TITULO: “CUANDO LA VERDAD DEL INCONCIENTE NO JUEGA”
AUTOR: Psic. Luciana María Abad
INSTITUCIÓN QUE REPRESENTA: Fundación Psicoanalítica Sigmund Freud
RESUMEN
El orden simbólico, el lenguaje, determina al hombre, incluso antes de haber nacido, por intermedio del deseo de sus padres. Desde lo simbólico se le asigna al sujeto, nombre y lugar en la estructura familiar y social. Este
orden del lenguaje le permitirá significar su historia, construir un mito sobre su origen y crear las ficciones que darán forma a lo Real, para que sea soportable.
El mito, en tanto ficción, estará atravesado por la verdad del sujeto. En el marco de la clínica, es ante las fallas simbólicas, que emerge lo pulsional, lo que no puede ser dicho ni “jugado”, o aquello que simplemente se
repite.
La presentación de un caso clínico de niños, permitirá articular cuestiones relacionadas a las fallas en lo simbólico y las consecuencias que puede atraer al destino de ese sujeto.
PALABRAS CLAVES
SIMBÓLICO – MITO – FICCIÓN – JUEGO - OTRO
DESARROLLO
El objetivo de este trabajo es la presentación de una experiencia clínica con niños, a través de la cual podemos reflexionar sobre las posibilidades que tiene un sujeto institucionalizado de
construir el mito de su historia familiar, frente a las fallas de lo simbólico, y encontrar su lugar en el deseo del Otro. Con anterioridad al nacimiento del niño, existe todo un sistema de hábitos y creencias, leyes y normas que organizarán su vida y le permitirán el establecimiento de lazos sociales. Así el primer lazo que establece el sujeto desde su llegada al mundo es el lazo filiatorio otorgado desde un Otro, recibido como don, como legado, y gracia de
pertenecer a una cierta genealogía. Soporte filiatorio, que encadena al sujeto en una historia y lo inscribe en la serie generacional. Del lado del sujeto estará el deber de recibir estos dones y portar el nombre otorgado al ser hijo de…….. En relación a esto cada sujeto teje un mito sobre sus orígenes, teje discursivamente una respuesta al enigma de ¿qué fuimos para el Otro? O ¿para qué nos trajo al mundo y
qué lugar nos otorga en él? El mito se presenta como un relato, que a pesar de ser una ficción, está atravesado por la verdad. Según Lacán: “El mito es lo que da una forma discursiva a algo que no puede ser transmitido en la definición de la verdad, porque la definición de la verdad sólo puede apoyarse sobre ella misma y la palabra en tanto que progresa la constituye. La palabra no puede captarse a sí misma ni
captar el movimiento de acceso a la verdad como una verdad objetiva. Sólo puede expresarla de modo mítico”.
Referencias sobre el caso:
“C, llega a mi consultorio 10 días antes de cumplir sus 6 años; se trata de un niño recientemente adoptado, que permaneció institucionalizado
desde sus dos años; momento en que es separado de su entorno familiar (madre y 5 hermanos), por las condiciones en que vivían y la situación de riesgo en que se encontraban. Cabe decir que no hay información de la historia de este niño dentro de la institución, ni de la relación que mantuvo con sus hermanos, quienes también fueron internados en la misma. La persona que adopta a C es una mujer de 45 años,
soltera, que hace alusión a su deseo de ser madre desde siempre, no pudiendo concretar antes este deseo por cuestiones económicas y familiares.
Los primeros encuentros con C, se caracterizaron por sus dificultades de permanecer en un lugar, paseando por el consultorio, tocando lo que encontraba en su camino, y preguntando ¿Qué es esto?
repetidamente, de un modo compulsivo, que parecía no esperar respuesta. Esta situación impedía establecer una mínima comunicación con el niño, ya que sólo preguntaba sin escuchar respuesta o toda indicación que se le hiciere. Además, C presenta dificultades en su lenguaje, por lo que, aquello que logra decir, se hace inentendible en su pronunciación. Con mucha dificultad, consigo establecer lugares,
mostrándole cuál era SU silla, y cuál MI lugar, como un modo de organizar el espacio y permitir el desarrollo de alguna tarea. Así logro que pueda tomar el lápiz y dibujar. En general dibuja cuerpos, gráficamente no muy diferenciados en el sexo, no pudiendo realizar otros objetos como casas, autos, flores, animales, haciendo en su lugar, garabatos.
