Acciones
de masas y revolución
El desarrollo político y social de los
últimos años ha llevado cada vez más a un primer plano el problema de las
acciones de masas. A partir de las
enseñanzas de la revolución rusa, aquellas fueron reconocidas teóricamente por
el partido en 1905 como método en la lucha de clases; durante la campaña por el
derecho al voto en Prusia en 1908 y 1910, irrumpen por primera vez en forma
imponente y desde entonces, salvo temporales recesos por las necesidades de la
campaña electoral, son objeto de intensos debates y polémicas. Este desarrollo no es casual. Por un lado es
la consecuencia de la fuerza creciente del proletariado y por otro el resultado
necesario de las nuevas formas del capitalismo que nosotros denominamos imperialismo.
Las causas del imperialismo y de las fuerzas
que lo impulsan no necesitan preocuparnos en este lugar; simplemente
describimos su presencia y sus efectos: la política de dominación del mundo, la
carrera armamentista -en especial la construcción de flotas de guerra-, las
conquistas coloniales, la creciente presión de los impuestos, el peligro de
guerra, el creciente espíritu de violencia y la prepotencia de clase de la
burguesía, la reacción interna, el freno a las reformas sociales, la organización
de los empresarios, las trabas a la lucha sindical, la carestía. Todo esto
lleva a la clase trabajadora a nuevas posiciones de combate. Antes se podía entregar, de vez en cuando,
al menos, a la ilusión de progresar lenta pero constantemente en lo sindical a
través del mejoramiento de las condiciones de trabajo v en lo político por
medio de reformas sociales y la ampliación ¿e sus derechos políticos. Ahora debe poner en tensión todas sus
fuerzas para no ser despojada de los niveles de vida y los derechos ya
conquistados. Su ofensiva se ha transformado ante todo en defensiva. De tal manera la lucha de clases se
torna más aguda y generalizada; en lugar de la esperanza en lograr una
situación mejor, la fuerza impulsora de la lucha es, cada vez más, la amarga
necesidad de defenderse ante el deterioro de sus condiciones de vida. El imperialismo amenaza a las masas
populares con nuevos peligros y catástrofes -tanto a la pequeña burguesía como
a los trabajadores- y los empuja a la resistencia; los impuestos, la carestía,
el peligro de guerra, vuelven imprescindible una defensa encarnizada. Pero estas calamidades sólo en parte tienen
su origen en resoluciones parlamentarias y por tanto sólo parcialmente pueden
ser combatidas en el parlamento. Las
masas mismas deben hacer acto de presencia, hacerse valer en forma directa y
ejercer presión sobre la clase dominante.
Y a ese deber se agrega el poder resultante de la fuerza creciente del
proletariado; entre la impotencia del parlamento y de nuestra fracción en él para
combatir estos peligros, surge una contradicción cada vez más profunda con la
creciente conciencia de poder de la clase trabajadora. De ahí que sean las acciones de masas una
consecuencia natural del desarrollo imperialista del capitalismo moderno y se
transformen cada vez más en formas necesarias de lucha contra el mismo.
El imperialismo y las acciones de masas son
hechos nuevos que sólo paulatinamente han de ser elaborados teóricamente y
comprendidos en su significación y su esencia.
Esto se hará posible sólo a través de la polémica partidaria que en los
últimos años se ha estado ocupando intensamente de ellos. Estos hechos traen un cambio en el pensar y
el sentir, una nueva oríentación de los
espíritus, que va más allá de la contraposición -surgida ante todo de la
táctica de lucha parlamentaria- entre radicalismo y revisionismo. Estas polémicas separan momentáneamente o
para siempre a aquellos que hasta ahora han estado unidos en la lucha y no eran
conscientes de que existiera alguna divergencia. Estas polémicas aparecen entonces como lamentables y penosos
malentendidos, por lo que las discusiones asumen una especial dureza. Tanto más necesario resulta, para aclarar las
diferencias, referirse a los fundamentos de las tácticas de lucha del proletariado. Posteriormente polemizaremos con dos
artículos de Kautsky del año anterior.
1. El
poder de la burguesía y el poder del proletariado
El poder estatal es el órgano de la sociedad
que ejerce potestad sobre el derecho y la ley.
El poder político, el control del poder estatal, debe ser en
consecuencia el objetivo de toda clase revolucionaria. La conquista del poder político es la
condición previa para el socialismo. La
burguesía posee actualmente el poder del estado y lo utiliza para dar forma y estabilidad
al derecho y la ley al servicio de sus intereses capitalistas. Ella, sin embargo, se va transformando en
una minoría que además, y en grado creciente, pierde su significación e
importancia en relación al proceso de producción. La clase trabajadora, en cuvas manos reside la mas importante
función económica, conforma una mayoría siempre creciente dentro de la
población; en esto descansa la certeza de que ha de ser capaz de conquistar el
poder político. Pero se trata de
observar más de cerca las condiciones y métodos de su revolución política. ¿Por
qué la clase trabajadora a pesar de superar a la burguesía en cantidad e
importancia económica, no ha podido aún conquistar el poder? ¿Cómo es posible
que casi siempre en la historia de la civilización, una minoría explotadora
haya podido dominar a la gran masa del pueblo explotado? Esto es así porque influyen muchos otros
factores de poder.
El primero de estos factores de poder es la superioridad espiritual de la minoría
dominante. Como clase que vive de la
plusvalía y que tiene el control de la producción en sus manos, ella dispone de
la formación espiritual, de todas las ciencias; con una perspicacia que abarca
a toda la sociedad ella sabe -aunque, se encuentre gravemente amenazada por las
masas en rebelión cómo encontrar nuevas formas de salvarse. A veces, mediante su autoconciencia y una
gran perseverancia y otras, mediante la traición, consiguen embaucar a las
masas ingenuas. La historia de cada
rebelión de esclavos en la antigüedad, de cada guerra campesina en el medioevo,
nos ofrece ejemplos de esto. El poder
del espíritu es la más poderosa fuerza de este mundo. En la sociedad burguesa, donde una cierta formacion espiritual es
patrimonio común de todas las clases, en lugar del monopolio de la educación
por la clase dominante, se da el dominio espiritual sobre la masa del pueblo. A
través de la escuela, la iglesia, la prensa burguesa, amplias capas del
proletariado son envenenadas con concepciones burguesas. La dependencia
espiritual de la burguesía es una de las causas principales de la debilidad del
proletariado.
El
segundo factor de poder de la clase dominante y el más importante reside en su
rigurosa y firme organización. Un pequeño número bien organizado es siempre más
fuerte que una masa numerosa y desorganizada.
Esa organización de la clase
dominante es el poder del estado. Ella
aparece como la totalidad de los empleados estatales que, distribuídos por
todas partes como autoridad entre la masa del pueblo, son dirigidos desde la
sede central del gobiemo en un sentido determinado. La voluntad unitaria que emana de la cúpula, conforma la fuerza
interior y la esencia de esta organización.
De allí se deriva una poderosa supremacía moral que se manifiesta en la
autoconciencia de sus actos frente a la masa desarticulada, en la que cada
individuo quiere algo distinto. Ella
configura al mismo tiempo un gigantesco pulpo que con sus finos tentáculos
manejados desde el cerebro central, penetra en cada rincón del país; es un
organismo compacto ante el cual los demás individuos, sean ellos tan numerosos
como se quiera, son sólo débiles partículas.
Todo individuo con obediencia que no se adapte es automátícamente
aferrado y aplastado por este artístico mecanismo; y la conciencia de esta situación mantiene a la masa a respetuosa
distancia.
Si
surge entonces un gesto de rebelión entre las masas y des aparece el respeto
por las altas autoridades, si se unifican las partículas en la creencia de que
van a terminar fácilmente con un par de molestos empleados estatales, ya tiene
el estado para tal eventualidad medios de represión más poderosos: la policía y
el ejército. También ellos son
minorías, pequeños grupos, pero provistos de armas mortíferas y fundidos -por medio
de una rigurosa disciplina militar- en cuerpos estables e inatacables que
accionan como máquinas automáticas en manos de quienes las comandan. Contra su poder, la masa está indefensa, aun
si ésta intenta armarse.
Una
clase que surge puede conquistar y retener el poder del estado en razón de su
importancia economica y su poderío; así lo hizo la burguesía como dirigente de
la producción capitalista y poseedora del dinero. Sin embargo, a medida que su función económica se hace superflua
y se degrada a la condición de clase parasitaria,
en igual proporción desaparece ese factor de su poder. Entonces pierde también su prestigio y su
superioridad espiritual, y, finalmente, sólo le queda, como base de su
dominación, el control del poder del estado con todos sus instrumentos
represivos. Si el proletariado quiere
conquistar el poder, debe derrotar al poder del estado, la fortaleza en la cual
la clase dominante se ha atrincherado.
La lucha del proletariado no es simplemente una lucha contra la
burguesía por el poder del estado como objetivo, sino una lucha contra el poder
estatal. El problema de la revolución
social, se puede sintetizar diciendo que se trata de hacer crecer el poder del
proletariado a tal punto que éste supere al poder del estado. Y el
contenido de esa revolución es la destrucción y liquidación de los instrumentos
de poder del estado usando los
instrumentos de poder del proletariado.
El
poder del proletariado consiste primero, en un factor independiente de nuestro
accionar al que ya antes se hizo alusión: su número y su significación
económica, ambos en constante crecimiento a causa del desarrollo económico y
que hacen de la clase trabajadora, en grado cada vez mayor, la clase social
determinante. junto a este factor se encuentran otros dos grandes factores de
poder cuyo crecimiento es la finalidad de todo el movimiento obrero: conocimiento y organización. El conocimiento es, en su forma primera
y más simple, conciencia de clase que, poco a poco, crece hacia la clara
comprensión de la esencia de la lucha política y de la lucha de clases en
general, y de la naturaleza del desarrollo capitalista. A través de su conciencia de clase, el
trabajador se libera de la dependencia espiritual de la burguesía; mediante el
conocimiento político y social se quiebra la supremacía espiritual de la clase
dominante.
