Fuera de juego
Dra. Alicia Hartmann
SÍNTOMA - Espacio Psicoanalítica
El orden visible al que estamos acostumbrados no es el único: coexiste con otros. Los cuentos de hadas, de fantasmas y de ogros eran un intento humano de reconciliarse con esta coexistencia. Los cazadores siempre lo tienen en cuenta y por eso son capaces de leer signos que nosotros no vemos. Los niños lo perciben porque les gusta esconderse detrás de las cosas y desde allí descubren los intersticios existentes entre la diferentes gamas de lo visible.
John Berger, Abrir la cancela
Iván, de siete años, tiene semanas difíciles en la escuela, hay llamadas de la maestra, amenazas de una segunda expulsión. La primera fue a los cuatro años. Por sus agresiones es calificado casi de como delincuente o abusador sexual: le ha bajado a otro nene los
pantalones.
Viene con los padres fuera del horario de las sesiones, dice estar muy enojado porque había sido el día del Niño y él ha recibido solamente una campera. Los increpa: Uds. no saben que a los niños no se les regala una campera?, juguetes se les regala. Los
padres se miran avergonzados y dicen casi al unísono: porque no nos dijiste?. Iván responde: Uds. nunca escuchan, nunca escuchan nada. Hasta hace poco tiempo el discurso de Iván era repetir recorridos de colectivos a la perfección, estaciones de subte y jugadores distintos equipos y países del mundial de fútbol.
Dice Baudrillard en su estilo directo y petardista que la infancia esta amenazada y destinada a desaparecer. Una infancia, la de Iván, casi dedicada a lo que Foucault describe en “Los Anormales”, éste podría ser un niño totalmente apto para la
psiquiatrización, una de las escuelas ya anticipa un futuro esquizofrénico. Infancia que de no mediar la posibilidad de otra lectura podría convertirse en una interminable pesadilla, si es que en parte ya no lo es.
Sin soslayar el desarrollo de Agamben, que ubica a lo inefable como la infancia misma, pero a nuestro entender excede en su planteo lo que le compete al psicoanálisis, queremos entonces precisar que el Fort-da freudiano es un acto de lenguaje donde el niño es
atravesado por la barradura de un significante (Fort) y se constituye como sujeto mas allá de ubicar allí el juego que se alterna entre el lust spiel y trauer spiel.
El Fort-da instala una primera escritura a ser leída entre un significante y otro. El Fort-da constituye al sujeto y excede estructuralmente lo que se lee allí desde el juego en el intento de procesar psíquicamente algo impresionante, lo que se escribe es del orden
de la diferencia en la búsqueda insistente de la identidad de la repetición.
Recordamos al escuchar a Iván, a Lacan diciendo que los autistas hablan además de escucharse a sí mismos, como el nombre lo indica, escuchan muchas cosas, articulan cosas, son sujetos mas bien verbosos, y se trata de ver dónde escucharon lo que articulan, hemos
descubierto no hace mucho tiempo que a los autistas tenemos algo para decirles en tanto nos ocupemos de ellos. Enfatizamos en esta cita el “se trata de ver dónde escucharon lo que articulan”.
Al comparar Freud en 1908 al niño con el poeta, ubicando en el juego las primeras huellas del quehacer poético, sugería las preguntas: Se trata de huellas? Se trata entonces de lectura? Aún cuando el juego tramite grandes montos de afecto, crea un nuevo mundo
con un orden que al niño le agrada. De qué se trata ese orden? Benjamin dirá que la esencia del juego no es hacer de cuenta que sino hacer una y otra vez, no se trata solamente de lo imaginario que sostiene la escena, o la escena sobre la escena, se trata de la escritura producto de la repetición que intenta tramitar lo real. Qué se lee en lo dramático de las escenas? Se tratará de formulaciones lógicas
aunque se diga que el niño tiene un pensamiento mágico? El pensamiento mágico acaso está fuera de la lógica? Sabemos que la verdad en lógica es un valor en relación a su referencia y que se independiza de toda relación con la realidad, haciéndose refractaria también a la multiplicidad de sentidos.
Dolto cuenta en Infancias una escena de sus primeros años: una mujer, en el transcurso de la primera guerra, viene a su casa diciendo que ha perdido a su marido. La niña –Françoise - se dice “qué tonta, si
esa mujer perdió a su marido, qué está haciendo aquí, por qué no lo va a buscar?”. Lógica impecable para quien esté dispuesto a escuchar a esa niña. Sin embargo, en su relato, Dolto habla allí del pensamiento alógico de la infancia.
Nuestro querido Juanito nos introduce en la teoría de clases, lógica de atributos, y también ha sido maestro, si nos interesa la ontología, de cómo se lee la causalidad eficiente de la eficacia en que sostienen los fantasmas imaginarios a lo largo del historial.
Ya Freud estudia en la tercera parte del Proyecto lo que llama la falla o falta lógica que esta referida al displacer que le produce al sujeto la contradicción. Lo que discursivamente esté sujeto a la causalidad eficiente se puede ubicar en relación a la causa
material, que es causa mediante la cual algo surge o llega a ser. Ésta atañe directamente al ser. ¿Seria ésta una manera de orientar la intervención analítica?
