Espontaneidad y
Organización
- Integración capitalista y ruptura obrera -
Paul Mattick
(1949)
*
* *
Í n d i c e :
Presentación de
la nueva traducción
[ 1. Dos concepciones
distintas de la espontaneidad ]
[ 2. La deriva
oportunista del viejo movimiento obrero y el status quo ]
[ 3. El
reformismo como agente del desarrollo
capitalista totalitario ]
[ 4. El
nacionalismo imperialista y la lucha por la dominación mundial ]
[ 5. El
reformismo y las condiciones para el socialismo ]
[ 6. La
extensión mundial de la tendencia al totalitarismo ]
[ 7. Hacia un
reenfoque de la cuestión de la espontaneidad y la organización ]
[ 8. La
agudización política del antagonismo de clases ]
[ 9.
Desintegración del capitalismo y posibilidades de ataque del proletariado ]
*
* *
Presentación de la
nueva traducción.
La presente
traducción se ha realizado a partir del texto original en inglés, publicado
digitalmente por Collective Action Notes (http://www.geocities.com/CapitolHill/Lobby/2379)
y procedente de la antologia de Paul Mattick titulada «Comunismo Antibolchevique» y publicada en 1977. El mismo texto
había sido publicado en una antología anterior, en francés, de 1972, titulada «Integración capitalista y ruptura obrera»
(París, E.D.I), de la que hemos sacado el subtítulo para esta edición digital.
Esta nueva
traducción de Espontaneidad y
Organización sirve para corregir las diversas imperfecciones y erratas que
se habían cometido en la versión anterior, que tiene ahora casi cinco años y
que fue realizada por la misma persona que ahora elabora la nueva.
Algunos de los
defectos más graves de esa primera versión intentaron subsanarse previo a su
publicación en internet -en fechas relativamente recientes- por el Grupo de
Comunistas de Conselhos de Galiza. La raiz de estos defectos estaba tanto en la
poca capacidad linguística del traductor en aquel momento, como en la falta de
medios, ambos factores reforzados, a su vez, por un conocimiento aún entonces escaso
del pensamiento del autor. Esperamos, por lo tanto, que la nueva traducción
sirva para proporcionar una comprensión más clara y una lectura más suelta.
También han sido
modificados los subtítulos editoriales anteriores, puestos entre corchetes, que
dividían el texto por partes.
Pero, antes de
iniciar la lectura, es necesario hacer dos aclaraciones relativas a la traducción.
Primera. El término inglés «control» tiene una significación mucho más
universal que el «control» latino
(ocurre lo mismo que con los derivados de «rule»
-ruuling, ruled-, que puede traducirse
tanto por gobernar como por dominar). El uso particularmente intensivo en el
texto del concepto «control» por
parte de Mattick tiene mucho que ver con su finalidad teórica de establecer una
correlación dialéctica entre la extensión de los métodos de control de los
procesos económicos por un lado, y la intensificación y amplificación de la
dominación de clase a nivel del conjunto de la sociedad por el otro. Este uso
excede al uso habitual en español, que tiende a enfatizar la diferenciación
entre dominación, mando y control, lo que lleva a despojar, especialmente en el vocabulario
político, al término «control» de esa
integralidad significante. Por esa razón, hemos preferido, allí donde
consideramos que no alteraría el hilo argumental y espositivo del escrito,
traducirlo algunas veces por dominación
o mando.
Segunda. El término inglés «hopelessness» (desesperación, desesperanza) es usado por Mattick para hablar de
organizaciones "carentes de
esperanza". Esta expresión tiene, etimológicamente, un doble sentido:
el sentido de que estas organizaciones o acciones carecen de futuro porque se
encuadran en el status quo, y el
sentido de que las mismas carecen de la motivación revolucionaria sujetiva
necesaria -y de la capacidad subjetiva para extenderla-.
R.F.
