6. Marxismo: ayer, hoy y mañana.
Nota a esta edición
Como podrá comprobarse por la nota del
traductor al español, el título dado a este artículo era "Pasado, presente
y futuro del marxismo". No obstante, pensamos que este otro conserva la fuerza
práctica de la literalidad del título original (Marxism: yesterday, today and tomorrow). Pues no sólo se trata de
comprender la evolución de la interpretación y actualización de la corriente de
pensamiento revolucionario iniciada por Marx, sino de que esta comprensión sólo
tiene sentido para Paul Mattick para reivindicar de nuevo la vigencia de la
comprensión marxiana y su actualización. El futuro del marxismo es su
afirmación como praxis: ¡marxismo vivo!,
¡marxismo hoy y mañana!
Nota del traductor
Paul
Mattick nació en la Pomerania alemana (ahora polaca), en 1904, y murió en
Cambridge, Massachussetts, en 1981. Delegado de los aprendices en el consejo
obrero de la fábrica Siemens de Berlín, participó en la izquierda espartaquista
y en la fundación del Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD). En 1926
emigró a EEUU, donde fue activo en los Industrial Workers of the World y en el
movimiento de desempleados durante la gran depresión de los años treinta. Autor
de numerosos artículos y libros y editor entre 1934 y 1943 de Living Marxism, International Council Correspondence y New Essays, publicaciones de la izquierda consejista en las que
también escribieron Karl Korsch y Antonie Pannekoek, en los últimos años de su
vida tuvo su único trabajo académico, como profesor visitante de la universidad
danesa de Roskilde. (1)
Mattick publicó en alemán y en inglés y
muchas de sus obras fueron traducidas a otros idiomas. La dinámica del
capitalismo y los ciclos de auge económico y depresión, la relación entre organizaciones
obreras y movimiento espontáneo de los trabajadores y la historia del marxismo
revolucionario son los temas principales de la producción de Mattick. Varios
libros de Mattick se han publicado en castellano, en muchos casos retraducidos
de otros idiomas: Crisis y teoría de la
crisis (2), Crítica de los
neomarxistas (3) , Integración
capitalista y ruptura obrera (4) y Rebeldes
y renegados (5) . Algunas de estas versiones han perdido bastante de la
fluidez y claridad que al menos en inglés suelen tener los textos de Mattick.
De la que algunos consideran su obra principal, Marx and Keynes (6), existe una edición mexicana (7). Varios
artículos de autores consejistas están recopilados en el libro Crítica del bolchevismo (8), que incluye
un ensayo de Mattick sobre "Lenin y su leyenda".
"Pasado,
presente y futuro del marxismo" (Marxism:
yesterday, today, and tomorrow) es un texto póstumo de Mattick, publicado
en 1983 como epílogo del libro Marxism:
last refuge of the bourgeoisie? (9) , cuya edición final corrió a cargo de
Paul Mattick hijo. En "Pasado,
presente y futuro del marxismo" Mattick revisó a grandes trazos la
historia del movimiento obrero y a la vez la historia del capitalismo desde los
tiempos de Marx. El texto hace referencia a infinidad de hechos, ideas y
autores, muchas veces sin mencionarlos siquiera por su nombre. Probablemente lo
que intentaba el autor era definir un marco general en el que se hiciera
inteligible la historia de un movimiento que había intentado acabar con el
capitalismo y que un siglo después apenas si contaba con fuerzas para
interrogarse sobre su propia derrota. El texto, fechado en 1978, contiene
muchas referencias a los países del Este que han quedado desfasadas tras el
hundimiento del bloque soviético. Pero las líneas maestras de su argumentación
no están de ninguna manera en contradicción con lo ocurrido. Paul Mattick ya
negaba el carácter socialista de la Unión Soviética en los años treinta, cuando
aun el grueso del movimiento comunista no había comulgado ninguna de las ruedas
de molino, a cual más gruesa, que luego le serían servidas por los países del
llamado "socialismo real".
Quienes estén interesados en esa historia y
en los temas nucleares del marxismo la irracionalidad del sistema capitalista,
la relación del pensamiento con la realidad material de quienes piensan, la
revolución, sintonizarán rápidamente con el texto de Mattick, sin duda uno de
los autores más importantes del llamado "comunismo consejista".
J.A.T.G. 1993
Marxismo:
ayer, hoy y mañana
Según las ideas de Marx, los cambios en las condiciones sociales y
materiales modifican la consciencia de las personas. Esa idea también es
aplicable al marxismo y a su desarrollo histórico. El marxismo comenzó siendo
una teoría de la lucha de clases basada en las relaciones sociales específicas
de la producción capitalista. Pero su análisis de las contradicciones sociales
inherentes a la producción capitalista se refiere a la tendencia general del
desarrollo capitalista, mientras que la lucha de clases es un asunto de la vida
cotidiana y se ajusta por sí misma a las condiciones sociales. Estos ajustes
también tienen su reflejo en la ideología marxiana. La historia del capitalismo
es también la historia del marxismo.
El movimiento obrero fue anterior a la teoría de Marx y constituyó la
base real para el desarrollo de esta. El marxismo llegó a ser la teoría
dominante del movimiento socialista porque era capaz de revelar
convincentemente la estructura explotadora de la sociedad capitalista y a la
vez desvelar las limitaciones históricas de este modo de producción particular.
El secreto del vasto desarrollo capitalista la explotación cada vez mayor de la
fuerza de trabajo era también el secreto de las dificultades diversas que
apuntaban a su colapso final. Mediante métodos de análisis científico, Marx fue
capaz en El capital de ofrecer una
teoría que sintetizaba la lucha de clases y las contradicciones generales de la
producción capitalista.
La crítica de Marx a la economía política tenía que ser por fuerza tan
abstracta como la economía política misma. Solamente podía referirse a la
tendencia general del desarrollo capitalista, no a sus múltiples
manifestaciones concretas en un momento dado. Como la acumulación del capital
es a la vez la causa del desarrollo del sistema y la razón para su declive, la
producción capitalista procede como un proceso cíclico de expansión y
contracción. Ambas situaciones implican condiciones sociales diferentes y, por
tanto, reacciones diferentes del trabajo y del capital. Ciertamente, la
tendencia general del desarrollo capitalista supone dificultades cada vez
mayores para escapar de un periodo de contracción mediante una expansión
ulterior del capital, e implica así una tendencia al colapso del sistema. Pero
no se puede decir en qué momento concreto de su desarrollo el capital se
desintegrará por la imposibilidad objetiva de continuar su proceso de
acumulación.
[La
teoria de la lucha de clases como motor de la transformación revolucionaria de
la sociedad]
La producción capitalista, que implica la ausencia de cualquier tipo de
regulación social consciente de la producción, encuentra una cierta regulación
ciega en el mecanismo de oferta y demanda del mercado. Este último se adapta a
su vez a las necesidades expansivas del capital, determinadas por el grado
variable en que es explotable la fuerza de trabajo y por la alteración de la
estructura del capital debida a su acumulación. Las entidades concretas que
intervienen en este proceso no son empíricamente observables, de manera que resulta
imposible determinar si una crisis concreta de la producción capitalista será
más o menos larga, más o menos devastadora para las condiciones sociales o si
resultará la crisis final del sistema capitalista desencadenando su resolución
revolucionaria por la acción de una clase obrera resuelta.
En principio, cualquier crisis prolongada y profunda puede abrir paso a
una situación revolucionaria que podría intensificar la lucha de clases hasta
el derrocamiento del capitalismo, en el supuesto, claro está, de que las
condiciones objetivas trajeran consigo una disposición subjetiva a cambiar las
relaciones sociales de producción. En los inicios del movimiento marxista esta
posibilidad parecía real, a la vista de un movimiento socialista cada vez más
poderoso y una extensión progresiva de la lucha de clases en el sistema
capitalista. Se pensaba que el desarrollo de este sería paralelo al desarrollo
de la consciencia de clase proletaria, al ascenso de las organizaciones de la
clase obrera y al reconocimiento cada vez más generalizado de que había una
opción alternativa a la sociedad capitalista.