Cuando hablamos de lógica nos referimos a cuando escuchamos proposiciones que en la infancia tampoco están abiertas a todos los sentidos a menos que nos regodeemos en que sean de nuestra cosecha (muchos de los que se han dedicado a la cura de niños se han
especializado en dar rienda suelta a la imaginación). No es lo mismo que aparezcan entre proposiciones los conectivos lógicos: la conjunción, la disyunción, la exclusión o la negación, así como tienen importancia las modalidades que devienen de las proposiciones: que algo sea necesario, contingente, posible o imposible.
Una paciente autista que se mordió largo tiempo sus manos preguntando “¿Quién me viene a buscar?, contestándose mi mama va a venir a buscarme”, logró enunciar después de largo tiempo: puede ser que venga o no venga mi mamá. Estas palabras
eran una nueva respuesta que la tranquilizaba. ¿Había podido hacer un pasaje de lo necesario a lo contingente?
Hace un tiempo nos preocupamos por los niños posicionados en una consistencia yoica: yo soy el ninja, o el Correcaminos. El problema fue entonces cómo producir, frente a esas formulaciones tautológicas, un
vaciamiento de ser. Ser un animal era para un niño contestar solamente con onomatopeyas de animales. Un niño cuya distribución de goce parecía transitar por el goce del cuerpo. Tiempo después puede formular: no sé que me pasa en el cuerpo cuando me muevo y hablo como los animales, se me transforma.
Niños lógicos pueden ser estos que Hans Asperger en 1942 describió como pequeños profesores, tal vez como Iván. Asperger trabajaba en un pueblito cercano a Leipzig, y se dice de su infancia que era talentoso en el lenguaje, pero distante en el vinculo social.
Albergo en su institución a 400 niños que se dice que milagrosamente salvó de los nazis. ¿Hubo una lista de Asperger, como la de Schindler? ¿De qué padecían esos 400 niños? El Cyclon B fue probado ya en el 39 con un lote de incurables y enfermos mentales (niños) para acordarles –según Hitler- una muerte misericordiosa. Podría ponerse en duda el trabajo del 42, publicado en el 79 en lengua inglesa. Podríamos
preguntarnos sobre la validez de la prueba de Asperger en pleno auge del nazismo.
Pero mas allá de sus orígenes sabemos que el efecto del DSM IV-TR está al servicio de la psiquiatrización y del capitalismo feroz de nuestro tiempo. Al servicio de las compañías de drogas mete en una misma bolsa a todos aquellos que se preguntan -tal vez
verbosamente- por el alma. En Aún, Lacan juega con el âme – aime (alma – amor - almoralidad), tal vez se trata de esos niños donde hubo rechazo, que fueron recibidos sin amor.
Niños que no juegan, fuera de juego, que desafían al analista que piensa que el juego es el eje de nuestra labor. Niños que esperan que solamente se le dé lugar a su palabra.
Fuera de juego también están los niños que acampan con sus padres en las escalinatas del Hospital Gutiérrez, a donde concurro todos los viernes desde hace diez años. Esos niños a quienes los espartanos hubieran arrojado desde el monte Taigeto, esos niños cuya
mudez responde a lo impronunciable de la lengua materna, tal vez mapuche, quechua, guaraní, que llevan según la herencia arcaica freudiana la marca del rechazo a todo lazo social. También su mudez responde a las escenas de violencia terrorífica que han presenciado, a su desnutrición que se agrega a la desnutrición parental. Que pierden su nombre propio cuando una madre lo zamarrea y los llama salamín con patas, o
con pelos, y donde la intervención del analista es allí, en la sala de espera, o en el pasillo, y no en la comodidad resguardada del consultorio que nos preserva de la angustia y de las dificultades conque se intenta sostener el acto analítico fuera de la neurosis de transferencia.
¿Fuera de juego es la producción que nos ofrecen estos pacientes, o se trata de ubicar al juego en un justo lugar? No como condición necesaria de la práctica con niños, sí como posible dentro del dispositivo mientras sea vía regia para operar sobre el goce.
Concluimos entonces que mantenemos que la operación analítica fundamental la producimos en relación a los significantes fundamentales de la estructura.
Esos niños, donde la operación es mas que nunca inventar un saber a partir de ese real, y donde el psicoanálisis se pone a prueba, porque por suerte – y para que perdure en nuestro tiempo- ha dejado de estar reservado a cierta intelligentzia y al
acartonamiento pertrechado por el encuadre que caracterizaba al conjunto de los analistas. Esos niños que nos enseñan, son un desafío permanente a nuestra practica, que quedaría –entonces sí- fuera de juego, en tanto no estemos dispuestos a recoger el guante.
“El resultado es inquietante. Los intersticios están abiertos, hay mas soledad, mas dolor, mas abandono, pero al mismo tiempo hay una expectación que yo no he vuelto a experimentar desde la infancia, desde que hablaba con los perros, escuchaba sus secretos y me
los guardaba para mí”. (John Berger)