Los Límites de las Reformas.
Aunque pueda probarse que el capitalismo es reformable, las reformas no
pueden alterar sus relaciones básicas de asalariamiento y beneficio sin eliminarlos. La época de las
reformas es una época de expansión espontánea del capital, basada en un
incremento desproporcionado pero simultáneo de los salarios y las ganancias. Es
una época en la que las concesiones hechas a la clase obrera son más tolerables
a la burguesía que los trastornos de la lucha de clase que de otro modo
acompañarían al desarrollo capitalista. Como una clase, la burguesía no
favorece salarios bajo mínimos e intolerables condiciones de trabajo, aunque
cada capitalista individual, para quien el trabajo es un coste de producción, intenta
reducir estos gastos lo máximo posible. No puede dudarse que la burguesía
prefiere una clase obrera satisfecha a una clase obrera descontenta, y la
estabilidad social a la inestabilidad. De hecho, contempla la mejora general de
los niveles de vida como su propio logro y como la justificación para su
dominación de clase. Pero estad seguros, el bienestar relativo de la población
trabajadora no debe llevarse demasiado lejos, pues su dependencia absoluta del
trabajo asalariado ininterrumpido debe ser mantenida. Pero dentro de este
límite, la burguesía no tiene inclinaciones subjetivas a reducir a los obreros
al estado más inferiorizado de existencia, incluso donde esto podría ser
objetivamente posible por medio de las medidas apropiadas de represión. Así como
las inclinaciones y las acciones de los obreros están determinadas por su
dependencia del trabajo asalariado, las de la burguesía están radicadas en la
necesidad obtener beneficios y acumular capital, completamente aparte de sus
diversas tendencias ideológicas y psicológicas.
[Las
reformas y la degeneración del movimiento obrero]
Las reformas limitadas posibles dentro del sistema capitalista se han
convertido en condiciones habituales de existencia para los afectados por ellas
y no pueden ser anuladas fácilmente. Con una tasa baja de acumulación se
convierten en obstáculos para la producción de beneficios, superposición que
efectivamente requiere aumentos excepcionales de la explotación del trabajo.
Por otro lado, los periodos de depresión también inducen variadas medidas de
reforma, pero solamente para contrarrestar la amenaza de cataclismos sociales
serios. Una vez instaladas, tienden también a perpetuarse a sí mismas y deben
ser compensadas a través del correspondientemente mayor incremento de la
productividad del trabajo. Por supuesto, se harán esfuerzos, algunos con éxito,
para reducir paulatinamente lo que se ha ganado por la vía de la legislación
social y la mejora de los niveles de vida, con objeto de restaurar la necesaria
rentabilidad del capital. Algunos de estos logros permanecerán, no obstante, a
través de los periodos de depresión así como de prosperidad, con el resultado
con el tiempo de una mejora general de las condiciones de los obreros.
La incierta existencia de los obreros hizo que nunca fuese fácil
combatir por salarios más altos y mejores condiciones de trabajo. Sólo las
provocaciones más brutales de los empresarios los moverían a la acción, como un
mal menor que un estado de miseria implacable. Sabedora de la dependencia de
los obreros del salario diario, la burguesía contestó a sus rebeliones con
cierres patronales, como un medio más eficaz para imponer la voluntad de los
empresarios. Los beneficios perdidos pueden ser recuperados, los salarios
perdidos no. Sin embargo, la formación de sindicatos y el amasamiento de fondos
de huelga cambiaron esta situación, con cierta amplitud a favor de los obreros,
aunque esto no siempre superó su aversión condicionada a recurrir al arma de la
huelga. Para los capitalistas, también, la disposición para desafiar las
demandas de sus obreros menguaron con la creciente pérdida de ganancias en un
capital ampliado pero inutilizado. Con un incremento suficiente de la
productividad, las concesiones hechas a los obreros podrían demostrarse más rentables
que su rechazo. La eliminación gradual de la competición intensa por la vía de
la monopolización y del incremento generalizado de la organización de la
producción capitalista, también trajeron consigo la regulación del mercado de
trabajo. La negociación colectiva sobre los salarios y las condiciones de
trabajo eliminaron en cierta medida el elemento de la espontaneidad y la
incertidumbre en las contiendas entre la trabajo y capital. La agresividad
esporádica de los obreros dejo paso a una confrontación más ordenada y a una
mayor "racionalidad" en las relaciones capital-trabajo. Los
representantes sindicales de los obreros se convirtieron en los gerentes del
mercado de trabajo, pero en el mismo sentido en que sus representantes
políticos sirvieron a su esfuerzo por alcanzar sus intereses sociales más
alejados en el parlamento de la democracia burguesa.