12.11.2005
Espontaneidad y Organización
La cuestión de la organización y la espontaneidad fue
abordada en el movimiento obrero como un problema de conciencia de clase, que
implicaba las relaciones de la minoría revolucionaria con la masa del
proletariado, adoctrinada de modo capitalista. Se consideró, de una manera
inverosímil, que no más que una minoría aceptaría y, mediante su organización,
mantendría y pondría en práctica una conciencia revolucionaria. La masa de los
trabajadores sólo actuarían como revolucionarios por la fuerza de las
circunstancias. Lenin aceptaba esta situación con optimismo. Otros, como Rosa
Luxemburg, pensaban de modo diferente. Con el propósito de realizar una
dictadura de partido, Lenin se preocupaba ante todo de las cuestiones de
organización. Con el propósito de escapar del peligro de una nueva dictadura
sobre los trabajadores, Rosa Luxemburg enfatizaba la espontaneidad. Ambos, sin
embargo, sostenían que, justamente como bajo ciertas condiciones la burguesía
determinaba las ideas y actividades de las masas trabajadoras, así, bajo
condiciones diferentes, una minoría revolucionaria podría hacer lo mismo. Al
mismo tiempo que Lenin veía esto como una oportunidad para introducirse en la
sociedad socialista, Rosa Luxemburg temía que cualquier minoría, situada en la
posición de una clase dominante, pudiese pronto pensar y actuar justamente como
la burguesía antiguamente.
[ 1. Dos concepciones
distintas de la espontaneidad ]
Detrás de estas actitudes, había la convicción de que
el desarrollo económico del capitalismo forzaría a sus masas proletarias a
actividades anticapitalistas. Aunque Lenin contaba con los movimientos
espontáneos, simultáneamente los temía. Justificaba la necesidad de las
interferencias conscientes en las revoluciones surgidas espontáneamente citando
el atraso de las masas, y veía en la espontaneidad un importante elemento
destructivo, pero no constructivo. En la visión de Lenin, cuanto más poderoso
fuese el movimiento espontáneo, mayor sería la necesidad de complementarlo y
dirigirlo con la actividad organizada y planificada del partido. Los
trabajadores tenían que ser protegidos de sí mismos, por decirlo así, o podrían
derrotar su propia causa por ignorancia, y, dispersando sus fuerzas, abrir el
camino a la contrarrevolución.
Rosa Luxemburg pensaba de modo diferente, porque veía
la contrarrevolución no sólo acechando en los poderes y organizaciones
tradicionales, sino capaz de desarrollarse dentro del propio movimiento
revolucionario. Esperaba que los movimientos espontáneos delimitasen la
influencia de aquellas organizaciones que aspiraban a centralizar el poder en
sus propias manos. Aunque tanto Luxemburg como Lenin vieron la acumulación de
capital como un proceso que engendraba crisis, Luxemburg concebía la crisis
como más catastrófica de lo que lo hizo Lenin. Cuanto más devastadora fuese la
crisis, más abarcadoras serían las esperadas acciones espontáneas, menor la
necesidad de dirección consciente y control centralista, y mayor la oportunidad
para el proletariado de aprender a pensar y actuar de maneras apropiadas a sus
propias necesidades. Las organizaciones, desde el punto de vista de Luxemburg,
debían meramente ayudar a liberar las fuerzas creativas inherentes a las
acciones de masas, e integrarse ellas mismas en los intentos proletarios
independientes de organizar una nueva sociedad. Esta aproximación a la cuestión
no presuponía una conciencia revolucionaria clara, comprehensiva, sino una
clase obrera altamente desarrollada, capaz de descubrir por sus propios
esfuerzos las maneras y los medios para utilizar el aparato productivo y sus
propias capacidades para una sociedad socialista.
Había todavía otra aproximación a la cuestión de la
organización y la espontaneidad. Georges Sorel y los sindicalistas no sólo
estaban convencidos de que el proletariado podría emanciparse sin la guía de la
intelligentsia, sino de que tiene que
emanciparse de los elementos de clase media que controlan las organizaciones
políticas. En la visión de Sorel, un gobierno de socialistas no alteraría en
ningún sentido la posición social de los trabajadores. Para ser libres, los
obreros mismos tendrían que recurrir a acciones y armas exclusivamente propias.
