“La infancia: una con-di(c)ción histórica”.
STAVCHANSKY, LIORA
Universidad Iberoamericana (México)
Alain Badiou en su último libro El siglo se acerca a una explicación de la subjetividad a partir de anudar historia y política, diciendo que en la sumisión de ésta al orden de la historia existe un problema muy complejo; se da una disyunción que marca una violencia particular que, más que ser objetiva, apunta a una
subjetividad reivindicada.[i] Es decir, una irrupción que aparece de manera abrupta en lo subjetivo, y que sustituye a una unión faltante que sólo se legitima con la creación de algo nuevo. Una creación innovadora que es simultáneamente destino y voluntad. Destino por continuar en el camino de la pérdida de lo conocido y lo admirado, y voluntad por el ímpetu de superar lo antiguo.
Jacques Lacan por su parte, reubica al sujeto en un plano estructural. Esto significa que es en relación con los fenómenos del lenguaje que el sujeto se estructura y se delimita. Para él, no hay posibilidad de hablar del acto creador si no es a partir del universo simbólico, pues es desde ahí donde el sujeto se reconoce en y con
el Otro. Lo que implica que no hay vínculo directo entre el creador y lo creado; el intermediario y soporte de este proceso se encuentra en el lenguaje. De hecho, podemos afirmar, que el verdadero héroe de toda ficción, es el lenguaje mismo.
Así, lo que determina al sujeto con la creación es la relación con el lenguaje; un lazo que promueve la pregunta desde el campo del ser. Lacan afirma que “se trata de una pregunta que se le plantea al sujeto en el plano del significante, en el plano de to be or not to be, en el plano de su ser”.[ii] La subjetividad entonces, no se vincula con algún tipo de sustancia, sino que aparece en el momento en que se reconoce la duda como certidumbre.
Desde estas reflexiones cabe preguntar: ¿de qué manera la infancia aparece como condición creativa en lo subjetivo?, ¿cómo pensar desde el psicoanálisis la relación de lo creativo con la infancia?, más aún, ¿es la pregunta, la duda, la posibilidad de una dicción distinta que surge en una ausencia psíquica?
El sujeto se apropia y se somete a una historia sin reconocer que la fuente de esa historia, de la que se piensa dueño está invariablemente apuntalada en mitos. Freud, por su parte, descubrió que uno de los elementos esenciales en el funcionamiento de la mente humana son los mitos; preguntas atadas a una continua reinterpretación por
su íntima conexión con la memoria, que persiguen los recuerdos y hacen “algo más” que otorgarles vida.[iii] Al llegar al límite de los recuerdos, el sujeto asume el carácter mítico que adquiere toda historia cuando llega al extremo de su representación. Ese límite o
punto final se convierte en causa; principio y fin combinados en el sostén de una certeza subjetiva.
Tanto en el mito como en el lenguaje no hay correspondencia entre significado y significante; entre símbolo y palabra; entre verdad y mentira, y es justo en esta oposición donde se genera la ambigüedad intrínseca de todo discurso; ambigüedad que emerge de lo inconsciente y que permite jugar con la homofonía y otros equívocos
interpretando ahí donde el faltante se materializa en creación. La verdad de los mitos habita en lo inconsciente como un intento de recuperar la unidad perdida.
No queda otra más que entender que la creatividad siempre se enlaza con el campo del deseo. Por eso no es extraño que un artista pueda hacer una obra y al mismo tiempo no pueda dar cuenta de ella. Se trata de dos tiempos y dos espacios diferentes. El primero, es el punto en el que el sujeto se manifiesta sin que haya un decir y que
queda delimitado en su propio espacio subjetivo. Y un segundo tiempo, es en el que el yo afirma un “bla-bla-bla” que poco tiene que ver con el primero.
Según Badiou, una ideología es una figura discursiva que a su vez efectúa una representación. Explica que la sociedad a través de sus relaciones construye montajes imaginarios que re-presentan un real. Así como sucede en el síntoma, donde el sistema real de las pulsiones (indiferenciado, y sin fisuras) sólo puede leerse por medio
del recorrido de descentramientos y transformaciones que se dan en la construcción imaginaria del yo. La palabra “inconsciente, dice Badiou, designa el conjunto de las operaciones por medio de las cuales se puede tener acceso consciente a lo real de un sujeto sólo en la construcción íntima e imaginaria del yo.[iv] Es decir, lo real que es lo opuesto al reino de la imagen, ubica al sujeto en el ámbito del ser, más allá de las apariencias, por ello lo real es víctima de una ambigüedad.
En este sentido se puede pensar en la creación como un acto, donde lo creativo, lo inédito, es un encuentro con lo real, ya que toda experiencia de la humanidad está atravesada por la diferencia entre lo real y su representación; entre lo que domina y su figura discursiva; entre lo terrorífico y lo placentero; entre el fantasma y su
juego. Por eso la construcción creativa es un intento de sujetar y enmarcar el goce a través de la puesta en escena imaginaria articulándose con el significante, es decir, lo real captura en su goce también el acceso al placer.
