EL PSICOANALISTA Y EL OTRO PAIS
Algunas reflexiones sobre el discurso
y la función del analista y su tiempo
Autor: Mgter. Sergio Pérez Iglesias
Miembro de Clínica Freudiana de Mendoza
Universidad del Aconcagua
He visto al otro país
vestido de soledad
durmiéndose en el andén
sin tener a qué puerta golpear.
“El otro país”-Teresa Parodi-1988
RESUMEN
Se interroga la relación del psicoanalista con su tiempo, por medio de la formalización de los cuatro discursos. Se recorre brevemente la articulación que alcanza Lacan entre estructura del inconsciente, estructura del discurso y estructura de la
organización social, deteniéndose en la lógica capitalista, cuando Lacan iguala el plus de gozar con la plusvalía.
Lacan introduce el discurso del analista como revés del discurso del amo y esa posición discursiva contribuye a interrogar algunos fenómenos sociales de nuestro tiempo. La ley puesta en cuestión como síntoma y la expoliación de goce que opera en el capitalismo son pensadas desde las formas
posibles de restitución del lazo social ante esos acontecimientos. La posición del analista está hecha del objeto a como lo rechazado del discurso y debe soportarse como posición ante lo real.
¿Cómo se relaciona un psicoanalista con su momento histórico? Freud y Lacan nos dejaron testimonios de su intención de comprender los hechos de su época. “El malestar en la cultura” y “El porvenir de una ilusión” son algunos ejemplos, entre otros, del padre del psicoanálisis por
explicar algunos procesos sociales e históricos con las herramientas teóricas que el psicoanálisis va construyendo. Lacan lo hizo también, entre otras enseñanzas, con sus Seminarios 16 “De un Otro al otro” y 17 “El reverso del psicoanálisis”, en los cuales se da “testimonio de lo que fue un diálogo en un momento de la historia, entre un gran psicoanalista y su tiempo” (1), al decir de Eric Laurent.
¿Cómo dialogamos con nuestro tiempo? Este Congreso es a la vez ejemplo de ese diálogo, escenario para el mismo y propulsor de otras modalidades y espacios para esa interlocución.
En los Seminarios citados, especialmente en “El reverso del psicoanálisis”, Lacan formaliza su concepción del discurso, por medio de la presentación de cuatro discursos, no más que cuatro. Estos discursos son una poderosa herramienta que el psicoanálisis nos ha brindado para poder
reflexionar sobre fenómenos históricos y sociales y conversar con otros saberes.
¿Qué conceptos pueden puntuarse? Primero: ¿qué es un discurso? El discurso es la puesta en acto del lenguaje y el discurso es el lazo social. Los miembros de la masa, para convivir, renuncian al objeto de goce, a fin de instalarse en el lugar del diálogo, tal el discurso como lazo social.
Lacan plantea además un discurso sin palabras. Esto es lo que subvierte desde el psicoanálisis, porque lo pone al revés. ¿Al revés de qué? Del discurso del Amo y de la vida contemporánea.
Si el discurso es la puesta en acto del lenguaje, ¿qué es el lenguaje? Una estructura. Esta estructura, cuyos elementos son los significantes, es condición del inconsciente e incide en la construcción del mundo humano.
De esto se desprende que el inconsciente es el discurso del Otro y, en términos discursivos, es el discurso del Amo. El inconsciente es el discurso del Amo porque incluye un saber mítico sobre el goce primero. Dicho saber está reprimido y no se trata de un saber científico. Como el goce está reprimido y hablamos porque ese goce está excluido, todo discurso es del goce.
Volviendo a la proposición de los cuatro discursos, Lacan construye una formalización de relaciones fundamentales de cuatro lugares y de cuatro elementos, los que circulan por aquellos lugares, dando lugar a cuatro formas discursivas: del Amo, de la Universidad, de la Histérica y del Analista. Los lugares son: el agente, el otro, la producción y la verdad. La verdad está disociada del agente y la producción es disyunta de la verdad. Los elementos son: S1, significante amo; S2, el saber; a, el plus de goce; y $, el sujeto. El discurso sin palabras es el intento de una escritura matemática.
