Un Aporte para la Construcción de una Sociedad Sustentable
Terrorismo de Estado
Juan
Jose Valle
y la Revolución Fusilada
No
nos mueve el interés de ningún partido. Por ello, sin odio ni rencores, sin
deseos de venganza ni discriminaciones entre hermanos, llamamos a la lucha a
todos los argentinos que con limpieza de conducta y pureza de intenciones, por
encima de diferencias circunstanciales de grupos o de partidos, quieren y
defienden lo que no puede dejar de querer y defender un argentino: la felicidad
del Pueblo y la grandeza de la Patria, en una nación socialmente justa, económicamente
libre y políticamente soberana. ¡VIVA LA PATRIA!". La proclama
revolucionaria estaba terminada. Una profunda satisfacción iluminó la mirada
de los tres hombres. Discretamente, Elbia les sirvió café y se retiró. Aquel
departamento, 7° piso, de la Avenida Rivadavia al 2300, habituado al silencio,
a la media luz, con cientos de libros como testigos, era casi el ámbito natural
para aquellos tres hombres que estaban ejerciendo el deber patriótico de
resistirse a la tiranía.
Los
tres convocados eran dos generales y un escritor. Juan José Valle, Raúl Tanco
y don Leopoldo Marechal.
La
tensión podía palparse en la penumbra. La fecha fijada fue el 9 de junio. La
proclama recién concluída sería el punto de partida.
A mediados de 1956, la Argentina estaba asfixiada de intolerancia y de represión
institucionalizada. Se habían desatado odios y violencia incontenibles. Eran
los tiempos de la autodenominada "revolución libertadora". Tiempos de
Aramburu y Rojas. Lonardi había quedado atrás casi como una trágica anécdota.
Más atrás aún el gobierno legítimo y legal del General Perón, reelecto en
el 52 por más del 60% de los electores pero derrocado para "reestablecer
el imperio del derecho ". Eufemismo "libertador" que significó
la restauración de la Argentina oligárquica, decadente y dependiente de la
"Década Infame". Había vuelto la Argentina de las minorías y el
privilegio para postergar a la voluntad transformadora de las mayorías
acaudilladas por Perón. Contra esa dictadura cívico-militar se alzaron los
conjurados de junio de 1956. Es decir, para terminar con un gobierno sedicioso
que había puesto en práctica un plan "destinado a retrotraer al país al
más crudo coloniaje, mediante la entrega al capitalismo internacional de los
resortes fundamentales de la economía".
La
respuesta de Aramburu y Rojas ante el levantamiento fue concluyente , decía un
segundo comunicado oficial: Artículo 2°: "Todo oficial de las fuerzas
armadas de seguridad en actividad y cumpliendo actos de servicio podrá ordenar
juicio sumarísimo con atribuciones para aplicar o no la pena de muerte por
fusilamiento a todo perturbador de la tranquilidad pública". Y seguía:
"Artículo 3°: A los fines de la interpretación del artículo 2° se
considerará perturbador a toda persona que: porte armas, desobedezca órdenes
policiales o demuestre actividades sospechosas de cualquier naturaleza". Al
fracasar la puesta en marcha de la revolución del 9 de junio, con "serena
energía" , como suele decirse, y con saña feroz. Como suele ocultarse, la
"libertadora" derramó sobre tierra argentina sangre de argentinos. En
Lanús, en los basurales de José León Suárez, en los cuarteles de Campo de
Mayo, en la Escuela Mecánica del Ejército, en La Plata y en los sombríos
patios de la ex Penitenciaría Nacional de Coronel Díaz y Las Heras, entre el
10 y 12 de junio de 1956, 27 hombres fueron víctimas del terrorismo de estado
"libertador". Fueron pasados por las armas 27 hombres, entre civiles y
militares, por integrar el Movimiento de Recuperación Nacional. Su delito:
haber tomado las armas "en defensa de la patria" decidisos a pacificar
la Nación por el camino de la verdadera libertad".
Los antecedentes históricos
Para comprender las causas de los fusilamientos de junio de 1956 hay que
rastrear nuestra historia desde mucho antes que los compatriotas del valle
pusieran en marcha su revolución...Y así encontraríamos en la infausta
jornada de Caseros, el punto de partida de la violencia ejercida desde el poder
contra la voluntad de liberación y de independencia de los sectores nacionales.
Fue por entonces cuando se puso en práctica ese auténtico "derecho de
bestias" que es el terrorismo de Estado. Terrorismo de Estado que las
dictaduras aplican como violencia selectiva. Terrorismo de estado que funciona
desde que el "ni vencedores ni vencidos" de caseros se transformó en
el asesinato del Coronel Martiniano Chilavert y en la ferocidad
"ejemplificadora" de la ejecución en masa de casi doscientos hombres
de la división Aquino que fueron colgados como singular adorno de los jardines
de Palermo para el horro de las desprevenidas damitas unitarias.
