CÓMO Y QUÉ SE ANALIZA HOY: RECORRIDOS DE LA ESCUCHA

FIGUEIREDO, HENRIQUE 
Univ. de Fortaleza -UNIFOR- (Brasil)

Una primera aproximación al tema, que no es nuevo en las cuestiones del psicoanálisis, invita a hacer un recorrido previo antes de trabajar el cómo se analiza hoy  en función de qué analizamos hoy.

De una u otra manera  no podemos olvidar que continuamos analizando al sujeto del inconsciente y eso, por más simple que pueda parecer, requiere rigores que en psicoanálisis se sostienen en la metapsicología freudiana y no en dogmas que puedan ser atribuidos a cualquier hermenéutica -el psicoanálisis no se sustenta en dogmas como la religión-. Desde la metapsicología abordamos la construcción de la verdad del sujeto ante su condición de goce, un impasse ubicado entre lo pulsional y el deseo, es decir, entre la  tensión que se crea  entre la satisfacción pulsional y la realización del deseo del sujeto. 

Analizar al sujeto del inconsciente implica indagar sobre el sujeto y la  tensión que su función deseante albergan hoy -como en otras épocas de la historia- a partir de un orden sexual, una pregunta sobre el Otro, el lugar de lo real ante el relajamiento  de la palabra por la vía significante y, finalmente, el empobrecimiento de los lazos sociales, lugar de tránsito del sujeto en la red de relaciones que soporta en su cotidianeidad. Con esta introducción delimitamos puntos importantes sobre lo que analizamos hoy y, así, resulta más simple arribar a la cuestión de cómo se analiza hoy.

No es posible dar este paso sin antes tratar otro punto fundamental cual es la relación que se establece entre psicoanalista y paciente en función del dispositivo transferencial (importante en la conducción del tratamiento). Para ello podemos referirnos a la posición de escucha del analista: ¿debe el analista esperar algún dispositivo privilegiado de acceso al inconsciente, o retomar la forma fundamental de que el inconsciente se construye en función de una travesía del fantasma? Respecto a esto advirtamos que, en La dirección de la cura  (1958, p. 574), Lacan  enfatiza el lugar de la resistencia en análisis al decir: no hay otra resistencia al análisis sino la del analista. Aquí creo que está el nudo que envuelve el dispositivo clínico y el lugar de la expectativa del analista  por lo que no adviene con frecuencia para su escucha, por ejemplo los sueños o los síntomas, hoy casi ausentes en la trama asociativa  de los pacientes. Lo que sale de la boca del paciente viene a caballo de quejas difusas y de una apatía del sujeto que se desplaza sobre una cadena imaginaria de objetos -que podemos llamar chucherías- que él exhibe en función de la búsqueda de una solución para el malestar inexorable que lo atraviesa. Podemos incluso afirmar que hoy analizamos pese a la ausencia del relato de los sueños, y es que no podemos quedar esclavos de  sueños que no comparecen por el simple hecho de que la vida no es sueño [1]. La vida es inconsciente. Y este es un punto de inflexión sobre el tema de cómo se analiza hoy puesto que, si los sueños o síntomas  no vienen,  tenemos otras formas de acceder  al inconsciente.

Ahora podemos seguir la lógica del cómo se analiza hoy en función del inconsciente y su relación con los puntos cruciales que señalamos anteriormente.

La premisa fundamental es que no hay psicoanálisis sin inconsciente, lo que implica admitir que no hay inconsciente sin lo sexual. Hay que agradecer a los que intentan explotar esta premisa no dogmática -diciendo que el psicoanálisis es pansexualista- porque nos permite no  olvidar que el deseo inconsciente es sexual. Después de la sexualidad solamente podemos acceder al sujeto de goce, es decir, no  podemos evitar la vía de lo sexual; de hacerlo, desembocamos en el goce, y el goce no sirve para nada [2].

La insistencia en esto se debe al hecho de que asistimos a  formaciones discursivas promovidas por supuestas “reglas sociales”
-las del marketing- que  promocionan  que se  puede accesar al placer por la vía del consumo de chucherías. 