Llegado el momento de JUGAR, de los juguetes siempre elige los autos, 6 autos, los cuales engancha uno detrás del otro, formando una FILA. Arma y desarma la
fila, juega a que chocan, alguno se muere, pero viene otro y lo rescata, lo cura, nunca muere o desaparece definitivamente. Siempre vuelven a estar en fila los 6 autitos. Muchas veces se distrae y pierde interés en el juego, se levanta, apaga las luces………queda todo oscuro……..las vuelve a prender, y repite esto, al igual que su
juego con los autos, que pasado un tiempo no logra armar otra cosa. No dejo pasar este intento de juego, y pienso en la relación 6 autos – 6 hermanos. Abro el camino para trabajar sobre esto: arma la fila, chocan, alguno se muere, lo tomo y lo hago desaparecer, “NO!!!!” me dice enfáticamente, “Si se murió, ya no está más” contesto, “No, pero ya está curado” me dice convencido y agrega el auto a la
fila. Lo mismo hace cuando muy de vez en cuando agarra los soldaditos y se matan, recuperándose al fin. Me planteo si este intento de juego no estaría hablando de la necesidad de recuperar algo de su historia, ya que no puede encontrar su lugar en el mito familiar, estaría hablando de su necesidad de armar una “cadena” a la cual amarrarse genealógicamente. Frente a esto se impone la necesidad de asociarlo con algo
que le permita realmente jugar y poner a funcionar los significantes que representan a este sujeto. Pero fracasa la posibilidad de nombrar, de contar, de historizar, de personificar. Ante la propuesta de armar una historia con los autos, dice “NO PUEDO YO”, y sus palabras se limitan a frases cortas que no se relacionan y que poco se entienden. Hilvanar algo de la historia de este niño con el juego que
jugaba, me llevó a poner en la escena una ficción, logrando que pueda escucharme por primera vez.: le cuento el cuento de Pinocho, un niño creado, que toma vida por el deseo de su padre, y que cuenta con una historia desde ese mismo deseo.
Lo relatado nos platea múltiples interrogantes: ¿qué sucede cuando
un niño no juega?, ¿Cuándo no puede apalabrar sobre su historia?, ¿Cuándo sus producciones simbólicas escasean y por lo tanto sus ficciones no aparecen? Ahí el punto de las fallas en lo simbólico, fallas que harán difícil la tarea de modelar, de ficcionar su historia, de dar una forma a lo Real para que sea soportable.
Saber que este niño es institucionalizado a la edad de dos años, es suponer que lo traumático marcó su corta vida, y nos queda por reflexionar cuál habrá sido la situación de riesgo vivida por este
niño en su grupo familiar, y cuál el riesgo de arrancarlo de él, teniendo en cuenta las funciones que cumplen las instituciones, que como sabemos, nada tienen que ver con las paternas. Debido a esto, se debería prever para cada niño, la posibilidad de ser adoptado a la más corta edad, lo cual no es el caso de C. ¿Qué saldo deja en un niño, una institucionalización tan temprana y tan prolongada? El sujeto
niño, lejos de haber evadido el riesgo en que se encontraba, fue expuesto, en la precariedad de su vida, ante lo desconocido, capaz de hacerle sentir el abandono, quedando anonadado, frente a esa experiencia aún desnuda de palabras. Ahí debería surgir la intervención de un Otro, que signifique lo acontecido, que venga a poner LA PALABRA, soporte simbólico que de forma (o
ficción) a aquella experiencia desoladora. Al decir de Néstor Braunstein: “¿Qué tiene el Otro sino palabras, qué es sino palabras, frágiles tablillas de salvación que intentan laboriosamente salvar del descalabro, dar asideros al ser en su naufragio, constituirlo como subjetividad?”. La relación entre el desamparo de una experiencia Real y el devenir de los significantes, tendrá características contingentes que
habría que particularizar en relación con la constitución de cada sujeto. Siendo así, son particulares las condiciones en que C es adoptado.
