Randy Alonso.3— Sí, por ahí se vieron algunas imágenes de esos momentos, de cómo nuestro pueblo tuvo que enfrentar también esa agresión, sobre todo, la cifra esa enorme de cerdos, medio millón de cerdos que hubo que sacrificar. Yo creo que fue un golpe tremendo para el propio desarrollo.

Emerio Serrano.— La mayoría de ellos tuvieron que ser sacrificados y enterrados, como se vio en las imágenes, aunque de algunos se permitió el consumo, y creo que este fue un aporte de nuestro sistema, porque anteriormente ningún otro país que había enfrentado la enfermedad había hecho un aprovechamiento. Nosotros, aprovechando las organizaciones sociales y muy especialmente los Comités de Defensa de la Revolución, orientamos a algunos consumidores que podían hacer uso de sus cerdos, siempre que enterraran los huesos y el resto de los despojos, para que no diseminaran la enfermedad.

Ese evento del año 1971 nos dio una gran experiencia, pero en la gran ofensiva —podemos llamarle así— de la guerra biológica de finales de los setenta y principios de los ochenta nuevamente volvió a darse un nuevo zarpazo a nuestro país, en este caso ya en otro escenario, en la provincia de Guantánamo, pienso que con la aspiración de que la enfermedad pudiera penetrar en las montañas de Guantánamo, donde realmente hubiesen sido muy difíciles los trabajos de liquidación.

Ya con la experiencia que se había acumulado, la enfermedad fue combatida, también a un elevado costo, más de 300 000 animales fueron sacrificados en aquella oportunidad y las pérdidas directas —las pérdidas indirectas son prácticamente inconmensurables— sobrepasaron los 9 300 000 pesos, como impacto de aquello.

Eso, realmente fortaleció el servicio veterinario cubano, que pudo no solo adiestrarse para combatir estas y otras epizootias, sino contribuir a campañas de erradicación de esta enfermedad en República Dominicana, en Santo Domingo, incluso en la República de Malta, con la experiencia que habíamos obtenido en este campo.

Randy Alonso.— Sí, para mí es muy sugerente también que la segunda oportunidad haya sido en la provincia de Guantánamo. Todos sabemos allí que todavía permanece bastante cerca de la población la Base Naval de Estados Unidos, en ese territorio cubano.

La doctora Rosa Elena también fue parte importante de esta batalla contra esta enfermedad. La doctora es viróloga, especialista en la fiebre porcina africana, y tuvo un papel fundamental en el control y en la erradicación de esta enfermedad.

Yo quisiera que en estos momentos finales de la mesa, doctora, usted nos hablara también de su experiencia en ese combate a una enfermedad tan terrible, para una población de cerdos que en aquel momento prácticamente se empezaba a desarrollar en el país, y que tuvo que enfrentar esta terrible consecuencia de la enfermedad.

Rosa Elena Simeón.— Yo te diría en un plano más personal, como profesional, que el enfrentarse a una batalla de esa magnitud, a una epidemia, es prácticamente como enfrentarse a una guerra, como decía la doctora Berta Lidia. Es tremendamente difícil todos los días sentarse delante del microscopio y saber que con un diagnóstico que uno dé se van a derivar al matadero (o en este caso a las trincheras donde estábamos enterrando a los puercos) a miles de animales que —de no estar enfermos— pudieran ir a la mesa de nuestros pueblo. Ese trabajo no es fácil. Es difícil para el investigador que está acostumbrado a transformar lo que investiga en beneficio de la sociedad, cada vez que uno tenía que decir que el resultado era positivo y que tenían que ir los animales a la trinchera... no era nada fácil, Randy.

Sí te puedo señalar que nos demostró que los jóvenes podíamos enfrentar tareas difíciles, como planteara nuestro Comandante en Jefe. En ese momento —en 1971— yo era joven. Veo aquí en esta sala a muchos jóvenes y habrá muchos otros que nos estén viendo u oyendo. En esa época —como sería ahora también— un colectivo de jóvenes investigadores pudimos enfrentar una tarea muy grande.

Te diría, además, que se pudo llegar a definir, como señalaba Aramís: primero, que el virus al que nos estábamos enfrentando era absolutamente salvaje, de una agresividad extraordinaria. Cuando lo dejábamos evolucionar la mortalidad de los animales era del ciento por ciento; es decir que no dejaba a ningún animal con posibilidades de recuperarse. Si bien esto es cierto, lo que señalaba Aramís en su intervención, en la década del 50 en el continente europeo se liquidó la enfermedad en cuatro o cinco años. Sin embargo, al continente americano nunca se había acercado un virus de esa magnitud.

Pudimos llegar a identificar claramente que era totalmente introducido, porque este virus tuvo la característica de que se mantenía en los huesos de los animales durante 18 meses; por tanto, podíamos estar seguros, buscando los restos de los animales, cuál había sido el momento en que se había introducido, por dónde y cómo había ocurrido.

Todos estos estudios virológicos permitieron también hacer algunos análisis, como decía Aramís. Por eso se determinó en esa oportunidad que nuestra población tuviera la posibilidad de aprovechar algunas de las carnes. Se les daba a las personas un sobre de nailon en el que debían recoger los huesos del cerdo, porque era ahí donde se alojaba el virus. Por tanto, en 1980, las pérdidas fueron menos cuantiosas.