Esta estructura cuaternaria del discurso está en la realidad del discurso que sostiene el mundo como lo conocemos. Por ello, los hechos sociales son productos o efectos de discurso.
El sujeto surge en el campo del Otro (A), se identifica con el significante Amo S1 y se hace representar ante otro significante S2. El primer efecto del discurso se da de S1 sobre S2, y es la producción del sujeto dividido. Esa producción es con pérdida, a, que es el objeto perdido de goce.
El goce no es la satisfacción de una necesidad, sino de una pulsión, advierte Lacan en el Seminario de la Etica, donde la pulsión no se trata solamente de una energética, sino que detenta también una dimensión histórica, de rememoración. El goce está fuera del discurso y solo resta el plus de goce, plus-de-jouir en el original francés, que remite al “no gozar más” y al plus de gozar.
El saber, que es la articulación entre significantes, funciona como medio del goce pero no es un saber natural o del conocimiento, el saber es la forma en que el goce se manifiesta, “el saber es cosa dicha (...) habla solo, esto es el inconsciente” (2). Este saber tiene su origen en el rasgo unario, o sea, en la marca, y sigue necesidades lógicas, de discurso. El saber sobre el goce no surge del trabajo y el trabajo no produce saber.
El discurso del analista permite detectar y cuestionar cómo, cuándo y con qué gozamos en la vida cotidiana. La relación del sujeto con el significante revela el lugar del goce. Ese plus de goce se alcanza por renunciar al goce de un saber que cada uno de nosotros posee pero desconoce, tal el inconsciente. Y el plus de goce que aparece por haber renunciado al goce no es accesible para todos.
Esta brújula discursiva que es el goce es la puerta de entrada para Lacan en lo político, quien enlaza la estructura del inconsciente, la estructura del discurso y la estructura de la organización social en una singular articulación.
La relación del amo y del esclavo propuesta por Hegel es tomada por Lacan para pensar su concepción del discurso del amo. El amo no es aquel que sencillamente ordena o que aplica la fuerza para ser obedecido. Su forma de comandar es más simple: porque existe el lenguaje, se obedece. Porque hay un S1, un significante primero, hace falta un S2, un significante segundo, para articular un discurso, una relación significante. A partir de la constitución del Uno, el S2 obedece, a fin de que se despliegue el discurso. El S2 obedece porque algo sabe, ya que el saber es la articulación entre significantes. Por eso, el amo también le ordena, porque el esclavo sabe algo.
El pensamiento de Karl Marx sobre la forma capitalista de organización de la producción de bienes abrió el camino para pensar el discurso del capitalista, un pequeño giro que opera en el discurso del amo. El sujeto del capitalismo es el proletario y el plus de goce lacaniano es equivalente a la plusvalía marxista. Marx señaló que el capitalista se apropia de dicha plusvalía. Lacan lo expresó en términos de goce, diciendo que en el capitalismo hay una “expoliación de goce” (3), esto le permitió reemplazar la energética de Freud por la economía política y nombrar al objeto a como el plus de goce.
Lacan interroga al rico, no a la riqueza. Este es el amo moderno, el rico, el hombre de negocios, quien comete la expoliación del goce, del saber sobre el goce que posee el trabajador. En el mundo clásico griego del tiempo aristotélico, por ejemplo, el amo estaba en el lugar del saber y acumulaba ese saber, por lo tanto, el goce. El amo actual no precisa saber nada, solo toma lo que sabe el esclavo, es más, el amo no quiere saber, solo usa ese aparato de explotación. Para Lacan, el subdesarrollo es condición del capitalismo, ya que cuando una nación subdesarrollada le compra a una nación desarrollada cree que va a tener el nivel de la nación desarrollada, pero allí la nación subdesarrollada pierde su saber.