La teoría y la práctica de la lucha de clases se veía como un fenómeno
unitario, debido a la expansión intrínseca y a la autorrestricción paralela del
desarrollo capitalista. Se pensaba que la explotación cada vez mayor de los
trabajadores y la progresiva polarización de la sociedad en una pequeña minoría
de explotadores y una gran mayoría de explotados elevaría la consciencia de
clase de los trabajadores y también su inclinación revolucionaria a destruir el
sistema capitalista. Claro está que las condiciones sociales de entonces
tampoco permitían prever otra evolución, ya que el progreso del capitalismo
industrial iba acompañado de una miseria creciente de las clases trabajadoras y
una agudización visible de la lucha de clases. De todas formas, esta era la
única perspectiva en la que cabía pensar a partir de aquellas condiciones que,
por lo demás, tampoco revelaban otra posible evolución.
Aun interrumpido por periodos de crisis y depresión, el capitalismo ha
podido mantenerse hasta hoy basándose en una expansión continua del capital y
en su extensión geográfica mediante la aceleración del incremento de la
productividad del trabajo. El capitalismo demostró que no solo era posible
recuperar la rentabilidad temporalmente perdida, sino incrementarla
suficientemente para continuar el proceso de acumulación y mejorar
simultáneamente las condiciones de vida de la gran mayoría de la población
trabajadora. El éxito de la expansión del capital y la mejora de las
condiciones de los trabajadores llevaron a que se cuestionara cada vez más la
validez de la teoría abstracta del desarrollo capitalista elaborada por Marx.
De hecho, la realidad empírica parecía contradecir las expectativas de Marx
respecto al futuro del capitalismo. Incluso quienes defendían su teoría no
llevaban a cabo una práctica ideológicamente dirigida al derrocamiento del
capitalismo. El marxismo revolucionario se volvió una teoría evolucionista que
expresaba el deseo de superar el sistema capitalista por medio de la reforma
constante de sus instituciones políticas y económicas. De forma abierta o
encubierta, el revisionismo marxista llevó a cabo una especie de síntesis del
marxismo y la ideología burguesa como corolario teórico a la integración
práctica del movimiento obrero en la sociedad capitalista.
De todas formas, lo anterior puede no ser demasiado importante, porque
en todas las épocas el movimiento obrero organizado ha integrado solamente a la
fracción más minoritaria de la clase obrera. La gran masa de trabajadores se
adapta a la ideología burguesa dominante y —sujetos a las condiciones objetivas
del capitalismo— solo potencialmente constituye una clase revolucionaria. Puede
transformarse en clase revolucionaria en circunstancias que hagan desaparecer
los obstáculos que impiden su toma de consciencia, ofreciendo así a la fracción
con consciencia de clase una oportunidad para transformar lo potencial en real
mediante su ejemplo revolucionario. Esta función del sector obrero con
consciencia de clase se perdió con su integración en el sistema capitalista. El
marxismo se transformó en una doctrina cada vez más ambigua que servía a
propósitos distintos a los contemplados en sus orígenes.
[La
ideologización del marxismo por los reformistas]
Todo esto es historia, en concreto la historia de la II Internacional,
cuya orientación aparentemente marxista resultó tan solo la falsa ideología de
una práctica no revolucionaria. Esto no tiene nada que ver con una "traición"
al marxismo; por el contrario, fue el resultado del rápido ascenso y del poder
cada vez mayor del capitalismo, que indujo al movimiento obrero a adaptarse a
las condiciones cambiantes de la producción capitalista. Como un derrocamiento
del sistema parecía imposible, las modificaciones del capitalismo determinaron
los cambios del movimiento obrero. Como movimiento de reformas, este tomó parte
en la reforma del capitalismo, basada en el aumento de productividad del
trabajo y en la expansión competitiva imperialista de los capitales organizados
en un ámbito nacional. La lucha de clases se convirtió en colaboración de
clases.
Bajo estas nuevas condiciones, el marxismo, que ni era rechazado del
todo ni reinterpretado por completo hasta convertirlo en su misma negación,
adoptó una forma puramente ideológica que no afectaba a la práctica
procapitalista del movimiento obrero. Como tal ideología, podía coexistir con
otras en la búsqueda de lealtades. Ya no representaba la consciencia de un
movimiento obrero destinado a derrocar la sociedad existente, sino una visión
del mundo supuestamente basada en la ciencia social de la economía política.
Así se convirtió en objeto de preocupación de los elementos más críticos de la
clase media, aliados de la clase obrera, aunque no pertenecientes a la misma.
Esto solo era la forma concreta que adoptaba la división ya consumada entre la
teoría de Marx y la práctica real del movimiento obrero.
Es verdad que las ideas socialistas fueron propuestas por primera vez y
principalmente —aunque no solamente— por miembros de la clase media exasperados
por las condiciones sociales inhumanas de los comienzos del capitalismo. Esas
condiciones y no el nivel de su inteligencia fue lo que movió su atención hacia
el cambio social y, consiguientemente, hacia la clase obrera. No es
sorprendente así que las mejoras del capitalismo hacia el cambio de siglo
entibiaran su agudeza crítica, tanto más cuando la misma clase obrera había
perdido la mayor parte de su fervor oposicionista. El marxismo se convirtió así
en preocupación de intelectuales y tomó un carácter académico. Ya no se le
consideraba principalmente como un movimiento de trabajadores, sino como un
tema científico sobre el que discutir. No obstante, las disputas sobre los
distintos problemas planteados por el marxismo sirvieron para mantener la
ilusión del carácter marxiano del movimiento obrero, hasta que esta ficción se
desvaneció ante las realidades de la I Guerra Mundial.
[La
Revolución rusa de 1917: radicalismo socialdemócrata o retorno al marxismo
revolucionario]
Esta guerra, que representó una crisis gigantesca de la producción
capitalista, hizo renacer momentáneamente el radicalismo en el movimiento
obrero y en la clase obrera en su conjunto. En esa medida fue señal de un retorno
a la teoría y a la práctica marxista, aunque solo en Rusia la agitación social
llevó al derrocamiento del régimen atrasado, capitalista y semifeudal. No
obstante, esta era la primera vez que un régimen capitalista había sido
derrocado por la acción de su población oprimida y la determinación de un
movimiento marxista. El marxismo muerto de la II Internacional parecía listo
para ser reemplazado por el marxismo vivo de la III Internacional. Y como fue
el partido bolchevique bajo la dirección de Lenin el que llevó a Rusia a la
revolución social, fue la particular interpretación leniniana del marxismo la
que se convirtió en el marxismo de esta fase nueva y "superior" del
capitalismo. Con bastante propiedad, este marxismo fue transformado en el
"marxismo-leninismo" que dominó el mundo de posguerra.
No es este el lugar para contar una vez más la historia de la III
Internacional y el tipo de marxismo que trajo consigo. Esa historia está muy
bien escrita en innumerables textos que culpan de su colapso a Stalin o,
remontándose más atrás, al mismo Lenin. En definitiva, lo que ocurrió fue que
la idea de la revolución mundial no pudo ser llevada a la práctica y la
revolución rusa se mantuvo como revolución nacional, vinculada a las realidades
de sus condiciones socioeconómicas propias. En su aislamiento, no podía ser
juzgada como revolución socialista en el sentido marxiano, ya que faltaban
todas las condiciones necesarias para una transformación socialista de la
sociedad: el predominio del proletariado industrial y un aparato de producción
que, en manos de los productores, no solo fuera capaz de acabar con la
explotación sino de llevar a la sociedad más allá de los límites del sistema
capitalista. Tal como fueron las cosas, el marxismo solo pudo proporcionar una ideología
sostenedora, aun de forma contradictoria, al capitalismo de Estado. Lo que
había ocurrido en la II Internacional, volvió a darse en la III. El marxismo,
subordinado a los intereses específicos de la Rusia bolchevique, solo pudo
funcionar como ideología para cubrir una práctica no revolucionaria y,
finalmente, contrarrevolucionaria.
