Título: Psicologías Colectivas, reconocimientos y desconocimientos de autores y lenguajes del poder colectivo
Autores:
Liliana Edith Ferrari. Profesora e Investigadora UBA, UAB.
Stella Maris De Filpo. Profesora e Investigadora UBA.
Karina Kalpschtrej. Docente e Investigadora UBA.
María Carolina Cebey. Docente e Investigadora UBA
Institución Nacional: Instituto de Investigaciones de la Facultad de Psicología, UBA. Argentina. Av. Independencia 3065. Tercer Piso. CP: 1225.
Resumen
El interés y la necesidad de estudiar el comportamiento colectivo ha estado presente en el campo disciplinar de las ciencias psicológicas y sociales desde sus inicios. La Sociología, la Psicología Social y el Psicoanálisis han producido
numerosas reflexiones en torno a los procesos que generan, sostienen y caracterizan las acciones colectivas cuanto sus cristalizaciones. Esos conocimientos no conforman un corpus único de saber, y muchas veces se han eclipsado en pos de una psicología individual que sigue propugnando una singularidad que se desvanece en el momento de actuar colectivamente, o que se funcionaliza en torno a las operaciones a que da lugar en un
sistema social. Sin embargo, el espejo individualista-identitario es frecuentemente un espejo patologizador de la psicología colectiva que reduce la concepción de “naturaleza humana” al padecimiento del “contagio social” y estructura libidinal inhibida, mientras alerta en torno a la psicología de los poderosos en su capacidad de generar “megalopatías sociales”·
¿Qué perspectivas nos permiten poner en relieve la construcción conceptual de lo colectivo, su anatemización, su formulación bipolar grupo-líder? ¿Cómo pensar la psicología de lo colectivo haciendo lugar a una reflexión genealógica
que permitiría situar gramáticas de reconocimiento y desconocimiento en la construcción disciplinaria actual? Este trabajo presenta una aproximación al contexto de producción textual de las ciencias modernas de lo colectivo, partiendo de los acontecimientos históricos que se convierten en problemas para un contexto nacional incipiente en principio y global-comunitarista en el presente. A su vez, marca las lecturas “no
reconocidas” o clausuradas que limitan conceptual, política y libidinalmente nuevas interpretaciones de la razón popular.
Palabras clave: Psicologías Colectivas- Poder Colectivo-
Reconocimiento/desconocimiento- Genealogía.
Introducción
El interés y la necesidad de estudiar el comportamiento colectivo ha estado presente en el campo disciplinar de las ciencias psicológicas y sociales desde sus inicios. La Sociología,
la Psicología Social y el Psicoanálisis han producido numerosas reflexiones en torno a los procesos que generan, sostienen y caracterizan las acciones colectivas cuanto sus cristalizaciones. Esos conocimientos no conforman un corpus único de saber, y muchas veces se han eclipsado en pos de una psicología individual, que sigue propugnando una singularidad que se desvanece en el momento de actuar colectivamente, o que se
funcionaliza en torno a las operaciones a que da lugar en un sistema social.
Es en el espacio de las multiplicidades donde la Modernidad fue terreno fértil para la reflexión sobre las acciones del número, ciertas prácticas y fenómenos no lograron devenir
objeto por derecho propio, sino sólo desviaciones o anomalías de otros objetos. Éste es el caso de los fenómenos que podemos llamar “colectivos” a diferencia de los “individuales”, “comunitarios” o “sociales”. La división del trabajo científico de nuestro campo enfrentó la cara numérico-efervescente
de las sociedades del siglo XIX, como un fenómeno a espejar con lo patológico en sus fuentes, con lo individual en su devenir y con lo factible de manipular en su función. Pero ciertas manifestaciones persisten en evadir estas operaciones de captura, mostrándose irreductibles y fascinantes, a la vez que socavan los cimientos fuertes de las disciplinas que se convocan para explicarlas, ora como espacios para la intervención,
ora como espacios para la comprensión de los comportamientos “anómalos” de los llamados líderes. Proponemos un primer recorrido por las condiciones de producción y reconocimiento de los fenómenos colectivos cuya emergencia implica las siguientes líneas de fuerza interpretativa:
1) Disolución de subjetividades normativizadoras y con prevalencia de diferencias positivas estables; 2) Tratamiento de los procesos colectivos emergentes en términos de diferencias negativas y
deficiencias que construyen una mirada patológica de lo colectivo; 3) rearticulación de los sistemas de autoridad basada en la selección y encauzamiento de las diferencias negativas en un continuo civilizatorio darvinista; 4) Secundarización y subordinación de los procesos colectivos a los modelos teóricos de la influencia: líderes o medios de comunicación; 5) Admisión de los procesos de grupos en términos de
demandas legítimas, y consecuente positivación de algunas de sus diferencias; 6) Sistemática construcción de un conjunto de creencias sociales y disciplinares en torno a los procesos colectivos que sostienen su positividad siempre inconclusa, su inestabilidad, su dinámica siempre capaz de un excedente de entusiasmo o de negatividad, separándolos paulatinamente de un interlocutor imaginario que es a la vez el evaluador.