Una re-presentación sería un volver a poner en escena ahí donde lo real aparece enmascarado. El lugar del psicoanálisis apuntaría entonces a organizar un trama unitaria justo donde se hace lugar lo horrible y lo enigmático, a transformar el silencio gozoso en palabras placenteras. Lacan a través de concepto de extimidad
explica esta oposición entre lo interno y lo externo, es decir, lo íntimo puede estar en el exterior y viceversa (topología de la banda de Moëbius).
Desde el punto de vista etimológico infancia viene del latín infantia que significa incapacidad de hablar. Si lo íntimo puede estar contenido por una puesta en acto (creativo o juego), y lo externo (el Otro o lo otro) por lo íntimo, entonces remite a reflexionar en la infancia como posibilidad inacabada, es decir, como
condición permeable donde habita la imposibilidad de hablarlo todo. La infancia entonces, se organiza a partir de la estructuración de mediaciones y retoños, de la configuración y de un espesor deseante. La función de la infancia, es invitar al sujeto a reescribir-se y re-presentar-se ahí donde la creación se anuncia como inacabada.
La infancia se inscribe en lo inconsciente como tiempo de estructuración inseparable de lo pulsional. Se va constituyendo como un conjunto de vivencias y recuerdos capaces de ser recuperados, siempre y cuando se mantengan sepultadas y reprimidas las inscripciones fundantes de la sexualidad a las que ésta encubre.
La infancia entonces propone un juego con el lenguaje, colocando la condición expresiva en un sitio privilegiado de ausencia; como destino y voluntad como dice Badiou, como concepto innovador que irrumpe desde lo real, para evocar a un tiempo in-definido donde la memoria y el recuerdo se
inscriben en el orden simbólico que invita al juego imaginario y metafórico con sus significados. La apuesta de la infancia está inscrita en atentar con el tiempo y su cronología. La polémica no está en lo conciente pedagógico, sino en la postura lingüística, en la lógica subjetiva que juega con el tiempo y su ritmo.
Se trata de atentar con el tiempo y su orden. La infancia coloca al sujeto frente al poder de la significación (imaginario), la posibilidad de hablar y re-presentar (simbólico) y marca una fisura desde lo real en el sujeto. Así, siendo el sujeto presa de lo indecible propio, lo real irrumpe desde su silencio con palabras que intentan
ocupar esa ruptura violentando el vacío y construyendo fragmentos de realidad, que sólo interrogan incesantemente al sujeto sobre su condición, a lo cual sólo puede responder que “sólo sabe que no sabe”.
Un fragmento del texto El personaje novelesco de Elena Santiago apunta a esta idea[v]:
“-Madre, yo sólo quiero ser ángel o pájaro cuando sea mayor, dice un pequeño personaje de un pequeño cuento mío.
¿Pero qué decía aquella niña? Tenía mucha imaginación. Demasiada, opinaba la abuela...
-Madre, yo quiero ser ángel o pájaro, ¿oyes?, cuando sea mayor.
Madre, sobre el agujero de un calcetín fijo en el huevo de madera que usaba para zurcir, repetía la palabra absurda, absurda criatura, hilvanando hilo y pensamiento, aburrimiento adormecido, aletargado...
La niña, ridícula y delgada, absurda criatura, ni ángel ni pájaro, miraba obsesivamente aquel agujero de calcetín por donde madre, tan adormecida se iba a caer cualquier tarde.
-Si soy ángel o pájaro, ¿oyes, madre?, no haré agujeros a mis calcetines,”
Las palabras ocupan el sitio fundado para un acontecer que no está garantizado, porque la creación que enriquece la subjetividad se ve favorecida o entorpecida por la mirada adulta; que despojada de ilusiones y con fantasmas, marcan la infancia en su repetición. Frente a ese goce repetitivo y duradero de lo infantil, crear y fantasear
son poiesis; creación de esa infancia que aún no fue espacio para el acontecer y el desafío.
Este no saber que se sabe, es uno de los puntos centrales de encuentro entre el psicoanálisis y el lenguaje, porque desde este lugar estructural es donde se debe situar el “no saber” en la infancia. En “El creador literario y su fantaseo” Freud da cuenta que los fragmentos de un pasado, los desgarros del presente y los azares
del futuro son las cuentas de un collar engarzado por el deseo.[vi] El camino de retorno que el deseo encuentra desde su universo histórico hacia la realidad, hace valer las fantasías en una nueva forma de expresión.
Desde Freud, la infancia ha sido el escenario de la construcción del sujeto en y por el deseo; en y por el ejercicio del placer ligado a las representaciones de objetos. Es decir, desde la teoría psicoanalítica, la infancia fija el marco sexual dentro del cual el sujeto y su pensamiento se mantienen por
sublimadas que sean sus operaciones.