A falta de un movimiento revolucionario, la gran depresión que afectó a
la mayor parte del mundo, no dio pie a insurrecciones revolucionarias, sino al
fascismo y a la II Guerra Mundial. Esto significó el eclipse total del
marxismo. Las consecuencias desastrosas de la nueva guerra trajeron consigo una
oleada fresca de expansión capitalista a escala internacional. No solo el
capital monopolista salió fortalecido del conflicto; también surgieron nuevos
sistemas de capitalismo de estado por la vía de la liberación nacional o la
conquista imperialista. Esta situación no implicó un resurgimiento del marxismo
revolucionario sino una "guerra fría", es decir, la confrontación de
los sistemas capitalistas organizados de forma distinta en una lucha continua
por las esferas de influencia y por el reparto de la explotación. En el lado
del capitalismo de estado, esta confrontación se camufló como movimiento
marxista contra la monopolización capitalista de la economía mundial; por su
parte, el capitalismo de propiedad privada no podía ser más feliz señalando a
sus enemigos del capitalismo de estado como marxistas o comunistas, resueltos a
llevarse por delante todas las libertades de la civilización junto con la
libertad para amasar capital. Esta actitud sirvió para adherir firmemente la
etiqueta de "marxismo" a la ideología del capitalismo de estado.
De esta manera, los cambios sucesivos provocados por toda una serie de
depresiones y guerras no llevaron a una confrontación entre el capitalismo y el
socialismo, sino a una división del mundo en sistemas económicos más o menos
centralmente controlados y a un ensanchamiento de la brecha entre los países
desarrollados bajo el capitalismo y las naciones subdesarrolladas. Ciertamente,
esta situación suele verse como una división entre países capitalistas,
socialistas y del "tercer mundo", simplificación que confunde las
diferencias mucho más complejas entre estos sistemas económicos y políticos. El
"socialismo" suele concebirse como una economía controlada por el
estado en un marco nacional, en el que la planificación sustituye a la
competencia. Tal tipo de sistema no es ya un sistema capitalista en el sentido
tradicional, pero tampoco es un sistema socialista en el sentido que el término
tenía para Marx, de asociación de productores libres e iguales. En un mundo
capitalista y por lo tanto imperialista, ese sistema de economía controlada por
el estado solo puede contribuir a la competencia general por el poder económico
y político y, como el capitalismo, ha de expandirse o contraerse. Ha de hacerse
más fuerte en todos los órdenes para limitar la expansión del capital
monopolista que de otra manera lo destruiría. La forma nacional de los regímenes
llamados socialistas o de control estatal no solo los pone en conflicto con el
mundo capitalista tradicional, sino también entre ellos, ya que han de dar
consideración prioritaria a los estratos dirigentes privilegiados y de nueva
creación cuya existencia y seguridad se basan en el estado-nación. Esto genera
el espectáculo de una variedad "socialista" de imperialismo y de la
amenaza de guerra entre países nominalmente socialistas.
Tal situación hubiera sido inconcebible en 1917. El leninismo (o, en frase
de Stalin, "el marxismo de la época del imperialismo") esperaba una
revolución mundial sobre el modelo de la revolución rusa. Igual que distintas
clases se habían unido en Rusia para derribar la autocracia, también a escala
internacional las naciones en diversas fases de desarrollo podrían luchar
contra el enemigo común, el capital monopolista imperialista. E igual que la
clase obrera bajo dirección del partido bolchevique transformó en Rusia la
revolución burguesa en revolución proletaria, así la Internacional Comunista
sería el instrumento de transformación de las luchas antiimperialistas en
revoluciones socialistas. En aquellas condiciones, era concebible que las
naciones menos desarrolladas pudieran eludir un desarrollo capitalista de otra
manera inevitable, para integrarse en un mundo socialista emergente. Como esta
teoría estaba basada en el supuesto del triunfo de revoluciones socialistas en
las naciones avanzadas, no pudo probarse que fuera correcta o equivocada, ya
que las revoluciones esperadas nunca llegaron a producirse.
Lo que hace al caso son las inclinaciones revolucionarias del movimiento
bolchevique antes e inmediatamente después de su toma del poder en Rusia. La
revolución se hizo en nombre del marxismo revolucionario, como derrocamiento
del sistema capitalista e instauración de una dictadura para asegurar el avance
hacia una sociedad sin clases. Sin embargo, ya en esta etapa, y no solo por las
condiciones concretas existentes en Rusia, el concepto leninista de
reconstrucción socialista se alejaba del marxismo originario y se basaba en las
ideas surgidas en la II Internacional. Para esta, el socialismo se concebía
como consecuencia inmediata del propio desarrollo capitalista. La concentración
y la centralización del capital implicarían la eliminación progresiva de la
competencia capitalista y, con ello, de su carácter privado, hasta que el
gobierno socialista, surgido del proceso democrático parlamentario,
transformara el capital monopolista en monopolio estatal, instaurando así el
socialismo mediante decreto gubernamental. Para Lenin y los bolcheviques esto
era una utopía irrealizable y también una excusa idiota para abstenerse de
cualquier actividad revolucionaria. Pero para ellos la instauración del
socialismo también era un asunto gubernamental, aunque llevado a cabo por medio
de la revolución. Diferían de los socialdemócratas respecto a los medios para
alcanzar un objetivo por lo demás común: la nacionalización del capital por el
estado y la planificación centralizada de la economía.
Lenin también mostró su
acuerdo con la afirmación grosera y arrogante de Kautsky según la cual la clase
trabajadora por sí misma es incapaz de generar una consciencia revolucionaria,
de forma que esta ha de ser introducida en el proletariado por la intelectualidad
de la clase media. La forma organizativa de esta idea era el partido
revolucionario como vanguardia de los trabajadores y como condición
imprescindible para el éxito de la revolución. En este marco conceptual, si la
clase obrera es incapaz de hacer su propia revolución, será menos capaz aun de
construir una sociedad nueva, tarea que queda así reservada para el partido
dirigente, poseedor del aparato de estado. La dictadura del proletariado
aparece así como la dictadura del partido organizado como estado. Y como el
estado tiene el control de toda la sociedad, también ha de controlar las
acciones de la clase obrera, incluso ejerciendo ese control supuestamente en su
favor. En la práctica, el resultado fue el ejercicio totalitario del poder por
parte del gobierno bolchevique.
La nacionalización de los medios de producción y el dominio autoritario
del gobierno ciertamente diferenciaban el sistema bolchevique del capitalismo
occidental. Pero esto no alteraba las relaciones sociales de producción, que en
ambos sistemas se basaban en el divorcio de los trabajadores de los medios de
producción y en la monopolización del poder político en manos del estado. Ya no
era un capital privado sino el capital controlado por el estado el que se
enfrentaba a la clase obrera y perpetuaba el trabajo asalariado como forma de
actividad productiva, permitiendo la apropiación de plusvalía a través de la
institución estatal. El sistema expropió el capital privado, pero no abolió la
relación capital-trabajo en la que se basa la forma moderna del dominio de
clase. Solo era cuestión de tiempo el surgimiento de una nueva clase dominante
cuyos privilegios dependerían precisamente del mantenimiento y la reproducción
del sistema de producción y distribución controlado por el estado como única
forma "realista" de socialismo marxiano.
[Hacia
la universalización de las formas de capitalismo de Estado. La evolución del
bolchevismo y la falsa dialéctica fascismo-antifascismo]
Sin embargo, el marxismo, como crítica de la economía política y como
lucha por una sociedad sin clases ni explotación, solo tiene significado en el
marco de las relaciones de producción capitalistas. El fin del capitalismo
implicaría a su vez el fin del marxismo. Para una sociedad socialista, el
marxismo no sería más que algo de la historia, como todo lo demás en el pasado.