Emergentes y emergencias
Un punto de partida posible acerca de los discursos que performaron nuestra percepción disciplinar del fenómeno colectivo puede ubicarse en el espacio polémico que circunscribió la
denominada Psicología de las masas a fines del siglo XIX. Este espacio polémico construye un doble frente de batalla: el de los autores como contrincantes en debate y el de las masas como actores moldeados bajo el estigma de lo patológico. Poco menos frecuente es la conexión entre procesos de masa y condición de la autoridad política que vacila en los tiempos de la Comuna de de París, o la incursión de la ingeniería en los procesos de fábrica que originó una organización ausente de iniciativa como fue el taylorismo. Es decir, es menos habitual interpretar estas irrupciones a la luz de las condiciones de extradición de formas de experiencia sociales
y de las formas de subjetividad social vigentes. De la criminología a la psicología de la época, pasando por la medicina y la historia, la irrupción de las masas en el horizonte societal comienza a ser reflexionada como objeto de características especiales – no siempre específicas o definitorias del fenómeno per se. La discusión Freud-Le Bon, junto a sus otros interlocutores Taine, Tarde, Mac Dougall, se encuentra
atravesada por dicotomías que intentan establecer los límites del fenómeno de las masas. Dos cadenas significantes polarizan:
Individuo – racionalidad – normal – sociedad complementa y adversa grupo – irracionalidad – patológico – masas.
En este sentido, la masa implica pérdida y regresión: pérdida de la diferencia, dilución en la homogeneidad o igualación con los otros, pérdida de capacidad crítica en pos de una
emotividad exacerbada, comportamiento “irracional” efecto de fenómenos de contagio, imitación, hipnosis. Nos encontramos con una mirada que implica – más allá de la discusión sobre la novedad o no de estos rasgos psicológicos de las multitudes – visualizar a lo colectivo como el reverso negativo de lo individual: un reverso ineludible en la era de las muchedumbres, pero que debe ser controlado, intervenido,
conducido para que sus dinámicas no minen la organizaciones incipientes de la sociedad moderna.
La primera disyunción sistemática es entre la condición que subyace a la acción de masas, de impronta inconsciente liberada de las represiones de la reflexión en Le Bon a estructura de
doble dispositivo libidinal que resulta en un amor tierno o inhibición de meta sexual en Freud, el pasaje de modelo lleva sus consecuencias:
- en Le Bon, la multitud es un fenómeno irritado e irritable por agitadores externos,
- en Freud, las masas organizadas son configuraciones estables porque se mantienen en la renuncia libidinal que hace posible la inhibición, el lazo y la domesticidad.
Le Bon y el nuevo colectivismo
La preocupación que atraviesa la obra de Le Bon (1841-1931) es una preocupación de larga data para los modernos. Ya en 1651, Thomas Hobbes
plasmaba en el grabado que presentaba la que será su obra fundamental el fenómeno que preocupará de manera álgida al siglo XIX y que estructurará el discurso de la Psicología de las Masas: la portada del Leviatán muestra un sinnúmero de individuos anónimos en forma de un omnipotente macrosujeto colectivo. Las multitudes emergen en la vida moderna como un fenómeno convulsivo – sobre todo a posteriori de la Revolución
Francesa y puntualmente con la Comuna de París - que es analizado bajo lo que será su “alter ego” en el discurso de la Psicología de las masas: el individuo y la razón. Nacido en 1841, de formación de base médica, escribe su obra más conocida, La psicología de las multitudes en 1895, la que queda atrapada entre el éxito de difusión y los reproches de plagio de la obra de Sighele, que en 1891 había publicado La
masa delincuente. Más allá del debate, lo central es destacar que una época se preocupa por saber cuál es el estatuto – biológico, psicológico, racial, cultural y político – del nuevo colectivismo que la caracteriza.
