CAZUZA – EL AMOR Y LA FRAGILIDAD DE LOS LAZOS SOCIALES

COSTA MATHOS CARNEIRO DA CUNHA, THIAGO

Univ. de Fortaleza -UNIFOR-  (Brasil)

¿Cómo sostener el lazo social? Esta pregunta abre diversas indagaciones y está en consonancia con la inquietud de los analistas ante las manifestaciones sintomáticas que se presentan.

La sustentación del lazo social evidencia, al menos, alguna organización simbólica del sujeto, así, nos proponemos a analizar la cuestión considerando un referencial central en la teoria psicoanalítica: el amor. Para ello elegimos la película Cazuza: el tiempo no para (basado en la vida de un conocido cantante brasileño de los años 80 y 90) con la finalidad de demostrar, a través de las diversas relaciones del protagonista de la película, la relación del amor con el lazo social, la formación discursiva privilegiada en nuestra cotidianeidad que lo instituye, y las cuestiones que giran alrededor de su sustentación emprendida por el sujeto.

Cazuza es un joven entre veinte y treinta años de edad, clase alta, que pasó grande parte de su tiempo disfrutando de todos los placeres que la vida puede ofrecerle. Bebía mucho, se relacionaba sexualmente con hombres y mujeres, hacía uso de drogas y siempre salía con amigos para divertirse. Hijo único, tenía un padre ausente y una madre que realizaba todos sus deseos. A pesar de la edad, no trabajaba hasta que empezó a cantar en una banda y esa se hizo su principal actividad. Parecía nunca llevar las cosas en serio. Ya era un cantante reconocido nacionalmente cuando fue sorprendido por una enfermedad: el SIDA lo que provocó un cambio de posición de sus parientes y amigos. Cazuza se tornó más serio de lo que había sido y pasó a preocuparse por lo que deseaba. Aun enfermo, todavía cantaba reflejando lo que sentía en letras de música. Su vida acabó al inicio de los años 90.

Volvamos ahora a la cuestión de la importancia del amor en la construcción del lazo social. Haremos un camino de articulación entre esos dos conceptos. Contestaremos a las preguntas: ¿cómo se constituye el lazo social?, ¿cuál es la relación del amor en la formación del lazo?, ¿qué formación discursiva se privilegia actualmente en la formación de los lazos sociales? Y, finalmente, ¿cómo el efecto de ese discurso interfiere en el sujeto, en la sustentación del lazo social, en su referencia al amor?

En Tótem y Tabú, a través del mito del asesinato del padre de la horda primitiva, Freud ofrece toda la novela de la génesis de lo social. De la constitución de ese lazo. El Padre Primordial representa el deseo que los hijos tenían en relación a su poder. El amor transforma la figura del poder del padre Primordial en una figura de protección, entonces representada por el Padre Totémico. Pues el tótem reverenciado es la figura del padre protector, prohibidor de un goce mortal a los hijos que quieren tomar su lugar. De manera que el tabú pasa a ocupar la posición de padre, pues si así no fuera la consecuencia sería el fin del grupo. De este modo tenemos la institución de la ley y el surgimiento de lo social, de los lazos entre los hermanos a partir del sentimiento de amor en el cual los impulsos sexuales se volvieron inhibidos en sus objetivos -lo del poder ilimitado del goce del padre- a favor de un bien común a todo el grupo. Bien que sería la garantía de la supervivencia grupal y de todas las ventajas advenidas de ella. Así, es necesaria la construcción de algo a ser amado, objetivo de inversión libidinal, para constituir un lazo. Esto es importante para analizar la vida de Cazuza, principalmente su relación familiar.

Pasando de lo social a la realidad subjetiva de cada sujeto, Freud  inicia su obra Malestar en la Cultura (1930) preguntándose sobre un sentimiento oceánico, un sentimiento de ser único con todo lo que está  a su alrededor. Sentimiento que pertene a un amigo suyo cuyo discurso tien un contenido declaradamente religioso. Es esa la verdad detallada y construida en una carta dirigida a Freud que le molesta y hace que produzca una de las mayores obras de su enseñanza. Ese sentimineto de pertenecer se representaría en la figura de un sujeto que pudiera crear lazo con todo o con todas las cosas. Y para proponer la solución de este dilema, Freud va a investigar la cuestión del amor. Pero, ¿por qué Freud piensa directamente en el amor? Porque es en el amor donde encontramos más borradas las fronteras entre el ego y el objeto, entre lo interior y lo exterior. Es más, afirma que esta casi extinción es el motivo de varias patologías. Analizamos este tema más adelante, cuando lleguamos a la relación de objeto.