El capitalismo, pensaba, ya había
organizado al conjunto del proletariado en sus industrias. Todo lo que quedaba
por hacer era suprimir el Estado y la propiedad. Para lograr esto, el
proletariado no estaba tan necesitado de la llamada visión científica de las
tendencias sociales necesarias, como de una clase de convicción intuitiva de
que la revolución y el socialismo eran los resultados inevitables de sus
propias luchas continuas. La huelga se veía como el aprendizaje revolucionario
de los trabajadores. El número creciente de huelgas, su extensión y su duración
cada vez mayor apuntaban a una posible huelga general, es decir, a la
revolución social inminente. Cada huelga particular era un facsímil reducido de
la huelga general y una preparación para este levantamiento final. La creciente
voluntad revolucionaria no podría medirse por los éxitos de los partidos
políticos, sino por la frecuencia de las huelgas y el entusiasmo desplegado en
ellas. La organización era la preparación de la acción directa y ésta última, a
su vez, formaba el carácter de la organización. Las huelgas producidas
espontáneamente eran las formas organizativas de la revuelta y eran, también,
parte de la organización social del futuro, en la que los productores mismos
controlarían su producción. La revolución proseguiría de acción en acción, en
una combinación continua de los aspectos espontáneo y organizativo de la lucha
proletaria por la emancipación.
Al enfatizar la espontaneidad, las organizaciones
obreras admitían su propia debilidad. Dado que no sabían cómo cambiar la
sociedad, se complacían en la esperanza de que el futuro resolviese el
problema. Esta esperanza, es cierto, estaba basada en el reconocimiento de
algunas tendencias efectivas, tales como el desarrollo ulterior de la
tecnología, la continuación de los procesos de concentración y centralización
que acompañaban al desarrollo capitalista, el incremento de las fricciones
sociales, etc.. Era, sin embargo, una
mera esperanza, que compensaba la falta de poder organizativo y la incapacidad
para actuar eficazmente. La espontaneidad tenía que prestar
"realidad" a sus tareas manifiestamente desesperadas, que excusar una
inactividad forzada y justificar su coherencia.
Las organizaciones fuertes, por otro lado, se
inclinaban a desconsiderar la espontaneidad. Su optimismo estaba basado en sus
propios éxitos, no en la probabilidad de movimientos espontáneos que viniesen
en su ayuda en alguna fecha posterior. Defendían que la fuerza organizada debe
ser derrotada por la fuerza organizada, o sostenían el punto de vista de que la
escuela de actividad práctica cotidiana desarrollada por el partido y el
sindicato conduciría a más y más trabajadores a reconocer la necesidad
ineludible de cambiar las relaciones sociales. En el crecimiento firme de sus
propias organizaciones, veían el desarrollo de la conciencia de clase
proletaria y, a veces, soñaban con que estas organizaciones comprendiesen la
totalidad de la clase obrera.
[ 2. La deriva oportunista
del viejo movimiento obrero y el status
quo ]
No obstante, todas las organizaciones se ajustaban a la
estructura social general. No tenían ninguna
"independencia" absoluta. De un modo u otro, todas son
determinadas por la sociedad y ayudan, a su vez, a determinar la sociedad. En
el capitalismo, ninguna organización puede ser coherentemente anticapitalista.
La "coherencia" se refiere meramente a una actividad ideológica
limitada y es el privilegio de sectas e individuos. Para obtener importancia
social, las organizaciones deben ser oportunistas con el propósito de afectar a
los procesos sociales y de servir a sus propios fines simultáneamente.
De forma manifiesta, el oportunismo y el
"realismo" son la misma cosa. El primero no puede ser derrotado por
una ideología radical que se oponga a la totalidad de las relaciones sociales
existentes. No es posible agrupar lentamente las fuerzas revolucionarias en
organizaciones poderosas, listas para actuar en los momentos favorables. Todos
los intentos a este respecto han fallado. Sólo aquellas organizaciones que no
perturbaban las relaciones sociales básicas prevalecientes crecieron en alguna
importancia. Si empezaban con una ideología revolucionaria, su crecimiento
implicaba una subsiguiente discrepancia entre su ideología y sus funciones.
Opuestas al capitalismo, pero también organizadas dentro de él, no podían
evitar apoyar a sus oponentes. Aquellas organizaciones que no eran destruidas
por adversarios competitivos, sucumbían finalmente a las fuerzas del
capitalismo en virtud de su propia actividad exitosa.