Despacio, pero implacablemente, el control sobre las organizaciones de
la clase obrera escapó de las manos de la base y fue centralizado en los dirigentes
obreros profesionales, cuyo poder se apoyó en una estructura organizada
jerárquica y burocráticamente, operación la cual, a no ser mediante la
destrucción de la propia organización, ya no podría ser determinada por el
conjunto de sus miembros. La conformidad de los obreros en este estado de cosas
requirió evidentemente que las actividades de "sus" organizaciones
proporcionasen algunos beneficios tangibles, que de este modo eran asociados al
poder creciente de las organizaciones y a su desarrollo estructural particular.
La dirección centralizada determinó el carácter de la lucha de clase como una
lucha sobre los salarios y por metas políticas limitadas que tenían alguna
oportunidad de ser realizadas dentro de los limites del capitalismo.
[La
división de la clase obrera: heterogeneidad salarial, racismo, xenofobia...]
Las diferentes fases de desarrollo de la producción de capital en los
distintos países, así como las divergentes tasas de expansión de las industrias
particulares en cada nación, se reflejaron en la heterogeneidad de las tasas
salariales y de las condiciones de trabajo, que estratificaron a la clase
obrera fomentando grupos de interés específicos hasta el abandono de los
intereses de la clase proletaria. Se daba por supuesto que de esto último se
cuidaría por la vía de políticas socialistas, y donde tales políticas no fuesen
todavía una posibilidad práctica --porque la burguesía ya se había apropiado
enteramente de la esfera política a través de su control completo de la maquinaria
estatal, como en los países anglosajones, o porque los regímenes autocráticos
impidiesen cualquier participación en el campo político, como en las naciones
capitalistamente subdesarrolladas de oriente-- había sólo lucha económica.
Esto, mientras unía a algunas capas de la clase obrera, dividía a la propia
clase, lo que tendió a frustrar el desarrollo de conciencia de la clase
proletaria.
La ruptura de la unidad potencial de la clase obrera por la vía de los
diferenciales salariales, nacionalmente así como internacionalmente, no fue el
resultado de una aplicación consciente del antiguo principio de divide y
gobierna para afianzar el reino de la minoría burguesa, sino el resultado del
suministro y de las relaciones de la demanda del mercado de trabajo, tan
determinados por el curso de la producción social como la acumulación de
capital. Las ocupaciones privilegiadas por esta tendencia intentaron mantener
sus prerrogativas a través de su monopolización, restringiendo la oferta de
trabajo en oficios particulares no sólo en detrimento de sus adversarios
capitalistas sino también de la gran masa obrera no cualificada que operaba
bajo condiciones más competitivas. Los sindicatos, una vez considerados
instrumentos para un desarrollo de la conciencia de clase, se convirtieron en
organizaciones involucradas en no más que en sus intereses especiales definidos
por la división capitalista del trabajo y sus efectos sobre el mercado de
trabajo. Con el tiempo, claro, las organizaciones de oficio fueron sustituidas
por los sindicatos industriales, incorporando un número de ocupaciones y
uniendo trabajo cualificado y no cualificado, pero sólo para reproducir las
aspiraciones estrictamente económicas de la afiliación sindical en una base
organizativa ampliada.