El análisis de Le Bon, se estructurará alrededor de tres ejes para elucidar las propiedades centrales de este inasible colectivo emergente: la muchedumbre o multitud como fenómeno
ineluctable de una era de transición como la modernidad, presenta:
- Caracteres psicológicos nuevos respecto de los
individuos que la componen;
- La fuerza motora de su accionar se encuentra en el
inconsciente;
- Se distingue por un estatuto mental inferior en relación a
sus miembros.
Su especificidad se encuentra anclada en la Ley Psicológica de su Unidad Mental estructurada alrededor de un componente doble y paradójico: un excitante externo, puntual y potente
y un fin determinado que, como fuerzas concomitantes, posibilitan el surgimiento del alma colectiva de la multitud:
“El hecho más admirable que presenta una muchedumbre psicológica, es el siguiente: el que, cualesquiera que sean los individuos que la componen y por semejantes o desemejantes que sea su género de vida, sus
ocupaciones, su carácter y su inteligencia, por el solo hecho de transformarse en muchedumbre, poseen una clase de alma colectiva que les hace pensar, sentir y obrar de una manera completamente diferente a aquella de cómo pensaría, sentiría u obraría, cada uno de ellos aisladamente (…) La muchedumbre psicológica es un ser provisional formado por elementos heterogéneos que por un instante se unen, como las células que
constituyen un cuerpo vivo, forman por su reunión un ser nuevo que manifiesta caracteres muy diferentes a los poseídos por cada una de esas células” [i]
La multitud y su alma colectiva, si bien poseen rasgos nuevos y específicos, presentan homogeneidad a partir de elementos del núcleo de sedimentación que emerge con la fuerza del número: la raza.
“La vida consciente del espíritu no es sino una débil parte de la vida total (…) Nuestros mismos actos conscientes, derivan de un substrato, encierran innumerables residuos de antepasados que constituyen el alma de la raza. Tras de las causas confesadas de nuestros actos, hay, sin
duda, causas secretas no confesadas por nosotros, y aún hay muchas de estas causas secretas ignoradas por nosotros mismos”[ii]
La raza como base de la historia y la herencia, cimiento de la tradición y las instituciones, da contenido a las creencias de la muchedumbre, credos a partir de las cuales se desplegarán sus atributos psicológicos
diferenciales: la raza tiene un poder tal que aporta los elementos civilizatorios a cualquier acción de sus miembros, ya que todo su pensar y actuar expresa su alma. Todo lo que impresiona a las multitudes de manera duradera se encuentra en consonancia con la herencia de la raza.
¿Cuáles son los rasgos psicológicos fundamentales de las multitudes? La psicología desarrollada por Le Bon se despliega en dos dimensiones: la de una emotividad exacerbada y de una intelectualidad disminuida.
“Es de observar que entre los caracteres especiales de las muchedumbres hay muchos, tales como la impulsividad, la irritabilidad, la incapacidad para razonar, la ausencia de juicio y de espíritu crítico, la exageración de sentimientos y otros muchos que se observan igualmente en los
seres que pertenecen a formas inferiores de evolución, tales como la mujer, el salvaje y el niño”[iii]
El hilo conductor de la emotividad propia de las muchedumbres es su impulsividad, su versatilidad, omnipotencia, volubilidad e irritabilidad, el carácter exagerado y simple de su sentir que puede
devenir tanto en actos criminales como en las acciones más altruistas, lo que hace al autor especificar la moralidad de las muchedumbres en diálogo polémico con la discusión de la época sobre su natural criminalidad:
“Si tomamos la palabra moralidad en el sentido de respeto constante a ciertas convenciones sociales y de represión permanente de impulsos egoístas, es evidente que las muchedumbres son demasiado impulsivas y demasiado tornadizas para ser
susceptibles de moralidad. Pero si en el término moralidad hacemos entrar la aparición momentánea de ciertas cualidades, tales como la abnegación, la decisión, el desinterés, el sacrificio de sí mismo, el sentimiento de equidad, etc., podemos decir, por el contrario, que a veces las muchedumbres son susceptibles de una moralidad extrema”[iv].
