Título: Apuntes para una primera clínica lacaniana (1950/1960)
Autores:
Cacciari Analía
Dimov Marta
Falfani Liliana
Krauss Silvia
Pioletti Paula
Rubinovich Viviana
Martinez Horacio
Pino Mauro
Institución: Grupo de Investigación “Psicopatología y Clínica”, Facultad de Psicología, Univ. Nac. de Mar del Plata.
Resumen: El presente trabajo recoge los desarrollos de uno de los puntos propuestos en nuestro proyecto de investigación para el trienio 2005/07 “Aportes de la clínica psicoanalítica contemporánea al progreso de la teoría”. En este punto en particular nos proponemos relevar la elaboración conceptual que lleva a cabo J. Lacan en el período 1950/1960, dentro de la que pretendemos hallar una redefinición de los conceptos de Síntoma, Transferencia, Interpretación y Fin de Análisis.
Introducción
Hacia fines de 2004 nos propusimos, como grupo de investigación universitario, un proyecto de trabajo al que titulamos “Aportes de la clínica psicoanalítica contemporánea al progreso de la teoría”. En él nos planteamos investigar los modos en que la clínica psicoanalítica contemporánea (entendiendo por tal aquella que se despliega en la
segunda mitad del siglo XX) modifica y enriquece el corpus teórico del psicoanálisis. No concebimos a la clínica como el espacio de verificación de la teoría, sino como una experiencia real que antecede a la teoría, en tanto pensamos a ésta como el intento de trasponer lo real de la clínica en los términos de un discurso. Basados en estas premisas nos proponemos un trabajo de lectura de textos que permita deslindar los problemas clínicos que los textos abordan y las soluciones teóricas a las que arriban, entendiendo que el Psicoanálisis como teoría progresa a partir de los modos en que elabora conceptualmente (es decir, simbólicamente) los escollos reales que la clínica le presenta.
El “retorno a Freud” no es tan sólo un gesto político dentro de la institución psicoanalítica, ni un reclamo de purismo teórico: es, también y por sobre todo, un proyecto de reorientación de la clínica en un contexto que Lacan define como “antifreudiano”
(1958 p. 565).
Nos proponemos en este trabajo relevar dos aspectos de la teorización lacaniana del período 1950/60 que suponen vías de ida y vuelta entre los problemas clínicos y las redefiniciones conceptuales.
Hacia una clínica lacaniana: primeras definiciones
Hay en la obra de Lacan, y presente ya de forma definida desde 1953, una tríada de operadores teóricos que, por los frutos que habrán de aportar al psicoanálisis, se convertirán en una de sus mayores aportaciones. Nos referimos a las categorías de Real, Simbólico e Imaginario. Operadores
teóricos, Categorías, son términos que utilizamos para marcar una diferencia respecto a la noción de Concepto. Este es un punto clave de nuestra investigación, y por tanto dedicaremos una parte del presente trabajo a dilucidarlo con mayor detalle.
En Filosofía la noción de concepto se define como “un procedimiento que posibilita la descripción, la clasificación y la previsión de los objetos cognoscibles.” (Abbagnano 1961, p. 190) Su materialidad es la del signo, pero no se confunde con el nombre. Su validez, por
último, se define de acuerdo a su grado de comunicabilidad.
En la medida en que Lacan cuestiona y modifica la estructura del signo tal como fuera definida por de Saussure (1916), se verá obligado a precisar los alcances del término concepto, sobre todo cuando encare, en su Seminario 11, la tarea de situar los cuatro conceptos fundamentales
del Psicoanálisis. En la clase del 22/1/64 dirá: “nuestra concepción del concepto entraña que éste se establece siempre mediante una aproximación que no carece de relaciones con la forma que impone el cálculo infinitesimal. En efecto, si el concepto se modela según un acercamiento a la realidad que él está hecho para aprehender, sólo mediante un salto, un paso al límite, cobra forma acabada realizándose.”