En 1980 tuvimos que enfrentar esa etapa del diagnóstico nosotros solos. En el año 1971 tuvimos la colaboración de virólogos de la antigua URSS; tuvimos también la ayuda de algunos especialistas españoles y canadienses que nos acompañaron en esa lucha; ya en la segunda ocasión teníamos en el país una capacidad técnica muy superior. ¿Qué ocurrió entonces? Ya no era un virus clásico que podía ser visto rápidamente en el microscopio cómo el leucocito se unía a los hematíes, que es lo que hace el virus de la fiebre porcina, hace un puente y eso es muy fácil de diagnosticar. Era un virus que ya no producía eso.

Randy Alonso.— ¿Eso es en 1980?

Rosa Elena Simeón.— En 1980.

Randy Alonso.— En la segunda ocasión.

Rosa Elena Simeón.— O sea, era ya un virus transformado. Ellos —los que lo manipularon— pensaron que como aquel primero fuimos capaces de detectarlo, había que transformarlo para confundirnos en el diagnóstico de la enfermedad. Incluso, llegamos a comprobar que, evidentemente, había sido un virus que se había pasado por aves.

El virus de la fiebre porcina tiene la característica de que es específico, es decir, nada más que se multiplicaba hasta ese momento en cerdos; o sea que había sido totalmente manipulado en el laboratorio para confundir. Los análisis de cómo se comportaba la epizootia nos indicaban que el objetivo estratégico era que se esparciera precisamente por las montañas para que se hiciera crónico en nuestro país. En ese momento de nuevo la Revolución y nuestro Comandante en Jefe impulsaban los programas de desarrollo, los grandes planes integrales porcinos, buscando la posibilidad de satisfacer la proteína animal, tan necesaria para la nutrición de nuestra población, y en ese momento el imperio daba otra vez su nuevo zarpazo.

Creo que como experiencia para todos nosotros y para muchos otros, que no están aquí y que también participaron en campañas como estas, debemos extraer la convicción de que es necesario estar siempre alertas, de no confiarnos y de sospechar cuando irrumpa alguna enfermedad en el país. Hay que conocer las entrañas de ese imperio que aspira a destruir esta Revolución, que cada día se hace más fuerte y que nosotros también la hacemos más fuerte cuando nos preparamos para combatir agresiones de todo tipo, ya sea en el campo de las ideas o en el laboratorio; cuando elevamos nuestra cultura en esa maravillosa batalla de ideas en la que está enfrascado todo nuestro pueblo, o en el plano militar con nuestra guerra de todo el pueblo, y en la guerra contra las agresiones más microscópicas, de elementos más pequeños, preparándonos igualmente los científicos en el laboratorio con las técnicas más modernas, con los conocimientos más avanzados, sobre todo, para darle al país una respuesta rápida que garantice la continuidad de la obra maravillosa de nuestra Revolución Cubana y de este socialismo, que es el único que permite que podamos enfrentar epidemias de esa magnitud.

Si analizamos la regularidad de cualquiera de las batallas de las que se ha hablado en las diferentes esferas, tanto en el dengue, en el Thrips palmi como en la fiebre porcina, concluimos que sin la participación de nuestro pueblo, de nuestras organizaciones, sin movilizar todas las capacidades de nuestra sociedad, es imposible enfrentar una epidemia, epizootia o epifitia. Esto es una epidemia que afecta a los seres humanos, a los animales o a las plantas, si no participa toda la población, toda la sociedad, y eso nada más que se puede hacer en el socialismo.

Aquí hablamos de que en España, pero España se demoró cinco años en salir de la peste porcina, por mencionar un caso; o la propia Francia, con todo su desarrollo, también se demoró unos cuantos años en salir de ella, y Cuba la pudo liquidar en 45 días, y la segunda, en 21 días. ¿Por qué? Por la capacidad que tiene nuestra sociedad socialista de que todos podamos enfrentar los problemas en una batalla común. Es lo que pudiera trasmitirte como observación final.

Randy Alonso.— Sí. Rosa Elena, y creo entender también de su intervención que no estamos hablando de algo que es historia, sino de algo que tiene mucha actualidad y que, evidentemente, también nuestros científicos están preparados para enfrentar este tipo de agresiones contra nuestro país en cualquier momento que se dé, y que mientras no haya otra agresión, y aunque la haya, creo que han demostrado con su capacidad, con su enfrentamiento, que hay la posibilidad de cooperar y ayudar a otros pueblos hermanos en el enfrentamiento de este tipo de agresiones que no son, específicamente, agresiones en el orden biológico, pero que sí, de manera natural, se han desarrollado en otros países y creo que la experiencia de las brigadas médicas en Centroamérica, en el control de los virus del dengue, demuestra cuánto puede hacer nuestra ciencia, no solo en el bien de los cubanos, sino en el bien de toda la humanidad.

Quiero agradecerles a ustedes, los panelistas que hemos tenido en la tarde de hoy, y también a los importantes científicos y especialistas cubanos que hemos tenido invitados en nuestro estudio.

Recordarles a nuestros estimados televidentes y radioyentes que mucho dolor provocó a las familias cubanas en los años ochenta la muerte de 158 de sus hijos por el virus del dengue. Angustia también provocó en nuestros campesinos la pérdida de cultivos y de animales que han desaparecido bajo la acción de las enfermedades introducidas deliberadamente de Estados Unidos hacia nuestro país.

La amplia, sistemática y genocida guerra biológica llevada a cabo por los gobiernos norteamericanos contra Cuba son parte de una guerra mayor, destinada a hacer flaquear a nuestro pueblo y destruir a nuestra Revolución; pero ni esos ni otros muchos obstáculos en nuestro camino nos han hecho detener la marcha. Nuestras mejores armas han sido siempre la denuncia y el combate.

Muy buenas noches.

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