De todas formas, el tono de su emotividad es siempre autoritario e intolerante, tendiente al conservadurismo. La capacidad intelectual de las multitudes es esencialmente menor a la de los individuos
que la componen, incluso cuando éstos son especialistas o sujetos con capacidades muy desarrolladas: según Le Bon, el número reduce cualquier inteligencia excepcional – fenómeno que demostrará especialmente para los jurados en los tribunales y las asambleas parlamentarias hacia el final de su trabajo-. El contenido de sus creencias está fuertemente ligado a un pequeño grupo de ideas heredados por la fuerza de la raza,
en las que priman las ideas- imágenes, de las que importa más la forma que el contenido. La centralidad de las ideas – imágenes se conecta con las modalidades que adoptarán los razonamientos de las multitudes: funcionarán por analogía y sucesión, y por medio de fusiones que posibilitarán la hipergeneralización de lo particular y en las que se diluye la diferencia entre lo real y lo ideal. Las imágenes que operan
sobre el alma de las muchedumbres pueden ser evocadas por el empleo de palabras y de fórmulas. Es recalcado que en este caso, el poder de las palabras es independiente de su sentido real. “Aquellas palabras cuyo sentido peor se define, son las que poseen mayor acción. Tales son, por ejemplo, los términos
democracia, socialismo, igualdad, libertad, etc.”[v] Las palabras y las fórmulas
evocan imágenes, y tienen mayor poder en cuanto son más vagas, infundiendo respeto y recogimiento a la multitud, aquellas son portales para las imágenes, y estos portales varían de pueblo en pueblo. De esta manera, la combinación de una sensibilidad acrecentada por el número y de rasgos intelectuales despojados de
capacidad de observación crítica, a decir de Le Bon, abonan el campo para las alucinaciones colectivas que arrastran a las multitudes hacia los fines que le son constitutivos. Para que esto sea posible, el autor agrega dos rasgos más al perfil psicológico de las muchedumbres que constituirán un estado y una actitud típicos de estos colectivos: la atención expectante abierta a la sugestibilidad y credulidad extrema y una
forma religiosa de modelar sus convicciones. La temática de la sugestión es tratada en este caso como un estado - actitud que posibilita el contagio que transformará un simple agregado de individuos en una multitud. El desarrollo del alma colectiva capaz de sugestionarse abre el camino para el florecimiento de las alucinaciones compartidas y potenciadas por la fuerza del número: las deformaciones imaginativas que
caracterizan la existencia de las muchedumbres parten en general de un individuo especialmente impresionable y luego son contagiadas fácilmente a los demás, que en su situación de pertenencia a la multitud han perdido sus capacidades de raciocinio crítico individual y éstas han sido sustituidas por el incremento de la imaginación representativa. Sugestibilidad y contagio son las bases para que las convicciones de las
multitudes adopten la forma de la religión, en una secuencia implacable. Esta psicología colectiva hará foco de manera liminar en uno de los componentes que estructurarán el discurso posterior sobre las multitudes - y sobre el que Freud desarrollará uno de los ejes centrales de su explicación – los que a decir de
Le Bon, son sus jefes, los agitadores. Dueños de una voluntad férrea que es núcleo de la formación de la opinión de las multitudes, hombre de acción y fe que guía con autoridad despótica a las muchedumbres – factor fundamental de su conversión en líder – es a su vez un hipnotizado por la idea o concepto que lo mueve y de la que se vuelve su apóstol. Estos rasgos se organizan alrededor de una cualidad central: el
prestigio, un magnetismo ejercido por el jefe con los mecanismos adecuados para la seducción - conducción de las multitudes: la afirmación, la repetición y el contagio. Es en este panorama que Le Bon desplegará su juicio sobre las muchedumbres y la historia: lo inevitable de su carácter degradado no le quita centralidad en la vida contemporánea, como un mal ineludible y a la vez necesario en una filosofía de la
historia que parece ser, a su decir, por momentos, una filosofía del número. La significación de las muchedumbres ha sido, según Le Bon, el de la destrucción de las civilizaciones antiguas, una fase de barbarie.
