Monstruos de
EE.UU.
Por GIANNI MINA
*.
El golpe que
significaron los atentados resquebraja la idea misma de un mundo occidental al
resguardo de las violencias y de las desigualdades del resto del mundo. Y
descubre la fragilidad de Estados Unidos frente a fenómenos que, por motivos
estratégicos, frecuentemente ha tolerado y aun cultivado. Esta tragedia que hizo
llorar a su país y a todo el mundo civilizado, llega precisamente después de
meses en los cuales Bush Jr. se caracterizó por un obstinado rechazo a renunciar
al uso de las armas químicas, una oposición a prohibir las infames minas
antipersonales, a firmar el protocolo de Kyoto sobre el medio ambiente, y la
creación del tribunal penal internacional que juzgaría los crímenes contra la
humanidad –para el que pedía una cláusula por la que prohibía que ningún
funcionario norteamericano fuera juzgado por hechos antiguos o recientes–.
Incluso ante la desgarradora realidad cotidiana del conflicto entre Israel y
Palestina, el nuevo presidente norteamericano eligió una línea diplomática
ambigua, indigna el rol que Estados Unidos ha decidido desempeñar en el mundo.
Es posible que Estados Unidos haya pagado injustamente en carne propia la
inadecuación de George Bush Jr. y de su gobierno para interpretar un mundo que
doce años después del fin del comunismo no necesita más gendarmes, pero sí
comprensión, solidaridad, respeto. Y en este sentido es que el mundo se está
organizando. Ya no es posible pensar en un mundo donde la economía y el provecho
prevalezcan sobre cualquier ética, sobre cualquier derecho civil y humano.
Mientras se condena la aterradora violencia de quienes castigaron a Estados
Unidos, quizás el mundo que puede hacerlo podría empezar a reflexionar sobre la
injusticia social, una injusticia que afecta al ochenta por ciento de la
humanidad.
* Periodista italiano, autor de Historias de América
latina.