Esto,  empero,  sería viejo  y aparentemente sin novedad si no asistiéramos a los efectos subjetivos del aflojamiento de los lazos sociales. Como el sujeto es lo más susceptible que se pueda imaginar cuando se trata de disminuir el trabajo subjetivo en función de aumentar el dispositivo de goce, entonces estamos ante cuestiones interesantes en eso de deslindar qué y cómo se analiza hoy.

La incidencia, fruto de los efectos del discurso de la tecnociencia [3] que constatamos sobre el sujeto es algo asombroso. Y, lo que nos deja estupefactos, es que algunos analistas no consideren el hecho de que si hay una inflación imaginaria que favorece la irrupción de lo real es porque algo de lo simbólico queda disminuido en función de la prevalencia de los dictámenes de un discurso que intenta producir semblantes cuando estos se sostienen en el dispositivo analítico, pero no en la producción seriada de chucherías, por el hecho de que éste es un espacio que tienta  al goce. La producción seriada de chucherías trae como efecto una curiosa forma de recubrir lo sexual y aumentar la condición subjetiva de goce que el sujeto sostiene. Esa ecuación confunde a muchos analistas acostumbrados y apegados a ciertas consignas  sobre lo que se debe analizar. Lo que se analiza hoy no puede desconocer la escoria,  lo que no sirve para nada pero esclaviza al sujeto en una red traumática donde reside el hueso de lo real.

Sin embargo,  está el inconsciente, pues si admitimos antes que no hay inconsciente sin lo sexual, ahora tenemos que ampliar la construcción y decir que no hay inconsciente sin sujeto de goce. Esta es la forma por la que la tecnociencia aborda tan exitosamente al sujeto, por la vía del goce, es decir, siempre que dibuja en su horizonte pulsional la posibilidad de atrapar al resto de la operación que le resulta inasible en la ecuación entre satisfacción y realización [4]. Aquí reside otro paso importante  sobre lo que se analiza hoy.

La inflación de lo imaginario no permite ignorar las trampas que los discursos constituidos nos tienden, pues son ellos los que atraviesan los llamados discursos clásicos del psicoanálisis. Quiero decir: trabajar con los 4 discursos + 1, implica admitir la perspicacia que el discurso de la ciencia y la objetividad de la técnica imprimen en lo cotidiano de la vida psíquica del sujeto. El desplazamiento constante sobre la verdad y el lugar del Amo se evidencia no en función de lo que crea como límites sino por lo que se ofrece como posibilidad [5]. Es lo que hay que tener en cuenta cuando escuchamos -cada vez más- las quejas difusas.

Sin Amo, para suponer una referencia a la rivalidad narcisista, el sujeto queda sin un referente que le permita sostener una imagen yoica y, así, lanza contra su cuerpo toda especie de adornos: avisos, nombres, orificios e intervenciones en la carne. Esta lógica demanda al analista una lectura más fina de lo que significan para el sujeto las narcosis del cuerpo [6]. Lo que narcotiza el cuerpo no es otra cosa sino lo real  acosando casi sin ningún tipo de reparo simbólico.

Sin Amo, sin rivalidad y sin oposición, se borra también la diferencia, y lo real irrumpe sobre lo siniestro que es la constatación de la insoportable reduplicación en un efecto de espejismos que la lógica del consumo enseña.

Sin Amo para rivalizar, sin oposición y con la eliminación de la diferencia, se instala la banalización de la diferencia sexual, promulgada por el discurso tecnocientífico teniendo como resultado para el sujeto la autorización anónima de un Amo sin rostro, de un goce que lo imaginario soporta a través del empobrecimiento de lo simbólico; se instala una crisis de lo simbólico que acostumbramos llamar de efectos desubjetivantes que da al sujeto contemporáneo el status de portador de las patologías de época.