Sumándose a los diferenciales salariales, que son un rasgo general del
sistema, la discriminación salarial fue (y es) extensamente cultivada por las
empresas individuales e industrias en el esfuerzo de romper la homogeneidad de
su fuerza de trabajo y menoscabar su capacidad para actuar de común acuerdo. La
discriminación puede ser basada en el sexo, la raza, o la nacionalidad, según
las peculiaridades de un mercado de trabajo dado. Son utilizados los prejuicios
persistentes asociados con la ideología dominante para debilitar la solidaridad
de los obreros y con ella su poder de negociación.
En principio, está claro que para los capitalistas no tiene importancia
material a que raza o nacionalidad particulares pertenece su fuerza de trabajo,
mientras su cualificación y su propensión al trabajo no caigan por debajo de la
media, pero en la práctica una fuerza de trabajo mixta con escalas salariales
desiguales, o incluso iguales, engendra o acentúa los antagonismos raciales o
nacionales ya existentes y lesiona el crecimiento de la conciencia de clase.
Por ejemplo, reservando los trabajos mejor pagados o los menos perjudiciales
para una raza o nacionalidad favorecida, un grupo de obreros es incitado a
pelear contra otro para detrimento de ambos. Como la competición por los
puestos de trabajo en general, la discriminación baja la ratio salarial general
e incrementa la rentabilidad del capital. Su uso es tan viejo como el
capitalismo mismo; la historia del trabajo es también la historia de la
competición y discriminación dentro de la clase obrera, dividiendo a los
obreros irlandeses de los obreros británicos, al argelino del francés, al negro
del blanco, a los nuevos inmigrantes de los primeros pobladores, y así
sucesivamente, casi de forma universal.
Aunque es una consecuencia de la preponderancia del nacionalismo y
racismo burgueses en respuesta al orden imperialista, afecta a la clase obrera
no sólo ideológicamente sino también a través de su competición en el mercado
de trabajo. Fortalece lo divisor en contra de los elementos unificantes de la
lucha de clase, y contrapesa las implicaciones revolucionarias de la conciencia
de clase proletaria. De ese modo, lleva la estratificación social del
capitalismo a dentro de la clase obrera. Se diseñan sus luchas económicas y
organizaciones para servir a grupos particulares de trabajadores, sin tener en
cuenta los intereses generales de clase, y las confrontaciones entre trabajo y
capital permanecen necesariamente dentro del marco de las relaciones de mercado
y precio.
El esfuerzo por alcanzar los diferenciales salariales permite niveles de
vida diferentes, y es por esto último,
no por el trabajo realizado, por lo que los obreros prefieren valorar su status
dentro de la sociedad capitalista. Si pueden permitirse el lujo de vivir como
la más pequeña burguesía, o acercarse a hacerlo, tienden a sentirse más afines
a esta clase que a la clase obrera propiamente. Mientras la clase obrera en
conjunto sólo puede escapar a su posición de clase a través de la eliminación
de todas las clases, los obreros individuales intentarán evadirse de su propia
clase para entrar en otra, o para adoptar el estilo de vida de la clase media.
Un capitalismo en expansión ofrece cierta movilidad social hacia arriba, así
como sumerge a los individuos de la clase dominante o la clase media en el
proletariado. Pero tales movimientos individuales no afectan a la estructura
social de clases; simplemente permiten la ilusión de una igualdad de
oportunidades, que puede servir como un argumento contra la crítica a la
invariable estructura de clases de la producción capitalista.