(Lacan 1964, p. 27)
De esta forma, entendemos que el concepto padece, por una parte, del problema general de todo significante: el de ser un elemento puramente diferencial, sin significado preestablecido, mientras que por otro lado es un significante particular que consigue, mediante el franqueamiento de
un límite (límite entre significante y realidad, pero también límite entre significante y significado), una reducción de la dispersión del sentido. Así, los llamados conceptos fundamentales operan en la teoría a la manera de axiomas, que exigen que desde allí se piense cada nuevo hecho clínico, pero sin pretender que estas confrontaciones dejen inalterada su formulación. Más bien pareciera que los conceptos son títulos que guían el pensar del analista, mientras que el contenido argumental que se les dé deberá, ante todo, ser coherente con la experiencia clínica de la que
pretenden dar cuenta.
Por su parte, tomamos, para la definición de operador teórico, la noción de instrumento que Lacan despeja en su escrito “Kant con Sade” (1963): “así Kant, puesto en interrogatorio ‘con Sade’, es decir con Sade haciendo oficio, para nuestro pensamiento como en su sadismo, de instrumento”. Un
instrumento, entonces, opera como objeto: su posición ordena un trayecto a partir del cual los conceptos adquieren un orden particular. Resultan así instrumentos de lectura, más que conceptos propiamente dichos.
Real, Simbólico e Imaginario operarán, con relación a los conceptos que definen la clínica psicoanalítica, una primera ordenación que permitirá un despeje respecto de la transferencia.
En este sentido resulta clave comparar el escrito “Intervención sobre la transferencia” (1951), en el cual Lacan aún no cuenta con estos operadores, con “La dirección de la cura...” (1958), texto en el que ya están presentes.
En el primero de los textos citados, el análisis del caso “Dora” se lleva a cabo a través de una suerte de matriz estructural que supone la existencia de desarrollos de la verdad, que requieren por parte del analista
intervenciones que generen inversiones dialécticas, las que pueden entenderse en los dos sentidos del término: (a) como una forma de relanzar el diálogo en una nueva dirección, y (b) como una forma de avanzar en los tiempos de la dialéctica (ahora hegeliana) que supone un progreso dado por negaciones: es decir, se sale de la posición dada por la Tesis en la medida en que se la contradice a partir de
la formulación de la Antítesis.
La dialéctica como diálogo remite a la tradición socrática, aquella que supone que la verdad mora en el sujeto sin que éste lo advierta, y que debe surgir en el diálogo conducido hábilmente por el filósofo. La verdad es sabida
y olvidada, y el retorno de la verdad se produce por reminiscencias.
A su vez la dialéctica en el sentido hegeliano supone una verdad que habrá de alcanzarse al final del recorrido, una vez que se supere el nivel de la tesis y la antítesis llegando a una tercera formulación, la Síntesis, que supone
superación de la contradicción.
En el caso de la dialéctica lacaniana, la verdad no parece ser ni un valor último a alcanzar, ni tampoco un saber olvidado a recuperar. Más bien transmite la idea de un diálogo incesante, que en cada versión desarrolla una
verdad, que sirve como modo de ubicación del sujeto. Quedaría por responder si a esta altura de la obra lacaniana éste considera que el análisis es “interminable”, y que entonces, el diálogo analítico puede ir desarrollando versiones de la verdad sin límite último, o bien si ya se perfila alguna idea de un análisis “terminable”, que suponga una dimensión última de la verdad.
Como sea el caso, aquí aparece una versión de la transferencia entendida como “papel a jugar por el analista en el interior de la dialéctica” (Lacan 1951 p. 205). El analista tiene como función “volver a lanzar el proceso” allí donde este se estanca. “Interpretar la transferencia” puede entenderse entonces como “interpretar el papel que le toca al analista”, que Lacan define en estos términos:
“llenar con un engaño el vacío de un punto muerto”. (p. 214) La verdad no está del lado del analista, sino del paciente. La interpretación del analista no consiste en despejar una verdad, sino en relanzar el diálogo para que pueda formularse un nuevo desarrollo de la verdad.