En materia de organización éste es, entonces, el dilema del radical: para hacer algo de
importancia social, las acciones deben ser organizadas. Las acciones
organizadas, sin embargo, se convierten en canales capitalistas. Parece que, para hacer algo ahora, sólo se
puede hacer lo equivocado, y que, para evitar dar pasos en falso, no se debería
dar ninguno en absoluto. La mente política del radical está destinada a ser
miserable; es consciente de su utopismo y no experimenta nada más que fracasos.
En mera autodefensa, el radical enfatiza siempre la espontaneidad, a menos que
sea un místico, sosteniendo en secreto el pensamiento de que está diciendo un
sin sentido. Pero su propia persistencia parece demostrar que nunca deja de ver
algún sentido en el sin sentido.
Tomar refugio en la idea de la espontaneidad es
indicativo de una incapacidad, real o imaginaria, para formar organizaciones
eficaces, y de una negativa de combatir a las organizaciones existentes de una
manera "realista". Para combatirlas con éxito sería necesaria la
formación de contra-organizaciones, que, por sí mismas, anularían la razón de
su existencia. La "espontaneidad" es, de este modo, una aproximación
negativa al problema del cambio social y sólo en un sentido puramente
ideológico puede considerarse también positiva, en tanto implica un divorcio
mental de aquellas actividades que favorecen la sociedad prevaleciente. Agudiza
la capacidad crítica y lleva a la desvinculación de las actividades inútiles y
de las organizaciones desesperadas. Busca indicativos de desintegración social
y limitaciones en la dominación de clase. Produce una distinción más clara
entre la apariencia y la realidad y es, en resumen, el distintivo de la actitud
revolucionaria. Dado que está claro que ciertas fuerzas, relaciones y
organizaciones sociales tienden a desaparecer y otras tienden a adquirir poder,
aquéllos interesados en el futuro, en las nuevas fuerzas en construcción,
enfatizarán la espontaneidad; aquéllos más íntimamente conectados con las
viejas enfatizarán la necesidad de la organización.
Incluso un estudio superficial de la actividad
organizada revela que todas las organizaciones importantes, no importa cual sea
su ideología, apoyan el status quo,
o, en el mejor de los casos, fomentan un desarrollo limitado dentro de las
condiciones generales, características de una sociedad particular en un período
histórico particular. El término status
quo es útil para clarificar el concepto de reposo dentro del concepto de
cambio. Debe considerarse como lo es cualquier teoría o herramienta práctica, y
tiene sus usos completamente aparte de todas sus implicaciones filosóficas.
Está claro, por supuesto, que las condiciones precapitalistas, aunque transformadas,
están incorporadas a las condiciones capitalistas y que, igualmente, las
condiciones postcapitalistas, de una forma u otra, están apareciendo dentro de
las condiciones capitalistas. Pero esto se refiere al desarrollo general y,
aunque el desarrollo específico no puede realmente divorciarse del general, es
separado continuamente por las actividades prácticas de los hombres.
El status quo,
tal y como aquí se aplica al capitalismo, significa un período de la historia
social en el que los trabajadores, dentro de las condiciones de una
interdependencia social compleja, están divorciados de los medios de producción
y están, en consecuencia, bajo el control de una clase dominante. Los detalles
particulares del control político están basados en los del control económico.
Mientras tanto la relación capital-trabajo determina la vida social,
encontraremos a la sociedad básicamente "inalterada", no importa cuánto
pueda parecer que ha cambiado en otros aspectos. El capitalismo del laissez faire, el capitalismo de
monopolios o el capitalismo de Estado, son fases de desarrollo dentro del status quo. Sin negar las diferencias
entre estas fases, nosotros debemos enfatizar su identidad básica y, oponiéndonos
a lo que tienen en común, oponernos no sólo a una u otra fase, sino a todas
simultáneamente.