[La
dinámica del desarrollo económico social. Las luchas y el desarrollo de la
conciencia de clase]
En los periodos prósperos, y a causa del incremento en las familias con
más de un asalariado, los trabajadores mejor pagados pueden ahorrar algo de sus
ingresos y así cobrar intereses de igual modo que reciben salarios de su
trabajo. Esto da lugar a la ilusión de un giro de la determinación de clase en
la distribución del ingreso nacional, tal como los obreros participan en el
--no sólo como asalariados sino también
como receptores de un interés libre de plusvalía, o como accionistas en la
forma de dividendos--. Lo que esto pueda significar en términos de conciencia
de clase para aquellos favorecidos, es totalmente insignificante desde un punto
de vista social, y no afecta a la relación básica entre el valor y la
plusvalía, los salarios y los beneficios. Significa meramente que algunos
obreros realizan un aumento de sus ingresos exterior a la ganancia y al interés
producidos por la clase obrera en su conjunto. Mientras esto puede influir en
la distribución de los ingresos entre los obreros, acentuando los diferenciales
salariales ya existentes, no afecta de ningún modo a la división social de
salarios y beneficios representada por la tasa de explotación y la acumulación
de capital. La tasa de ganancia permanece igual, aunque alguna parte de la masa
de ganancia pueda extenderse a algunos obreros a través de sus ahorros. El
número de acciones poseídas por los obreros no se conoce, pero juzgando por el
número de accionistas en cualquier país particular y por la prevalencia de las
tasas salariales medias, podría ser sólo un número despreciable. El interés en
los ahorros, como una parte del beneficio, está claramente compensado por el
hecho de que mientras algunos obreros ahorran, otros piden prestado. Interesan
tales aumentos pero también los salarios reducidos. Con el gran aumento de las
ventas a plazos, es más probable que, en la balanza, el interés recibido por
algunos obreros es más que igualado por el interés pagado por los otros.
Así como su clase no es homogénea en lo que se toca a los ingresos, sino
sólo con respecto a su posición en las relaciones de producción sociales, los
obreros asalariados están inclinados a prestar más atención a sus necesidades
económicas inmediatas y oportunidades que a las relaciones de la producción
mismas, lo qué, en cualquier caso, parece ser imperturbable en un capitalismo
en ascenso. Sus intereses económicos envuelven, por supuesto, no sólo los
privilegios disfrutados por capas especiales de la clase obrera sino también la
necesidad general de la gran masa de obreros de mantener, o subir, sus niveles
de vida. Salarios superiores y mejores condiciones de trabajo presuponen el
incremento de la explotación, o la reducción del valor de la fuerza de trabajo,
asegurando así la reproducción continua de la lucha de clases dentro del
proceso de acumulación. Es la posibilidad objetiva de esto último lo que anula
la lucha económica de los obreros como un medio para el desarrollo de la
conciencia de clase revolucionaria. No hay ninguna evidencia de que los últimos
cien años de conflictos obreros hayan conducido al revolucionamiento de la
clase obrera en el sentido de una voluntad creciente de suprimir el sistema
capitalista. Los patrones de huelga en todas las naciones capitalistas varían
con el ciclo económico, que es como decir que el número de huelgas, y el número
de obreros involucrado en ellas, declina en los periodos de depresión y se
incrementa con cada tendencia ascendente de la actividad económica. Es la
acumulación de capital, no la falta de él, lo que determina la militancia de
los obreros con respecto a sus luchas salariales y a sus organizaciones.
Obviamente, una seria tendencia descendente de la economía, que reduce
el número total de obreros, también reduce el tiempo de trabajo perdido por las
huelgas y los cierres patronales, no sólo debido al número menor de obreros
empleados sino también debido a su mayor aversión a declararse en huelga a
pesar del deterioro de sus condiciones de trabajo. Igualmente, los sindicatos
de oficio y los sindicatos industriales declinan no sólo debido al desempleo
creciente, sino también porque son menos capaces, o absolutamente incapaces, de
proporcionar a los obreros recursos suficientes para garantizar su existencia.