Con eso llegamos a otro punto de gran valía para la cuestión sobre lo que se analiza hoy. Los efectos de la inconsistencia del Amo -que no tiene cara para mostrar- son del orden de una remisión del sujeto a los orígenes más próximos a la hendidura que se forma entre lo natural y lo cultural. Sabemos que lo que rellena a esta brecha se soporta en el estatuto mítico del Otro. O bien como tesoro de los significantes o bien como matriz de la condición deseante del sujeto. Lo que se presenta para el viviente es la posibilidad de una estructuración mediante un mito de los orígenes. Y este es el lugar que el sujeto paga muy caro en un análisis para desatarse de las amarras impregnantes y muchas veces inerciales para la consecución de la vida subjetiva.  Pero, esto es importante para que el sujeto pueda recubrir las operaciones imaginarias de su formación yoica con los mantos simbólicos con que va a responder a las exigencias de la vida. De aquí también emanan muchas consecuencias, entre ellas, las formas de contorno a los impulsos naturales que distinguen al hombre de los animales. Los efectos de la violencia se insertan en esta brecha. Algo que irrumpe como real, muy similar a lo que los científicos llaman la emisión de gases que destruyen la capa de ozono. La lengua portuguesa permite un juego homófono al comparar el agujero de la capa de ozono y los efectos desubjetivantes que se constatan en la capa de los sueños: en portugués os sonhos (los sueños) se producen durante o sono (el sueño), una perfecta homofonía con ozono.

Una violencia aquí entendida como pasaje al acto, es decir, el fracaso de la insistencia simbólica como forma de sentido que constituye el sujeto a través de todo lo que dice y que ahora desvanecido grita desesperadamente por un Otro que desaparece en el orden imperativo de un goce por el consumo. Todo eso se traduce en sufrimiento y en una posición difusa para el sujeto por no  saber a quién dirigirse.

Analizar hoy incluye al analista en una posición de escucha sobre la difusa queja de un desplazamiento que realiza en una cadena de chucherías y que impide el sujeto otorgar alguna significación a su mundo. Muchos sujetos llegan a los consultorios atrapados en una pregnancia mortífera que exige, sobre todo, la lectura de que aquí  se inscribe lo real cuya manifestación a veces no se deja notar bajo la forma de angustia, considerando la insistencia en la oferta de productos propugnados por la tecnociencia. Es en este estado ominoso que el sujeto viene a consulta. Sin brújula simbólica que le indique un Amo, sin un mito que le cause un trabajo simbólico y con una apatía típica por experimentar un tiempo de engaño con sabor de verdad. Analizar hoy implica poder vivir también la fortificación del primado del inconsciente estructurado como un lenguaje. El cuerpo adornado, signo de goce exacerbado que el sujeto exhibe mediante la apatía y la queja difusa testimonia, sin embargo  y a pesar de todo,  un inconsciente estructurado que insiste en decirse mediante un lenguaje.

No cabe al analista rechazar el cuerpo con su poder imaginario inflacionado, ni tampoco narcotizado por excesos de irrupciones de lo real [7]. El cuerpo es una especie de blasón que puede representar el clamor del sujeto para que se le  otorgue una escucha. Y los adornos pueden ser transformados en palabras. Mientras el sujeto no sabe el motivo de su presencia en la consulta, pero sufre por una apatía de la palabra o de una queja difusa, hay un espacio posible para  la construcción de verdades  dentro del dispositivo analítico. Y eso es lo que el analista  tiene que  soportar.

El desafío del analista hoy es la posibilidad de que pueda desplazar cuerpo de goce en otras formas de goce. Goce con la palabra como forma de restituir un mito que, otra vez,  pueda restablecer la condición de deseante mediante un mito sobre un Otro con nombre. Es a partir de allí que podrá reconocer su  propia novela mítica.

Así, hoy es posible analizar por la causa de un sueño, pero en función de un sueño, en tanto es una vía regia para acceder al inconsciente, pero sin despreciar los montajes imaginarios que vienen vinculados con la lógica discursiva contemporánea. Estos montajes imaginarios aunque dañan la capa de lo simbólico que está desgastada por el exceso de chucherías que suplantan o intentan suplantar la vía del deseo, también sirven como señales que desembocan en la palabra. En tiempos de discursos híbridos, la tecnociencia tiene un reinado determinante que rompe con las barreras de lo posible, facultando en el sujeto la idea de que lo imposible es posible. Así se expande la desubjetivación.