La
organización es la fusión de los individuos, antes dispersos, en una
unidad. En la dispersión, la voluntad
de cada uno tiene una dirección independiente de la de todos los demás,
mientras que la organización significa unidad, la misma dirección para las
voluntades individuales. Mientras las
fuerzas de los átomos individuales estén dirigidas en todas direcciones, se
habrán de anular mutuamente y el efecto del conjunto será igual a cero; si
todas esas fuerzas, en cambio, son dirigidas en la misma dirección, la masa en
su conjunto presionará tras esa fuerza, tras esa voluntad conjunta. La argamasa que mantiene unidos a esos
individuos y los obliga a caminar juntos es la disciplina, ella hace que cada
uno determine su actuar, no por sus ideas, inclinaciones o intereses
particulares, sino por la voluntad y el interés de la totalidad. La costumbre de subordinar la actividad
individual a un todo en la organización de las grandes fábricas, crea en el proletariado
moderno las condiciones previas para tales organizaciones. La práctica de la lucha de clases las va
construyendo, las hace cada vez más amplias y su estabilidad interna y
disciplina se vuelven cada vez más firmes.
La organización es el arma más poderosa del proletariado. El enorme poder que posee la minoría
dominante por su firme organización, sólo podrá ser derrotado con la fuerza aún
mayor de la organización de la mayoría.
El constante crecimiento de esos factores: significación económica, conocimiento
y organización, hace crecer el poder del proletariado por encima del de la
clase dominante*. Recién entonces están dadas las condiciones previas para la
revolución social. Aqui se pone
finalmente en claro en qué sentido, la vieja idea de una rápida conquista del
poder político por una minoría fue una ilusión. Esa posibilidad no debe ser descartada apriorísticamente ya que
podría, mediante un poderoso empujón, provocar un formidable salto en el
desarrollo social. Pero la esencia de
la revolución es por cierto, algo muy distinto, la revolución es la conclusión
de un proceso de profunda transformación que cambia totalmente el carácter y la
esencia de las masas populares explotadas.
De un montón de individuos dispersos que eran antes, que obedecían sólo
a sus intereses particulares, se transforman en un sólido ejército de
combatientes lúcidos que se dejan guiar por intereses comunes. Antes impotentes, obedientes, una masa
inerte frente al poder consciente y organizado de la burguesía que la moviliza
para sus propios fines, se transforma en una humanidad organizada, capaz de
determinar la propia suerte con voluntad consciente y enfrentarse porfiadamente
a los viejos dominadores. De la
pasividad pasa a la acción, deviene un organismo con vida, con una unidad y una
articulación autogeneradas con conciencia y órganos propios. La destrucción del dominio del capital tiene
como condición fundamental que la masa del pueblo esté firmemente organizada y
plena de espíritu socialista; si esta condición ha sido llenada en medida
suficiente, el dominio del capital será entonces imposible. Ese surgir de las masas, su organización y
su toma de conciencia, conforman ya lo esencial, la médula del socialismo. El dominio del estado capitalista, que
intenta con su violencia estatal frenar el libre desarrollo del nuevo organismo
viviente, se transforma cada vez más en una envoltura muerta, como la cáscara
que rodea al pájaro dispuesto a nacer y como ésta, necesariamente será
destruido. Es probable que esta
destrucción, la conquista del poder, signifique un enorme esfuerzo de trabajo y
de lucha: pero lo esencial, lo decisivo, su condición previa y fundamento es el
crecimiento del organismo proletario, la formación del poder de la clase
trabajadora, necesario para el triunfo.
2. La conquista del poder
político
La ilusión de que la conquista del poder es
posible a través del parlamento se apoya básicamente en la idea de que el
parlamento elegido por el pueblo es el órgano legislativo principal. Si el parlamentarismo
y la democracia dominaran, si el parlamento controlara la totalidad del
poder del estado y la mayoría popular controlara al parlamento, seria la lucha
electoral el camino directo para la conquista del poder político -es decir la
conquista paulatina de las mayorías populares mediante la práctica parlamentaria,
el esclarecimiento de las conciencias y la puja electoral.
Pero tales condiciones faltan, no se
encuentran en ningún lado y menos en Alemania.
Tienen que ser creadas por las luchas constitucionales y sobre todo por
medio de la conquista del derecho al voto democrático. En su aspecto formal la conquista del poder
político tiene dos momentos: primero, la creación de las bases
constitucionales, la conquista para las masas de los derechos políticos fundamentales
y, segundo, la utilización correcta de esos derechos: ganar a las masas
populares para el socialismo. Donde la
democracia ya está dada, el segundo momento es el más importante; en cambio,
donde las grandes masas ya han sido ganadas para el socialismo pero faltan los
derechos, como es el caso aquí en Alemania, el peso de gravedad de la lucha por
el poder se centra no en la lucha por
medio de los derechos existentes, sino en la lucha por la conquista de los derechos políticos.
Naturalmente, estas relaciones no están
dadas aqui por casualidad; la falta de bases constitucionales para un poder
popular en un país con un movimiento obrero altamente desarrollado es la forma
necesaria para la dominación del capital.
Indica claramente que el poder efectivo se encuentra en manos de la
clase propietaria.
Mientras ese poder se encuentre
inquebrantado, la burguesía no nos va a ofrecer los medios formales para
desalojarla pacíficamente. Ella debe ser golpeada, su poder debe ser quebrado. La
constitución expresa la relación de poder entre las clases; pero tal poder debe
ser puesto a prueba en la lucha. Un
cambio en el trazado de los límites de los derechos constitucionales dentro de
los cuales se mueven las clases es sólo posible cuando los medios de poder de
las clases en lucha se confrontan y se miden.
Lo que desde el punto de vista formal se presenta como una lucha por los
más importantes derechos políticos es, en realidad un choque frontal de todo el
poder de ambas clases, una lucha con sus más poderosas armas, en la cual buscan
debilitarse y finalmente aniquilarse mutuamente. La lucha puede acarrear alternativamente victorias y derrotas,
concesiones v períodos de reacción. El
final llegará solamente cuando uno de los adversarios en lucha se encuentre
totalmente vencido, cuando sus instrumentos de poder estén destruídos y el
poder político se encuentre en manos del vencedor.
Hasta el momento ninguna de las clases ha
empleado en los combates sus armas más poderosas. La clase dominante no ha podido nunca, para su disgusto, emplear
su arma más poderosa en la lucha parlamentaria, el poder militar, y tiene que
observar impotente, sin poderlo evitar, cómo el proletariado acrecienta su
poder constantemente. En ello reside el
significado histórico del método de lucha parlamentario durante la época en la
cual, el proletariado, aún débil, se encontraba en la fase de su primer
crecimiento. Pero tampoco el
proletariado ha utilizado todavía sus más poderosos instrumentos de lucha. Sólo entraron en acción su número y su
comprensión'política, pero ni su importancia en el proceso productivo ni el
poder enorme de su organización -que fue utilizado sólo en la lucha sindical,
no en la lucha política contra el estado- tuvieron intervención en la
lucha. Hasta el momento, las luchas
ocurridas han sido sólo escaramuzas de grupos de avanzada, la fuerza principal
de ambas partes quedó en reserva. En
las próximas batallas por el poder usarán ambas clases sus armas más afiladas,
sus medios más poderosos: sin que estas
se midan en combate es imposible un desplazamiento decisivo de las relaciones de poder. La clase dominante intentará, con
sangrienta violencia, destrozar al movimiento obrero. El proletariado recurrirá a las acciones de masas, desde las
formas más simples de las asambleas hasta las manifestaciones callejeras v
Llegará así a la forma más poderosa: la huelga
general.
Esas acciones de masas suponen un fuerte
crecimiento en la fuerza del proletariado.
Son posibles a un alto nivel de desarrollo pues plantean exigencias a
las cualidades espirituales y morales, al saber y la disciplina de los
trabajadores, que sólo pueden ser el fruto de largas luchas políticas y
sindicales. Si se han de realizar
acciones de masas con éxito, los trabajadores deben disponer de tanta comprensión
política y social que ellos mismos sean capaces de poder reconocer y juzgar las
condiciones previas, los efectos, los peligros de tales luchas; la conveniencia
de iniciación o de su interrupción.
Cuando la clase dominante utiliza sin contemplaciones sus medios de
represión, prohibe las publicaciones y las reuniones, detiene a los líderes
combatientes, impide la comunicación regular entre los trabajadores, los
intimida con estados de sitio, los desanima con noticias falsas, entonces, la
continuación de la lucha y la posibilidad del éxito dependen exclusivamente de
la claridad de visión del proletariado, de su confianza en sí mismo, de su
solidaridad y entusiasmo por la gran causa común. El poder del estado burgués con su violencia autoritaria y la
fuerza de las virtudes revolucionarias de las masas rebeldes de trabajadores se
miden entonces mutuamente para comprobar cuál de los dos se revela el más
fuerte.
Nosotros debemos estar preparados a que el
estado no retroceda ante estas medidas de fuerza. Sea en la ofensiva o en la
defensiva, el proletariado quiere siempre cuando recurre a esas armas ejercer
presión sobre el estado, influirlo, ejercer sobre él una presión moral,
doblegarlo bajo su voluntad. La
posibilidad de que esto ocurra se basa en el hecho de que el poder del estado
depende en grado sumo del ininterrumpido funcionamiento de la vida
economica. Si el funcionamiento regular
del proceso de producción se altera a causa de huelgas masivas, imprevistamente
se le plantean al estado problemas extraordinarios a resolver. El estado debe restablecer "el
orden", pero, ¿cómo? Puede quizás
impedir que la masa haga manifestaciones, pero no la puede obligar a volver al
trabajo; puede cuanto más intentar desmoralizaría. Si las autoridades frente a las nuevas tareas pierden la cabeza,
presionadas por el miedo y la angustia de la clase poseedora que les exige
proceder enérgicamente o bien conceder si les falta esa voluntad unitaria, es
señal de que la fuerza interior del estado, su autoconfianza, su autoridad, la
fuente misma de su poder ha sido afectada.