Ya la descripción del "socialismo" como sistema marxista niega la
autoproclamada naturaleza socialista del sistema de capitalismo de estado. La
ideología marxista solo funciona en este sistema como intento de justificar las
nuevas relaciones clasistas como requisitos necesarios para la construcción del
socialismo y así ganar la aquiescencia de las clases trabajadoras. Como en el
viejo capitalismo, los intereses específicos de la clase dominante se presentan
como intereses generales.
A pesar de todo ello, el marxismo-leninismo era originariamente una
doctrina revolucionaria, ya que se proponía sin ningún género de duda la
realización de su propia idea de socialismo por medios directos y prácticos.
Esta idea no implicaba más que la formación de un sistema capitalista de
estado. Esa era la concepción habitual del socialismo a comienzos de siglo, de
manera que no se puede hablar de una "traición" bolchevique de los
principios marxistas de la época. Por el contrario, el bolchevismo hizo
realidad la transformación del capitalismo de propiedad privada en capitalismo
de estado, lo cual era también el objetivo declarado de los revisionistas y
reformistas marxistas. Pero estos ya habían perdido todo interés en actuar
según sus creencias aparentes y prefirieron acomodarse en el status quo
capitalista. Los bolcheviques hicieron realidad el programa de la II
Internacional por medio de la revolución.
Sin embargo, una vez en el poder, la estructura de capitalismo de estado
de la Rusia bolchevique determinó su desarrollo ulterior, ahora generalmente
descrito con el término peyorativo de "estalinismo". Que adoptara
esta forma concreta se explicaba por el atraso general de Rusia y por su
situación de cerco capitalista, que exigía la centralización máxima del poder y
sacrificios inhumanos por parte de la población trabajadora. Bajo condiciones
distintas como las existentes en las naciones de mayor desarrollo capitalista y
relaciones internacionales más favorables, se decía, el bolchevismo no tendría
que adoptar por fuerza los métodos drásticos que se había visto obligado a
utilizar en el primer país socialista. Quienes mostraban una disposición menos
favorable hacia este primer "experimento en socialismo" afirmaban que
la dictadura del partido tan solo era expresión del carácter todavía
"semiasiático" del bolchevismo, y que no podría repetirse en las
naciones más avanzadas de occidente. El ejemplo ruso fue utilizado para
justificar las políticas reformistas como única forma de mejorar las
condiciones de vida de la clase obrera en occidente.
Sin embargo, las dictaduras fascistas de Europa occidental pronto
demostraron que el control del estado por un partido único no tenía por qué
restringirse a la situación rusa, sino que era aplicable a cualquier sistema
capitalista. Podía servir tanto para mantener las relaciones de producción
existentes como para su transformación en capitalismo de estado. Por supuesto,
el bolchevismo y el fascismo siguieron siendo distintos en cuanto a estructura
económica, aunque políticamente llegaron a ser indistinguibles. Pero la
concentración de control político en las naciones capitalistas totalitarias
implicaba una coordinación central de la actividad económica para los objetivos
específicos de las políticas fascistas y, de esta manera, una aproximación al
sistema ruso. Para el fascismo esto no era un objetivo, sino una medida
temporal, análoga al "socialismo de guerra" de la I Guerra Mundial.
Sin embargo, era la primera indicación de que el capitalismo occidental no era
inmune a las tendencias al capitalismo de estado.
Con la deseada pero a la vez inesperada consolidación del régimen
bolchevique y la coexistencia —relativamente tranquila hasta la II Guerra
Mundial— de los sistemas sociales en conflicto, los intereses rusos exigieron
la utilización de la ideología marxista no solo para objetivos internos sino
también externos, para asegurar el apoyo del movimiento obrero internacional a
la existencia nacional de Rusia. Por supuesto, esto implicó solo a una parte
del movimiento obrero, pero esa parte pudo romper el frente antibolchevique que
incluía a los viejos partidos socialistas y los sindicatos reformistas. Como
esas organizaciones ya se habían deshecho de su herencia marxista, la supuesta
ortodoxia marxista del bolchevismo se convirtió prácticamente en la única
teoría marxista como contraideología opuesta a todas las formas de
antibolchevismo y a todos los intentos de debilitar o destruir el estado ruso.
No obstante, al mismo tiempo se intentaba asegurar la coexistencia mediante
concesiones al adversario capitalista y se mostraban las ventajas mutuas que
podían obtenerse del comercio internacional y otros tipos de colaboración. Esa
política de dos caras servía al único objetivo de preservar el estado
bolchevique y asegurar los intereses nacionales de Rusia.
El marxismo fue así reducido a un arma ideológica que servía
exclusivamente los intereses de un estado concreto y un solo país. Ya privada
de aspiraciones revolucionarias internacionales, la Internacional Comunista fue
utilizada como instrumento de política limitada para los intereses especiales
de la Rusia bolchevique. Pero, ahora, esos intereses cada vez incluían en mayor
medida el mantenimiento del status quo internacional para asegurar el del
sistema ruso. Si al principio había sido el fracaso de la revolución mundial el
que había inducido la política rusa de atrincheramiento, la seguridad rusa
exigía ahora la estabilidad del capitalismo mundial y el régimen estalinista se
esforzaba en contribuir a ella. La difusión del fascismo y la gran probabilidad
de nuevos intentos de encontrar soluciones imperialistas a la crisis mundial
ponía en peligro no solo la coexistencia sino también las condiciones internas
de Rusia, que exigían cierto grado de tranquilidad internacional. La propaganda
marxista dejó a un lado los problemas del capitalismo y el socialismo y en
forma de antifascismo concentró su ataque en una forma política particular de
capitalismo que amenazaba desencadenar una nueva guerra mundial. Esto
implicaba, por supuesto, la aceptación de las potencias capitalistas
antifascistas como aliados potenciales y la defensa de la democracia burguesa
contra los ataques desde la derecha o desde la izquierda, tal como ilustró lo
ocurrido durante la guerra civil en España.
Ya antes el marxismo-leninismo había asumido la función puramente
ideológica que caracterizaba el marxismo de la II Internacional. No se asociaba
ya con una práctica política cuyo objetivo final fuera el derrocamiento del
capitalismo, aunque solo propusiera como socialismo la patraña del capitalismo
de estado; ahora se contentaba con su existencia en el seno del sistema
capitalista, de la misma forma que el movimiento socialdemócrata aceptaba como
inviolables las condiciones dadas en la sociedad. El reparto del poder a escala
internacional presuponía lo mismo a nivel nacional y el marxismo-leninismo
fuera de Rusia devino un movimiento estrictamente reformista. Solo los
fascistas quedaron como fuerzas realmente aspirantes al control completo sobre
el estado. No hubo ningún intento serio de impedir su ascenso al poder. El
movimiento obrero, incluida su ala bolchevique, confiaba únicamente en procesos
democráticos tradicionales para hacer frente a la amenaza fascista. Esto significaba
una pasividad total y una desmoralización progresiva y aseguró la victoria del
fascismo como única fuerza dinámica operante en la crisis mundial.
[La
derrota del viejo movimiento obrero y la corrupción reformista del marxismo]
Por supuesto, no es solo el control ruso del movimiento comunista
internacional a través de la III Internacional lo que explica su capitulación
al fascismo, sino también la burocratización del movimiento que concentró todo
el poder decisorio en las manos de políticos profesionales que no compartían
las condiciones sociales del proletariado empobrecido. Esta burocracia se
encontró en la posición "ideal" de ser capaz de expresar su oposición
verbal al sistema y, a la vez, participar en los privilegios que la burguesía
otorga a sus ideólogos políticos. Estos no tenían una razón perentoria para
oponerse a las políticas generales de la Internacional Comunista, que
coincidían con sus propias necesidades inmediatas como líderes reconocidos de
la clase obrera en una democracia burguesa. La apatía de los trabajadores
mismos, su falta de disposición para buscar una solución propia independiente a
la cuestión social también explica esa situación y su evolución final al
fascismo. Medio siglo de marxismo reformista bajo el principio de liderazgo y
su acentuación en el marxismo-leninismo produjeron un movimiento obrero incapaz
de actuar basándose en sus propios intereses, incapaz así de inspirar a la
clase obrera en su conjunto para que intentara impedir el fascismo y la guerra
mediante una revolución proletaria.
