Autora: Psic. Maria Soledad Arias
Institución: Fundación Psicoanalítica Sigmund Freud
Argentina. País que nos remite a una creación, posibilitada por el lenguaje que nos habita, que va nombrando nuestra vida en el devenir de las instituciones. Este trabajo nos permitirá construir una ficción, arma simbólica de los sujetos, que hará de ventana a los campos de la verdad, cruda y descarnada, de nuestra historia. Una historia que marcó el destino de los argentinos,
forjándolos como herederos, de un legado cimentado sobre una amalgama de crímenes aún no resueltos. Actos estos, que golpean permanentemente la subjetividad de los deudos y sus instituciones; así, apresados de una deuda-culpa de sangre, se ven instigados a la repetición de los crímenes de nuestro tiempo, con una voracidad que los impele, externa e internamente, a franquear las leyes e ideales, que les dan existencia
como hijos de la vida. Braustein nos dirá: “… Si la vida es institución, la vida depende de una regulación jurídica, de una regulación de lo que es legítimo, y de la exclusión de lo que es ilegitimo.”(Braustein,1995:73). Es en este punto donde el Psicoanálisis se entrecruza con el derecho, cruce que nos llevará a
recorrer nuestra historia, sus repercusiones en la contemporaneidad de los sujetos, siendo estos signados por leyes, que instituyen y constituyen la vida de la gran familia argentina .
Plantearemos premisas e hipótesis que descubrirán el velo de la historia y sus improntas en nuestra sociedad:
I) La Historia es un saber que da cuenta de una verdad, nos involucra como sujetos de una cultura, deviene en ficción construida por nuestra sociedad a partir de sus actos, por lo tanto debe ser transmitida y nombrada por diversas fuentes discursivas, a fin de prefigurar nuevos
pactos sociales .
Argentina del s. XIX en adelante experimentó transformaciones sociales y económicas, por ejemplo, puso en vigencia nuevos
regímenes políticos y jurídicos, como la democracia y la Constitución Nacional a principios del s. XX.
Finalizando los años sesenta, en una América Latina que iba reconociendo la singularidad de sus habitantes, permitiéndoles una mayor participación en el devenir, los jóvenes argentinos buscaron reconocimiento y representación, siguiendo un modelo muy en boga en ese entonces, la Revolución y la lucha revolucionaria. Conforme ese combate se
profundizaba en Argentina, el Gobierno del General Juan Perón, paternalista y de discurso nacionalista-demagógico, engendró un brazo joven, adoctrinado y armado para “sostener” las ideas del líder. Por causas que son parte de otra historia (no por ello desvinculante), Perón dejó un día huérfanos a sus otrora dilectos hijos del “montón”. Simultáneamente, su entorno sediento de poder, construyó una
historia paralela, otro brazo armado a fin de suprimir el disenso como bien habían aprendido en sus cuarteles de invierno. En el fatídico otoño del 76, tras la muerte del “líder que combatió al Capital”, se confrontaron los bandos crecidos a su sombra.
De un lado del campo de batalla, un campo urbano y plagado de inocentes... ¿o indiferentes?... se ubicaban los jóvenes “guerrilleros”, convencidos por sus Ideales de reforma, de defensa de sus derechos, que arremetieron contra los que usurpaban y atacaban sus creencias, de una manera particularmente violenta, inmolándose si era necesario.
En fuerte contraste del otro lado del campo vemos la “triple” sombra de una Alianza clandestina, con métodos y herramientas de combate casi nunca “derechas ni humanas”, sembrando el terror, acentuando el efecto mediante un discurso mesiánico y salvador, en el que la solución al caos reinante era simple si quedaba en sus manos. La oferta era clara y contundente, un pueblo organizado debía mantener el orden y
la seguridad a toda costa, aunque ello significara la muerte o el “aniquilamiento” de todo aquel que no respondiera a los principios rectores de La Patria y de su Dios Sangriento y Protector como lo indicaran los decretos de trastienda 261/75 y similares (Archivo Gral. de la Nación, 1975: 2770 y ss.).
En esta guerra urbana soterrada, Isabel de Perón, una presidenta inerme, cedió su mandato a una Junta de Comandantes ávidos de poder, y coronando este desconcierto, el 24 de Marzo de 1976 entronizó la Junta de Comandantes en Jefe, integradas por el Almirante Massera, el Brigadier Agosti y el General Videla, siendo este último nombrado como
nuevo “Presidente”, el que haciendo gala de una certeza de jurista infalible e inescrutable, dictó los instrumentos jurídicos y legales del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, inaugurando una ruptura del diálogo, una involución de la cronología jurisprudencial argentina. Estos desvaríos legales le atribuyeron facultades extraordinarias,
subordinándole todas las Instituciones existentes, con el activo beneplácito de un pueblo que acosado por la violencia, buscaba una salida al laberinto de guerrillas urbanas que el mismo General y sus “aliados” propiciaron.
