TÍTULO: ¿DONDE IRÉ A PARAR? Ó LA CAÍDA DEL SUJETO

Nombre autor: Ana María Gatto Cáceres (Lic. en Psicología y Especialista en Estudios Sociales y Culturales)

Santa Rosa, La Pampa

 

Introducción: en el diario La Arena del miércoles 28 de octubre de 1998 (6), de Santa Rosa, La Pampa; salió publicada una canción compuesta por niñas de sexto año que dice así: “Dolida la gente está, Re poco cobró, Mi sueldo no alcanza, Fastidiada estoy, Solamente quiero, La tranquilidad, Si no como muero, Donde iré a parar”. “Donde va la plata, Si nunca nos dan, La pobreza avanza, Solo piden pan, Fácil es pedir, Minga que te den, Re poco trabajo, Donde iré a parar”. ¿Dónde iré a parar?, palabras dichas por niñas de sexto año, que resumen lo dicho y lo no-dicho en esta Argentina de entre-milenios, nos sirve de punto de partida para un análisis posible de esta situación que se presenta como caótica y desesperada. En la cual,  la percepción de los sujetos, (especialmente de clase media para abajo en la escala social), es que ya no hay lugar para ellos, que sólo aparece el vacío como horizonte, y la angustia se escribe con mayúscula. Para empezar a pensar en esto, tenemos que tener en cuenta que cuando hablamos del “sujeto”, no sólo estamos hablando de una sujeción fundamental, que es la del ser parlante respecto de su inconsciente, sino que también consideramos otra sujeción posible que es la del “sujeto” en relación a lo social. Sujeción que es límite y sostén a la vez, que hace trama con lo individual, y va a producir diferentes efectos según cómo esté determinada, según su posición y devenir histórico. Intentaremos entonces, un breve análisis desde el punto de vista pulsional y desde el punto de vista ideológico.

Lo pulsional: para trabajar este punto, tomaremos a Freud (1) como punto de partida. Él se pregunta si es posible encontrar un equilibrio entre las pretensiones de libertad individual y las reivindicaciones colectivas, ó si el conflicto en sí es inconciliable. Nos ha enseñado que en su constitución psíquica el ser humano cuenta con dos poderosas pulsiones, Eros y Tánatos y  que para que la sociedad sea posible, la cultura debe imponer un gran despliegue de preceptos y mecanismos que permitan dominar sus manifestaciones, sobre todo en referencia al Tánatos. ¿Cómo poner barreras a la tendencia agresiva del hombre?, mediante formaciones reactivas psíquicas, por eso la necesariedad de un enorme despliegue de métodos que le permitan identificarse entre sí, que establezcan vínculos amorosos coartados en su fin. ¿Cómo coartar los impulsos, o al menos transformarlos para que sean inofensivos?,  la cultura los domina haciéndolos vigilar por una instancia interna que en calidad de Superyo se opone a la parte restante, (origen de la culpa). También la comunidad desarrolla un Superyo, y cada época determinada tiene un origen análogo al del Superyo individual. Establece rígidos ideales y normas, como por ejemplo, como deben relacionarse los individuos entre sí, lo que nos lleva al concepto de la ética, concebida como algo destinado a lograr mediante un imperativo superyoico, lo que antes no pudo alcanzar la restante labor cultural. Ideales que por otra parte son la matriz necesaria para que se constituyan los Superyo individuales como componentes del aparato psíquico. Es decir que el Superyo cultural da sustancia psíquica, como significaciones constituyentes de las instancias, de los procesos y la afectividad de cada aparato anímico; no es sólo una influencia exterior. Es por esto que tenemos como punto de partida de cualquier análisis sobre la cultura y su malestar, el papel fundamental que cumple en ella el Superyo. Ahora bien, ¿qué pasa en nuestra época?, coincidimos con Isabel Lucioni (7) en considerar que el Superyo actual, revela la caída de los contratos sociales constitutivos del sujeto. Así “parecen haberse roto los contratos sociales para una distribución aceptable de bienes, desde los que se establecen obligaciones de los sujetos constituyentes de una cultura para el reconocimiento recíproco de la subjetividad, de la humanidad deseante del otro y de los límites que la estructura deseante de los otros impone a la propia. Sin esta restricción del Ello no conocemos ningún nivel de humanidad”, dice Lucioni. El deseo humano es móvilmente polimorfo y perverso con respecto a otras especies que tienen restricciones biológicas, es necesario entonces la existencia de un contrato social para que lo tramite. Esta sociedad hedónica, narcisista, sin castigo para los crímenes, fragmentada, individualista al extremo; produce individuos con “insoportable levedad del ser”, cuyo individualismo carece de referentes justos y sólidos que le permitan una solidez identificatoria, y sabemos que no hay libertad sin sostén. La base de la ética esta fundada sobre la capacidad empática que la identificación construye, es este lazo el que nos constituye como humanos a través de la mirada parental, pero la tarea de espejar humanidad no termina con los padres, sino que para que el tramado social se sostenga tiene que ser producida permanentemente. La mirada y la escucha son fundamentales para ese sostén de parte de los otros. Ahora bien ¿Qué ocurre con una sociedad que no produce líderes que se identifiquen con sus colectivos?, sobreviene el estado psicosocial denominado miseria psicológicas de las masas, en el que se pierden los líderes, y se produce una rotura del entramado colectivo apareciendo el pánico, la angustia, la falta de sentido de las subjetividades, que creemos se vinculan con una general claudicación del Superyo cultural en esta etapa del capitalismo tardío, global y cibernético. Entonces, si el Superyo cultural plasma ideales y propone objetivos, que son la matriz necesaria para que se constituyan los Superyo individuales, esto haría las veces de regulaciones que forman parte a su vez del contrato social, derecho y ética, que configuran el espacio posible para la libertad, para lo cual es imprescindible mantener la capacidad empática de la identificación que, por un lado funda la ética y que por otro evita la caída en el canibalismo social; por lo cual es imprescindible que ese Superyo cultural no claudique. Laura Lueiro y Sergio Rodríguez (8), en un artículo del año 2000, en Psyqué-navegante, relatan un caso que muestra claramente como un resto de la clase media va cayendo por una pendiente, todo lo relatado da cuenta de un empobrecimiento simbólico que va de la mano del empobrecimiento económico. Ante la caída en el plano económico, cae la significación, ya que no hay otra propuesta desde lo cultural que permita aferrarse a un sueño, para seguir viviendo y no sólo sobreviviendo. Cae la significación y cae el sujeto. Gèrard Pommier, nos hablaría en relación a esto de la ausencia de Ideal de esta época, que no es un nuevo Ideal.

