Siglo y medio después
Beatriz Aronovich (Córdoba)
Psicoanalista y columnista La Voz del Interior (Cba)
y La Opinión (Rafaela)
Un sueño del siglo XIX
Una mujer en bata de noche se acerca a su marido. Acostado en la cama, él lee bajo una lámpara de luz apenas suficiente.
Está tan ensimismado en la lectura, que sólo advierte la presencia de su esposa cuando ella lo acaricia con ternura. Aun así demora en bajar el libro en latín, que lo tiene cautivado.
En el lecho donde cada noche tienden sus anatomías, no es tan frecuente que ella lo distraiga, ni que él deje sus textos por alguna razón que no sean esas mismas páginas.
Al rato están dormidos. Ingreso a un mundo mágico, pleno de jeroglíficos.
Él advierte el llanto de bebé en brazos de una mujer que lo acuna y tras ella, otra que mira distante, con medias de encaje y traje de baile. Algo agita en su mano extendida, una pequeña botellita. El bebé sigue llorando y la madre le canta una canción muy dulce, mientras la otra baila a un ritmo sugestivo, con sus manos ahora vacías. Algo cuelga sobre su pecho, un collar de perlas blancas. Se acerca, no son perlas, aunque parezcan. La madre regaña al crío, la otra pega un brinco y ahora que se acerca él puede ver de qué se trata; son trocitos redondos los que lleva, pastillas, hilvanadas todas a través de un largo piolín, o mejor una soga que revolea airosa.
Ella gira, ajena al bebé que ya no mama. Se la ve contenta, avanza, cuenta las perlas o píldoras o lo que sean, mientras se entreve el perfil de un hombre en la ventana.
Son las seis de la mañana cuando Sigmund despierta y escribe sus asociaciones en la libreta de apuntes diarios.
Sonríe ilusionado. Un día, la civilización celebrará su sueño.
Freud nace cada día mejor
El método de la asociación libre inicia a principios del siglo XX el desarrollo de una práctica insólita, que subvierte el lenguaje cotidiano y también el académico; una forma inaugural de hablar y escuchar, destinada a aliviar el padecimiento psíquico. Recurso al que nadie llega sin haber agotado antes varias otras opciones.
Es tan desmedida e insólita la función del analista, que la historia prueba cómo ellos construyen en sus instituciones especies de fuertes o refugios para tolerarla mejor y así, sin darse cuenta unos y sin pudor otros, se instalan formas de burocracia profesional opuestas al desafío freudiano. Propongo pensarlo como etapas en el desarrollo de una práctica.
El inconciente va siempre a contrapelo del discurso cultural dominante y los analistas no siempre a su altura.
Citar la secuencia Freud - Lacan y retorno, introducida en nuestro país por Oscar Massotta en los ´70, era casi una transgresión en la década del ´80. Conceptos como el sujeto barrado, el Otro y La mujer que no existen, la falta de objeto de la pulsión, la no relación sexual, eran difíciles de propagar en una sociedad tan censurada. Muchos analistas tardaron más de una década en hacer suya esa enseñanza. Otros llevaron la peste a sus respectivos exilios. Hoy, cuando estas nociones forman parte del acervo social, cuando se puede decir que hay una experiencia colectiva de lo que significan, el psicoanálisis no puede contentarse con repetir el lenguaje de época: nuevas formas de la sexualidad, debilidad del padre, falta de límites, vacío de la existencia; frases que hasta la publicidad explota magistralmente.
Breve y bueno no son en psicoanálisis ideales de época. Cuando a Freud le preguntaban cómo abreviar los análisis -que en ese entonces duraban seis meses-, era categórico: hacerlos bien (en Escritos de Técnica Psicoanalítica)
El analista debe apuntar más adelante de su tiempo. Provocar la sorpresa, abrir los cauces posibles del malentendido y como siempre, preservar el lugar de las diferencias. Sigue siendo ésta en mi opinión, la función fundamental del análisis. Por eso estoy convencida de que no hay forma de globalizarlo, aunque se lo intente.