Como en 1914, el internacionalismo y con él el marxismo, quedaban otra
vez ahogados en la marea nacionalista e imperialista. Las políticas
coyunturales se basaban en las exigencias de las alianzas imperialistas cambiantes,
que llevaron primero al pacto Hitler-Stalin y luego a la alianza antihitleriana
entre la URSS y las potencias democráticas. El resultado de la guerra,
predeterminado por su carácter imperialista, dividió el mundo en dos grandes
bloques que pronto volvieron a enzarzarse en una pugna por el control mundial.
El carácter antifascista de la guerra implicaba la restauración de regímenes
democráticos en los países derrotados y con ello la vuelta a la luz de los
partidos políticos, incluso los de connotación marxista. En el Este, Rusia
restauró su imperio y le añadió esferas de intereses y un jugoso botín de
guerra. El hundimiento del dominio colonial creó las naciones del "tercer
mundo", que adoptaron el sistema ruso o una economía mixta de tipo
occidental. Surgió un neocolonialismo que sometió a las naciones
"liberadas" a un control más indirecto pero igualmente efectivo de
las grandes potencias. Pero la expansión de los regímenes de capitalismo de
estado parecía la difusión mundial del marxismo y la lucha contra ella se
presentaba como lucha contra un marxismo que amenazaba las libertades
(indefinidas) del mundo capitalista. Estos tipos de marxismo y antimarxismo no
tenían conexión alguna con la lucha entre trabajo y capital concebida por Marx
y por el movimiento obrero originario.
En su forma actual, el marxismo ha sido un movimiento regional más que
internacional, como apunta su debilidad en los países anglosajones. El
resurgimiento de partidos marxistas en la posguerra se dio sobre todo en
naciones como Francia e Italia, que habían de hacer frente a dificultades
económicas concretas. La división y la ocupación de Alemania impidió la
reorganización de un partido comunista de masas en la zona occidental. Los
partidos socialistas finalmente repudiaron su propio pasado, todavía teñido de
ideas marxistas, y se convirtieron en partidos burgueses o
"populares", defensores del capitalismo democrático. Sigue habiendo
partidos comunistas legales o ilegales en todo el mundo, pero sus posibilidades
de influir en el rumbo político son más o menos nulas por el momento y en el
futuro previsible. El marxismo como movimiento revolucionario de los
trabajadores se encuentra actualmente en su momento histórico más bajo.
Lo sorprendente es la respuesta sin precedentes del capitalismo al
marxismo teórico. El nuevo interés en el marxismo en general y en la
"economía marxista" en particular se circunscribe casi exclusivamente
al mundo académico, que es prácticamente el mundo de la clase media. Hay una
enorme producción de literatura marxista. La "marxología" ha
resultado ser una nueva profesión y hay escuelas marxistas de economía
"radical", historia, filosofía, sociología, psicología y así
sucesivamente. Quizá todo eso no sea más que una moda intelectual, pero aunque
solo fuera eso, el fenómeno sería indicio del presente estado de decadencia de
la sociedad capitalista y de su pérdida de confianza en el futuro. En el pasado
la integración progresiva del movimiento obrero en la estructura social del
capitalismo implicó la acomodación de la doctrina socialista a las realidades
de un capitalismo en auge. Parece ahora que, de manera inversa, hubiera
múltiples intentos de utilizar los hallazgos teóricos del marxismo para
propósitos capitalistas. Este intento de reconciliación desde ambos lados, al
superar al menos en parte el antagonismo entre la teoría de Marx y la teoría
burguesa refleja la crisis tanto del marxismo como de la sociedad burguesa.
Aunque el marxismo abarca la sociedad en todos sus aspectos, presta
atención sobre todo a las relaciones sociales de producción como fundamento de
la totalidad capitalista. Siguiendo la concepción materialista de la historia,
el marxismo se centra en las condiciones económicas y por tanto sociales del
desarrollo capitalista. Hace ya mucho que la concepción materialista de la
historia fue plagiada por la ciencia social burguesa, pero hasta hace poco no
se sacó partido de su aplicación al capitalismo. Es el mismo capitalismo el que
ha forzado a la teoría económica burguesa a considerar la dinámica del sistema
capitalista y de esta manera a emular en cierta forma la teoría marxista de la
acumulación y sus consecuencias.
Hay que recordar aquí que la trasformación del marxismo de teoría
revolucionaria a teoría evolucionista radicó —en lo teórico— en la cuestión de
si la teoría de la acumulación de Marx era también una teoría de la necesidad
objetiva de colapso del capitalismo. El ala reformista del movimiento obrero
afirmaba que no había razón objetiva para la decadencia y destrucción del
sistema, mientras que la minoría revolucionaria mantuvo la convicción de que
las contradicciones intrínsecas del capitalismo llevan inevitablemente a su
fin. Basando esta convicción en las contradicciones en la esfera de la
producción o en la esfera de la circulación, la izquierda marxista insistía en
la certeza del colapso final del capitalismo, en forma de crisis cada vez más
devastadoras que traerían consigo una disposición subjetiva del proletariado a
acabar con el sistema por medios revolucionarios.
La negación por parte de los reformistas de los límites objetivos del
capitalismo hizo que dejaran de prestar atención a la esfera de la producción y
comenzaran a atender más a la de la distribución. De esta manera se olvidaron
de las relaciones sociales de producción para centrarse en las relaciones de
mercado, que constituyen el único interés de la teoría económica burguesa. Los
trastornos del sistema se consideraban ahora generados por las relaciones de
oferta y demanda que causaban innecesariamente periodos de sobreproducción por
una falta de demanda efectiva debida a salarios injustificadamente bajos. El
problema económico se reducía a la cuestión de una distribución más equitativa
del producto social, lo que superaría las fricciones sociales dentro del
sistema. Ahora se decía que, a todos los efectos prácticos, la teoría económica
burguesa era de mayor relevancia que el enfoque de Marx. Por lo tanto, el
marxismo no debía ser ingenuo y tenía que acudir a las modernas teorías del
mercado y de precios para ser capaz de adoptar un papel más eficaz al orientar
las políticas sociales.
Se propugnaba ahora la existencia de leyes económicas que operarían en
todas las sociedades y que no habrían de ser objeto de la crítica marxista. La
crítica de la economía política solo se ocuparía de las formas institucionales
bajo las cuales las leyes económicas eternas se afirmarían por sí mismas.
Cambiar el sistema no cambiaría las leyes económicas. No se podrían negar las
diferencias entre el enfoque burgués y el enfoque marxiano de la economía, pero
habría también similitudes que ambas partes tendrían que reconocer. Se decía
ahora que el mantenimiento de la relación capital-trabajo —o sea, el trabajo
asalariado— en las sociedades socialistas autoformadas, su acumulación de
capital social, su aplicación del llamado sistema de incentivos, que dividía la
fuerza de trabajo en varios escalones de ingreso, e incluso otras cosas, eran
necesidades inalterables que las leyes económicas obligaban a cumplir. Estas
leyes exigirían la aplicación de los instrumentos analíticos de la economía
burguesa para que pudiera llevarse a cabo la consumación racional de una
economía socialista planificada.