El comportamiento de Cazuza nos parece el de una persona que no quiere perder nada, que no se queda tranquilo. Siempre está alrededor de los padres, amigos, bebidas, drogas, amantes pero, a la vez, parece no crear lazo con nadie. Parece tener la intención de disfrutar de todo, de obtener todos los gustos que la vida puede ofrecerle a través de una irresponsabilidad asumida. Está claro que estamos hablando de una otra forma de amor, de una otra forma de inversión libidinal. Sin embargo, lo que tienen en común Cazuza y el excepcional amigo de Freud es la búsqueda de la felicidad (desarrollo que posteriormente seguirá el propio Freud en su obra). Uno intenta ser feliz evitando el displacer, construyendo toda una teoría sobre el sentimiento de religiosidad; el otro intenta ser feliz obteniendo placer en su vida de sexo, drogas y rock’n roll.

Aquí vemos surgir el indicio de una conceptuación de lo que sea amor. El amor se dirige a la creación del “bien”, como vemos en el Banquete de Platón. Pero Lacan, al contrario de Platón, no tiene la intención de transformar el “bien” en un modelo a ser seguido por todos para el alcance de la felicidad, sino que, a través de la clínica psicoanalítica propiciar al sujeto que ame. Que haga ficción de su propia realidad -la verdad del sujeto (Lacan. 1953-54:31). Y cabe a cada persona construir su verdad en esta dirección: la de la felicidad. Pues el sujeto sólo va a amar aquello que él cree que le hace feliz, aunque no lo haga a los ojos de los otros. Ocurre que para nuestro protagonista, el “bien” cambia de sentido. Este cambio será analizado. Pero ahora detengámonos en el concepto de amor.

La concepción del amor (liebe) en Freud se corresponde con el concepto de libido. Su importancia está relacionada con el hecho de ser la manifestación dinámica de la sexualidad humana. Tal concepto se desarrolla con la pulsión de vida (Eros) fuerza de construcción y cohesión de las cosas en el mundo. Su opuesto, la pulsión de muerte, fuerza de destrucción que tiende a lo inanimado, se relaciona con el exceso de amor, con la pasión amorosa (Verliebtheit), (Kaufmann. 1996: 27). Si amor es la fuerza constructiva para Platón, en Freud también vemos esa perspectiva a través de la relación de libido y pulsión de vida. Sin embargo, uno parte de lo social y de un modelo preestablecido, mientras el otro privilegia el sujeto y la construcción de un modelo propio para seguir en su vida amorosa.

Ocurre que, para que hablemos de lazo social, también debemos considerar las formaciones discursivas que lo formalizan, lo sustentan en función de la construcción de una verdad. Verdad que sólo puede ser construida a través de una ficción por no conseguir decir todo. Ella se funda en el acto del habla, siguiendo todos los matices y límites que nos impone el lenguaje (Lacan. 1965-66: 882).

Lo que presenciamos en la actualidad es que dicha capacidad ficcional se encuentra alcanzada por una formación discursiva que no tiene en cuenta esta dimensión de ficción en la construcción de la verdad. Que intenta de todas maneras despreciarla, exterminarla y no solamente recubrirla. Un discurso que tiene la intención de fabricar algo sin fallos, perfecto, sin sobras. Es el discurso de la ciencia que, a partir de su unión con la técnica y atravesada por el ideal del consumo capitalista, proporciona la formación de lo que llamamos discurso de la tecnociencia (Carneiro. 2004).

Los efectos de este discurso reverberan en el sujeto, en su forma de amar, más precisamente, en su forma de lidiar con el malestar, en su síntoma. Presenciamos la irrupción de síntomas donde los sujetos intentan, en todo momento, expulsar la dimensión de la falta. El sufrimiento pasa a ser algo anormal, lo que contraría la máxima freudiana del malestar estructurante.

Esa dimensión de la falta contenida en el amor es contemplada por Lacan. Pero él sigue adelante, afirmando que, en el amor, existe incluso algo más allá de esa falta (Lacan. 1956-57: 167-68). Referencia lacaniana que indica una aproximación con la pulsión de muerte. Con el goce. Pues el sujeto no existe en su completud (S) -completud articulada en el discurso de la técnicociencia- sino a través de su incompletud, de su falta. Falta que lo empuja en la dirección del objeto  que pueda realizar esa  imposibilidad que, por más imposible que sea, sigue siendo buscada, alucinada. Porque desear, como nos muestra toda la experiencia analítica, es alucinar ese posible encuentro con el objeto perdido. Perdido por el sujeto. Esa es la culpa que él carga por querer asumir una posición propia en el mundo. Culpa por el asesinato del padre, soportada por los hermanos de la horda. Culpa de la separación del Otro, soportada por el sujeto.