En periodos de depresión, no menos que en aquéllos de prosperidad, las
confrontaciones continuas de trabajo y capital no han llevado a una radicalización
política de la clase obrera, sino a una insistencia intensificada en mejores
comodidades dentro del sistema capitalista. El desempleado ha exigido su
"derecho al trabajo", no la abolición del trabajo asalariado,
mientras aquéllos todavía empleados han estado deseosos de aceptar algunos
sacrificios para parar el declive capitalista. La retórica de la existencia las
organizaciones obreras existentes, o de las recientemente fundadas, sin duda se
ha vuelto más amenazante, pero en sus demandas concretas, realizables o no, ha
estado por un capitalismo que funcionase mejor, no por su abolición.
Cada huelga, es más, o es un asunto localizado con un número limitado de
obreros comprometido en él, o es una lucha en toda una industria que involucra
un gran número de obreros extendiéndose sobre varias localidades. En cualquier
caso, involucra sólo intereses especiales y temporales de secciones pequeñas de
la clase obrera y raramente afecta al conjunto de la sociedad en una magnitud
importante. Cada huelga debe acabar en la derrota de uno o del otro lado, o en
un compromiso asumible por los oponentes. En cualquier caso debe dejar las
empresas capitalistas suficiente rentabilidad para producir y expandirse. Las
huelgas que llevan a las quiebras de las empresas capitalistas también
derrotarían las metas de los obreros, que presuponen la continuidad de la
existencia de sus patrones. El arma de la
huelga como tal es una arma reformista; sólo podría volverse un instrumento
revolucionario a través de su generalización y extensión sobre el conjunto de
la sociedad. Fue por esta razón por la que el sindicalismo revolucionario
defendió la Huelga General como la palanca para derrocar la sociedad
capitalista, y es por la misma razón que el movimiento obrero reformista se opone
a la Huelga General, preservándola como un arma política extraordinaria y
dirigida para salvaguardar su propia existencia (1). Quizás la única huelga
general nacional totalmente exitosa fue la convocada por el propio gobierno
alemán para derrotar el golpe reaccionario de Kapp de 1920.
A menos que una huelga de masas se convierta en una guerra civil y en
una contestación al poder político, más pronto o más tarde está circunscrita a
finalizar ganen o no los obreros sus demandas. Se esperaba, por supuesto, que
las situaciones críticas producidas por tales huelgas, y las reacciones a ellas
por parte del capital y su Estado, llevarían a un reconocimiento creciente del
antagonismo infranqueable entre trabajo y capital y de este modo haría a los
obreros incrementadamente más susceptibles a la idea del socialismo. Esto no
era una suposición que no fuese razonable, pero fracasó al ser comprobada por
el curso real de los acontecimientos. No hay duda de que la misma agitación de
una huelga trae con ella un conciencia agudizada de todo el significado de la
sociedad de clases y su naturaleza explotadora, pero esto, por sí mismo, no
cambia la realidad. La situación excepcional degenera otra vez en la rutina de
cada vida y sus necesidades inmediatas. La conciencia de clase que despertó
vuelve una vez más a la apatía y la sumisión a las cosas tal y como son.
[De
los límites de las reformas a la revolución proletaria]
La lucha de clases involucra a la burguesía no menos que a los obreros,
y no hace considerar exclusivamente a los últimos en relación con la evolución
de su conciencia. La ideología burguesa dominante será reformulada y en gran
medida modificada para contrarrestar los cambios notables en las actitudes y
aspiraciones de la clase obrera. El temprano desprecio abierto de la burguesía
por la población trabajadora deja paso a una aparente preocupación por su
bienestar y a una apreciación de sus contribuciones a la "calidad de la
vida social". Las concesiones
menores se hacen antes de que sean impuestas a la burguesía por las acciones
independientes de la clase obrera. Se hace que la colaboración parezca
beneficiosa parar todas las clases sociales, y que parezca el camino a unas
relaciones sociales armoniosas. La misma
lucha de clases se ha convertido en un cálculo capitalista, a través de las
reformas acometidas a la clase dominante y las expectativas resultantes de una
posible transformación interna de la sociedad capitalista.