Esta clase de marxismo "enriquecido" por la teoría burguesa
pronto vino a encontrar su complemento en el intento de modernizar la teoría
económica burguesa. Esta teoría había estado en crisis ya desde la gran
depresión que sobrevino a las postrimerías de la I Guerra Mundial. La teoría
del equilibrio de mercado no podía ni explicar ni justificar la prolongada depresión
y así perdió su valor ideológico para la burguesía. Sin embargo, la teoría
neoclásica vino a tener una especie de resurrección en su modificación
keynesiana. Había que aceptar que el mecanismo hasta entonces admitido del
mercado y del sistema de precios ya no funcionaba, pero ahora se decía que
podía lograrse su funcionamiento con un poco de ayuda del estado. El
desequilibrio debido a la falta de demanda podía ser contrarrestado por el
impulso estatal de la producción para el "consumo público", no solo
en el supuesto de condiciones estáticas sino también en condiciones de
desarrollo económico, equilibrando la situación por medio de medidas monetarias
y fiscales adecuadas. La economía de mercado, ayudada por la planificación
gubernamental, superaría así la susceptibilidad del capitalismo a las crisis y
depresiones y permitiría, en principio, un crecimiento constante de la
producción capitalista.
[La
crisis del capitalismo y las perspectivas revolucionarias]
Recurrir al Estado y a su intervención consciente en la economía y
prestar atención a la dinámica del sistema hizo disminuir la aguda oposición
entre las ideologías del laissez-faire y de la economía planificada. Este
fenómeno era paralelo a una convergencia visible de los dos sistemas, en la que
cada uno influía sobre el otro, en un proceso quizás destinado a combinar los
elementos favorables de ambos en una síntesis futura capaz de superar las
dificultades de la producción capitalista. De hecho, el prolongado auge
económico tras la II Guerra Mundial pareció materializar estas expectativas.
Sin embargo, a pesar de la continua disponibilidad de intervenciones estatales,
a la expansión capitalista sucedió una nueva crisis, igual que en el pasado. La
"sintonización precisa" de la economía y el "tira y afloja"
(trade-off) entre inflación y desempleo no fueron capaces de prevenir un nuevo
declive económico. La crisis y los medios diseñados para enfrentarla han
resultado ser igualmente perjudiciales para el capital. La crisis actual se
acompaña así de la bancarrota del neokeynesianismo, igual que la gran depresión
marcó el fin de la teoría neoclásica.
La crisis actual ha puesto de manifiesto como nunca los aspectos
contradictorios de la teoría económica burguesa. Por otra parte, el
empobrecimiento duradero de la "teoría económica" mediante su
formalización cada vez mayor ya había sembrado la duda en muchos economistas
académicos. El cuestionamiento actual de casi todos los supuestos de la teoría
neoclásica y de sus herederos keynesianos ha llevado a algunos economistas
—representados notablemente por los llamados neorricardianos— a un retorno poco
entusiasta a la economía clásica. Al mismo Marx se le considera un economista
ricardiano y como tal encuentra cada vez más favor en el intento de los economistas
burgueses de integrar su "obra precursora" en su propia especialidad,
la ciencia económica.
Sin embargo, el marxismo no significa ni más ni menos que la destrucción
del capitalismo. Incluso como disciplina científica, no ofrece nada a la
burguesía. Y, a pesar de todo, como alternativa frente a la desacreditada
teoría social burguesa puede servir a esta proporcionándole algunas ideas
útiles para su rejuvenecimiento. Al fin y al cabo, se aprende del adversario.
Además, en su forma aparentemente "realizada" de los "países
socialistas", el marxismo apunta soluciones prácticas que podrían ser
también útiles en las economías mixtas, por ejemplo, un incremento aún mayor de
las regulaciones estatales estabilizadoras. Las políticas de rentas y salarios,
por ejemplo, se acercan bastante a las medidas similares de los sistemas de
economía de control central. Por último, en vista de la ausencia de movimientos
revolucionarios, la investigación marxiana de tipo académico no ofrece ningún
riesgo, en la medida que queda restringida al mundo de las ideas. Quizá parezca
extraño, pero es la falta de ese tipo de movimientos en un periodo de
turbulencia social lo que convierte al marxismo en una mercancía con la que
puede comerciarse y en un fenómeno cultural que muestra la tolerancia y la
imparcialidad democrática de la sociedad burguesa.
No obstante, la súbita popularidad de la teoría de Marx refleja la
crisis del capitalismo que es ideológica además de económica. En ese sentido,
afecta sobre todo a los responsables de fabricar y distribuir las ideologías, o
sea, a los intelectuales de clase media especializados en teoría social. Su
clase en conjunto puede sentirse en peligro por el curso del desarrollo
capitalista, con su decadencia social visible, y así buscan sinceramente
alternativas a los dilemas sociales que también les afectan. Podrían actuar así
por motivos que aun siendo oportunistas están necesariamente ligados a una
actitud crítica hacia el sistema existente. En ese sentido, el
"renacimiento marxiano" actual podría ser preludio de un retorno del
marxismo como movimiento social de importancia teórica y práctica.
Sin embargo, por el momento hay pocas pruebas de una reacción
revolucionaria a la crisis capitalista. Si diferenciamos la "izquierda
objetiva" en la sociedad, es decir, el proletariado como tal, y la
izquierda organizada, que no es estrictamente proletaria, solamente en Francia
y en Italia puede hablarse de fuerzas organizadas que podrían desafiar el
dominio capitalista, suponiendo que tuvieran tales intenciones. Pero los
partidos comunistas y los sindicatos de esos países se transformaron desde hace
mucho en partidos puramente reformistas, confortablemente instalados en el
sistema capitalista y dispuestos a defenderlo. Que tengan gran audiencia en la clase
obrera indica también la falta de disposición o interés en el derrocamiento del
sistema capitalista de los mismos trabajadores y, claro está, su deseo
inmediato de encontrar acomodo en él. Sus ilusiones concernientes al carácter
reformable del capitalismo apoyan el oportunismo político de los partidos
comunistas.
Con la ayuda del autocontradictorio término de
"eurocomunismo", estos partidos intentan diferenciar sus actitudes
actuales de las viejas políticas, es decir, dejar claro que su objetivo tradicional
—el capitalismo de estado—, aunque olvidado hace mucho, ha sido definitivamente
abandonado en favor de la economía mixta y la democracia burguesa. Esta es la
contrapartida natural a la integración de los "países socialistas" en
el mercado capitalista mundial. También es un punto de partida para asumir
mayores responsabilidades en los países capitalistas y en sus gobiernos, y una
promesa de no alterar el grado limitado de cooperación alcanzado por las
potencias europeas. Ello no implica una ruptura completa con la parte del mundo
donde impera el capitalismo de estado, sino el reconocimiento de que esta parte
tampoco está actualmente interesada en la extensión del capitalismo de estado
por medios revolucionarios, sino en su propia seguridad en un mundo cada vez
más inestable.
En el momento actual del desarrollo del capitalismo la posibilidad de
revoluciones socialistas es más que dudosa, pero todas las actividades obreras
en defensa de los intereses de clase propios de los trabajadores llevan consigo
un carácter potencialmente revolucionario. En periodos de estabilidad económica
relativa la lucha de los trabajadores acelera por sí misma la acumulación del
capital al forzar a la burguesía a adoptar medios más eficientes para
incrementar la productividad del trabajo. Como ya se dijo, los salarios y los
beneficios pueden crecer a la vez sin alterar la expansión del capital. Sin
embargo, la depresión trae consigo el final del crecimiento simultáneo (pero
desigual) de beneficios y salarios. La rentabilidad del capital ha de
restaurarse para que el proceso de acumulación pueda reanudarse. La lucha entre
trabajo y capital implica ahora la misma existencia del sistema, ligada a su
continua expansión. Las luchas económicas ordinarias por mayores salarios adquieren
implicaciones revolucionarias objetivas, ya que una clase puede tener éxito
solo a expensas de la otra.