Mientras tanto en “La dirección de la cura...” el movimiento que propone Lacan es diferente: no se trata de aplicar al modelo freudiano una lectura organizada desde una estructura de análisis proveniente de la filosofía (Sócrates, Hegel), sino de analizar “el estado actual de la
transferencia” (1958, p. 582 y ss.), es decir, el modo en que ésta es teorizada, pero también articulada en la dirección de las curas analíticas. Para ello Lacan divide el campo teórico postfreudiano en tres corrientes, y aplica para su crítica los operadores Real, Simbólico e Imaginario. De este análisis resulta el despeje de una dimensión imaginaria de la transferencia (situable en el
Capítulo IV: “¿Cómo actuar con el propio ser?”), a partir de la pregunta por el ser del analista. Tomando como referencia a Ferenczi y la noción de “introyección del analista”, el ser se homologa al yo. Así puede entenderse la frase siguiente: “Si Ferenczi concibe la transferencia como la introyección de la persona del médico en la economía subjetiva...” Se trataría de algo que ocurre
a nivel imaginario. Y sin embargo, de la persona del analista hay algo más que desborda, que es de otro orden.
Lacan busca situar el problema en otro punto, relativo a la falta en ser. Esta falta es de orden simbólico: el sujeto, en tanto efecto del significante, está afectado de una falta, que es la misma que afecta al orden
simbólico en su conjunto, pues no hay significante último que cierre el círculo de la significación. La falta en ser del sujeto es, dirá Lacan, “el corazón de la experiencia analítica”, lugar en donde el neurótico despliega su “pasión”, que tal como dirá más adelante, recibe las formas del amor, del odio y de la ignorancia.
Aquí Lacan rescata tanto a Ferenczi como a Ella Sharpe en la medida en que ambos “han sabido articular esa hiancia de la que da testimonio el neurótico al querer justificar su existencia” (p. 593). Otros autores desviaron el
asunto hacia este otro: pensar el final del análisis en términos de identificación con el analista. La diferencia es sutil, pero interesante: no es lo mismo pensar que el paciente desea introyectar al analista para completar su falta en ser, lo que daría cuenta de la pasión neurótica, que suponer que el paciente debe, al final de su análisis, identificarse con el analista.
Por otra parte, el papel del objeto parcial, tan resaltado en los textos kleinianos, merece por parte de Lacan una lectura que invierte su significado, pues estos objetos, como dice en el punto 3 (p. 594), son el sujeto.
Entendámoslo de la siguiente manera: otro modo de completar la falta en ser es deviniendo ese objeto que hemos perdido por ingresar al círculo del discurso. El que seamos sujetos divididos ($) nos lleva a suponer que de tal división se separó una parte (el objeto a minúscula), y que de la reunión de ambos ($ y a) resultaría el recupero de lo perdido. El fantasma, entonces, como reunión de $ y a, es una de las
dimensiones de la pasión neurótica, pero él, en tanto hijo, también y al fin de cuentas, del significante, no permite la reunión sino tan sólo la alternancia: o estoy en posición $, o estoy en posición “a”, pero nunca en ambas.
Esta “patología de la pendiente”, como la llama Lacan: ¿es esperable que no esté presente en el analista? Ese parecería ser el anhelo de los analistas que quieren ofrecerse como objeto de identificación, pues en tanto modelo
se suponen más allá de la pasión neurótica. Pero para Lacan no hay tal más allá, pues este rasgo de la neurosis no se cura: es estructural. Por eso es que Lacan culmina el punto 4 (p. 595) diciendo que es en torno a la cuestión del ser que debería formularse una nueva ética que integre las conquistas freudianas sobre el deseo, una ética, en fin, que se sostenga en los términos de la carencia de ser y del lugar que,
con respecto a ella, viene a ocupar el deseo, tal como Freud lo estableció.
En el punto 7 del Cap. IV hay una pregunta fuerte: ¿el análisis es un “progreso en la verdad”? Si recordamos lo planteado en “Intervención sobre la transferencia”, podríamos responder “sí y no”. Se progresa al dar lugar a nuevos desarrollos de la verdad, pero
no hay verdad última a revelar. En su lugar pareciera que Lacan quiere reservar un sitio para “lo indecible”. Por tanto esta “verdad” en juego no es enteramente de naturaleza simbólica. Se “representa” a través de lo simbólico, pero a medias, en un “semi-decir”, bajo la forma de un “no todo”.