La queja de esta mamá con respecto a C, sobre todo en relación a su diario mal comportamiento en el jardín, era casi permanente, emitiendo también
quejas sobre el mismo jardín, ya que no lo contenía y las maestras no sabían manejarlo. A veces me preguntaba si esta mujer realmente disfrutaba de este niño, sobre todo por el descontento que ella manifestaba cuando venía a demandarlo.
A medida que escuchaba a la madre, iba teniendo la extraña sensación de no saber aún ¿quién era C? o ¿quién fue C durante estos 6 años
de su vida? Había una imposibilidad de la madre de contar frente a qué sujeto me iba a encontrar, más allá de un niño que se portaba mal. Me surgía la necesidad de saber algo más de C, y no sólo cómo se portaba, frente a una madre que no podía dar mayores datos que éstos; como si no reconociese una historia previa en el niño, como si su historia comenzara el día en que ella lo adopta, y sólo bastara con
decirle la verdad sobre su adopción. Esta falta de reconocimiento de C como sujeto, se evidenciaba también en sus compulsiones de tapar ese vacío de la historia con objetos y cosas que le compraba permanentemente, como si las carencias hubieran sido y sólo fueran materiales.
Las quejas sobre el jardín eran cada vez mayores que, no haciendo caso de mi recomendación, repentinamente lo saca a C de ese Colegio, y lo pone en una guardería donde lo podían tener en el horario de su trabajo; luego vuelve a sacarlo de allí y busca otro lugar donde lo tengan mejor, según ella. En algún momento deja deslizar que su anterior terapeuta le recomendó no adoptar, pero terminó dejando la terapia y adoptando al fin.
Escuchando su discurso y teniendo en cuenta ciertos actos, empiezo a
preguntarme por el lugar que C tenía en el deseo de su madre. Podríamos decir que es del lado del capricho materno que C llega a su vida, la de una madre que no logra reconocer lo traumático de la historia del niño; ella había solicitado “un niño sanito”, y consideraba que la engañaron desde la institución, convencida de los problemas neurológicos que C tenía, por los cuales
hace una consulta médica. El niño pasa a ser objeto de observación de médicos, maestros, psicóloga, fonoaudióloga. ¿Objeto de la madre? Considerando que su queja se limita a su mal comportamiento, que manifiesta estar desquiciada y haber pensado en devolverlo, y que en el momento en que encuentro una veta para trabajar con C, ella decide cambiar de psicóloga por alguien que pueda atenderlo en otro horario
que le sea conveniente, me cuestiono ¿qué es el niño para ella? Lo pone, lo saca (del jardín), lo saca (de la institución), lo devuelve (o pensó hacerlo).
Poniendo en consideración lo acontecido luego de un tiempo, y habiendo intervenido la instancia de supervisión, se plantea a la madre la necesidad de que C asista a 2 sesiones por semana, negociando
comenzar con esa propuesta el mes siguiente, por cuestiones económicas. Una vez que termina el mes acordado, es cuando decide y me comunica que C no vendrá más.
Una madre que no puede considerar las condiciones subjetivas de este niño, el padecimiento manifestado en su conducta, qué lugar puede otorgarle desde su capricho?
Preocupada por el grado de madurez del niño, y por conseguir su buena adaptación al medio, todo se limita, para ella, a una falta de estimulación temprana; de ahí que cualquier intervención que ponga en cuestión su deseo, y la significación particular que ella misma le otorga a su hijo, será evadida.
Al no haber un Otro que cuente el mito familiar y le permita imaginarizar algo del deseo del Otro, C contaba con la posibilidad de anudar los hilos sueltos de su historia, y contar la novela de su
existencia, en el espacio de mi intervención, que tejería ese puente simbólico; pero su pronóstico hoy es reservado y está en relación a la posición de esta madre, de ir posibilitando los anudamientos de su propia historia y la del niño.