Freud, una psicología de las masas que posibilita un análisis del yo
El mayor punto de distanciamiento respecto de aquellos quienes también, como él, trataron de producir teoría en torno a las masas y los colectivos, es el hecho de haber propuesto una suerte de
ruptura a los dualismos imperantes en las ciencias de la acción social de la época. Frente un acervo de dicotomías rígidas –el individuo versus la masa, lo racional versus lo irracional, lo normal versus lo patológico –, en su gran mayoría peyorativizantes de lo popular[vi], Freud cimienta la teorización psicológica
de las masas sobre una tarea multiaxial, la de responder tanto a la pregunta por lo que una masa es como a las referentes al motivo por el cual éstas son capaces de influir de manera tan decisiva sobre la vida anímica del individuo, y en qué consiste la alteración anímica que éstas le imponen: “Lo mejor, evidentemente, es partir de la tercera. Lo que brinda el material a la
psicología de las masas es, en efecto, la observación de la reacción alterada del individuo”[vii]. Al avanzar en la elucidación de la temática, el autor procura desmarcarse del resto poniendo de relieve aquello que considera han desatendido
en la vasta distinción de tipos de masas posibles: la diferencia entre aquellas que poseen conductor y las que no lo tienen.
A tal fin, introduce el análisis de lo que denomina dos masas artificiales: la Iglesia y el ejército. Artificiales en tanto altamente organizadas, duraderas en el tiempo, y a raíz de que, para
evita su disolución o la alteración de su estructura, suponen cierta compulsión externa. En ambas masas, sostiene, rige equivalente espejismo: la ilusión de que un mismo jefe, visible o invisible, “ama por igual a todos los individuos de la masa”[viii] . Si todo depende de esta ilusión, como Freud advierte, es debido al hecho de que el individuo se ve implicado en una doble ligazón libidinosa: con el conductor, por un lado; con el resto de los miembros de la masa, por el otro. De este modo, llega a comprenderse por qué el principal fenómeno de la psicología
de las masas es para Freud “la falta de libertad del individuo dentro de ellas. Si todo individuo está sujeto a una ligazón afectiva tan amplia en dos direcciones, no nos resultará difícil derivar de ese nexo la alteración y la restricción observadas en su personalidad”[ix]. La masa capaz de sobrevivir es aquella en que muchos iguales pueden identificarse entre sí, al tiempo que desean ser gobernados por un único superior a todos ellos: “El sentimiento social descansa, pues, en el cambio de un sentimiento primero hostil en una ligazón de cuño positivo, de
la índole de una identificación […] Dicho cambio parece consumarse bajo el influjo de una ligazón tierna común con una persona situada fuera de la masa”[x]. En el marco de este análisis, Freud se distancia de Trotter: si para este último el ser humano es un animal
gregario [Herdentier], para el primero se trata más bien de un animal de horda [Hordentier]: el individuo no sería sino el miembro de una horda dirigida por un jefe; horda primitiva a la que la actividad anímica regresa en el estado de masa. En la misma línea, agrega –y al hacerlo se aproxima a Le Bon: “El carácter ominoso y compulsivo de la formación de masa, que sale a la luz en sus fenómenos
sugestivos, puede reconducirse entonces con todo derecho hasta la horda primordial. El conductor de la masa sigue siendo el temido padre primordial; la masa quiere siempre ser gobernada por un poder irrestricto, tiene un ansia extrema de autoridad: según la expresión de Le Bon, sed de sometimiento. El padre primordial es el ideal de la masa, que gobierna al yo en reemplazo del ideal del yo”[xi].
Una hipótesis propuesta por E. Laclau en La razón populista (2005) es que no se trataría de dos modelos opuestos de agrupamiento social –la reducción al absurdo al modelo del grupo completamente organizado y adquiriendo las características secundarias del
individuo o la igualmente absurda deflación al modelo del líder puramente narcisista a quien los miembros de la masa se vinculan libidinalmente –. Por el contrario, la teorización freudiana daría cuenta de dos lógicas sociales que influyen, con variaciones de grado, en la constitución de cualquier grupo social. La autonomía y originalidad del individuo en Freud es la fijación parcial que cada sujeto edifica al
articularse su posición con (sobre) determinados discursos y encadenamientos: los de las masas, las razas, las comunidades; aquellos que lo mueven a prácticas identificatorias en movimiento aproximativo – o bien de distanciamiento, según el caso – a su ideal del Yo.