La más importante de todas las reformas del capitalismo fue por supuesto
el surgimiento del propio movimiento obrero. La extensión continua del derecho
de voto hasta cubrir entera a la población adulta, y la legalización y
protección del sindicalismo, integró al movimiento obrero en la estructura del
mercado y en las instituciones políticas de la sociedad burguesa. El movimiento
era ahora parte y parcela del sistema,
tanto tiempo como este último durase, a cualquier precio, y parecía simplemente
durar porque era capaz de mitigar sus contradicciones de clase por medio de reformas.
Por otro lado, estas reformas presupusieron condiciones económicas estables y
un desarrollo ordenado para ser logradas a través del aumento de la
organización, de la que las reformas mismas eran una parte integrante. Esta
posibilidad había sido claramente negada por la teoría marxiana; la
justificación de una política reformista consistente requirió por lo tanto el
abandono de esta teoría.
Los revisionistas en el movimiento obrero fueron capaces de convencerse
a sí mismos de que, contrariamente a Marx, la economía capitalista no tenía
ninguna tendencia inherente hacia el derrumbe, mientras aquellos que
sostuvieron la teoría marxiana insistieron en las limitaciones objetivas del
sistema. Pero respecto a la situación inmediatamente dada, el último tampoco
tenía ninguna opción que no fuese la lucha por las reformas económicas y
políticas. Difirieron de los revisionistas en su asunción de que, debido a los
límites objetivos del capitalismo, la lucha por reformas tendrá sentidos diferentes en los diferentes
momentos. Desde esta perspectiva, era posible emprender la lucha de clase en
los parlamentos y en las calles, no sólo a través de los partidos políticos y
los sindicatos, sino con los obreros desorganizados también. La posición legal
establecida, ganada dentro de la democracia burguesa, tenia que ser afianzada
por las acciones directas de las masas en sus luchas salariales, y se suponía
que las actividades parlamentarias sostenían estos esfuerzos. Mientras esto no
tendría ninguna implicación revolucionaria en los periodos de prosperidad,
seria de otro modo en las situaciones de crisis, particularmente en un
capitalismo en declive. Cuando el capitalismo encontrase en sí mismo
una barrera, la lucha por reformas se convertiría en lucha revolucionaria tan
pronto como la burguesía no fuese capaz por más tiempo de hacer concesiones a
la clase obrera.
Así como los capitalistas no son (con algunas excepciones) economistas,
sino gente de negocios, los obreros tampoco se preocupan de la teoría económica.
Realmente, aparte de la cuestión de si el
capitalismo está o no destinado a derrumbarse, deben atender a sus
necesidades inmediatas por medio de luchas salariales, defender o mejorar sus
niveles de vida. Si están convencidos del declive y hundimiento del
capitalismo, es porque ellos ya se adhieren a la ideología socialista, aunque
no podrían demostrar su perspectiva "científicamente". Es difícil, de
hecho, imaginar que un sistema social como el capitalismo podría durar durante
mucho, a menos que, por supuesto, uno fuese totalmente indiferente a las
condiciones caóticas de la producción de capital y a su corrupción total. Sin
embargo, tal indiferencia es sólo otro nombre para el individualismo burgués,
que no sólo es una ideología sino también una condición de las relaciones de
mercado en tanto relaciones sociales. Pero incluso bajo su encanto, la
indiferencia de los obreros no los dispensa de la lucha de clases, aunque a
veces esta sea emprendida sólo unilateralmente a través de la represión
violenta de todas las acciones independientes de la clase obrera.
