EL DELITO HOY. UN APORTE PSICOANALÍTICO

 

 

Autores:     
Lic. María Nieves Echave                      
Lic. Hilda Teresita Karlen
                  
Lic. Gladys Augusta Diaz
                  
Lic. Ana Laura Rodriguez  

Institución que acredita la investigación: CIUDA (Consejo de Investigaciones de la Universidad  Aconcagua) Mendoza Argentina.

                

 Resumen:

Se parte del concepto de transgresión como inherente al ser parlante.

La transgresión, o actos que transgreden la ley, se entienden como parte de la psicopatología de la vida cotidiana ya que pertenecen a la constitución subjetiva.

El interrogante que se plantea es por qué algunos sujetos delinquen y otros no.

Desde el campo psicoanalítico hay intentos de explicar el delito en la actualidad en relación a una declinación de la función paterna producida por el predominio de lo imaginario sobre lo simbólico. Se puede pensar que esto deja como efecto una sociedad que fomenta el narcisismo en detrimento del ideal del yo, como así también el debilitamiento del lugar del Otro en sus funciones tanto de protección y cuidado como de prohibición y límite posibilitador. Se avanza en la idea de que la conducta delictiva es una de las respuestas posibles ante un real que se presentifica en la cotidianeidad y no se tolera.

 

Palabras Clave:

Delito. Ley. Transgresión. Otro. Semejante. Posición subjetiva. Civilización. Lazo social. Discurso. Mass media.  Tecnología.

 

Cuando Freud intenta explicar el origen de la vida en sociedad, lo hace a partir del mito de la Horda Primitiva. En este tratado habla de la doble prohibición, respecto de los dos crímenes fundamentales de la humanidad, incesto y parricidio. Estas prohibiciones permiten la unión entre los hermanos y la convivencia pacífica entre ellos.

Al instaurarse lo prohibido y lo permitido, surgen las organizaciones sociales, las instituciones y la religión. Es así que los hombres se encuentran regulados por una ley, que los hermana y que posibilita  mantener el  lazo social.

El lenguaje es lo que caracteriza a la horda humana,  y lo que establece la  diferencia con los animales. Ningún animal puede celebrar un acto, darle una significación simbólica  a la muerte del cabecilla de la horda,  ninguno puede seleccionar un acontecimiento para instituirlo como  fundamento del grupo.

En el hombre, por el contrario, la conmemoración del asesinato del padre que instaura el Tótem, manifiesta en el sujeto la inscripción de una pérdida. Se ha integrado el sentido de la muerte, que de hecho ya estaba presente en él antes del asesinato.

El padre primitivo efectuaba en sus hijos varones una incisión dejando  en ellos una  marca, una inscripción. Mostrando dicha inscripción una diferencia; la presencia de algo ausente, lo que se convierte luego en  la primera impronta de la muerte. De este modo el hombre ingresa al orden de la cultura mediante la cesión de una “libra de carne”.

Sin embargo,  luego de la muerte del padre, aparece la lucha por las  reivindicaciones individuales,  poniendo en peligro la alianza sellada entre los hermanos. Cada uno reclama sus derechos contra los requerimientos represivos de la comunidad.

De este modo se regirá el desarrollo de la civilización: el sujeto estará entre dos tendencias opuestas. Por un lado, constituirse como “uno entre sus semejantes” (formar comunidad); y por el otro, mantener los privilegios del Uno.  En razón de este conflicto, los actos ulteriores de autoridad de la sociedad (leyes, normas) se experimentarán como evocación de la castración, como ataques  al narcisismo de la humanidad.

Cuando Freud afirma que la civilización se constituye sobre la coerción, nos muestra que los miembros de la comunidad experimentan las renuncias que esta impone como un violento ataque a su ser. La vida en común exige renunciamientos individuales que nunca serán plenamente aceptados.

La instauración de la ley no es sin fallas, no todo puede regularlo ni abarcarlo. Si bien deja una deuda simbólica –por la cual el sujeto respeta la ley-, también deja aquello que no se puede regular y por lo cual el sujeto se sentirá tentado a transgredir.

Freud dirá que si hay prohibición, es porque hay un deseo de eso que se prohíbe. No sería necesario prohibir algo que nadie desea hacer. En toda comunidad se exige al sujeto alguna renuncia a su plena satisfacción.

Con el crimen y la ley nace el hombre. No hay sujeto sin ley, pero tampoco hay sujeto sin transgresión de la ley. La transgresión es inherente al sujeto. La ley trae un beneficio, pero también un costo. No pagar ese costo, es una ilusión. Es no renunciar a postergar la ganancia inmediata de un placer por otra ganancia  acorde al principio de realidad.