Por supuesto, los trabajadores pueden estar dispuestos a aceptar dentro
de unos límites una menor proporción en el reparto del producto social, aunque
solo sea para evitar los sufrimientos de la confrontación abierta con la
burguesía y su Estado. La experiencia previa hace que la clase dominante espere
actividades revolucionarias y que, en consecuencia, se dote de armamento. Pero
el apoyo político de las grandes organizaciones obreras también es necesario
para prevenir revueltas sociales de gran alcance. Cuando una depresión
prolongada amenaza al sistema capitalista, es esencial que los partidos
comunistas y otras organizaciones reformistas ayuden a la burguesía a superar
sus condiciones de crisis. Han de hacer lo posible por impedir actividades de
la clase obrera que puedan retrasar la recuperación capitalista. Sus políticas
oportunistas adquieren un carácter abiertamente contrarrevolucionario en cuanto
el sistema se encuentra amenazado por demandas obreras que no pueden ser
satisfechas en el marco de un capitalismo agobiado por la crisis.
[Superar
el bolchevismo: una necesidad para el avance revolucionario de la clase obrera
en el futuro]
Claro está que las economías mixtas no se trasformarán por propia
voluntad en sistemas de capitalismo de estado. Y aunque los partidos de
izquierda han descartado por el momento sus objetivos de capitalismo de estado,
esto podría no impedir revueltas sociales de escala suficiente como para anular
los controles políticos de la burguesía y de sus aliados en el movimiento
obrero. Si tal situación se diera, la identificación actual del socialismo con
el capitalismo de estado y una recuperación forzada de las tácticas
bolcheviques originarias por parte de los partidos comunistas podrían desviar
hacia el capitalismo de estado cualquier sublevación espontánea de los
trabajadores. Igual que las tradiciones de la socialdemocracia en los países
centroeuropeos impidieron que las revoluciones políticas de 1918 se
convirtieran en revoluciones sociales, así las tradiciones leninistas podrían
impedir la realización del socialismo en favor del capitalismo de estado.
La introducción del capitalismo de estado en los países de capitalismo
avanzado como resultado de la II Guerra Mundial muestra que este sistema no
tiene por qué quedar circunscrito a las naciones de capitalismo
subdesarrollado, sino que puede existir en todas partes. Tal posibilidad no fue
prevista por Marx, para quien el capitalismo sería reemplazado por el
socialismo, no por un sistema híbrido que contiene elementos de ambos dentro de
las relaciones de producción capitalistas. El fin de la economía competitiva de
mercado no tiene por qué ser el fin de la explotación capitalista, que también
puede tener lugar en el marco del sistema de planificación estatal. Esta
situación históricamente nueva indica la posibilidad de un desarrollo
caracterizado por un monopolio estatal de los medios de producción, no como
periodo de transición al socialismo sino como forma nueva de producción
capitalista.
Las acciones revolucionarias implican una ruptura general de la sociedad
que escapa al control de la clase dominante. Hasta ahora, tales acciones solo
han ocurrido en momentos de catástrofe social tales como situaciones de derrota
bélica y turbulencia económica asociada. Eso no significa que tales condiciones
sean un requisito absoluto para la revolución, pero sí indica la extensión de
la desintegración social necesaria para que se desencadenen revueltas sociales.
La revolución implica la rebelión de la mayoría de la población activa, cosa
que no se produce por adoctrinamiento ideológico sino como resultado de la pura
necesidad. Las actividades resultantes producen su propia consciencia
revolucionaria, en concreto la comprensión de lo que hay que hacer para no ser
destruido por el enemigo capitalista. Pero por el momento, el poder político y
militar de la burguesía no está amenazado por disensiones internas y los
mecanismos para orientar la economía tampoco están agotados. Y a pesar de la
competición internacional cada vez mayor por las ganancias decrecientes de la
economía mundial, las clases dominantes de los distintos países todavía se
apoyarían unas a otras para suprimir los movimientos revolucionarios.
Los obstáculos enormes interpuestos en el camino a la revolución social
y a una reconstrucción comunista de la sociedad fueron terriblemente
subestimados por el movimiento marxista originario. Por supuesto, la flexibilidad
y la capacidad de adaptación del capitalismo frente a condiciones cambiantes
solo podía descubrirse al intentar destruirlo. Pero a estas alturas debería
estar claro que las formas que adoptó la lucha de clases durante el ascenso del
capitalismo no son adecuadas para su periodo de declinación, en el que la única
posibilidad es su derrocamiento revolucionario. La existencia de sistemas de
capitalismo de estado también muestra que no puede alcanzarse el socialismo por
medios que ya fueron insuficientes en el pasado. De todas formas, esto no
demuestra el fracaso del marxismo sino tan solo el carácter ilusorio de muchas
de sus manifestaciones, como reflejos de las ilusiones creadas por el
desarrollo del capitalismo mismo.
Hoy igual que ayer, el análisis de Marx de la producción capitalista y
de su evolución peculiar y contradictoria por medio de la acumulación es la
única teoría que ha sido confirmada empíricamente por el desarrollo
capitalista. Hablar del desarrollo del capitalismo solo es posible en los
términos marxianos. Por ello el marxismo no puede desaparecer mientras exista
el capitalismo. Las contradicciones de la producción capitalista, aun
modificadas en gran medida, también existen en los sistemas de capitalismo de
estado. Como todas las relaciones económicas son relaciones sociales, las
relaciones clasistas que siguen existiendo en esos sistemas implican el
mantenimiento de la lucha de clases, aunque, en principio, solo en una forma
unilateral bajo el dominio autoritario. La integración inevitable y progresiva
de la economía mundial afecta a todas las naciones independientemente de su
estructura económica concreta y así resta base a los intentos de encontrar
soluciones nacionales a los problemas sociales. De manera que, mientras haya
explotación clasista, habrá oposición marxista, aunque toda la teoría marxista
haya sido suprimida o sea usada como falsa ideología para apoyar una práctica
antimarxiana.
Ciertamente, son los pueblos los que hacen la historia, por medio de la
lucha de clases. La decadencia del capitalismo —indicada por la concentración
del capital y la centralización cada vez mayor del poder político, y también
por la anarquía cada vez mayor del sistema, a pesar y a causa de todos los
intentos de organización social más eficiente— podría resultar muy prolongada.
Lo será a menos que lo acorten las acciones revolucionarias de la clase obrera
y de todos los que no sean capaces de asegurar su existencia en un marco de
empeoramiento de las condiciones sociales. Pero actualmente el futuro del marxismo
es muy oscuro. La superioridad de las clases dominantes y de sus instrumentos
de represión ha de ser contrarrestada por un poder mayor que el que las clases
trabajadoras han sido hasta ahora capaces de generar. No es inconcebible que
esta situación se prolongue y condene así al proletariado a sufrir penalidades
aun mayores por su incapacidad para actuar en función de su propio interés de
clase. Además, no puede descartarse que la resistencia del capitalismo lleve a
la destrucción de la sociedad misma. Como el capitalismo sigue siendo
susceptible de crisis catastróficas, las naciones tenderán como en el pasado a
recurrir a la guerra para salir de las dificultades a costa de otras potencias
capitalistas. Esta tendencia incluye la posibilidad de una guerra nuclear y, a
juzgar por la perspectiva actual, la guerra parece incluso más probable que una
revolución socialista internacional. Las clases dominantes son muy conscientes
de las consecuencias de un conflicto nuclear, pero solo pueden intentar
prevenirlo mediante el terror mutuo, o sea, por la expansión competitiva del
arsenal nuclear. En la medida que solo tienen un control muy limitado de sus
economías, tampoco ejercen un control real de sus asuntos políticos, y sus
intenciones de evitar la destrucción mutua, sean cuales fueren, no afectan
demasiado la probabilidad de su ocurrencia. Esta terrible situación impide
cualquier confianza similar a la del pasado en la certeza y éxito de la
revolución socialista.