La cuestión importante que se impone a los analistas no es la búsqueda por el objeto, sino la creencia de que verdaderamente este encuentro pueda ser emprendido, es decir, comprado por el sujeto, llegando a su fin. La consecuencia del intento de añadir el objeto a es una de las mayores causas de sufrimiento (malestar) que presenciamos en la clínica hoy. Y Cazuza nos brinda el ejemplo.

El amor para Cazuza es expuesto de una forma subversiva, principalmente por su madre. Esta le impide vivenciar su dolor. Intenta evitar, con sus cuidados excesivos, que su hijo se frustre. Exceso que marcha junto a la pulsión de muerte. Con el apego al goce.  Entregándose cada vez más al sexo y a las drogas. En una relación sin límites intenta hacer que el tiempo pare, pues sus padres le permitían hacer todo lo que quería. En una escena de la película, Cazuza es expulsado de su casa por no querer trabajar. Pero la solución para el problema de “arréglatelas” es que se va a vivir solo en un piso de su padre donde recibe dinero y la visita diaria de la madre quien arregla la casa y lo cuida. En la película hay varios de estos ejemplos en los que se articula una lógica perversa en la que la ley del padre es rechazada, rota y en lo cual la madre es cómplice.

Al aproximarse la muerte por su enfermedad y dado el cambio de actitud de sus padres hacia él, Cazuza inicia una nueva dirección para su vida. Esta nueva dirección está constituida a partir de una nueva realidad que le afecta y lo destituye de su posición de goce, en su alienación materna. Con el SIDA, Cazuza no va a poder ser lo que era y hacer lo que hacía. Tuvo que redireccionar su libido, reaprendiendo a amar. Aquí percibimos una nueva forma de relación entre él y sus padres. Aún enfermo seguía fumando, bebiendo y tomando drogas. Pero ahora sus padres le castigan de forma más rigurosa, imponiéndole límites, incluso expulsando a sus amigos de la casa. Límites puestos poco a poco, y el miedo a perder su hijo es el representante. Miedo que Cazuza también siente al asumir su posición de hijo, culpado por la vida y cuidado que sus padres le dieron. Cazuza intenta amar de un modo diferente, emprendiendo la separación de su madre, buscando una ideología para dar sentido a esa separación y no los placeres en exceso de bebida y sexo. En una escena, comenta con su madre que el miedo que empieza a tener de no tener qué desear. La enfermedad le afecta y el miedo de no tener qué desear muestra una relación con la falta, en una posición creativa – esencial para su reinversión libidinal en relación al sufrimiento. Las letras de sus canciones, tras el reconocimiento de su enfermedad, traducen esa búsqueda, como en los trozos siguientes: Ideologia eu quero uma pra viver; Cansado de correr na direção contrária; O tempo não pára; Vida louca, vida/ Vida imensa/ Ninguém vai nos perdoar/ Nosso crime não compensa. (Quiero una ideología para vivir; Cansado de correr en la dirección opuesta; El tiempo no para; Vida loca, vida, vida inmensa... nadie va a perdonarnos. Nuestro crimen no compensa.).

Así lo que observamos con el análisis de la vida de Cazuza son los efectos de un discurso que se presenta en nuestros consultorios. Efectos que traen el ideal de felicidad en su interior, rechazando cualquier referencia al sufrimiento. Los síntomas de adicción conducen al sujeto a no asumir su posición de ser faltante. Condición que lo hace inculpable, que hace que no construya una salida amorosa (libidinal) para su sufrimiento, producto de su apego pulsional. Sin culpa, el sujeto se lanza a la aventura en el mundo preocupado solamente por obtener placer. Y llegamos a un tiempo en que el amor se vuelve líquido, deflagrando la fragilidad de los lazos sociales como bien dice el sociólogo polaco Zygmunt Bauman.

Entonces surge la pregunta final de nuestro estudio: ¿Cómo sostener los lazos sociales si el sujeto está envuelto en una referencia a la obtención de placer? Esta es una de las preguntas que resuenan en la clínica hoy. Y la respuesta para ella es dada por el sujeto mismo, en su verdad, en la construcción de su vida amorosa, siendo culpable por su deseo. Culpable por su falta. Pues solamente de esta manera tendremos la constitución del otro (hermano en su falta, como en el mito de la horda primitiva) en el estrechamiento del lazo social y del síntoma del sujeto que representaría el início de su entrada en análisis.

Ref. Bibliográficas

CARNEIRO, H. F. Sujeito, Sofrimento Psíquico e Contemporaneidade: uma posição. In: Revista Mal-Estar e Subjetividade. Internet. Ano 2004, nº 2. http://www.unifor.br
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KAUFMANN, P. Dic.
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