Para lograr el consenso de un pueblo que no advertía la tormenta que se avecinaba, “Videla y Compañía” prepararon un cóctel discursivo argumentalmente endeble, pero de una simplicidad cautivante, al mesianismo le agregaron patriotismo sobre la base de un “pacto de sangre”, es decir, todo aquél que osara traicionar a este Proceso debía ser
eliminado o “aniquilado” por ir en contra de los valores supremos de la Patria y Dios, quienes a través de ellos, sus únicos intérpretes, revelarían tal maléfico accionar. El maniqueo resultado que este comando autoritario impuso fue una sola voz, la del Estado, que con su poder movilizaba a un ejército robotizado. Estos grupos de “tareas” que cumplían o ejecutaban
órdenes, conformaron las “patotas” que acechaban indiscriminadamente, escondidos en sus trágicamente famosos “falcon verdes”… así, desde los más altos estamentos se propició, la que sería la mayor cacería de seres vivos en Argentina, ante la cual la Corona Española, la Patagonia de Roca, los campos de concentración nazis y las crónicas genocidas de otras latitudes, serán solo ensayos de actos de
perversión.
Esta cacería no respetó edad, género ni situaciones particulares, pasó a todos los marcados por un proceso de aniquilación conformado por una cadena de métodos execrables, tales como: “Secuestro”; “Tortura”; “Detención por tiempo indefinido”; “Traslado o Ejecución Sumaria”. El resultado de la llamada “guerra sucia”, es que no
tuvo muertos sino “desaparecidos”, es decir aquellos que se ocultaban, porque “algo habrán hecho” en el decir popular. Su ocurrencia fue masiva en lo que se conoció como el trienio sombrío... años después se llegarían a documentar más de nueve mil casos en tanto se denunciaron más de treinta mil. Las víctimas fueron en su mayoría jóvenes de entre quince a treinta y cinco años, y aunque en principio se
apuntó a jóvenes guerrilleros o revolucionarios, se extendió sin freno a militantes políticos, sociales, religiosos, abogados, intelectuales, estudiantes, gremialistas, obreros y muchos otros por la única razón de ser parientes, figurar en una agenda o haber sido mencionados bajo tortura.
Tiempo después, otra tiranía oculta, esta vez “democrática”, se encargaría de indultar y echar en el olvido estos actos. Ejemplos de ello son la “Ley de Autoamnistía”, “Ley de Punto Final”, “Ley de Obediencia Debida”, y los “Decretos de Indultos”.
¿Cómo va nuestra historia?, demasiado sombría creemos... nos revela una ficción selvática, susurra “sálvese quien pueda”, sálvense del rey de esta selva, de su poderío armamentista y tecnológico, de la ausencia de un sistema jurídico que ocupe los medios tonos. Historia que nombra el “todo vale”
en pro de la supervivencia del poder y la avaricia, donde han prevalecido los dioses primitivos, despiadados y exterminadores...
II) La condición de culpabilidad de los sujetos, efecto de la instauración de la Ley, es posición necesaria e ineludible, para dar cuenta de los discursos, de los actos que conforman y sostienen la historia y la cultura; por ende, coloca a los hombres atravesados por
la ley ante la mirada de un Otro social, quién juzga los actos permitidos o prohibidos.
El hombre en la construcción de la cultura intentará a través de la ciencia, la técnica, la religión, la justicia y los valores morales dominar la naturaleza y ponerla al servicio de la sociedad en búsqueda del edén y de los ideales forjados por el poder de sus dioses. De esta manera los sujetos irán
construyendo en su devenir, instrumentos que acomoden la naturaleza, el cuerpo y los vínculos recíprocos entre los hombres a su conveniencia y utilidad. Respecto a la regulación de los vínculos, Freud se referirá”[,,,] Esta sustitución del poder del individuo por el de la comunidad es el paso cultural decisivo [,,,]” (S.Freud, 1929: 94) ahora la Dra. Gerez Ambertín precisa
estos conceptos cuando nos dice “El poder de la comunidad, reconocido como derecho, queda enfrentado al poder del individuo que se sanciona como violencia bruta.” (Gerez Ambertín, 1999:139). En este sentido se tomará como analogía el mito totémico y su traspaso del poder de “Uno”, a la ley de “Todos” en la comunidad de sus hijos, quienes habiendo cometido el crimen parricida, crearán una abstracción de este, en busca de amparo y protección, renunciando así a sus satisfacciones pulsionales, que hacen a la tentación de ocupar el lugar del protopadre.
Dicha inscripción de la ley ubicará la culpa como condición estructural, de la falta cometida, en aras de la construcción de su referente legislante, es decir que la culpa es efecto de la instauración de la ley en el sujeto.