Si bien siempre existe la transgresión, no toda transgresión a la ley se constituye en delito. El crimen es un delito grave.

Cuando se habla de crimen en psicoanálisis, se hace alusión a los dos crímenes fundamentales para el ser hablante: incesto y parricidio, y los que se derivan de este último; es decir, el homicidio en todas sus formas.

Cuando se comete un crimen, se avanza sobre el campo del otro semejante, borrándolo, aniquilándolo. Frente a la  emergencia de lo que se espera encontrar y no está, frente a ese real, no sólo se va más allá de la ley, como en la transgresión; sino que se avanza sobre la existencia del cuerpo del otro.  El sujeto que comete un crimen se autoriza a un derecho inexistente.

En el crimen se pone de manifiesto una falta que no se tolera. No se puede postergar lo que se apetece y no está en ese momento.  El sujeto realiza un acto donde la ley no cuenta.  

Es un acto donde el sujeto no tiene posibilidad de sustitución. El crimen se ubica fuera del campo del Otro de la ley; por lo tanto tampoco puede considerarse al otro semejante (que estaría sostenido por ese Otro de la ley). El semejante es borrado, aniquilado. Deja de ser  semejante, en tanto hay un más allá de la ley, y lo que determina la semejanza entre los hombres es el sostenimiento de la ley.

La esencia del derecho es repartir, distribuir, retribuir lo que toca a cada sujeto.  El derecho es ordenador en la medida en que pone un límite a la plenitud. Es decir, es lo que mantiene al sujeto dentro de los términos del Principio del Placer. 

Lo que limita la tentación de ir hacia la totalidad de lo imaginado, es la castración. Instaura la finitud, sobre un trasfondo de infinitud. Lo que acota a ese Otro absoluto, es la ley. El Edipo posibilita al sujeto.

La cultura es el lugar donde, por exigencia del Otro, el niño pasará por la experiencia de aceptar la pérdida de partes de su cuerpo según reglas y ritos, para acceder a la ley del intercambio y vivir con otros semejantes.

El Otro barrado instaura la ley, la prohibición del incesto y del parricidio. Esa  inscripción  regulará su forma de relación con sus semejantes y con las instituciones sociales en términos de lo que es posible y de lo que no lo es.

Decimos entonces que la ley deja tanto la posibilidad de su cumplimiento, como también aquello que impele a no cumplirla; manifestaciones de ello son la transgresión y el delito.

Entonces, ¿Cuál sería la especificidad del delito hoy?

La sociedad actual impone un imperativo de plenitud: nada debe faltar; se debe estar pleno de conocimientos, comodidades, objetos.  Los avances tecnológicos suelen ponerse al servicio de este imperativo. Ciencia y técnica hacen creer que todo es posible.

El discurso científico, al servicio del capitalismo, produce artefactos tecnológicos, procedimientos quirúrgicos, manipulaciones genéticas y manejos de fuerzas atómicas, creando formas ilusorias de evitar el malestar y el sufrimiento. Esto puede ponerse al servicio del aniquilamiento del otro, en tanto ese otro obstruya o no facilite la satisfacción inmediata. 

Los avances tecnológicos, la revolución industrial, las nuevas e impensables formas de comunicación social, modifican las relaciones del sujeto con su cuerpo, con los  otros, con la sociedad, con la vida y con la muerte produciendo los nuevos observables o fenómenos contemporáneos 

En el  presente  se producen  nuevas expresiones del malestar en la cultura.

Al regirse las sociedades por normas que pueden diferenciarse en usos y costumbres, surgen comportamientos esperables entre los miembros de una comunidad, a la vez que le dan a la misma una particularidad.

Una característica preponderante de la sociedad actual es la velocidad y vertiginosidad del cambio social, que hace parecer que nada está ligado a sus ataduras, provocando que los vínculos  entre sus miembros tengan una frágil permanencia.

Los códigos y normas de convivencia están permanentemente en cuestión y las nuevas propuestas que se generan pierden vigencia antes de ser adoptadas.

Las nuevas leyes del mercado no regulan la convivencia. Por el contrario son leyes que sostienen la ilusión de la satisfacción plena.

La ley de este modo pierde su poder de regular  los intercambios y queda a merced del intérprete, pasando a ser un objeto de mercado que se puede negociar, intercambiar, modificar.

Esto lleva a que se promueva la soledad y la propia plenitud. El lazo social se ve dificultado.

¿Qué le pasa al sujeto cuando la ley deja de funcionar como ley y es un valor de mercado?

¿Qué le pasa al sujeto, si es justamente la ley lo que posibilita el deseo, al mismo tiempo que permite establecer lazo social?

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