La situación se empeora si se suman huelgas del transporte que
interrumpen las comunicaciones de las a utoridades locales con el poder central
y por tanto desarticulan los eslabones de toda la orfanización, despedazan los
tentáculos del pulpo que se contraen impotentes, como ocurrió durante las
huelgas de octubre en la revolución rusa.
A veces el gobiemo utilizará la violencia y
su eficacia dependerá entonces de la decisión del proletariado. Otras veces tratará de apaciguar a las masas
con concesiones y promesas, en tal caso, la lucha de las masas habrá llevado a
un triunfo total o parcial. Por
supuesto, la historia no termina allí.
Una vez conquistado un derecho importante puede iniciarse un período de
tranquilidad durante el cual la reciente conquista será utilizada hasta el
límite máximo de sus posibilidades.
Pero, tarde o temprano, la lucha tiene que estallar nuevamente, el
gobiemo no puede conceder tranquilamente derechos que otorguen a las masas
posiciones de poder decisivas y si lo hace intentará luego recuperarlos, de
otro modo las masas no se detendrán hasta tener en sus manos la llave del poder
estatal. La lucha, por lo tanto, se
desencadena siempre de nuevo y contrapuestas las fuerzas de una y otra
organización el poder estatal debe someterse reiteradamente a la acción
disociante de las acciones de masas. La
lucha se detiene recién cuando la organización del estado ha sido totalmente
destruida. La organización de 1a mayoría habrá demostrado entonces su
superioridad destruyendo la organización de la minoría dominante.
Este objetivo, sin embargo, podrá ser
alcanzado sólo si las luchas de las masas influyen profundamente y transforman
al proletariado mismo. En la misma
forma que las luchas políticas y sindicales libradas hasta el momento, aquellas
acrecientan la fuerza del proletariado en una forma mucho más amplia, poderosa
y profunda. Cuando aparecen acciones de
masas que estremecen profundamente la vida social en su conjunto, todos los
espíritus son sacudidos; el paso veloz de los acontecimientos es seguido con
atención y expectativa aún por aquellos que se contentan sólo con poner una
boleta electoral cada cinco años. Y los
que participan, obligados a concentrar todos sus sentidos con la máxima
intensidad en la situación política que determina su conducta, agudizan en
tales épocas de crisis política su visión política en pocos días más de lo que
pudieron avanzar en años. La práctica
de estas luchas a través de las experiencias de triunfo y derrota genera los
instrumentos necesarios para satisfacer sus propias exigencias. Con el desarrollo de las luchas crece la
madurez del proletariado que sale de ellas capacitado para los próximos y más
difíciles combates.
Esto es válido no sólo para la comprensión
política sino también para la organización.
Sin embargo hay quienes afirman lo contrario. Existe en muchos el temor de que en estas peligrosas luchas, el
más importante instrumento del proletariado, su organización, pueda ser
destruido. Sobre todo en este
razonamiento se basa el rechazo a la huelga general por parte de aquellos cuva
actividad se centra en la conducción de las grandes organizaciones
proletarias. Temen que en un choque
entre la organización proletaria y la organización del estado, la primera, por
ser la más débil, habrá de salir necesariamente perdedora. El estado tiene el poder de disolver las
organizaciones de los trabajadores que tuvieran la insolencia de iniciar la
lucha contra el mismo. Puede destituir
su actividad, intervenir sus fondos, encarcelar a sus dirigentes y no se
detendrá, seguramente, por consideraciones jurídicas o morales. Pero tales actos de violencia no lo ayudarán
demasiado. El estado puede destrozar
con ellos la forma externa de las organizaciones obreras, pero no puede afectar
la esencia misma de éstas. La
organización del proletariado, que nosotros calificamos como su más importante
instrumento de poder, no debe ser confundida con la forma de las organizaciones
y asociaciones actuales, que son la expresión de aquella dentro de los marcos
aún firmes, del orden burgués. La esencia de esa organización es algo
espiritual, la transformación del
carácter de los proletarios. Puede
ser que la clase dominante, aplicando sin escrúpulos la violencia de sus leyes
y su policía, consiga destruir aparentemente a la organización: no por eso los
trabajadores volverán de pronto a transformarse en los individuos atomizados de
antes, que sólo eran movidos por un estado de ánimo transitorio o por sus
intereses particulares. Permanecerán en
ellos, más vivos que nunca, el mismo espíritu, la misma disciplina, la misma
coherencia, la misma solidaridad, la misma costumbre de una acción organizada,
y ese espíritu ha de ser capaz de crearse nuevas formas de actividad. Puede que un acto de violencia semejante
golpee duramente pero la fuerza esencial del
proletariado sería afectada tan poco como las leyes antisocialistas afectaron
al socialismo, aunque impidieran las formas regulares de asociación y
agitación.
A la inversa, la organización se fortalece
al grado máximo a través de las luchas de masas. Cientos de miles de
trabajadores que se mantienen hoy día alejados de nosotros por indiferencia,
por temor o por falta de fe en nuestra causa, serán sacudidos y se incorporarán
a las luchas. Mientras que en el lento
transcurrir de la historia de las luchas cotidianas las diferencias ideológicas
juegan un papel importante y dividen a los trabajadores, en épocas
revolucionarias, cuando la lucha se agudiza al máximo y exige rápidas
decisiones, se abre camino irresistiblemente el sentimiento de clase; si no
ocurre de inmediato, tanto más seguro surgirá posteriormente. Y al mismo tiempo
crecerá la solidez interna de la organización y la disciplina puesta a prueba
por las exigencias de tan duras luchas adquirirá la firmeza del acero pues ella
debe fortificarse. En el transcurso de
estas luchas, la fuerza del proletariado, aún insuficiente, crecerá lo
necesario para ejercer su dominio en la sociedad. Sin embargo, ¿la clase dominante
no estará en condiciones, utilizando sus medios de combate más poderosos, la
violencia más sangrienta, de someter a los trabajadores en semejantes luchas de
masas a una segura derrota? Las
manifestaciones por el derecho del voto en la primavera de 1910, han demostrado
que la clase no retrocede ante la utilización de tal violencia. Por el contrario se ha visto que la espada
del policía es impotente contra una masa popular decidida. La violencia puede caer duramente sobre
alguna persona en particular, pero el objetivo de esa violencia, atemorizar a
la masa para hacerla desistir de su proyecto -realizar la manifestación- no es
alcanzado frente a la decisión, el entusiasmo, la disciplina de esa masa de
cientos de miles de personas. Muy
distinto es ciertamente, cuando se lanza a los militares contra la masa del
pueblo: bajo los disparos de destacamentos fuertemente armados, una masa
popular no puede realizar su demostración.
Sin embargo, ésto en nada ayuda a la clase dominante. El ejército está constituido por los hijos
del pueblo y, en medida creciente, por jóvenes proletarios que ya traen de sus
propios hogares algo de conciencia de clase.
Esto no significa que hayan de fracasar de inmediato corno arma en manos
de la burguesía -la férrea disciplina ha de desplazar automáticamente toda otra
consideración. Sin embarlo, lo que ya
para los antíguos ejércitos mercenarios era valido, -que no se dejaban utilizar
a la larga contra el pueblo-, es mucho más efectivo para los modernos ejércitos
de reclutas. La más férrea disciplina
no resiste durante mucho tiempo una utilización semejante. Nada deteriora con más seguridad la
disciplina como la pretensión, llevada un par de veces a la práctica, de
disparar contra el pueblo, contra sus propios hermanos de clase cuando éstos
sólo desean reunirse y desfilar pacíficamente.
Justamente para mantener incólume la disciplina del ejército en el caso
de una revolución, el gobierno de la oligarquía terrateniente de Alemania ha
evitado en lo posible utilizar a los militares en caso de huelgas. Esto es inteligente pero tampoco es una
solución. Los reaccionarios que siempre
están azuzando para una "solución militar" del problema obrero, no
imaginan que de tal manera no hacen otra cosa que acelerar su propia destrucción. Si el gobiemo se ve obligado a utilizar a
los militares contra acciones de masas del proletariado, esa arma pierde
progresivamente su fuerza de cohesión.
Es como una espada reluciente que impone respeto y puede producir
heridas pero tan pronto como es utilizada, comienza a hacerse inútil. Y si la clase dominante pierde ese arma,
pierde su último y más poderoso instrumento de fuerza y queda indefensa.
La revolución social es el proceso de
disolución paulatina de todos los medios de poder de la clase dominante,
especialmente del estado; el proceso de continuo crecimiento del poder del
proletariado hasta su máxima plenitud.
Al comienzo de tal período, el proletariado debe haber alcanzado un alto
grado de comprensión y conciencia de clase, poder espiritual y sólida
organización para estar capacitado en los difíciles combates que le esperan,
pero, con todo esto es aún insuficiente. El prestigio del estado y de la clase
dominante están quebrados ante las masas que los reconocen como sus enemigos,
pero el poder material se mantiene incólume.
Al fin del proceso revolucionario, nada queda de ese poder. El pueblo
trabajador en su totalidad está allí presente como masa altamente organizada
decidiendo su suerte con clara conciencia y capacitado para gobernar puede
pasar a continuación a tomar en sus manos la organizacion de la producción.