La
puesta en marcha y el fracaso
Cuando
los generales Juan José Valle y Raúl Tanco - dos de los 150 jefes y oficiales
de las FFAA que habían sido "depurados" por "nacionales"
después del 55- se colocaron a la cabeza de la rebelión de junio, estaban
transformando en hecho algo que silenciosamente latía en la conciencia del
pueblo. Pero tan pronto como el Movimiento de Recuperación Nacional se puso en
marcha fue infiltrado por los servicios de información de la dictadura
aramburista. Porque como tan grandes fueron los objetivos de los
revolucionarios, tan escasas fueron las medidas de seguridad que implementaron.
Así, cuando se fue acercando la hora de la asonada, se intensificó la
vigilancia de los movimientos de los revolucionarios por medio de los oficiales
de inteligencia infiltrados. Es decir que, al tanto de todo lo que sucedía, el
gobierno de ipso pudo haber detenido a Valle y a sus colaboradores civiles y
militares con anterioridad al 9 de junio. Pero no lo hizo. Porque ya estaba en
marcha un siniestro plan; un baño de sangre ejemplificador como aquel de la
División Aquino o el de la cabeza del "Chacho" exhibida en Olta para
terminar con la sorda y terca resistencia de la chusma peronista.
Muchos
indicios abonan la teoría de que la brutal represión estaba prevista. Prevista
hasta tal punto que Aramburu, el presidente de facto, estaba en Rosario al
inicio de los sucesos y había dejado firmado, sin fecha, el decreto fusilador.
No
hacemos cuestión de banderías porque luchamos por la Patria que es de todos.
No nos mueve el interés de ningún hombre ni de ningún partido. No nos mueve
el interés de ningún partido. Por ello, sin odio ni rencores, sin deseos de
venganza ni discriminaciones entre hermanos, llamamos a la lucha a todos los
argentinos que con limpieza de conducta y pureza de intenciones, por encima de
diferencias circunstanciales de grupos o de partidos, quieren y defienden lo que
no puede dejar de querer y defender un argentino: la felicidad del Pueblo y la
grandeza de la Patria, en una nación socialmente justa, económicamente libre y
políticamente soberana. ¡VIVA LA PATRIA!". La proclama revolucionaria
estaba terminada. Una profunda satisfacción iluminó la mirada de los tres
hombres. Discretamente, Elbia les sirvió café y se retiró. Aquel
departamento, 7° piso, de la Avenida Rivadavia al 2300, habituado al silencio,
a la media luz, con cientos de libros como testigos, era casi el ámbito natural
para aquellos tres hombres que estaban ejerciendo el deber patriótico de
resistirse a la tiranía. Los tres convocados eran dos generales y un escritor.
Juan José Valle, Raúl Tanco y don Leopoldo Marechal. La tensión podía
palparse en la penumbra. La fecha fijada fue el 9 de junio. La proclama recién
concluída sería el punto de partida.
A
mediados de 1956, la Argentina estaba asfixiada de intolerancia y de represión
institucionalizada. Se habían desatado odios y violencia incontenibles. Eran
los tiempos de la autodenominada "revolución libertadora". Tiempos de
Aramburu y Rojas. Lonardi había quedado atrás casi como una trágica anécdota.
Más atrás aún el gobierno legítimo y legal del General Perón, reelecto en
el 52 por más del 60% de los electores pero derrocado para "reestablecer
el imperio del derecho ". Eufemismo "libertador" que significó
la restauración de la Argentina oligárquica, decadente y dependiente de la
"Década Infame". Había vuelto la Argentina de las minorías y el
privilegio para postergar a la voluntad transformadora de las mayorías
acaudilladas por Perón. Contra esa dictadura cívico-militar se alzaron los
conjurados de junio de 1956. Es decir, para terminar con un gobierno sedicioso
que había puesto en práctica un plan "destinado a retrotraer al país al
más crudo coloniaje, mediante la entrega al capitalismo internacional de los
resortes fundamentales de la economía".
La
respuesta de Aramburu y Rojas ante el levantamiento fue concluyente , decía un
segundo comunicado oficial: Artículo 2°: "Todo oficial de las fuerzas
armadas de seguridad en actividad y cumpliendo actos de servicio podrá ordenar
juicio sumarísimo con atribuciones para aplicar o no la pena de muerte por
fusilamiento a todo perturbador de la tranquilidad pública". Y seguía:
"Artículo 3°: A los fines de la interpretación del artículo 2° se
considerará perturbador a toda persona que: porte armas, desobedezca órdenes
policiales o demuestre actividades sospechosas de cualquier naturaleza". Al
fracasar la puesta en marcha de la revolución del 9 de junio, con "serena
energía" , como suele decirse, y con saña feroz. Como suele ocultarse, la
"libertadora" derramó sobre tierra argentina sangre de argentinos.
En
Lanús, en los basurales de José León Suárez, en los cuarteles de Campo de
Mayo, en la Escuela Mecánica del Ejército, en La Plata y en los sombríos
patios de la ex Penitenciaría Nacional de Coronel Díaz y Las Heras, entre el
10 y 12 de junio de 1956, 27 hombres fueron víctimas del terrorismo de estado
"libertador". Fueron pasados por las armas 27 hombres, entre civiles y
militares, por integrar el Movimiento de Recuperación Nacional. Su delito:
haber tomado las armas "en ----defensa de la patria" decididos a
pacificar la Nación por el camino de la verdadera libertad".