Lo ideológico: nos parece imprescindible analizar esta problemática a la luz de lo ideológico, como otro costado fundamental de la misma, para lo cual nos centraremos en la teorización que realizó Slavoj Zizek (2) y (5).  La pulsión de muerte, es una noción que nos dice que el aparato psíquico humano está subordinado a un automatismo de repetición ciega, más allá del placer, de las condiciones sociales que existan, de la autoconservación. Como sabemos, esto define la condición humana en cuanto tal; no hay solución posible, ni modo de cambiarlo, sólo llegar de alguna manera a convivir con ello a partir del reconocimiento de su existencia. Toda cultura es en cierto modo una manera de limitar, de canalizar esta contradicción, este núcleo traumático. La tesis que propone Zizek, tomando la dialéctica de Hegel, propone la necesidad de reconocer que existe la falta, una fisura que hace que lo social sea "no-todo”; y postula que la ideología es una realidad social cuya existencia implica el no reconocimiento de sus participantes en lo que se refiere a su esencia. “Ideológico”, es el ser social soportado por la “falsa conciencia”. La definición que hace Marx (3) de ideología en “El capital”, es el punto de partida, “ellos no saben lo que hacen, pero lo hacen”, esto implica un falso reconocimiento, una distancia si se quiere, entre la realidad social y la representación distorsionada de la misma. Para hacer un análisis ó una crítica ideológica habría que ver cómo esta realidad no puede reproducirse sin esa falsa conciencia. Pero esta manera de ver las cosas, dice Zizek, deja de lado lo fundamental, el nivel de la fantasía ideológica, que inversión fetichista mediante (tomar la parte por el todo), estructura la realidad social, borrando las contradicciones del campo social.  Lo que se reconoce falsamente no es la realidad en su esencia, sino la ilusión que estructura esa realidad. Esta ilusión inconsciente es la fantasía ideológica, estamos en  el nivel fundamental de la ideología, el de una fantasía inconsciente que estructura nuestra propia realidad social; no la enmascara sino que la crea, esto es lo definitivo. Lo que se ve como "realidad social", es en último término una construcción ética basada en un "como si", sostenida por la creencia que está encarnada en la conducta práctica de la gente. Ahora bien, ¿cómo se inscribe un sujeto en su cultura en determinado momento histórico?, a través de las identificaciones.  Es por un lado, la articulación de los contenidos ideológicos (en este caso los correspondientes al capitalismo multinacional), con la configuración del Ideal del Yo del sujeto, identificación simbólica mediante; y por otro la interacción del Ideal del Yo con el Yo Ideal de los mismos, a través de la identificación imaginaria; lo que inscribe a los sujetos en el campo socio-simbólico. Lo que les permitirá asumir ciertos mandatos que le vienen de su cultura y constituirá como sujetos en tanto seres del lenguaje, a partir de determinadas significaciones que le proveerán un sostén, y conformarán una cierta manera de “ver el mundo”; de manera tal que las creencias así construidas encarnen en prácticas cotidianas, convirtiéndose en algo “natural”, que se transmite a través de instituciones tales como la familia, la escuela, los medios de comunicación, en especial la TV, etc. Por otro lado para entender qué es lo que crea y sostiene la identidad de una ideología determinada, que le permite permanecer más allá de los cambios en su contenido explícito debemos tener en cuenta que el espacio ideológico está constituido por elementos flotantes sin ligar, significantes flotantes que se unifican mediante la intervención de ciertos puntos nodales (el point de capitón de Lacan), que los acolchan, es decir les confieren significación en tanto  articulan a los demás elementos en una cadena; convirtiéndolos retroactivamente en partes de la red estructurada de significado. La función de estos puntos nodales es estructural, performativa. Lo que se pone en juego en la lucha ideológica es entonces, cuál de estos puntos nodales totalizará, dará sentido a la realidad. Por ejemplo, creemos que dos significantes que hicieron el point de capitón en nuestro país (año 