3. La acción de masas
En la Neue
Zeít del 13 al 27 de octubre, el camarada Kautsky investiga en una serie de
artículos "La acción de masa", las
formas, condiciones y efectos de las acciones de grandes masas populares. Si bien esos artículos han aparecido porque
en los últimos años se habla cada vez más en el partido de las acciones de
masas, es necesario acotar desde un comienzo que el planteamiento mismo de la
cuestión no corresponde al problema real que se da en la práctica. Kautsky subrava que, naturalmente, él no
entiende bajo el concepto de acción de masas el hecho de que las acciones de la
clase obrera organizada se hagan automáticamente más masivas a través del
crecimiento de sus organizaciones, sino la aparición de grandes masas populares
desorganizadas, a veces reuniéndose y luego separándose: "Aunque se
compruebe que las acciones políticas y económicas toman cada vez más el
carácter de acciones de masas, no está demostrado que ese modo especial de
acción de masa que se designa sumariamente como acción de calle, esté llamado a
jugar también un papel siempre más importante". Para Kautsky existen entonces dos formas de acción, que son en
extremo diferentes. Por un lado las
formas de lucha laboral hasta ahora conocidas en la cual un pequeño grupo del
pueblo, los trabajadores organizados, que significan cuanto más un décimo del
total de la masa desposeída, lleva adelante su lucha política y sindical. Por otro lado, la acción de la gran masa
desorganizada, la de la "calle", que por algún motivo se rebela e
interviene en el acontecer histórico.
Para Kautsky se trata del hecho de si la primera forma será también en
el futuro la única forma de movilización del proletariado, o también la segunda
forma, la acción de la masa, ha de jugar igualmente un papel de importancia.
Pero cuando en las discusiones partidarias
de los últimos años se enfatizó la necesidad, la inevitabilidad o lo adecuado
de las acciones de masas, nunca se trató de una tal contraposición, La
alternativa no es afirmar que nuestras luchas han de ser masivas o que la masa
desorganizada habrá de aparecer en la escena política, sino otra cosa: una determinada y nueva forma de la actividad de los trabajadores
organizados. El desarrollo del
capitalismo moderno ha impuesto al proletariado con conciencia de clase esas
nuevas formas de acción. Amenazado por
el imperialismo con los mayores peligros, luchando por más poder dentro del
estado, por más derechos, está obligado a hacer valer su voluntad contra las
poderosas fuerzas del capitalismo en la forma más enérgica -más enérgica que
los más encendidos discursos que puedan pronunciar en el parlamento sus
representantes-. El proletariado debe
reafirmarse a sí mismo, intervenir en la lucha política, tratando de influir al
gobierno y a la burguesía con la presión de sus masas. Si nosotros hablamos de acciones de masas y
su necesidad, nos referimos a la actividad política extraparlamentaria de la
clase trabajadora organizada por medio de lo cual ella misma actúa sobre la
política interviniendo en forma inmediata y no a través de representantes. Estas acciones no son lo mismo que la
"acción de calle"; si bien las manifestaciones callejeras también son
una de sus expresiones, su más poderosa forma es la huelga general realizada
sin nadie en la calle. Las luchas
sindicales, en las cuales las masas actúan desde un comienzo, no bien producen
un efecto político de importancia se transforman por sí mismas en acciones políticas de masa. En el aspecto práctico de las acciones de
masas se trata entonces de una ampliación del campo de actividad de las
organizaciones proletarias.
Estas acciones de masas se diferencian en lo
esencial de los movimientos populares de otras épocas históricas, que Kautsky
investiga como acciones de masas. Allí
se reunían las masas un instante galvanizadas por una misma fuerza social en
una sola voluntad; luego la masa se desintegraba nuevamente en individuos
aislados. En nuestro caso, en cambio,
se trata de masas que ya antes estaban organizadas, su acción ha sido pensada y
preparada con antelación y luego de concluída, la organización permanece. En las viejas acciones de masas, el objetivo
sólo podía ser el derrocamiento de un régimen odiado, más tarde se trataría de
la conquista momentánea del poder mediante un único acto revolucionario; pero
como luego de alcanzar el primer objetivo la masa se desarticulaba nuevamente,
el poder volvía a recaer en un pequeño grupo y cuando el pueblo intentaba
afianzar su dominio por medio del derecho a votar, no era posible evitar un
nuevo dominio de clase. En nuestro caso
se trata también, por cierto, de la conquista del poder, pero nosotros sabemos
que esto sólo es posible por medio de una masa popular socialista y altamente
organizada. Por eso el objetivo inmediato
de nuestras acciones es siempre una determinada reforma o concesión, el
retroceso del poder del enemigo, pero también un paso adelante en la
construcción del propio poder.
Antiguamente el poder popular no podía ser construido continuamente y
con seguridad; sólo podía surgir por un instante en erupciones violentas y
repentinas para desalojar un poder intolerable, pero luego se diluía y una
nueva dominación se extendía sobre la masa indefensa del pueblo.
Nuestro objetivo, la eliminación de todo
dominio de clase, es solamente posible a través de la construcción lenta e imperturbable de un poder popular
permanente hasta el punto que éste con su propia fuerza, aplastar simplemente
al poder estatal de la burguesía hasta disolverlo por completo. Antes, los levantamientos populares debían
conquistar sus objetivos por entero o fracasaban si su fuerza no alcanzaba para
ello.
Nuestras acciones de masa no pueden
fracasar; aún cuando el objetivo propuesto no fuera alcanzado, ellas no habrían
sido en vano y aún derrotas temporales contribuirian a la gestación de los
próximos triunfos. Las acciones de masas abarcaban sólo una pequeña parte de la
población total: el levantamiento Y aglutinamiento de una parte del pueblo de
la ciudad capital bastaba a menudo para derrocar un gobierno y de todos modos
no era posible reunir mayor cantidad. Hoy día nuestras acciones de masas
abarcan también en un primer momento a una minoría pero a medida que arrastran
a círculos cada vez más amplios de la población antes indiferente y la
incorporan a las filas de nuestro ejército, crece como producto del conjunto de
las acciones de masas la acción de las grandes masas populares explotadas que
hacen imposible la continuación de la dominación de clase.
Al poner de relieve en forma tan tajante la
contraposición entre lo que en la práctica del partido y lo que en Kautsky se
entiende como acción de masas, no queremos de ningún modo, hacer superflua su
investigación. Pues no está descartado
que aún en el futuro puedan estallar súbitos y poderosos levantamientos masivos
desorganizados de millones de personas contra un gobierno. Kautsky demuestra detalladamente y con toda
razón que el parlamentarismo y los movimientos sindicales, en lugar de hacer superfluas
las acciones de masas directas, crean justamente las condiciones fundamentales
para su realización. Carestía y guerra,
que en el pasado impulsaban tan a menudo a las masas a levantamientos
revolucionarios, aparecen hoy nuevamente como posibles a corto plazo. Por eso, es para nosotros tan importante
estudiar la naturaleza, las causas y los efectos de tales acciones de masas
espontáneas, en base al material de los hechos históricos.
Sin embargo, la forma en que Kautsky
realiza esa investigación debe producirnos serias dudas. Ya las deducciones nos
dejan entrever las fallas subvacentes en su razonamiento. ¿Cuál es en realidad
la deducción que se ofrece al lector del segundo artículo, en el cual es
investigada la entrada de las masas en la historia? La masa actúa a veces revolucionariamente, pero ella actúa
también en forma reaccionaria; destruye a veces progresivamente y otras
perjudicando; a veces se fracasa totalmente cuando se cuenta con su actuación.
Los efectos y formas de aparición de la
acción de masas pueden ser entonces de muy diversos tipos. Es difícil estimarlas con anticipación pues
las condiciones de las cuales dependen son de naturaleza altamente complicada.
0 actúan sorpresivamente superando toda expectativa o bien decepcionan.
Dicho en pocas palabras, nada se puede
decir sobre el tema, no se puede contar con nada preciso, todo es casual e
inseguro. Las consecuencias son:
ninguna consecuencia; el resultado es: ningún resultado; a pesar de las muchas
y valiosas observaciones particulares la investigación ha quedado sin
resultados. ¿Cuál es la causa de esto?
La causa no la podemos describir mejor que con las palabras que, hace
siete años, usamos en una crítica de la concepción histórica teleológica. (Neue Zeit, XXIII, 2, p. 423, "Marxismus und Teleologie" [Marxismo
y teleología]):
"Si se toma a la masa en forma de todo
general, al pueblo entero, se encuentra que con la anulación mutua de puntos de
vista y voluntades contrapuestas, no queda aparentemente nada más que una masa
sin voluntad, caprichosa, descontrolada, sin carácter, pasiva, que oscila entre
impulsos contradictorios, violentos arrebatos y pesada indiferencia, conocida
imagen que los escritores liberales utilizan con preferencia cuando se refieren
al pueblo. Realmente, a los
investigadores burgueses les debe parecer que entre la infinita variedad de
individuos, la abstracción del individuo es al mismo tiempo, abstracción de
todo aquello que hace de un hombre un ser volitivo y vivo, de tal manera que
sólo queda la masa como algo indefinido.
Pues entre la más pequeña unidad, el individuo, y lo más general, la
masa inerte dentro de la cual todas las diferencias están superadas, no conocen
ningún eslabón intermedio: ellos no conocen la clase. Por el contrario, la fuerza de la concepción socialista de la
historia es que introduce orden y sistema en la infinita variedad de las
personalidades por medio de la división de la sociedad en clases. En cada clase se encuentran juntos
individuos que tienen aproximadamente los mismos intereses, la misma voluntad,
las mismas opiniones, que están contrapuestos a los de otras clases. Si
diferenciamos específicamente en los movimientos de masas históricos a las
clases, surgirá de pronto, de aquella imagen confusa y horrorosa, una imagen
clara de la lucha entre las clases. Compárese sólo las exposiciones que hizo
Marx de las revoluciones de 1848, con las de los autores burgueses. La clase es lo genérico en la sociedad que
ha conservado al mismo tiempo sus contenidos particulares.