En Septiembre de 1989 al cumplirse los cincuenta años de la muerte de Freud, lanzamos desde la Alianza Francesa de Córdoba, un Ciclo de Conferencias y Debates que tuvo luego su publicación anual, afirmando con fuerza la orientación del psicoanálisis hacia el público general. La práctica analítica viene de los grandes maestros, pero no va hacia ellos, sino hacia quienes la puedan necesitar.
El psicoanálisis será siempre un método marginal y hay que sospechar cuando los compromisos de sus practicantes desvían el timón. Por otro lado, las neurociencias en su versión actualizada hacen reaparecer la esperanza de la infalible medicación; el hallazgo de un gen que nos libere de toda responsabilidad sobre lo que nos afecta, una solución concreta, visible, aprehensible y verdadera. También, cada tanto, reaparecen los anuncios apocalípticos sobre la muerte de Freud y su criatura. En los primeros meses de este año, el archiconocido retrato del maestro hecho trizas en la tapa de una revista de interés general, que logró agotar su tirada. "Ladran, Sancho". Pero señal también de algunos errores y excesos que es preciso revisar. La imprescindible espontaneidad, humor y capacidad de improvisación a desarrollar en el ejercicio de la profesión, son ítems que faltan en los programas de formación. También la referencia a errores cometidos, situando a éstos como momentos fecundos de aprendizaje. No se hace lugar a la dura lucha de cada practicante contra los miedos y prejuicios que nos habitan. Se sigue una línea de ocultamiento que produce inhibición y suposición exagerada del saber de quienes en verdad deben oficiar de guías.
En el ruedo todos constatamos que el trabajo puede describirse como una sucesión de errores corregidos. ¿Por qué no contarlo así? Creo que hoy es posible plantearse esta pregunta que pone sobre el tapete también la excesiva rigidez de la figura del analista, acaso por ciertos excesos en la forma de entender la neutralidad.
El ejercicio del humor creo que es algo pendiente, como también una mayor flexibilidad ante dificultades prácticas de los pacientes -sería más apropiado llamarlos impacientes-, relacionadas con variables como tiempo, dinero, duración de los tratamientos y críticas a nuestro método.
La multiplicación de ofertas terapéuticas viene bien para permitirnos pensar a éste como un recurso más entre otros y su desplazamiento de un lugar de privilegio ayuda a facilitar mucho el sinceramiento de su práctica, proponiendo una formación más vital que el recitado de textos prínceps, o lo que es aun más pobre en nuestros días, los de quienes los interpretan.
Todo lo literal es necesariamente pobre, le falta creatividad. En el mejor de los casos lo literal habla de un deseo de aprender algo que aún no se pudo incorporar. Es tan cierto que todos pasamos por esta experiencia de identificación para poder ingresar a ese lugar, como preciso luego salir de ella por algún acto creativo propio.
En la revista Ñ de Clarín del 1º Julio de este año, aparece una Nota de Marcelo Rubinstein, biólogo, investigador del Conicet, con título provocativo: Si Freud viviera, sería neurobiólogo. Enumera los temas que despertarían su interés al aplicar descubrimientos y recursos de estos últimos setenta años: avances para medir y visualizar procesos y variables impensables en su tiempo, progresos en biología molecular, manipulación del ADN, organización del genoma humano y muchos más. Supone después que el maestro se reuniría con sus seguidores y les preguntaría dónde han estado durante todos estos años y concluye señalando la necesidad del trabajo interdisciplinario.
Podemos también suponer que si Freud viviera no estaría repitiendo los mismos términos. Vale igualmente para otros maestros, de muertes más recientes.
Para mantener la vigencia del psicoanálisis, renovar lo probado y fortalecer lazos con otras prácticas, es preciso de nuestro lado hablar claro, sencillo, con lenguaje accesible, lejos de la impostura política en la que ha quedado sumergido en muchas partes, donde es capaz de generar confianza sólo entre entendidos y -permítanme-, atemorizados.
Es hora de bajar a Freud del retrato y apropiarse de lo que nos enseñó.
Para los más jóvenes: arremetan contra Freud, provóquenlo, busquen que los convenza, no tengan miedo. Podemos decirlo a cielo abierto, Freud sigue naciendo cada día mejor.
Beatriz Aronovich