Es este el escenario a que el sujeto se somete y que no sabe lo que le pasa, pero emite un grito de socorro que los psicoanalistas pueden ver como una demanda de intervención, distinta de la que conocemos como una demanda de amor. Por eso subrayamos que las narcosis del cuerpo nos enseña la forma actualizada de incorporación del objeto con lo cual el sujeto sufre.

Notas:

[1] Esta discusión puede verse en el Sem. 11 de Lacan, específicamente el Cap. Tyche y Automaton, cuando se refiere a la experiencia del psicoanálisis: Basta remitirse al trazado de esta experiencia desde sus primeros pasos para ver que no permite conformarse con un aforismo como la vida es sueño. El análisis, más que ninguna otra praxis, está orientado hacia lo que, en la experiencia, es el hueso de lo real.

[2] Esta referencia puede ser ampliada a partir de lo que Lacan nos enseña en la apertura del Seminario 20 Aún,  en el Cap. 1  nombrado Del Goce,  al preguntarse: ¿qué es el goce? (...) El goce es aquello que no sirve para nada.

[3] Partimos de la hipótesis de que lo que se presenta como tristeza, apatía, melancolía, trabajo de duelo y nostalgia encaja en la vida cotidiana del sujeto a través de las ofertas promulgadas por el discurso tecnocientífico. Esto indica una presencia intrusa que sirve de referencia de que muchas de las funciones que acostumbramos trabajar mediante discursos establecidos, oriundos de la ciencia, de la religión, del arte, de la técnica, sufren una torsión precisamente por el atravesamiento del hibridismo inherente al discurso de la tecnociencia. Para una primera aproximación sugerimos: Tecnociência e Cultura: ensaios sobre o tempo presente. H. de Araújo (org.) (1998). São Paulo: Estação Liberdade. Esta obra presenta la tesis de que estamos ante  a una inflexión del estatuto del  saber que se desplaza de la ciencia a otra ubicada en el campo de la tecnociencia.

[4] Lógica que puede articularse con el Cap. 9 del Sem. 20. Dice Lacan: (...) el inconsciente no es que el ser piense, como lo implica, sin embargo, cuanto de él se dice en la ciencia tradicional -el inconsciente es que el ser, hablando, goce y, agrego yo, no quiera saber nada más de eso. Añado que esto quiere decir: no saber nada absolutamente nada.

[5] Vale destacar el sentido dado a esta construcción a partir de las formaciones discursivas de la tecnociencia y del consumo y sus efectos sobre el sujeto en función del desplazamiento que sufre en la posición de adicto, que se establece con los objetos ofertados por estos discursos con el objetivo de disminuir la sensación de mal-estar. Hoy la escucha psicoanalítica debe estar atenta a estos dispositivos discursivos y los psicoanalistas más ocupados con las bases metapsicológicas del psicoanálisis. Eso implica, en una relectura del funcionamiento del aparato psíquico como enseña Lacan en el Sem. 2,  decir que en otras palabras, toda estimulación tiende a producir una alucinación. El principio del funcionamiento del aparato psíquico es la alucinación. Eso es lo quiere decir proceso primario. Así los adornos atribuidos al cuerpo y lo que se mete en la carne generan efectos que, en muchos casos, hacen que el sujeto alucine con los ojos abiertos.

[6] En este punto vale retomar  el Problema económico del masoquismo (1924) para rescatar el principio del texto donde Freud construye su hipótesis de desarrollo lógico de la economía del masoquismo sobre la narcotización del principio del placer. Dice Freud:  El hecho de que el dolor y el displacer puedan dejar de ser una mera señal de alarma y constituir un fin, supone una paralización del principio del placer: el guardián de nuestra vida anímica habría sido narcotizado.

[7] Llegamos a un punto clave para la cuestión cómo se analiza hoy. Dice Lacan en el Sem. 11, en una discusión sobre la tyche y el encuentro con lo real: Concluyamos que el sistema de la realidad, por más que se desarrolle, deja preso en las redes del principio del placer una parte esencial de lo que, a pesar de todo, es sin ambages real. (p.63).

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