Cuando se pone de relieve lo particular para Ilegar
a lo general -humano por excelencia- no queda al final nada preciso. Una ciencia de la sociedad puede tener
contenido sólo si se ocupa de las clases en las que lo casual de los individuos
particulares es superado y, al mismo tiempo, ha quedado en su forma pura,
abstracta, lo esencial del ser humano, un determinado querer y sentir distinto
en cada una de las clases."
Entre
los discípulos de Marx ninguno ha demostrado más tajantemente el significado de
esa teoría marxista como instrumento para el investigador de la historia que,
justamente, Kautsky en sus escritos históricos. La brillante claridad que él aporta en todo momento deriva
esencialmente de que penetra en el interior de las clases, de su situación, de sus
intereses v concepciones y explica sus actos a partir de ello. Pero en este caso ha dejado de lado el
instrumento marxista y por eso no llena a resultado alguno. En su exposición histórica no se habla en
ningún lugar sobre el carácter de las masas.
En polémica con Le Bon y Kropotkin enfoca sólo el momento psicológico,
no-esencial; lo esencial, sin embargo, el momento económico del cual surgen
precisamente las diferencias en la forma y objetivos de los movimientos de
masas, queda sin ser considerado. La
acción del lumpenproletariado, que sólo puede saquear y destruir sin un
objetivo propio, la acción de los pequeñoburgueses que subieron a las
barricadas en París, la acción de los modernos asalariados que, a través de una
huelga general, obligan a reformas políticas, las acciones de los campesinos en
paises económicamente atrasados -como en 1808 en Espafía o en el Tirol- (1),
todos estos movimientos son diferentes y pueden ser comprendidos en la
particularidad de sus métodos y efectos considerando su situación de clase y
los sentimientos de clase que se dan en ellos.
Si los arrojamos a todos juntos sin distinción bajo la calificación de
"acción de masa", sólo puede resultar de ello un guiso que produce
precisamente lo contrario de la claridad.
La descripción de la guerra de guerrillas española como una acción de
masas reaccionaria que, a diferencia de los franceses, entregó el timón
nuevamente al "desecho reaccionario" de "curas, terratenientes y
cortesanos", puede que resulte muy simpático en los días de lucha contra
el bloque azul-negro (2), pero no corresponde a los métodos históricos que
emplea Kautsky en otros trabajos.
Cuando él alude al combate de junio como un ejemplo disuasivo para la
utilidad y edificación de la actual generación de una acción de masas provocada
por el gobierno y ahogada en sangre, le falta señalar el hecho esencial: que
estuvieron frente a frente dos masas, una proletaria y otra burguesa. Asi, todo acontecimiento histórico tiene que
caer bajo una luz distorsionante si se intenta subsumirlo bajo el concepto
general y vacío de acción de masa, sin considerar su carácter esencial y
específico.
Esta falla también está presente en el
tercer artículo de Kautsky, en el que se considera "la transformación
histórica de las acciones de masas".
Aquí, donde se tratan las condiciones y efectos de movimientos masivos
proletarios, nos ofrece Kautsky una cantidad de valiosas e importantes
descripciones: Pero, a pesar de ello, el fundamento general de sus exposiciones
nos obliga a criticarlo. Kautsky
visualíza que las acciones de masas contemporáneas habrán de tener otro
carácter que las antiguas; pero él busca la razón de las diferencias, ante todo
en la organización y en el esclarecimiento.
Pero por más poderosas que puedan ser imaginadas las acciona de masas
que pudieran surgir de esa situación, no podrán tener nunca más el carácter que
antes tenían. Los cuarenta años de
derechos políticos populares y organización proletaria no pueden haber
transcurrido sin dejar huellas. El
número de individuos conscientes y organizados en la masa se ha hecho demasiado
grande para que no se haga notar aún en explosiones espontáneas, aunque éstas
surjan en forma imprevista, aunque la agitación sea enorme, aunque en ellas
falte por completo una dirección planificada.
Aquí es dejada de lado la principal
diferencia entre las acciones de masas antiguas y las actuales y futuras: la composición de clase completamente distinta de las masas
modernas. También las masas
desorganizadas de hoy dia deben actuar en forma totalmente distinta a las de
antes, pues unas eran burguesas mientras las otras son proletarias. Los movimientos de masa históricos eran
acciones de masas burguesas; participaban en ellos artesanos, campesinos y
trabajadores de pequeños talleres, con sentimientos pequeñoburgueses. Como esas clases eran individualistas a
causa de la naturaleza de su economía, tenían que dispersarse de inmediato en
individuos aislados no bien la acción hubiera pasado. Hoy dia, las grandes masas capaces de acción están compuestas por
proletarios, por trabajadores al servicio del gran capital, que poseen un
carácter de clase fundamentalmente distinto y son, en su pensar, su sentir y su
ser, completamente distintos de la vieja pequeña burguesía.
No es que ante esta diferencia en el
carácter fundamental, la contraposición entre una masa organizada y una
desorganizada resulte sin significado, pues estudio y experiencia significan
mucho en miembros de la clase obrera con igual capacidad, pero pasa a segundo
plano. Ha sido señalado repetidamente
que no todos los sectores de la clase
obrera pueden ser organizados en la misma medida. Precisamente, los
trabajadores en las fábricas capitalistas mas desarrolladas y concentradas, en
los complejos de la industria pesada, en las empresas ferroviarias, en parte
también en las minas, ofrecen más dificultades para la organización sindical
que la gran industria menos concentrada.
La causa es evidente: el poder del capital -o del estado como
empresario- aparece ante los trabajadores como tan monstruosamente grande y
aplastante que cualquier resistencia, aún por medio de la organización, parece
no tener perspectiva. Esas masas son,
en su más profunda esencia tan proletarias como ninquna otra, el trabajo al
servicio del capital ha interiorizado en ellos una disciplina intuitiva. Las luchas han mostrado hasta ahora los
signos de erupciones espontáneas pero en ellos mostraron una extraordinaria
disciplina y solidaridad y una inconmovible firmeza en la lucha, de ello dan fe
y son hermosos ejemplos los levantamientos en América en los últimos años de
las masas que sirven a los trusts capitalistas. Por cierto, les faltó la experiencia, la comprensión, la
persistencia, que pueden ser adquiridas recién luego de una larga práctica de
lucha. Pero en ellas nada queda del
viejo individualismo de la pequeña burguesía desorganizada. Su situación de clase hace que comprendan
rápidamente las enseñanzas de la organización de la lucha de clases socialista
y aprendan a aplicarlas. Cuando se los
califica de no organizables o difíciles de organizar es sólo en relación a la
forma de organización social actual, no a la disciplina de lucha y espíritu de
organización, no a la capacidad de participar en las acciones de masas
proletarias. No bien el poder del capital,
a causa de algún acontecimiento pierde su carácter de aplastante e intocable,
se integrarán a la lucha y no está descartado que jugarán un papel mayor en las
acciones de masas, formarán batallones más valiosos aún que los de las masas
actualmente organizadas.
Así se ensamblará la acción de las masas
desorganizadas con la acción de las masas organizadas que analizábamos. Las acciones de masas, decididas por los
trabajadores organizados, arrastran consigo círculos cada vez más grandes del
proletariado y crecen asi para realizar acciones de la clase proletaria en su
conjunto.
La contraposición entre organizados y
no-organizados que aparece hoy tan grande, desaparece -no porque éstos últimos
se hagan admitir en los núcleos de las organizaciones existentes, pues no es
del todo seguro que ellas se mantendrán sin modificaciones en la forma que hoy
tienen-, sino en el sentido de que en estas formas de lucha todos han de poder
ejercitar por igual su disciplina, su solidaridad, su conciencia socialista y
su entrega a los intereses de la clase.
La tarea de la socialdemocracia -en la forma de las organizaciones
partidarias actuales o en cualquier otro organismo en el que tome cuerpo- es la
de ser la expresión espiritual de aquello que vive en la masa, conducir su
acción y darle forma unitaria.
La imagen que se obtiene de las
explicaciones de Kautsky es muy distinta.
Enlazando con el resultado de sus investigaciones históricas -que nada
preciso se puede decir de una acción de masa-, él ve también en las futuras
acciones de masas violentas erupciones que, completamente imprevisibles,
irrumpirán sobre nosotros como catástrofes naturales, por ejemplo, como un
terremoto. Hasta ese momento, el
movimiento obrero habrá de continuar simplemente con su práctica actual:
elecciones, huelgas, trabajo parlamentario, esclarecimiento. Todo continúa del viejo modo, ampliándose
paulatinamente, sin cambiar nada esencial en este mundo hasta que, de pronto,
despertado por una motivación externa crece un poderoso levantamiento de masas
y quizás echa por tierra al régimen dominante.
Exactamente de acuerdo con el viejo modelo de las revoluciones
burguesas, con la sola diferencia de que ahora la organización del partido está
lista para tomar el poder en sus manos, fijar los frutos del triunfo y, en
lugar de las castañas, sacar a las masas del fuego para, como nueva capa
dominante, consumirla preparando con ellas un banquete para todos. Es la misma teoría que hace dos años,
durante el debate sobre la huelga de masas, fue sostenida por Kautsky -la
teoría de la huelga de masas como un acto revolucionario único, hecho para
derrocar la dominación capitalista de un solo golpe- que aparece aqui en nueva
forma. Es la teoria de la espera inactiva; inactiva no en el sentido de
que no se continúe con las formas ordinarias del trabajo parlamentario y
sindical, sino en el sentido de que deja pasivamente que las grandes acciones
de masas se aproximen como fenómenos naturales, en lugar de realizarlas
activamente e impulsarlas cada vez en el momento justo.