Sin embargo y a pesar del psicoanálisis, en la actualidad la dimensión subversiva de esta postura de infancia se ha obstaculizado con la idea de que el niño es un “inocente” angelito depositario de ensoñaciones trilladas y pequeño receptáculo de toda agua de rosa del mundo,[vii] aspecto que se opone a la imagen del niño, en tanto su animalidad y necesidad de domesticación (perverso polimorfo). Sería en este sentido erróneo recurrir a imágenes históricas moralistas de la infancia que anteceden al psicoanálisis freudiano, como si así se pudiera olvidar que la curiosidad sexual y sus
pulsiones despiertan y estructuran cualquier infancia. No deja de ser delicado este tema al profundizar en las relaciones que establece un niño con quienes “lo seducen sexualmente”; complicidad que no implica la anulación de la mirada adulta dispuesta a aprovecharse de ésta.
La infancia pues, abre caminos no sólo en el espacio transitorio y en la escena de juego, sino también en la escritura de la trama de su propio juego. Esto es, el jugar infantil y el decir de la infancia, son condiciones textuales que producen su propia dicción y gramática, siendo éste el tejido por el cual emerge toda
subjetivación.
La reflexión freudiana en relación con los efectos del acto creativo, alude a la necesidad que tiene el humano de introducir en sus sueños y fantasías objetos que no pertenecen al “lo natural”. La idea de que el niño sea “inocente” ángel o pájaro, y que la infancia sea inspiradora de frases como “había una vez...”,
“en un país lejano...” o “en el país de las hadas...” convierten el territorio en prohibido-des-conocido, porque los símbolos que los habitan no pierden los puntos de convergencia entre lo real que circunda a la infancia y lo mítico que la estructura. Los personajes fantasmáticos manifiestos u ocultos en la condición infantil son re-presentantes de modos de repetición
que paraliza el acontecer. Esto es, el ser grande es una ilusión que puede quedar enquistada por los estereotipos y la rigidez de la mirada adulta, pero esto no ocurre si la subjetividad creadora infantil está puesta en juego.
Debe entenderse que antes de Freud la práctica sexual debía cuidarse de la mirada de los demás, y el discurso debía suprimir los temas que transgredían los fundamentos de la convivencia amorosa aceptada por la censura. Lo importante en aquel momento era que la sexualidad y su práctica se mantuvieran en la ignorancia compartida, ya
que de esta forma se lograba crear la ilusión de que no existía. Lo mismo sucedió con la expresión de lo infantil, que se definió como discurso inacabado e incompleto carente de comprensión. La máscara de esta inexistencia dio lugar a que en el ejercicio de la sexualidad y en la representación infantil se preservaran elementos de lo prohibido, lo innombrable bajo el rubro de lo erótico.
Sin embargo el silencio consolidó el tabú de la sexualidad y, contrariamente frente e la conquista de la razón, la sociedad de esa época tuvo que resignarse a vivir pecaminosamente la “sinrazón” que la habitó. La controversia de la postura freudiana es que supo “domar” ejemplarmente el pensamiento y ofuscar la lógica
frente a aquello que sólo sostenido por lo innombrable, no dejó de ser ingrediente inevitable de la verdad. La propuesta psicoanalítica resaltó y recató el síntoma, el conflicto, lo diferente, lo incongruente y lo insensato; argumentando que ahí donde des-habita lo humano el sujeto aparece como deseo, como falta, como ruptura. .
Para finalizar y a manera de conclusión, se podría decir que entrar a esta dimensión de goce de la infancia es una de las tareas del saber del psicoanálisis y de su campo clínico. Es ahí donde habitan los síntomas y trastornos pero también se abren escenas lúdicas y re-creativas como duendes, hadas, monstruos y demás... Freud
reubicó el trabajo impuesto de lo anímico por lo pulsional como reto a superar. Le abrió a la ciencia puertas inexploradas de la subjetividad. Lacan por su parte, advirtió a la humanidad que el sujeto humano, sujeto del deseo, no se deja atrapar por lo imaginario, sino que sabe jugar con la máscara del “como si”, como siendo ese más allá del cual es mirado. Badiou hoy en día, apuesta a un más allá de la infancia,
a un aconte-ser en una “edad de oro” donde la experimentación sexual se da en todas sus formas.
Así pues, la infancia con su propia con-di(c)ción gramatical abre espacios, caminos y puertas, rompiendo espejos para insertarse en sus fisuras, y marcar en la diferencia su pro-posición subjetiva. La infancia no sólo implica disfrutar, posibilita re-producir inventándose de
nuevo.
[i] BADIOU, Alain, El siglo, Buenos Aires: Manantial, 2005, p. 52.
[ii] LACAN, Jacques, Seminario 3. La psicosis, Madrid: Paidós, 1985, p. 239.
[iii] FREUD, Sigmund, Lo ominoso (1919), Buenos Aires: Amorrortu, 1975, p. 230.
[iv] BADIOU, Alain, Op. cit., pp. 70-71.
[v] Citado por VASEN, Juan, Fantasmas y pastillas, Buenos Aires: Letra Viva, 2005, p. 77.
[vi] FREUD, Sigmund, El creador literario y su fantaseo, Buenos Aires: Amorrortu, 1975, p. 132.
[vii] BADIOU, Alain, Op. cit., p. 103.