadas y que no podrían anticiparse. Por ejemplo, si bien la mayoría de las veces los abusadores no terminan en prisión, cuando el encarcelamiento efectivamente ocurre, puede suceder en los casos en los cuales el abuso fue intrafamiliar, que la familia acuse a la víctima de haber sido la causante del encierro del abusador.
Aquí vemos cómo se inicia y desarrolla el proceso de revictimización: la víctima sufrió primero el abuso sexual, y, después, la violencia familiar. Si, además, el abusador era sostén económico de la familia, el proceso de revictimización resulta más acentuado.
La revictimización es uno de los procesos de violencia característicos de las presiones ejercidas sobre la víctima por la sociedad, y no se limita al ámbito familiar. En la mayor parte de las ocasiones, la judicialización de una situación de abuso sexual puede llegar a arrancar al niño o al
adolescente del círculo del abuso sexual pero solo para sumirlo en el círculo mayor de las instancias judiciales y formas de exposición pública que deberá sufrir.
Resulta fundamental hacerse la pregunta acerca de cuál es el lugar que ocupan los analistas en este proceso. Por un lado, tanto la consulta privada como las instituciones de salud deben ser un factor que ejerza su peso a la hora de auxiliar al sujeto a
constituir herramientas mediante las cuales detenga su propia violencia. Por otro lado, en cambio, resulta decisivo que el psicoanálisis brinda al sujeto una posibilidad de defenderse de manera efectiva –sin caer del lado de la defensa excesiva ante los otros- contra la violencia que otros quieran ejercer sobre él.
Sobre todo, no hay que perder de vista que el horizonte del psicoanálisis es el “caso por caso”, que considera la singularidad de cada cual dentro del marco
institucional o privado. Debe configurarse un dispositivo que produzca un espacio particular de escucha y de respeto hacia el otro cuya misma índole –la del dispositivo analítico- se eleve como un factor preventivo de violencia. La focalización en la singularidad de cada sujeto representa de por sí un elemento terapéutico, y no el menor de los que pueden desplegarse.
De esta manera, se produce, al interrogarnos acerca del lugar del psicoanálisis en los procesos de victimización y revictimización, un entrecruzamiento de discurso jurídico con el discurso psicoanalítico.
Confluyen en reconocer que, en todo tejido social, el delito y el crimen
se ven determinados por la ley positiva; es ella la que diferencia entre prohibido y permitido. El psicoanálisis, en cambio, descree de esta ley general y se ubica en el “uno por uno” escuchando la singularidad de cada caso. En este entrelazamiento subjetivo con la ley, se encuentra uno de los puntos más fecundos para pensar, tanto desde el
psicoanálisis, como de todas las disciplinas que se ocupan de los adolescentes, la cuestión del abuso sexual y sus consecuencias.
Bibliografía citada
- Freud, Sigmund, Tres ensayos de teoría sexual (1905) en Obras Completas, v. VII. Buenos Aires: Amorrortu, 1978.
-Žižek, Slavoj, “La violence”.