Es la teoría que corresponde y que permite
comprender la práctica de la dirección del partido, a menudo criticada, de
mantenerse inactiva en los grandes momentos en los que era necesaria la acción
del proletariado, y que en los periodos de lucha electoral la impulsa a acabar
lo más pronto posible con las manifestaciones callejeras para que impere
nuevamente el orden. En contraposición
con nuestra concepción de la actividad
revolucionaria del proletariado, el cual, en un período de acciones de
masas en crecimiento, construye su poder desgastando cada vez más el poder del
estado de clases, tenemos esa teoría del radicalismo
pasivo que no espera ninguna transformación proveniente de la actividad
consciente del proletariado. Kautsky
coincide con el revisionismo en que nuestra actividad consciente se agota en la
lucha sindical y parlamentaria. Por eso
no es extraño que su práctica, demasiado a menudo -como hace poco en el acuerdo
sobre el balotage- se aproxime a la táctica revisionista. Se diferencia del revisionismo en que éste
espera la transición al socialismo por las mismas actividades impulsadas para
el logro de las reformas, mientras Kautsky no comparte esas expectativas, sino
que preve explosiones con carácter de catástrofes que irrumpen imprevistamente
como venidas de otro mundo sin intervención de nuestra voluntad y que
liquidarán al capitalismo. Es "la
vieja y probada táctica" en su reverso negativo erigida en sistema.
Es la teoría de la catástrofe, conocida por
nosotros hasta ahora sólo como un malentendido burgués, elevada a la categoría
de enseñanza del partido. Para
finalizar, dice Kautsky:
"Si vemos que en el período próximo la
situación política y social está grávida de catástrofes, ello surge de nuestra
concepción de esta situación particular y no de una teoria general. Pero, ¿surge de la peculiaridad de la
situación la necesidad de una táctica particular y nueva? Algunos de nuestros amigos así lo
afirman. Tienen la intención de revisar
nuestras tácticas. Al respecto podría
hablarse con mayor detenimiento si presentasen proposiciones concretas. Ello no ha ocurrido hasta la fecha. Ante todo habría que saber si lo que se
exige son nuevos fundamentos tácticos o nuevas medidas tácticas."
A esto es fácil responder que nosotros no
necesitamos hacer propuestas. La táctica
que nosotros consideramos como correcta ya es la táctica del partido. Ella se ha impuesto prácticamente en las
manifestaciones de masas sin que fuera necesario para ello propuestas
concretas. Teóricamente el partido las
ha aceptado en las Resoluciones de jena, donde se habla de la huelga de masas
como medio para la conquista de nuevos derechos políticos. Esto no quiere decir que nosotros estemos
contentos con la práctica de los últimos años, pero no se puede sugerir como
nueva táctica que la dirección del partido deba considerar como tarea suya
frenar en lo posible las acciones de masa del proletariado o prohibir las
discusiones sobre la táctica. Si
nosotros, a menudo, hablamos de una nueva táctica, lo hacemos no en el sentido
de proponer nuevos principios o medidas -que se actue cada vez como lo exija la
situación es para nosotros, por supuesto, condición previa- sino para aportar
una comprensión teórica clara sobre aquello
que realmente ocurre. La táctica
del proletariado se transforma, o mejor, se amplía en la medida en que incluye
nuevos y más poderosos medios de lucha.
Nuestra tarea como partido es despertar en las masas una clara
conciencia de este hecho, de sus causas y también de sus consecuencias. Nosotros debemos aclarar exhaustivamente que
la situación que deriva del aumento de las luchas de masas no es casual, de la
cual no se puede decir nada, sino que es una situación persistente y normal
para el último período del capitalismo.
Nosotros debemos señalar que las acciones de masa realizadas hasta el
momento son el comienzo de un período de la lucha de clases revolucionaria, en
el cual el proletariado, en lugar de esperar pasivamente que catástrofes
exteriores estremezcan al mundo, él mismo, en constante ataque y avanzando por
medio de su trabajo sacrificado, debe ir construyendo su poder y su libertad.
4. La lucha contra la
guerra.
Esta es
la "nueva táctica" que, con toda razón, podría ser llamada la
continuación natural de la vieja táctica en su lado positivo.
Describíamos más arriba la lucha
constitucional como una lucha en la cual las armas de ambas clases se median
para debilitarse mutuamente. Pero es claro que el objetivo, los derechos
políticos fundamentales, son sólo la forma externa, la ocasión, mientras que el
contenido esencial de la lucha consiste en que las clases van a la batalla con
sus armas para buscar el aniquilamiento de las del enemigo. Por eso la misma
lucha puede encenderse también por otros motivos; no es seguro que sólo por el
derecho del voto en Prusia o en el Reichstag surgirán estas grandes luchas por
el poder, aunque, por supuesto, la destrucción del poder de la burguesía por sí
misma traería consigo una constitución democrática. El desarrollo imperialista
crea siempre nuevos motivos para violentos levantamientos de las clases
explotadas contra el dominio del capital, en los cuales todo su poderío salta
hecho pedazos. El más importante de estos motivos es el peligro de la guerra.
A menudo se encuentra el concepto de que en
tal caso no se debe hablar simplemente de un peligro. La s guerras han sido
siempre fuerzas productoras de grandes transformaciones en el mundo, que han
preparado el camino a las revoluciones. Mientras las masas populares tolerarían
largo tiempo y pacientemente la dominación del capital, sin energía para
levantarse en su contra por considerar intocable a ese dominio, la guerra,
sobre todo cuando transcurre desfavorablemente, los incita a la acción,
debilita la autoridad del régimen dominante, desenmascara sus debilidades y se
desmorona fácilmente bajo el ataque de las masas. Esto es correcto sin lugar a
dudas, y ahí reside la razón por la cual la existencia de una clase trabajadora
con sentido revolucionario en los últimos decenios conforma la fuerza más
poderosa para el mantenimiento de la paz. La indiferencia y la no participación
de las masas, los dos pilares más sólidos para el dominio del capital,
desaparecen en las épocas de guerra; el apasionamiento creciente de un
proletariado en el cual están firmemente enraizadas las enseñanzas del socialismo,
no se ha de volcar en agitación nacionalista, como masas no esclarecidas, sino
en decisión revolucionaria que se ha de volver en la primera oportunidad contra
el gobierno. Eso lo sabe también el gran capital y por eso se ha de cuidar de
conjurar con ligereza una guerra europea que ha de significar simultáneamente
una revolución europea. De esto no se deduce en absoluto que nosotros debamos
desear en silencio que venga una guerra. Aún sin guerra el proletariado ha de
estar en condiciones, por el conocimiento constante de sus acciones, de arrojar
por la borda la dominación del capital.
Solamente quien desespera que el
proletariado sea capaz de acciones autónomas puede considerar que una guerra ha
de crear las condiciones previas necesarias para una revolución. El asunto es
justamente al revés. Nosotros no debemos contar con demasiada seguridad que la
conciencia del peligro revolucionario en los gobernantes ha de alejar de
nosotros la amenaza de una guerra. Las ansias imperialistas por el botín y las
peleas que de ello se derivan pueden conducirlos a una guerra que ellos no han
querido directamente. Y cuando el movimiento revolucionario en un país se ha
vuelto tan peligroso que amenaza muy de cerca el dominio capitalista, entonces
no tiene éste nada peor que temer de una guerra y tratará con facilidad de
apartar de sí aquel peligro desencadenándola. Pero para la clase obrera una
guerra significa el peor de los males. En nuestro mundo moderno capitalista una
guerra es una terrible catástrofe que en medida mucho mayor que en guerras
anteriores habrá de aniquilar el bienestar y la vida de masas innumerables. Es
la clase obrera la que ha de probar todos los sufrimientos de esta catástrofe y
de ahí se desprende que habrá de poner todos sus esfuerzos en impedir la
guerra. La pregunta que debe ocupar sus pensamientos no es ¿qué pasará después
de la guerra? Aquí reside una de las cuestiones tácticas más importantes para
la socialdemocracia internacional, que ha ocupado ya a varios congresos y donde
ha recibido algunas respuestas. Kautsky se ocupa del tema en su artículo del
mayo del año pasado: "Krieg un Frieden" [La guerra y la paz] (Neue Zeit, XXIX, 2, 1911, p.97).
Él se plantea allí la cuestión de si los
trabajadores, a través de una huelga general ("una huelga de toda la masa
de los trabajadores") podría impedir o asfixiar en germen a una guerra y
responde: bajo ciertas condiciones esto es ciertamente posible. Donde un
gobierno frívolo y estúpido prepara las condiciones para una guerra y donde no
amenaza ninguna invasión enemiga -como por ejemplo en la guerra española contra
Marruecos- (3), allí puede una huelga general contra el gobierno forzar la paz,
(lástima que el proletariado español fue demasiado débil para eso). Ahora bien,
resulta claro que ese caso corresponde solamente a relaciones capitalistas muy
subdesarrolladas, donde no es toda la masa de la burguesía la que está
interesada en la aventura de la guerra, sino un pequeño grupo, y donde por tanto hay un partido burgués
presto a tomar el lugar del gobierno derrocado y por otra parte el proletariado
es débil y no significa un peligro. Donde el proletariado es suficientemente
fuerte para realizar una huelga general de tal magnitud faltan por lo general
esas condiciones. Kautsky no considera sin embargo estas relaciones de clases,
sino que plantea otra contradicción:
"La
cosa es muy distinta donde una población con razón o sin razón se siente
amenazada por su vecino, cuando ella ve en él y no en su propio gobierno la
causa de la guerra y cuando el vecino no es tan inofensivo como, por ejemplo,
en Marruecos -quien no podría jamás hacer la guerra a España- sino que se trata
de alguien que realmente amenaza con penetrar en el territorio. Nada teme más
un pueblo que a una invasión extranjera. Los horrores de una guerra en la
actualidad son terribles para cada una de las partes en litigio, aún para el
vencedor. Pero para el más débil, a cuyos territorios es llevada la guerra, se
tornan el doble o el triple de penosos. El pensamiento que tortura hoy día a los
franceses e ingleses en la misma medida , es el temor de una invasión del
superpoderoso vecino alemán. Se ha llegado tan lejos que la población no ve la
causa de la guerra en el propio gobierno sino en la maldad del vecino. ¡Y que
gobierno no ha de intentar hacer creer a las masas de la población estos puntos
de vista con ayuda de la prensa, sus parlamentarios y sus diplomáticos! Bajo
tales condiciones se llega al estado de guerra, entonces se enciende en la
población entera, unánimemente, la ardiente necesidad de asegurar la frontera
ante el malvado enemigo, de protegerse contra su invasión. Todos, en un primer
momento, se transforman en patriotas, aun aquellos con sentimientos
internacionalistas, y si algunos aisladamente tienen la valentía sobrehumana de
oponerse a esto y querer impedir que los militares corran hasta la frontera y
sean aprovisionados abundantemente con material de guerra, en tal caso el
gobierno no necesitará mover un solo dedo para hacerlo inofensivo. La multitud
enfurecida lo despedazaría con sus propias manos."