Hasta ahora, el reformismo no ha
llevado en ninguna parte a una transformación evolutiva del capitalismo en un
sistema social más agradable, ni a revoluciones y ni al socialismo. Puede,
por otro lado, requerir revoluciones políticas para lograr algunas reformas
sociales. La reciente historia proporciona numerosos ejemplos de revoluciones
políticas que se agotaron en el derrocamiento de la despreciada estructura
gubernamental de una nación, sin afectar a sus relaciones sociales de
producción. Tales alzamientos revolucionarios, en la medida en que no son meras
revoluciones, cambian un régimen dictatorial con el objetivo de cambios
institucionales y, por implicación, de reformas económicas. Las revoluciones
políticas son aquí la condición previa de la actividad reformista de cualquier
clase y no un resultado de esta última. No son revoluciones socialistas, en el
sentido marxiano, aun si son preeminentemente iniciadas y llevadas a cabo por
las clases trabajadoras, sino actividades reformistas con los medios políticos
más directos.
La posibilidad del cambio revolucionario no puede cuestionarse, por
haber tenido lugar revoluciones políticas que alteraron las relaciones sociales
de producción y cambiaron la dominación de una clase por la de otra. Las
revoluciones burguesas afianzaron el triunfo de la clase media y el modo
capitalista de producción. Una revolución proletaria --que es una revolución
para acabar con todas las relaciones de clase en el proceso de la producción
social-- todavía no ha tenido lugar, aunque se han hecho esfuerzos en esta
dirección dentro y fuera de la estructura de la política burguesa. Mientras que la reforma social es un
sustituto de la revolución social y esta última puede disiparse en meras
reformas capitalistas, o en nada en absoluto, una revolución proletaria sólo
puede ganar o perder. No puede estar basada en ningún compromiso de clase,
puesto que es su función eliminar todas las relaciones sociales de clase. Encontrará, por tanto, fuera de la clase
proletaria, a todas las clases puestas en
orden contra ella, y ningún aliado en sus esfuerzos por realizar sus metas
socialistas. Este es el carácter especial de revolución proletaria que da
cuenta de las dificultades excepcionales en su camino.
NOTAS
1. En su libro En Lugar del Miedo (Nueva York, 1952, el
pp. 21-23), Aneurin Bevan relata que, en 1919 --con los sindicatos británicos
amenazando con una huelga nacional--, el entonces primer ministro David Lloyd
George les dijo a los jefes obreros que debían ser conscientes de todas las
consecuencias de tal acción, pues "si
una fuerza que se levanta en el Estado es más fuerte que el propio Estado,
entonces debe estar lista para asumir las funciones del Estado, o retirarse y
aceptar la autoridad del Estado". De ese momento, uno de los líderes
obreros dijo, "nosotros estábamos
vencidos y supimos lo que éramos". Después de esto, Bevan continúa,
"la Huelga General de 1926 fue
realmente un anticlimax. Los jefes en 1926... nunca se habían preparado para
las implicaciones revolucionarias de la acción directa a tal escala. Ni estaban ansiosos de hacerlo... No era tanto
el poder coercitivo del Estado lo que refrenó el uso pleno del poder industrial
de los obreros. ...Los obreros y sus jefes lo detuvieron incluso cuando su
poder coercitivo era mayor que el del Estado. ...La oportunidad del poder no es
bastante cuando la voluntad para apropiarse de el está ausente, y esa voluntad
concurre con la actitud tradicional del pueblo hacia las instituciones
políticas que forman parte de su herencia histórica". También podría
ser esto, pero realmente, en este caso particular, no fue la actitud de los
obreros con respecto a su herencia histórica, sino meramente su sumisión a sus
propias organizaciones y a sus dirigentes, lo que permitió en última instancia
cancelar la Huelga General, sin temor de que eso pudiera llevar a
levantamientos revolucionarios debido a la determinación aparentemente
obstinada del gobierno de romper la huelga por la fuerza.
Extraído
del libro en inglés El marxismo: ¿el
último refugio de la burguesía? (1983).