Reflexiones finales
¿Qué entender por estos fenómenos “extradominios” que una Psicología Colectiva podría reclamar para sí? Su delimitación estará estructurada para dar cuenta de aquellas acciones
plurales, contingentes, súbitas, de fluidez identitaria o post identitarias – es decir, no soportadas en un sujeto predefinido, o que no pueden ser comprendidos a partir de una intencionalidad predefinida de quienes la llevan a cabo. Por tanto implicarán la pérdida de ciertas diferencias esenciales y objetivas de la lectura en Ciencias Sociales y Psicología. El espacio y el ritmo colectivo inauguran a nuestro entender tres dimensiones: la tracción, la interrupción y la irrupción. La tracción del individuo hacia lo colectivo, donde no será él mismo. La interrupción de un tipo de socialidad – comunidad o sociedad – construida sobre la distancia o la diferencia, la
jerarquía y la función. La irrupción de esta presencia extraña, cuyo rasgo fundamental es a veces la emoción entusiasta, el temor por la amenaza compartida, el fervor por la causa que se comunica en la “sed de crecer” o una “vocación por ser múltiples”. La construcción conceptual de lo colectivo exige hoy, desde un punto de vista epistemológico, una reflexión genealógica en torno a las continuidades y
filiaciones entre las formulaciones demonizantes, las concepciones patologizantes, y las interpretaciones de la acción social colectiva en términos de deficiencias y déficits de los grupos enlazadas al paralelo despliegue de teorías del agitador, el líder, el publicista, el poderoso paranoico, el poder de clase. Una genealogía que desemboca en una repetición particular de la praxis de algunas psicologías: para los
grupos, la desventaja de la inclusión, el malestar de la subordinación y el remedio de la demanda social; para los individuos, una regulación “normalizada” del deseo y sus destinatarios “los objetos”. Ciertamente esta normalidad deseante dista hoy, por el trabajo incesante del psicoanálisis en la cultura y en consecuencia en las pulsiones, de ser una y por esta acción a distancia los objetos admitidos son más, en
tanto se profundiza el trabajo no menos incesante de la democracia. Pero la nomenclatura objeto aún persiste toda vez que se expone el avatar libidinal.
Finalmente, otra vía de análisis implica el proceso de situar gramáticas de producción y reconocimiento de estas disyunciones y su tensión complementaria, un trabajo de análisis
de lo social textual cuyo funcionamiento no puede eludir la selectividad de los procesos productivos y los efectos entre entusiastas y adormilantes que se retoman en los públicos y audiencias de conexión virtual-intermental.
Ref. Bibliográficas
[i] LE BON, G. (1986) Psicología de las Masas. Madrid, Morata. (1895) P. 32
[ii] Ib. Id. P. 33
[iii] Ib. Id. P. 42
[iv] Ib. Id. P. 68
[v] Ib. Íd. P.125
[vi] No es casual el término elegido por Freud
para referirse a estos grupos. En alemán, el vocablo Masse suele ligarse aún hoy y desdeñosamente a un gran número de personas consideradas como totalidad o conjunto. La idea de desaparición de la individualidad en la masa –tal como si se tratara de una mezcla en que los ingredientes y componentes iniciales se han amalgamado en pos de un nuevo producto en el que éstos no pueden ya reconocerse – dista de la
evocación más positiva suscitada por Menge o Volksmasse [Multitud], en ocasiones utilizados como sinónimos de masa: un grupo de personas reunidas en un lugar. La apuesta freudiana parecería ser no sólo por una nueva perspectiva en la mirada de la masa, sino también por una nueva visión de lo que en su nomenclatura ésta connota.
[vii] FREUD, S. (1991) Psicología de las masas y Análisis del yo. Buenos Aires, Amorrortu. P. 69
[viii] Ib. Id. P. 90
[ix] Ib. Id. P. 91
[x] Ib. Id. P. 115
[xi] Ib. Id. P. 121