El trabajo del análisis y la noción de “barradura”
Que en este primer decenio de enseñanza se pueda despejar una primera clínica lacaniana supone la posibilidad de situar un modo de concebir las causas de los síntomas y los modos de intervención sobre ellos. Real, Simbólico e Imaginario, como ya hemos dicho, han de ser instrumentos ordenadores que permiten una más clara definición de la estructura del campo clínico. En este sentido, es
factible llegar a una definición de la causa entendiéndola como el imposible empalme entre Real y Simbólico, empalme que intentará ser recubierto por lo Imaginario. “El inconsciente nos muestra la hiancia por donde la neurosis empalma con un real” dirá Lacan en la segunda clase del Seminario 11 (p. 30), para agregar un poco más adelante: “Ahora (...) estoy en posición de introducir en el dominio de la causa
la ley del significante” (p. 31). Esta ley es producto de una elaboración conceptual rigurosa. Lo que ella pone en juego es la posibilidad de hacer que algo de lo real pueda articularse en términos simbólicos. Se trata de una lógica de la escritura que siempre hace depender esa transposición de Real a Simbólico de la operación de la barra. La
encontramos en el Seminario 5 cuando habla de los modos en que lo real se eleva al status de significante, en el Seminario 7 cuando habla de los modos en que el objeto se eleva a la dignidad de la Cosa, y en el Seminario 20 cuando trabaja los modos en que el significante se eleva a la categoría de letra. En todos los casos parece tratarse de la misma operación: que algo perteneciente a lo real pueda ser retomado por
lo simbólico depende, en último término, de la castración.
En la clase del 22 de abril de 1959 Lacan, retomando las postulaciones de Freud acerca del duelo, planteadas por éste en su texto “Duelo y Melancolía”, afirma que el duelo es una de las pocas experiencias que Freud propone en términos de relación de objeto, y
que, como tal, hay que concebirla como un agujero en lo real que la pérdida del objeto provoca. Se trata, dirá Lacan, de “una relación inversa de la que promuevo ante ustedes bajo el nombre de Verwerfung. Así como lo que es rechazado de lo simbólico reaparece en lo real, así también el agujero de la pérdida en lo real moviliza al significante”. (Lacan 1959, p. 105). Pero justamente, el duelo reclama la
operatoria de todo el sistema significante, y por lo tanto pone en evidencia lo que a éste lugar (en tanto Otro, tesoro del significante) le falta para ser un Todo: el S(Ø).
“No hay nada significante que pueda colmar este agujero en lo real, si no es la totalidad del significante. (...) El trabajo del duelo es primeramente una satisfacción dada a lo que se produce de desorden en razón de la insuficiencia de los elementos significantes para
hacer frente al agujero creado en la existencia”. (p. 106)
El duelo en lo real moviliza al sistema significante, pero allí donde éste es convocado a decirlo Todo, a cerrar con su enunciación el agujero abierto por el duelo, resulta impotente. Así, el agujero en lo real nos lleva a un duelo por lo simbólico, o mejor dicho, a
la aceptación de un límite de lo simbólico para decir lo real. Lo único que cabe es escribir ese límite: S(Ø), marcarlo como huella de una imposibilidad de decir. Aquello que, en otros términos, nombramos como castración.
De este modo la castración es un límite para el análisis, y es al mismo tiempo un límite para la teoría: ella también es castrada, y de eso (y por eso) no puede decirlo todo: pero puede escribir algo.
La escritura es entonces la marca de un imposibilidad, la experiencia de un duelo relativo al decir.
Ref. Bibliog.
Abbagnano, N.: (1961/1963) Diccionario de Filosofía. México: Fondo de Cultura Económica.
De Saussure, F.: (1916/1981) Curso de Lingüística General. Madrid: Akal.
Lacan, J.:
(1951/2003) Intervención sobre la transferencia. En Escritos, págs. 204/215, Bs. As.: Siglo XXI.
(1958/2003) La dirección de la cura y los principios de su poder. En Escritos, págs. 565/626, Bs. As.: Siglo XXI.
(1959/1980) Hamlet, un caso clínico. En Lacan oral, págs. 11/124. Buenos Aires: Bóveda.
(1964/1987) El Seminario, libro 11 “Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis. Bs. As.: Paidós.
(1966/2003) De nuestros antecedentes. En Escritos, págs. 59/66, Bs. As.: Siglo XXI.