El desarrollo o el mero cambio dentro del status quo pueden ser "buenos"
o "malos", desde el punto de vista de los dominados condicionado por
el tiempo. Un ejemplo de lo primero sería la lucha exitosa de los trabajadores
por mejores condiciones de vida y mayor libertad política; de lo segundo, la
pérdida de ambas con el ascenso del fascismo -aparte por completo de la
cuestión de si lo primero es una causa parcial de lo segundo-. La participación
en las organizaciones que fomentan el desarrollo dentro del status quo es, a menudo, una necesidad
ineludible. No es, por consiguiente, de ningún provecho oponerse a tales
organizaciones con un programa máximo solamente realizable fuera del status quo. Sin embargo, antes de entrar
o permanecer en las organizaciones "realistas", es necesario
averiguar en que dirección pueden proseguir los cambios dentro del status quo y cómo pueden afectar a la
población trabajadora.
[ 3. El reformismo como agente del desarrollo capitalista totalitario ]
Desde hace mucho tiempo, los sindicatos y los partidos
políticos obreros han dejado de actuar de acuerdo con sus originales
intenciones radicales. Los "problemas cotidianos" transformaron esos
movimientos y llevaron a una situación en que no hay "verdaderas"
organizaciones obreras, a pesar de las numerosas organizaciones todavía en
circulación. Incluso el ala socialista del movimiento, concibe las reformas no
como una transición al socialismo, sino como un medio para un capitalismo mejor,
más agradable, a pesar del hecho de que su literatura continúe empleando a
menudo términos socialistas. La lucha por mejores condiciones de vida dentro de
la economía de mercado, a causa de que era una lucha por el precio de la fuerza
de trabajo, transformó el movimiento obrero en un movimiento capitalista de trabajadores. Cuanto mayor era la presión
proletaria, mayor se hacía la necesidad capitalista de incrementar la
productividad del trabajo mediante procedimientos tecnológicos y organizativos,
y mediante la extensión nacional e internacional de las actividades
comerciales. Como la competición en general, la lucha proletaria también sirvió
como instrumento para incrementar el ritmo de la acumulación de capital, para
impulsar a la sociedad de un nivel de producción a otro. No sólo los dirigentes
obreros, sino las bases también, perdieron sus tempranas aspiraciones
revolucionarias según la productividad creciente del trabajo aceleraba la
expansión del capital y permitía beneficios más altos y mejores salarios.
Aunque los salarios disminuyeron en relación a la producción, aumentaron en
términos absolutos y elevaron los niveles de vida de las grandes masas de
trabajadores industriales en los países capitalistas principales. Mediante el
comercio exterior y la explotación colonial, aumentaron los beneficios y se
aceleró aún más la formación de capital. Esto ayudó a estabilizar las
condiciones de la denominada aristocracia
obrera ascendente. Periódicamente, el proceso era interrumpido por las
crisis y las depresiones, que actuaban, aunque ciegamente, como factores de
coordinación en el proceso de reorganización capitalista. A la larga, sin
embargo, el apoyo redoblado a la expansión del capital tanto por parte de la
clase obrera como por la competición capitalista, condujo a una completa fusión
de intereses entre las organizaciones obreras y los gestores del capital.
Había, por supuesto, organizaciones que luchaban contra
la integración del movimiento obrero en la estructura capitalista. Interpretaban
las reformas como un paso hacia la revolución e intentaban comprometerse en
actividades capitalistas y, al mismo tiempo, mantener una meta revolucionaria.
Veían la fusión de capital y trabajo
como un asunto temporal, a ser sufrido o utilizado mientras durase. Su
indiferencia en materia de colaboración les prevenía de conseguir importancia
organizativa; y esto, a su vez, les llevaba a enfatizar la espontaneidad. Los
socialistas de izquierda y los sindicalistas revolucionarios pertenecen a esta
categoría.
Algunos países tienen niveles de vida más elevados que
otros. Los altos salarios de algunos grupos de trabajadores implican bajos
salarios para otros. Las tendencias a la igualación que operan en el
capitalismo competitivo a respecto de la productividad, las tasas de ganancia y
los niveles salariales, tienden a eliminar los intereses especiales y los
privilegios particulares. Y así como los capitalistas intentan escapar a este
proceso de nivelación a través de la monopolización, del mismo modo los grupos
obreros organizados intentan asegurar sus posiciones especiales, en detrimento
de las necesidades de clase del proletariado como un todo. Estos intereses
especiales están constreñidos a convertirse en intereses
"nacionales". Defendiendo sus organizaciones políticas y económicas,
para retener los privilegios socioeconómicos asegurados mediante ellas, los
trabajadores defienden no sólo una fase particular del desarrollo capitalista
que garantiza su posición especial, sino también las políticas imperialistas de
sus naciones.