De esta manera, los sujetos se verán en la encrucijada de responder por sus actos en el devenir de su historia desde su condición de culpabilidad, ya sea “discursiva” o “adictivamente”. Discursivamente, desde una culpa inconsciente, es decir responder por sus faltas, desde la ley, pacto hecho entre
los hombres. En cambio, los sujetos actúan “adictivamente” (en el sentido de la ausencia del discurso) cuando su culpa estructural discurre por el envés de la ley, a través de pactos de sangre, es decir responder ante el franqueamiento de lo prohibido con la vida misma, mediante el ofrecimiento del cuerpo y de los semejantes (necesidad de castigo). En este punto debemos
interpelarnos: ¿Qué condiciones de culpabilidad aparecieron en el pueblo argentino durante y luego del ‘Proceso’?.
Debemos observar que lo prohibido, el acto de destruir la vida de los sujetos, los crímenes instalados por una omnipotencia selvática que impele a ocupar el lugar del padre primitivo, de aquel protopadre que trasmite horror y sangre a sus hijos, se contrastó con una permisividad adictiva, inerme e
indiferente de los hermanos apresados de angustia social (forma primitiva de la culpa), y estos fueron encarnados por la sociedad argentina de ese y nuestro tiempo, signada por una ignorancia voluntaria, tan discrecional que sus actores prefirieron ser inmolados antes de admitir complicidad, respondiendo con sacrificio, sojuzgamiento y desubjetivación al poder de su supuesto “gobierno
protector”, que expulsa los caracteres civilizantes de la instauración de la ley, deja al desnudo la función de amenaza y nos retorna al baño de sangre de los dioses primitivos.
Es pertinente preguntarnos,¿qué lugar le cabe a la justicia en los acontecimientos vividos, que tienden a repetirse en los crímenes de nuestra época?.
En esta historia podemos marcar dos instancias, con respecto a la intervención del aparato jurídico. Un primer momento es remitirse a la época en que sucedieron los hechos; el Estado se atribuyó facultades extraordinarias, subordinando todas las instituciones a
su servicio, de modo que no existió en ese entonces un Otro Jurídico que garantizara un estado de derecho, creándose un mundo de caos y horror, sin mediadores que defendieran a los sujetos que se habían constituido bajo la espada de la ley. Es por ello que se dieron las condiciones de una guerra desenfrenada y clandestina contra todo aquel considerado subversivo; también del lado de los guerrilleros se respondió con
crímenes de militares y familiares de estos, en defensa de los derechos que ellos consideraban irrenunciables. En medio de esta batalla surgieron la ignorancia o bien el silencio de todo un pueblo, que por temor a ser involucrados prefirieron “el no te metas “, el “algo habrán hecho”, decires que dan cuenta de un pueblo sometido, angustiado, sin ideales de justicia, que se ofrece sacrificialmente.
Esta instancia que marcó la subjetividad de los argentinos fue potenciada en un segundo momento, en este caso otros tiranos, presidentes electos, que haciendo uso y abuso de sus facultades extraordinarias, dictaron los decretos “infames”, echando al olvido homicidios y crímenes que atentaron contra la
humanidad misma. De esta manera la no sanción de los actos delictivos desde una ley con respaldo jurisprudencial y social, ubica a todos los sujetos involucrados en una alienación, en una desubjetivación fomentada por el indulto a ciegas, al impedirles “contar” y construir el relato de los actos, es por ello que hoy en la historia argentina nadie es culpable y menos aún responsable de lo que pasó. Esta
desubjetivación propicia y abre los caminos de la repetición ad-infinitum de estos actos criminales subyaciendo enmascarados bajo nuevas formas y usos de la criminalidad, como lo son las “mafias”, el “terrorismo”, los “lobby’s” económicos y políticos, que inauguran nuevas desapariciones de la subjetividad sosteniendo lo siniestro.
En conclusión: debemos entender el olvido, antípoda de la historia, como la forma cobarde y sacrificial, del pueblo y de los tiranos, de no subjetivar los actos cometidos, de la no responsabilización de
los mismos, que produce ecos y hechos en nuestro tiempo; ecos en donde un Otro Social no sanciona con las herramientas legales pertinentes, propiciando la repetición de otros crímenes traducidos en la violencia de nuestra época; hechos en los que nuestros ciudadanos buscan como alternativa y ofrenda sacrificial, su propia vida considerada efímera, inmolándose ante un Otro social que no los mira, no los desea, solo los
quiere como la nada a la cual nada se le pide, y por ende, no importa que pase con ellos, quien los fascine en este túnel de ofrecimientos omnipotentes y cautivantes que hoy, bien podrían llamarse globalización, consumo, tecnociencia...
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