Si nosotros no hubiéramos conocido, a través
de la observación de la acción de masa, una prueba muy distinta de la que
aporta ese tipo de apreciación histórica, apenas se podría creer que esas
frases provienen de la pluma de Karl Kautsky. La más poderosa realidad de la
vida social, el hecho fundamental de la conciencia socialista, la existencia de
clases con sus intereses y concepciones específicos y contrapuestos han
desaparecido completamente para él. Entre proletarios, capitalistas,
pequeñoburgueses no hay diferencias. Todos en conjunto se han transformado en
la "población entera" que "unánimemente" está unida contra
el maligno enemigo. Y no solamente la instintiva intuición de clase se ha
disuelto en la nada sino también las enseñanzas del socialismo, transmitidas
durante decenios. Los socialdemócratas -aquí sugeridos con la tímida expresión
"aquellos con sentimientos internacionalistas"- se han transformado
todos, salvo algunas excepciones, en patriotas. Todo lo que ellos sabían hasta
ahora sobre los intereses del capital como causa de las guerras, ha sido
olvidado. La prensa socialdemócrata, que aclara a más de un millón de lectores
sobre las fuerzas impulsoras de la guerra, parece haber desaparecido
completamente o haber perdido su influencia como por arte de magia. Los
trabajadores socialdemócratas que, en las grandes ciudades forman la mayoría de
la población, se han transformado en una "multitud" que asesina enfurecida a todo aquel que osa oponerse a
la guerra. Así como es superfluo demostrar que toda esa explicación nada tiene
que ver con la realidad, es de primordial importancia el investigar cómo es
posible que se dé, cuales son los fundamentos de los que surge esa explicación.
Esta tiene su origen en una concepción de la
guerra que refleja antiguas condiciones y efectos de la guerra, pero que no
concuerdan con las condiciones que se dan en la actualidad. Desde la última
gran guerra europea, la estructura de la sociedad ha cambiado completamente.
Durante la guerra franco-alemana, Alemania era, tanto como Francia, un país
agrario con sólo algunas áreas industriales distribuidas en sus territorios.
Pequeños campesinos y pequeña burguesía dominaban el carácter de la población.
Los efectos de la guerra, tal cual perviven en el recuerdo de las gentes,
vuelven a aparecer en cada descripción y son también determinantes en las
explicaciones de Kautsky: se trata de sus
efectos sobre la economía agraria y sobre la pequeña burguesía. Para estas
clases, el horror de la guerra consiste -fuera del peligro vital para los que
hacer servicio militar obligatorio-, ante todo, en la invasión enemiga que
pisotea sus tierras de cultivo, destruye viviendas, les impone los más pesados
impuestos y contribuciones y de esa manera destruye su bienestar logrado con
tanto sacrificio. Las regiones donde la guerra tiene lugar son arrasadas de la
peor manera; donde no llega la guerra se sufre menos. La vida económica
transcurre allí en sus cauces acostumbrados; las mujeres, los jóvenes y los
ancianos pueden, en caso de necesidad, hacer los trabajos de la tierra y sólo
la pérdida o la mutilación de los que ha ido a la guerra puede golpear
duramente a las familias aisladas.
Así fue en 1790. Hoy la cosa es muy distinta
para los grandes Estados, sobre todo Alemania. El capitalismo, altamente
desarrollado, ha hecho de la vida económica un organismo entrelazado y
altamente sofisticado en el cual cada parte depende estrechamente del todo.
Pasó la época en la que el pueblo y la ciudad eran casi autosuficientes.
Campesinos y pequeñoburgueses han sido atraídos al ámbito de la producción de
mercancías capitalista. Cada interrupción de ese sensible mecanismo de
producción arrastra consigo a toda la masa de la población. De este modo, los
efectos de la guerra, sus efectos para el proletariado y para todos los que son
dependientes del capitalismo, se han hecho de naturaleza muy distinta que los
tradicionales. Sus horrores no consisten más en algunas tierras devastadas y
pueblos quemados, sino en la detención de la vida económica entera. Una guerra
europea, sea una guerra territorial que llama a campos de batalla a varios
millones de jóvenes, o una guerra marítima que impide el comercio y con ello el
abastecimiento de materias primas y alimentos para la industria, significa una
crisis económica de enorme impacto, una catástrofe que llega hasta los más apartados rincones del país, que ciega
las fuentes de la vida de los más amplios sectores del pueblo. Nuestro
organismo altamente desarrollado se paraliza, mientras monstruosas cantidades
de hombres armados con las más modernas y perfectas armas de guerra se lanzan
como máquinas a destruirse unos a otros. En esta crisis son destinados valores
de capital frente a los cuales el valor de las casas quemadas y los sembradíos
pisoteados son bagatelas y superan quizás los costos de guerra directos. El
horror de una guerra semejante no está limitado y apenas concentrado en las
zonas donde tienen lugar las batallas, sino que se extiende por todo el país.
Aun cuando el enemigo se mantenga fuera, la catástrofe en el propio país no es
menos grande. Para un país capitalista moderno, la gran desgracia no consiste en la invasión de un enemigo
sino en la guerra misma, ella es la que empuja a la clase obrera, que es la
que más debe sufrir por la crisis, a realizar acciones en su contra. El
objetivo de esa acción, capaz de conmover a las masas al máximo, no es tener a distancia al enemigo, como en
los viejos tiempos agrarios, sino impedir
la guerra.
Ese objetivo ha sido siempre para la clase obrera
el decisivo. En los congresos internacionales la cuestión no era nunca si se
debía tratar de impedir la guerra o bien se debía correr a las fronteras como
buenos patriotas, sino cuál sería la mejor manera de impedir la guerra. En el
análisis de las acciones específicas para realizarlo domina demasiado a menudo
un concepto mecánico, como si se las pudiera decidir a priori, ponerlas a
funcionar y que todo transcurriera como sobre rieles. La socialdemocracia, en
lugar de aparecer aquí como expresión consciente del apasionamiento de las
masas proletarias acuciadas por los más profundos intereses de clases, aparece
como una "sexta potencia" que, cual una gigantesca sociedad secreta,
en el instante en que los cañones comiencen a disparar, aparece en escena y
trata de hacer fracasar las operaciones militares de las otras grandes
potencias por medio de sus maniobras inteligentemente ideadas. Esta concepción
mecánica está en la base de la idea, anteriormente sostenida por los
anarquistas y hace poco nuevamente levantada en Copenhague por los franceses e
ingleses (4), de que, por medio de una huelga de los trabajadores del
transporte y de las fábricas de municiones, se podría jugar a los gobiernos
belicistas una mala pasada. Con plena razón se opone Kautsky a esa idea y
subraya que sólo una acción de la clase obrera entera puede ejercer presión
sobre un gobierno.
Pero también en sus propias reflexiones se
transparenta esa concepción mecánica en la medida en que él trata de descubrir
bajo qué condiciones puede alcanzar sus objetivos una huelga general para
impedir la guerra. El proletariado, entonces, tiene que decidir: o bien la cosa
es favorable a nosotros, realizamos la huelga general y le arruinamos el plan
al gobierno, o bien la situación para una acción de ese tipo es desfavorable,
entonces no tenemos nada que hacer, haremos lo que los berlineses en 1848 que
arruinaron con astucia los planes violentistas de la reacción dejando entrar a
las tropas en la ciudad sin oponer resistencia y dejándose desarmar. Entonces
no pongamos ningún obstáculo al gobierno y dejémonos enviar voluntariamente a
las fronteras. Puede ser entonces que los hechos se desarrollen así en alguna
teoría o en la cabeza de los dirigentes que creen que su sabiduría está llamada
a preservar al proletariado de cometer tonterías. Pero, en la realidad de la
lucha de clases, donde se impone la voluntad apasionada de las masas, no se
presenta tal alternativa. En un país altamente capitalista, donde la masa
proletaria siente su fuerza como la gran fuerza popular, tiene que actuar cuando vea que la peor de las catástrofes está por
caer sobre su cabeza. Ella debe hacer el
intento de impedir la guerra por todos los medios. Si piensa que puede
evitar la decisión con astucias, tal actitud sería una entrega sin lucha y la
peor de las derrotas; y recién cuando sea derrotada y abatida en el intento
podrá reconocer su debilidad.