Para mantener el status
quo, las relaciones sociales básicas son organizadas y reorganizadas más
"eficientemente". La reorganización actual de la estructura social de
clases tiene un carácter totalitario.
La ideología, también, se vuelve totalitaria,
tanto como condición previa como como resultado de esta reorganización. Las
organizaciones no totalitarias se vuelven totalitarias en un intento por
preservarse a sí mismas. En las naciones totalitarias, las llamadas
organizaciones obreras actúan exclusivamente en nombre de las clases
dominantes. También lo hacen así en los países "democráticos", aunque
de una manera menos evidente y con una ideología parcialmente distinta. En
apariencia, no hay ninguna manera de reemplazar estas organizaciones por otras
nuevas de un carácter revolucionario -una situación desesperada para aquéllos
que quieren organizar la nueva sociedad dentro de la cáscara de la vieja, y
para aquéllos que todavía se inclinan a las "mejoras" dentro del status quo, dado que todas las reformas
requerirían ahora medios totalitarios-. La democracia burguesa dentro de las
condiciones del laissez faire -es
decir, la situación social en la que podrían formarse y desarrollarse
organizaciones obreras de tipo tradicional- ya no existe o está camino de
desaparecer. Toda la discusión alrededor de la cuestión de la organización y la
espontaneidad, que agitaba al viejo movimiento obrero, ha perdido su
significado ahora. Ambos tipos de organizaciones, las dependientes de la
espontaneidad y las que intentan dominarla, están desapareciendo. La propaganda
por nuevas organizaciones no vale más de lo que la esperanza de que surgirán
espontáneamente. Como los creyentes en la espontaneidad, los defensores de la
organización también son ahora "utópicos", en vista de la realidad
totalitaria emergente.
Para algunos, no obstante, la existencia de la Rusia
bolchevique parece contradecir tanto la afirmación de que el viejo movimiento
obrero ha desaparecido, como el contencioso acerca de que la discusión sobre
organización y espontaneidad se ha vuelto un sin sentido, debido a las
condiciones sociales alteradas. Después de todo, aquellos que enfatizaban la
organización tenían su camino en Rusia y continúan ejerciendo su poder en
nombre del socialismo. Pueden considerar su éxito como una verificación de su
teoría, y así pueden hacerlo también aquellas organizaciones reformistas que se
han convertido en partidos de gobierno
como, por ejemplo, el Partido Laborista Británico. Pueden considerar su
posición presente no como una transformación hacia el capitalismo totalitario,
sino como un paso hacia la socialización de la sociedad.
El gobierno laborista y sus organizaciones de apoyo
demuestran, sin embargo, meramente que el viejo movimiento obrero ha sido llevado
a su final por su éxito organizativo. Es bastante evidente que la única
preocupación de los laboristas es mantener el status quo. Están, claro, comprometidos todavía en la
reorganización de la estructura política y gubernamental, pero la defensa del capitalismo
se ha convertido en la defensa de su propia existencia. Y defender el
capitalismo, significa continuar y acelerar la concentración y centralización
del poder económico y político, camuflada como "nacionalización" de
las industrias clave. Implica cambios sociales, que tanto incrementan como
afianzan los poderes de manipulación y control del capital y el gobierno, y que
integran al movimiento obrero en una red en desarrollo de organizaciones
totalitarias, que no sirve más que a las clases dominantes.
Si organizaciones como las que dominan el movimiento
obrero británico ganan influencia política y no la usan para fines
revolucionarios, no es porque su "ideología democrática" les prohíba
alcanzar el poder real -en tanto distinto del gubernamental- por otros medios
que el consenso mayoritario. Sus propias organizaciones,
"democráticas" sólo en la terminología, están determinadas por una
burocracia, y se asemejan íntimamente a la estructura democrática capitalista,
que presupone la dominación absoluta de los propietarios y gestores del
capital. Tampoco temen la fuerza que les queda a sus adversarios capitalistas;
su conservadurismo proviene directamente de sus propios intereses
organizativos, que están vinculados a la fase pretotalitaria del desarrollo capitalista.