Como el futuro permanece abierto, aun determinado por el pasado y por
las condiciones inmediatas dadas, los marxistas han de actuar en el supuesto de
que el camino al socialismo no está aún cerrado y que todavía hay una
posibilidad de superar el capitalismo antes de su destrucción. El socialismo
aparece ahora no solo como objetivo del movimiento obrero revolucionario, sino
como única alternativa a la destrucción total o parcial del mundo. Esto
requiere, por supuesto, el surgimiento de movimientos socialistas que
reconozcan las relaciones de producción capitalistas como origen de la miseria
social cada vez mayor y del riesgo de evolución hacia un estado de barbarie.
Sin embargo, después de más de un siglo de agitación socialista, esto parece
una esperanza baldía. Lo que una generación aprende, la siguiente lo olvida,
empujada por fuerzas que escapan a su control y por tanto a su comprensión. Las
contradicciones del capitalismo, como sistema de intereses privados
determinados por necesidades sociales, no solo se reflejan en la mente
capitalista sino también en la consciencia del proletariado. Ambas clases
reaccionan al resultado de sus propias actividades como si estas se debieran a
leyes naturales inalterables. Sujetos al fetichismo de la producción de
mercancías, perciben el modo de producción capitalista, históricamente
limitado, como una situación eterna a la que todos han de adaptarse. Por
supuesto, como esta percepción errónea asegura la explotación del trabajo por
el capital, es fomentada por los capitalistas como ideología de la sociedad
burguesa y el proletariado es adoctrinado con ella.
[Los
obstáculos del desarrollo revolucionario de la clase obrera y la actualización
del marxismo]
Las condiciones capitalistas de producción social fuerzan a la clase
trabajadora a aceptar su explotación como único medio de ganarse la vida. Las
necesidades inmediatas del trabajador solo pueden satisfacerse mediante el
sometimiento a esas condiciones y a su reflejo en la ideología dominante.
Generalmente, la aceptación de unas conlleva la de la otra, como ideología
representativa del mundo real, que solo puede ser cuestionado mediante el
suicidio. El alejamiento de la ideología burguesa no cambiará la posición del
trabajador en la sociedad y en el mejor de los casos es un lujo en el contexto
de sus condiciones de dependencia. Independientemente del grado en que el
trabajador pueda emanciparse ideológicamente, a efectos prácticos debe proceder
siempre como si se hallara sometido a la ideología burguesa. Sus pensamientos y
sus acciones serán necesariamente discrepantes. Quizá comprenda que sus
necesidades individuales solo pueden asegurarse mediante las acciones
colectivas de clase, pero de todas formas se verá forzado a atender a sus
necesidades inmediatas como individuo. El doble carácter del capitalismo como
producción social para la ganancia privada reaparece en la ambigüedad de la
posición del trabajador como individuo y como miembro de una clase social.
Es esta situación y no alguna incapacidad condicionada para trascender
la ideología capitalista la que hace a los trabajadores reacios a expresar y
actuar en función de sus actitudes anticapitalistas que complementan su
posición social como asalariados. Aunque perciben perfectamente su posición de
clase, incluso cuando no le prestan atención o la niegan, también se dan cuenta
del enorme poder dispuesto contra ellos, que amenaza destruirles si se atreven
a cuestionar abiertamente las relaciones clasistas del capitalismo. Es también
por esto por lo que, cuando intentan obtener concesiones de la burguesía, optan
por métodos reformistas, no revolucionarios. Su falta de consciencia
revolucionaria no expresa más que las relaciones reales de poder social que
evidentemente no pueden modificarse a voluntad. Un cauto "realismo"
—es decir, un reconocimiento del campo limitado de actividades que son
factibles— determina sus pensamientos y acciones y halla su justificación en el
poder del capital.
Cuando no va acompañado de la acción revolucionaria de la clase obrera,
el marxismo solo es una comprensión teórica del capitalismo. No es la teoría de
una práctica social real, empeñada y capaz de cambiar el mundo, sino que
funciona como una ideología anticipatoria de tal práctica. Sin embargo, su
interpretación de la realidad, aun siendo correcta, no repercute de ninguna
manera importante en las condiciones existentes en un momento dado. Simplemente
describe las condiciones reales en las que se halla el proletariado, dejando su
cambio a las acciones futuras de los trabajadores mismos. Pero las propias
condiciones en las que se encuentran los trabajadores les someten al dominio
del capital y a una oposición impotente, ideológica cuando más. Su lucha de
clase en el contexto del capitalismo ascendente fortalece a su adversario y
debilita su propia inclinación a la oposición. El marxismo revolucionario no es
entonces una teoría de la lucha de clases como tal, sino una teoría de la lucha
de clases en las condiciones específicas de decadencia del capitalismo. No
puede funcionar eficazmente en las condiciones "normales" de la producción
capitalista, sino que ha de esperar su ruptura. Solo cuando el cauto
"realismo" de los trabajadores se convierte en falta de realismo y el
reformismo en utopismo —es decir, cuando la burguesía ya no es capaz de
mantenerse a sí misma más que a costa de un empeoramiento continuo de las
condiciones de vida del proletariado— pueden las rebeliones espontáneas
transformarse en acciones revolucionarias con poder suficiente para echar abajo
el régimen capitalista.
Hasta ahora, la historia del marxismo revolucionario ha sido la historia
de sus derrotas, que incluyen los éxitos aparentes que culminaron en el
surgimiento de los sistemas de capitalismo de estado. Es evidente que en sus
orígenes el marxismo no solo subestimó la resistencia del capitalismo, sino que
al hacerlo sobrestimó la capacidad de la ideología marxiana para repercutir en
la consciencia del proletariado. El proceso de cambio histórico, a pesar de que
ha sido acelerado por la dinámica del capitalismo, es exageradamente lento,
sobre todo cuando se compara con la vida de las personas. Pero la historia de
los fracasos también es la historia de las falsas ilusiones que se pierden y de
la experiencia que se gana, si no para el individuo, sí al menos para la clase.
No hay razón para suponer que el proletariado no puede aprender de la
experiencia. Pero, dejando estas consideraciones aparte, las circunstancias lo
obligarán a encontrar la forma de asegurar su existencia fuera del capitalismo,
cuando ya no pueda asegurarla dentro de él. Las características concretas de
esa situación no pueden determinarse a priori, pero una cosa sí es segura: que
la liberación de la clase trabajadora del dominio capitalista solo puede
conseguirse mediante la propia iniciativa de los trabajadores y que tal
socialismo solo podrá realizarse eliminando la sociedad de clases mediante el
fin de las relaciones capitalistas de producción. La realización de ese
objetivo será a la vez la verificación de la teoría marxiana y el fin del
marxismo.
1978
Cuadernos de Relaciones Laborales
nº 11
(Univ.
Complutense, Madrid), 1997.
NOTAS
1. R. A. Gorman: Biographical dictionary of
neo-marxism. Westport, Connecticut: Greenwood Press, 1985, pp. 287-288.
2. Barcelona:
Península, 1977 (trad. del alemán de G. Muñoz)
3. Barcelona:
Península, 1977 (trad. del alemán de G. Muñoz)
4. Barcelona: Laia,
1978 (trad. del francés de L. Riera).
5. Rebeldes y
renegados: la función de los intelectuales y la crisis del movimiento obrero.
Barcelona: Icaria, 1978 (trad. del italiano de G. Eguillor).
6. Marx and Keynes: the limits of the mixed economy,
Boston: Porter Sargent, 1969,
7. Marx y Keynes: los
límites de la economía mixta. México DF: Era, 1975.
8. A. Pannekoek, K.
Korsch, P. Mattick: Crítica del bolchevismo (recop. y trad. de F. Fernández
Buey). Barcelona:
Anagrama, 1976.
9. Armonk, NY/Londres: M. E. Sharpe/Merlin Press,
1983.