El capitalismo como acumulación de capital es correlativo del sujeto cartesiano, en cuanto a que la acumulación es de saber. El esclavo antiguo ha sido sustituido por quienes son los productos consumibles, como los reales productos de consumo. De allí que en la lógica capitalista, el trabajador es solamente unidad de valor. El sistema capitalista promete a todos la satisfacción de todos sus deseos por medio de poner un precio y anula la diferencia entre el objeto de deseo y el objeto de consumo.
El discurso del capitalista opera bajo un rechazo, el de la castración. Lacan sostiene que aquel rechazo de la castración conllevó, dos siglos después, el surgimiento del discurso del analista, que instaló nuevamente la castración en el discurso.
En su aguda interrogación del mercado capitalista, aquel sobre el que se anuncia que rige nuestras relaciones económicas, Lacan va más allá de explicaciones coyunturales y comprende que hay un mercado único, el de la ciencia, al que se reducen todos los saberes, homogéneos. El mercado científico, por ser el mercado del capitalista, no paga por alcanzar aquellos saberes, por proveerse de esos saberes. Aquí ¿podemos pensar, por ejemplo, en la industria farmacéutica cuyas fuentes medicinales están en el mundo subdesarrollado, cuyas pruebas de medicamentos muchas veces se llevan a cabo en poblaciones empobrecidas, para luego interponer derechos de autor por sus creaciones y cobrar sus producciones?
Hay una crisis del discurso del capitalista, advierte Lacan. No obstante, funciona, es astuto, ya que se trabaja, el esclavo trabaja y eso hace funcionar el sistema. Predice un agotamiento, una “crevaison” (4) en el original francés, su muerte por extenuación, en tanto que “se consume tanto que se consuma” (4)..
El discurso del analista aparece como el revés del discurso del amo, su contrapunto, porque denuncia lo que sucede con el goce, y nos indica el camino para acceder a ese saber disponible en el lugar de la verdad.
La experiencia analítica es una experiencia de discurso. Es preciso diferenciar el discurso del analista del discurso psicoanalítico, ya que el primero hace referencia a la escritura del lugar y función del analista. En la posición discursiva del agente está el objeto a y, en el
Seminario 10, leemos que tal posición es intolerable, ya que el a es lo rechazado del discurso pero alrededor de lo cual el discurso se organiza y se emite. Curiosa ubicación la que Lacan otorga al analista, sostener aquello que todo discurso rechaza.
Desde esa posición hecha del objeto a, el discurso del analista tiene en mira la muerte, en el sentido de la pulsión de muerte, y trata con nuevos objetos, los pulsionales, diferentes a los de la ciencia.
En el discurso del analista, el saber se ubica en el lugar de la verdad; ya no es el saber inventado por la histérica. No obstante, está disociado del agente pero sí disponible para que pueda hacerse cargo de él y es un saber con menor probabilidad de deslizarse hacia el olvido.
Lacan piensa en la verdad como un lugar, donde lo que se posiciona allí adquiere valor de verdad. Entonces, ningún discurso puede decir la verdad. Todo discurso es un semblante, solo adquiere semblante de verdad. Y el discurso que logra imponerse, dominar, es aquel que no debe fundamentar su
verdad. A nivel social esto produce una verdad compartida por los miembros de la sociedad, una verdad estandarizada. Entonces, esta verdad media encubre el saber del que cada uno dispone pero que no conoce. Se instaura en consecuencia el síntoma, es decir, el sufrimiento, la forma que adquiere el sufrimiento en cada uno por ese despojo y por los intentos de recuperar algo de ese goce.
La verdad habla, pero como lugar discursivo, está disociada del agente, quien cree ser el autor de su discurso, el yo que desconoce que algo habla en él. En el discurso analítico, el saber ubicado en el lugar de la verdad indica una verdad que no se quiere saber. El agente podrá darse cuenta,
reconocer tal verdad únicamente cuando se ubique en el lugar del otro y cuando la verdad hable desde el lugar del agente, mediante una rotación de un cuarto de giro en los discursos, o sea, la histerización del discurso que promueve el analista y que después permite la operación del discurso del analista.