2001) fueron: la palabra CRISIS, que relacionada con el significante DEUDA, confirieron significado a todo lo que pasaba como algo que tenía que ver con una coyuntura, superable en la medida que se cumplieran con los requisitos planteados desde los centros de poder. Todo remitía entonces a algo pasajero, que con el cumplimiento de los deberes fiscales, se solucionaría. Es esta una manera posible de significar las cosas, que unida a la figura del político corrupto, como el generador de todos los males, nos dejó a merced de nuestros acreedores, siendo la ideología totalmente funcional al sistema. Dejándonos en el lugar de deudores, sin posibilidad de que pudiéramos avizorar otra alternativa de salida, cuando en realidad ese era el lugar que desde el Gran Otro (el capital), nos retornaba. Sería interesante investigar el impacto que esta significación pudiera tener en los Superyo individuales, en la dimensión de la culpa. Ya que el point de capitón es el punto a través del cual el sujeto es "cosido" al significante; que interpela al individuo a transformarse en sujeto, a través de cierto significante amo. Tanto Crisis como Deuda, pueden ser  puntos de subjetivación de la cadena significante, que fijaron el sentido retroactivamente. La identificación simbólica I(O), es la identificación del sujeto con alguna característica significante del Gran Otro; en el orden simbólico representa al sujeto para otro significante, que es reconocible en un nombre o mandato del que el sujeto se hace cargo. Esto confiere un lugar respecto del Otro, que según lo que venimos diciendo, para nuestro país y por ende para los argentinos, sería el lugar de deudor. El mandato que opera aquí dice: ¡PAGA!, (goza). La fantasía ideológica es una respuesta a la pregunta, acerca de ¿cuál es el deseo del Gran Otro? que en realidad no tiene respuesta, pero allí está la paradoja; si bien es una pregunta que no tiene respuesta posible, es imprescindible que esa respuesta se articule a través de la fantasía, para cerrar de alguna manera la brecha, la abertura del deseo del Otro, proporcionándole de esta manera al sujeto, las coordenadas para su propio deseo. Entonces, por un lado en la fantasía se constituye el deseo, y por otro lado es también una defensa contra el deseo "puro" del Otro, es decir la pulsión de muerte.  Podríamos decir que la apuesta de la fantasía es construir una imagen de sí sin escisiones, completa, cuya distancia con las luchas antagónicas, que la dividen quede cerrada o escondida. Por ejemplo en nuestro caso, mediante la figura del político corrupto, que si bien es una condición muy verosímil (hay y hubo mucha corrupción entre los políticos); sirve a los fines de borrar las razones estructurales que mantienen las condiciones en las que se encuentra nuestra sociedad. Es la figura que niega y encarna a su vez la imposibilidad estructural de "sociedad", marcando la irrupción del goce en el campo social. La sociedad no está incapacitada para alcanzar su bienestar solamente por la figura del político corrupto, sino que lo que se lo impide es su propia naturaleza antagónica. Lo que está excluido de lo Simbólico retorna en lo Real.

Conclusión: tenemos hasta aquí entonces las siguientes condiciones: la caída de los contratos sociales en relación al ocaso del Superyo cultural, la reducción de las subjetividades a la relación entre acreedores/deudores, cuestión reduplicada por las condiciones individuales de deudas particulares (cada vez más difíciles de pagar), lo que nos hace pensar en el canibalismo social; la falta ó dificultad de los dirigentes políticos de espejar las necesidades de la gente; la dificultad, dadas las condiciones, de lograr identificaciones positivas que permitieran pensarnos de un modo más amable; la falta de un Ideal que lleva a la caída de la significación y por ende de la capacidad simbólica; hacen que predomine la angustia social, la búsqueda de una solución individual fuera del país, mayor cantidad de suicidios, de accidentes, etc. Todo ocurre como si el tejido social ya no tuviera la capacidad de sostén, como si no se pudiera responder al llamado del Gran Otro sino con la pregunta ¿dónde iré a parar?

 

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