Por supuesto, no se trata de si esto es
recomendable o bueno. El objeto de estas reflexiones no es cómo los
trabajadores podrían actuar sino cómo
ellos deben actuar. Las decisiones o
resoluciones de presidentes, cuerpos burocráticos o aún de las mismas
organizaciones no son las decisivas sino los profundos efectos que los
acontecimientos tienen sobre las masas. Si nosotros hablamos arriba de deber no significa que en nuestra
opinión, no pueda ocurrir otra cosa, sino que ello ha de imponerse con la
fuerza de una necesidad natural. En tiempos ordinarios existe siempre en las
concepciones partidarias un tanto de tradición "que oprime como una
pesadilla el cerebro de los vivos" (5). Épocas de guerra son como épocas
de revoluciones, tiempos de la más grande tensión espiritual, se rompe la
incuria cotidiana y pierden su fuerza los pensamientos rutinarios ante los
intereses de clase que, con claridad de fuerza elemental, entran a la
conciencia de las masas violentamente sacudidas. Junto a estas nuevas
concepciones y objetivos surgidos espontáneamente de los enormes efectos de las
grandes transformaciones, palidecen los programas partidarios tradicionales y
los partidos y grupos salen del crisol de esos períodos críticos totalmente
transformados. Un ejemplo instructivo de esto lo ofrecen los efectos de la
guerra de 1866 sobre la burguesía europea. Ella reconoció allí que el bello
programa progresista no correspondía a sus más profundos intereses de clase.
Una parte de los electores abandonó a los parlamentarios liberales y una parte
de los parlamentarios abandonaron el programa y se declararon por el
nacionalismo y la reacción gubernamental.
Esto no quiere decir que las decisiones del
partido sean algo que no deba tenerse en cuenta. Ellas comprometen ciertamente
el futuro y expresan con qué grado de claridad el partido es capaz de preverlo.
Pero cuanto mejor pronostique el partido el inevitable proceso de desarrollo y
sus propias tareas en él, tanto más exitosas y compactas serán las acciones del
proletariado. La tarea del partido consiste en dar forma unitaria a la acción
de las masas proletarias haciendo clara conciencia en ellas de lo que motiva a
esas masas con pasión, reconociendo con justeza lo que ellas necesitan en cada
instante, colocándose a la vanguardia y dando así a la acción un poderoso
impulso. Si no llegara a estar a la altura de esta tarea, no llegaría, por
cierto, a impedir explosiones de las masas que lo sobrepasarán, pero a través
del conflicto entre disciplina de partido y energía de la lucha proletaria, a
causa de la falta de unidad entre conducción y masa, las grandes acciones se
habrían de hacer confusas, desordenadas, atomizadas y disminuirían
extraordinariamente su fuerza y efecto. Decisiones del partido, programas y
resoluciones no determinan el desarrollo histórico, sino que son determinados
por nuestra comprensión del inevitable desarrollo histórico. Esta verdad debe
ser planteada siempre a aquellos que creen que el partido puede hacer o impedir
un movimiento revolucionario; me refiero a los adversarios burgueses que
denuncian con gran escándalo a la socialdemocracia como si ésta tuviera los
planes para impedir una guerra, al mismo tiempo que una orden de movilización
lista y guardada en un cajón secreto. Pero aquí no debe pasarse por alto que el
partido, con sus decisiones, como es natural, conforma, al mismo tiempo, una
parte viviente, activa, del desarrollo histórico. Él no puede ser otra cosa que
el núcleo combativo de toda acción proletaria y por eso se gana, con razón,
todo el odio con el que los defensores del capitalismo persiguen a cada
movimiento revolucionario.
Desde
distintas procedencias -por sus propios portavoces como defensa contra ataques
nacionalistas, por camaradas extranjeros como reproche- ha sido puesto a menudo
de relieve como especialmente importante el hecho de que los trabajadores
alemanes han renunciado hasta ahora a decidirse en la aplicación de ciertas
medidas para evitar la guerra. Se puede citar en contra de esta afirmación a la
Resolución de Stuttgart (6), que deja abierta la aplicación de cualquier medida
que sirva al objetivo. Pero de todos sería incorrecto dar a esto demasiada
importancia, poner sobre ello demasiado peso. Más que de las decisiones del
partido, depende esto del espíritu que llena a las masas. Hasta el momento, sin
embargo, la posición retraida al respecto correspondió al prudente espíritu de
las masas que sentían instintivamente que ellas no estaban preparadas para una
lucha contra el poder entero del estado militar más fuerte. Pero con el
constante crecimiento del poder proletario tiene que darse en un momento dado
un cambio cuyos síntomas ya se han podido observar en repetidas ocasiones. Una
clase obrera que ha pasado por cuarenta años de un intensivo esclarecimiento
socialista, no se ha de dejar arrastrar a los campos de batalla con un
sentimiento de total impotencia. El proletariado alemán, que es el primero en
el mundo en cuando a su fuerza de organización, no puede estar ni tranquilo ni
inactivo frente a las maquinaciones del capital internacional, ni confiarse en
pretendidas tendencias pacifistas del mundo burgués. No podrá hacer otra cosa
que intervenir no bien surja el peligro de guerra y contraponer a los medios de
poder del gobierno su propio poder.
Qué formas habrán de adoptar esas acciones
depende esencialmente de la magnitud del peligro y de las acciones del enemigo,
de la clase dominante. Ellas se basan, en su forma más simple, en el hecho de
que el capital ha de contener sus deseos de lanzarse a una guerra por temor al
proletariado. Si el proletariado es impotente, indiferente, inmóvil, entonces
la burguesía estima que por ese lado el peligro no es muy grande y se animará
más fácilmente a una guerra. Las acciones de protesta del proletariado tienen,
por eso, en su primera forma, el carácter de un llamado de atención para que la
clase dominante se haga consciente del peligro y se sienta convocada a la
prudencia. Contra la propaganda de guerra de los círculos capitalistas
interesados se debe ejercer, mediante manifestaciones internacionales, una
presión intimidatoria contra los gobiernos. Sin embargo, cuanto más amenazante
se torne el peligro de guerra, con tanto más énfasis se debe sacudir al os más
amplios sectores populares, tanto más enérgicas y duras se deben organizar las
manifestaciones, sobre todo cuando se intente desde la parte adversaria
reprimirlas por la violencia. Pues se trata en ese caso de una cuestión vital
para el proletariado que habrá de recurrir finalmente al medio más fuerte, por
ejemplo, la huelga general. Así se desarrolla la lucha entre la voluntad de la
burguesía de hacer la guerra y la voluntad de paz del proletariado, formando
parte de una gran lucha de clases en la que es válido todo lo que se dijo antes
sobre las condiciones y efectos de las acciones de masas para conquistar el
derecho al voto. Las acciones contra la guerra harán conscientes a los más
amplios sectores, los movilizarán y los arrastrarán a la lucha, debilitarán el
poder del capital y aumentarán el poder del proletariado. Impedir la guerra
que, en la concepción mecánica aparecía como un plan inteligentemente
elucubrado con anterioridad, en el momento crucial, sólo podrá ser el resultado
final de una lucha de clases que crezca de una acción a otra hasta su más alto
nivel de intensidad para que de ella emerja el poder estatal sensiblemente
debilitado y el poder del proletariado acrecentado hasta su máxima expresión.
Kautsky plantea la contradicción: sólo
cuando nosotros dominamos desaparece el peligro de guerra. Mientras el
capitalismo ejerza su dominio, no será posible evitar una guerra. En esa
tajante contraposición de dos formaciones sociales que, sin transición y al
mismo tiempo, por un vuelco imprevisto, se transforman la una en la otra, no ve
Kautsky el proceso de la revolución,
en el cual el proletariado, por su intervención activa, construye
paulatinamente su poder y el dominio del capital se desmorona pedazo a pedazo.
Por eso, frente a su contraposición, el concepto intermedio de la "praxis transformadora": justamente
la lucha por la guerra, el intento
inevitable del proletariado de impedir la guerra, se transforma en un episodio
en el proceso de la revolución, en una parte esencial de la lucha proletaria
por la conquista del poder.
Massenaktion und Revolution, en Die Neue Zeit, año
XXX, vol. 2, 1912.
NOTAS
*
Dejamos de lado el mostrar cómo esos factores crecen sin interrupción por medio
de las luchas parlamentarias y sindicales y nos remitimos a nuestro trabajo:
"Die taktischen Differenzen in der Arbeiterbewe". [Las diferencias
tácticas en el movimiento obrero], donde hemos tratado el tema ampliamente.
(1) Se
trata de la insurrección de los campesinos tiroleses, encabezados por Andreas
Hofer, y de la guerra de liberación contra las tropas napoleónicas en 1809.
(2) Con
la designación de "bloque azul-negro" se hace referencia a la
coalición de fuerzas conservadoras que luchavan por imponer un régimen
clerical-camperisno basado en la proscripción de los socialdemócratas alemanes.
(3) Se
refiera a la guerra colonialista llevada a cabo por España contra los
marroquies, utilizando el pretexto de la construcción del ferrocarril
Melilla-Desulam, desde 1910 hasta 1914.
(4) Se
refiere al Congreso Socialista Internacional de Copenhague, reunido desde el 28
de agosto hasta el 3 de septiembre de 1910 y la solución propugnada por Keir
Hardie (delegado inglés) y Vaillant (delegado francés) para frenar una eventual
guerra mundial. La propuesta, que exortaba al proletariado a realizar una
huelga general en las industrias de armamento, las minas y los transportes,
tropezó con la oposición de los delegados alemanes y fue rechazada por una
fuerte mayoría.
(5) La
frase es de Marx, en El dieciocho
Brumario de Luis Bonaparte.
(6) El
Concrego Socialista Internacional de Stuttgart se celebró del 18 al 24 de
agosto de 1907. La Resolución que menciona Pannekoek versa sobre el problema de
la guerra y dice: "El Congreso declara: Ante una guerra inminente, es
deber de la clase obrera en los países involucrados, así como de sus
representantes en el parlamento con la ayuda del Buró Internacional, fuerza de
acción y de coordinación, hacer todos los esfuerzos para impedir la guerra con
todos los medios que les parezcan más apropiados y que varían naturalmente
según la situación de la lucha de clases y la situación política general.
No obstante, en el caso de que la guerra
estallara, tienen el deber de intervenir para hacerla cesar prontamente y
utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la
guerra para agitar las capas más profundas y precipitar la caída de la
dominación capitalista."