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Por Eduardo
Febbro El
mullah Maulana Fazlur Rehman sabe que la fe puede llevar muy lejos. Este
líder político y religioso a la cabeza del partido islámico más potente de
Pakistán, el Jamiat-ulema-Islam, saltó al primer plano internacional tras
el conflicto con Afganistán. Las manifestaciones callejeras que
diariamente se llevan a cabo en ciudades populosas como Rawalpindi, los
llamados a la huelga general, los afiches más duros contra EE.UU. y el
apoyo más inalterable al régimen talibán emanan de su autoridad. Fazlur
Rehman es un hombre de espíritu y de acciones políticas concretas. Ha
unido el cielo con la tierra. La religión traducida en poder terrenal. El
mullah es un interlocutor inevitable del mundillo político paquistaní. Se
lo conoce tanto por su radicalidad como por su habilidad política. Al
igual que sus seguidores, Fazlur Rehman aborrece a EE.UU. Sin embargo, no
rehúsa responder el inglés. Se expresa con dificultad en el idioma del
enemigo y cuando no entiende muy bien una pregunta o se queda corto en la
respuesta recurre a sus adjuntos. Hoy, entre todos los grupos islámicos,
el partido Jamiat-ulema-Islam es el más incómodo y, a su manera, el más
útil en estos momentos de crisis. Muchos presienten en él uno de los pocos
puentes que aún quedan abiertos para encontrar una “solución de
compromiso” con los talibanes. En esta entrevista con Página/12, Rehman
detalla, en inglés y en urdú (la lengua oficial de Pakistán junto con el
inglés), su posición frente a la crisis con Afganistán y la actitud del
gobierno paquistaní. |
MILES DE MANIFESTANTES PRO TALIBANES EN PAKISTAN
Apuntando al presidente Pervez
Por E. F.
Cuando los
periodistas que estaban parados en la puerta del hotel Islamabad vieron a la
multitud de manifestantes islamistas avanzar por la avenida, ninguno pensó que
30 segundos más tarde los vidrios del hotel iban a volar en pedazos. Un férreo
cordón militar y policial había impedido desde muy temprano que la prensa se
acercara a la cabeza de la manifestación que el líder del partido islámico
radical Jamiat-ulema-Islam había convocado en Queta para repudiar la política
“pro yanqui” del presidente Musharraf. “Medidas de seguridad, imposible salir
del recinto”, repetían los policías encargados de “proteger” a la prensa. En
medio de esa discusión empezaron a pasar los primeros manifestantes, luego vino
una segunda tanda, armada con palos que, en cuanto vio a un puñado de
occidentales parados en la vereda, se les vino encima gritando “cómplices del
demonio, cómplices del demonio”. Hubo una estampida rápida y unos cuantos
palazos contra la vidriera del hotel Islamabad.
La tormenta pasó rápido y un
flujo continuo de camiones, colectivos y bicicletas avanzó durante más de 20
minutos a lo largo de la avenida. “Norteamérica es una asesina, Pakistán,
Pakistán”, gritaba la multitud agitando los puños a la altura de los hombros.
Los colectivos estaban tan repletos que había gente hasta en el techo. Lo más
extraño era ver a tantos niños subidos arriba de los camiones que miraban
despistados cómo muchos corrían por las calles con las Kalachnikov al hombro
gritando “Que vengan, que vengan, Afganistán será la tumba de las tropas
norteamericanas”. A falta de tumba por el momento, la bandera norteamericana
sufrió los avatares del fuego y los palazos. El rito final de este tipo de
manifestaciones quiere que todo concluya con la bandera de Estados Unidos
devorada por las llamas. Pero el odio que los radicales le tienen a EE.UU. es
tal que los manifestantes no se contentaron con quemar la sacrosanta bandera.
Una vez que los colores norteamericanos fueron un montón de tiras chamuscadas
por el fuego, el sector “más juvenil” del islamismo extremo hizo una ronda en
torno a los jirones y arremetió a palazos limpios contra los restos de la
bandera: “Asesinos, asesinos, muerte al asesino”, gritaban turnándose en torno
de las cenizas.
El partido radical islamista consiguió lo que buscaba: hacer
una demostración de fuerza a 60 kilómetros de la frontera con Afganistán y en
una ciudad donde las ideas radicales no dejan indiferente a la mayoría. Al día
siguiente de que el presidente paquistaní declarara que Pakistán iba a “cambiar
de política con respecto al régimen talibán”, los islamistas duros le recordaron
que disponían de una fuerza de convocatoria política y religiosa que debía
tomarse en cuenta. Jamiat-ulema-Islamia reunió algo más de 12.000 personas en un
acto sabiamente calculado y que, para varios analistas, sirve tanto los
intereses del gobierno como los de los islamistas. Mientras estos últimos
muestran su peso de fuerza testimonial, el gobierno del presidente Musharraf
puede mostrar la carta del desenlace violento que acarrearía una acción militar
indiscriminada contra Pakistán. Un periodista local comentaba a Página/12 que
“en esta historia de amor y de odio la pareja termina reconciliada. Con una
manifestación semejante Musharraf puede agitar legítimamente ante los
norteamericanos la ‘amenaza’ de los islamistas. Ellos, a su vez, miden sus
fuerzas ante el gobierno y con los ojos de la opinión pública mundial puestos en
ellos. Es un negocio redondo”.
EMBAJADOR A ISLAMABAD
El talibán
bueno
Por E.
F.
Desde Queta
El embajador
talibán en Pakistán, Abdul Salam Zaeef, maneja con precisión el arte de la
paradoja lingüística. Según quien sea su interlocutor, Zaef niega saber hablar
en inglés o reconoce que en ese idioma se siente cómodo. Ayer, durante la
conferencia de prensa que ofreció en la ciudad de Queta, eligió la comodidad.
Cercado por la amenaza cada vez más creciente de una acción militar cuyo alcance
se desconoce pero cuya inminencia se hace más cercana, el gobierno talibán
parece haberle encomendado al embajador la tarea de explicar una vez más su
posición.
Aunque explicar sea tal vez un término inadecuado para traducir las
idas y venidas del régimen. En Queta, Zaeef reiteró que su gobierno estaba
dispuesto “a entablar negociaciones con Washington. Nosotros no nos
comprometemos con la guerra sino con las negociaciones”, dijo antes de evocar la
suerte de Bin Laden. El representante diplomático recalcó que los talibán no
entregarían a Osama bin Laden mientras Estados Unidos no mostrara pruebas de su
culpabilidad y reclamó el acceso a las pruebas que EE.UU. suministró a la
Alianza Atlántica y a los demás países aliados acerca de la implicación de Bin
Laden en los atentados de Nueva York y Washington. Zaeef aseguró que si bien
pensaba que Bin Laden estaba siempre en Afganistán, desconocía no obstante su
paradero. Seguidamente, el embajador dejó entrever la posibilidad de entregar a
Bin Laden a un tercer país pero esa solución “pertenece al marco de las
negociaciones... Tal vez un tercer país... Por el momento no sabría decir”. Lo
más importante parece ser la cuestión de las pruebas, la cuales son, insinuó,
“la mejor manera de resolver los problemas”.
Según sostuvo en un inglés
siempre aproximativo, el pueblo afgano “necesita ayuda, alimentos y
reconstrucción. Afganistán no necesita guerras”. Con todo, el representante
diplomático recalcó que el régimen no se sentía amenazado y que los talibán no
“capitularán nunca”.
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El blanco verdadero del ataque Por Fred Hallyday * * Profesor de Relaciones Internacionales de la London School of
Economics. |