Sin embargo, una advertencia. El analista se pierde en ese camino si cree que su posición, que es un semblante, no es tal y considera que las cosas se acomodan, que hay relación sexual, que puede ordenar, comandar el plus de goce con su saber. Lacan previene: allí el analista es un imbécil y
cualquiera que se ilusione en un amo absoluto es un canalla.
¿Quién ocupa el lugar de agente en cada discurso? La respuesta a esta pregunta permite pensar una de las formas del malestar en nuestra época. En el discurso del amo el agente es el S1, o sea, que puede funcionar como la ley articulada y que conforma el derecho; en el discurso de la histérica, el $, es decir, el síntoma; y en el discurso del analista, el a, lo rechazado del discurso. La articulación entre ley, síntoma y rechazo conduce a hipotetizar si uno de los rasgos de nuestra época es “la ley puesta en cuestión como síntoma”
(5) En el discurso universitario, el S2 está en el lugar del agente, es el saber. Pero es un saber que “se las sabe todas”, es la “Yocracia” denunciada por Lacan, la que enuncia “yo, la verdad, hablo”.
Si la pulsión no es pura energética, si encierra una dimensión histórica, es pertinente plantear las formas en que nuestra época vive la pulsión de muerte, cuáles son las maneras particulares de goce de nuestro tiempo, cómo amenaza la pulsión de muerte el lazo social, cómo la ley es puesta
en cuestión como síntoma.
Hay hechos sociales en nuestro país que mueven a interrogar dicha ley sintomatizada: la violación del estado de derecho por más de una docena de golpes militares y la sangrienta última experiencia de dictadura nos enfrenta con un real que retorna. Varios intentos por hacer entrar en la ley un
punto final, un indulto, un perdón, no han logrado simbolizar, hacer lazo sobre algo que se presentifica una y otra vez, aquellos denominados desaparecidos, de los que no se ha podido hacer duelo, realizar un ritual sobre su cadáver, saber su historia, su final. No obstante, algo se apacigua, algunos restos y algunos hijos se encuentran, alguna información se logra.
Asimismo, está el otro país del que habla la canción de Teresa Parodi, de los millones que han sido expulsados de la disposición de bienes y del trabajo, impedidos de lograr recursos simbólicos. La expoliación del goce ha tomado en el siglo XX y en los inicios del XXI formas aterradoras en las
naciones dominadas del capitalismo y en la nuestra: la muerte de millones de seres a quienes se les arrebató el bien más preciado, su vida.
Lacan elogió la valentía de Freud que mantuvo su discurso lo más cercano que pudo al goce. Una cercanía que no es cómoda. ¿Cómo podemos mantener nuestro discurso, el del analista, lo más cercano al goce? ¿Cómo soportar lo real, aquello que no cesa de no escribirse, es decir, la relación particular de nuestra época con la pulsión?. Una posibilidad lo brinda la interrogación al significante, al funcionamiento del lenguaje como lo hace el analizante. Algo saldría de eso, dice Lacan.
El deseo es barrera ante el goce. Esa es la política del psicoanálisis, la del deseo. Esa política implica que el discurso del analista debe mantenerse lejos de la voluntad de dominio, no brindar soluciones, porque no las tiene. ¿Qué otras formas podemos encontrar de interrogar el goce de nuestro tiempo, de hacer lazo social?
NOTAS BIBLIOGRAFICAS
(1) Revista Uno por Uno, Nº 20 y 21. “Entrevista a Eric Laurent”, 1991, Barcelona.
(2) LACAN, Jacques; El Seminario. Libro 17. “El reverso
del psicoanálisis”; Editorial Paidós, 1999, Buenos Aires, Pág. 74.
(3) Idem. Pág. 85.
(4) LACAN, Jacques; Du discours psychanalytique; Milán (Italia) 12 de mayo de 1972. Inédito. Traducción del autor.
(5) LACAN, Jacques; El Seminario. Libro 17. “El reverso del psicoanálisis”; Editorial Paidós, 1999, Buenos Aires, Pág. 46.