[ 4. El nacionalismo imperialista y la lucha
por la dominación mundial ]
La evolución totalitaria de estas organizaciones es una
repetición, a pequeña escala, de la transformación de la sociedad liberal en una sociedad autoritaria. Es un proceso lento y
contradictorio, e implica una lucha inter-organizativa lo mismo que contra los
movimientos políticos competidores. Tiene lugar en un momento en el que la
extensión internacional del proceso de concentración capitalista convierte los
intereses monopolistas en intereses nacionalistas; cuando la economía
mundial es el monopolio de unas
cuantas naciones o bloques de poder, y el control directo sobre la producción y
la comercialización que existe en cada nación avanzada está siendo realizado a
una escala mundial. Bajo estas condiciones, el movimiento obrero ya no es capaz
de apoyar la expansión del capital solamente luchando por sus intereses
especiales de grupo. Debe convertirse en un movimiento nacional y tomar parte en la reorganización de la economía mundial
de acuerdo con las relaciones de poder cambiantes. Sin embargo, el movimiento
obrero, estorbado por la tradición y teniendo sus propios intereses creados,
encuentra difícil convertirse de mero sostén
del nacionalismo en fuerza impulsora
del imperialismo. Los nuevos movimientos políticos salen a escena para explotar
esta inflexibilidad y, donde persiste, para reemplazar el movimiento obrero por un movimiento nacional-socialista.
Ciertamente, el movimiento nacional-socialista es "nacional" sólo para ser
imperialista. El "internacionalismo" burgués, o sea, el libre mercado mundial, era una ficción.
Era "libre" sólo porque estaba libre de la competición contra las
principales naciones industriales y los consorcios internacionales. La
expansión del capital, mientras delimitaba la competición en un extremo, la
extendía por el otro; las viejas posiciones monopolistas eran destruidas en
favor de nuevas constelaciones monopólicas. Si las interferencias monopolistas
en el "libre" mercado mundial dificultaban la expansión capitalista,
al mismo tiempo forzaban a las naciones recién en desarrollo, y a los intereses
privados que surgían dentro de ellas, a establecer sus propias restricciones
competitivas monopolistas para asegurarse un lugar dentro de la economía
mundial.
La pugna por entrar en el "libre" mercado
mundial, así como la lucha por dejar fuera a todos los recién llegados,
obstaculizó el desarrollo capitalista general, al precio de una
desproporcionalidad creciente de la economía como un todo. La discrepancia
entre las fuerzas sociales de producción totales liberadas así, y la
organización de la producción y el comercio mundiales, determinada
nacionalmente, se volvió más amplia cuanto más se acometía el progreso
capitalista. Incapaces de detener el crecimiento de las fuerzas productivas
debido a la situación competitiva, las reorganizaciones de la economía mundial
de acuerdo con la distribución cambiante del poder económico, procedían por la
vía de las crisis y las guerras. Esto llevó, a su vez, a un renovado énfasis en
el nacionalismo, aunque todos los
problemas políticos y económicos están determinados por la naturaleza
capitalista de la economía mundial.
El nacionalismo es meramente el
instrumento para la competición a gran escala; es el
"internacionalismo" de la sociedad capitalista.
[ 5. El reformismo y las condiciones para el
socialismo ]
El internacionalismo proletario estaba basado en una
aceptación del ficticio principio burgués del "libre comercio".
Concebía el desarrollo internacional como una mera extensión cuantitativa del familiar desarrollo
nacional. Así como la empresa capitalista atravesaba los límites nacionales,
así el movimiento obrero adquirió una base internacional sin cambiar su forma o
sus actividades. El único cambio cualitativo
que podía esperarse, siguiendo a los cambios cuantitativos, era la
revolución proletaria, y esto debido a la idea de la polarización de la
sociedad, que quiere decir que un número siempre menor de dominadores se
enfrentan a una masa siempre creciente de dominados. Lógicamente, este proceso
podría conducir, o bien a una absurdidez, o bien a la expropiación social de
los expropiadores individuales.
Si se consideraba que la lucha sobre el precio de la
fuerza de trabajo resultaría en el crecimiento firme de la conciencia de clase
proletaria, y en la creación de una base objetiva para el socialismo, el conjunto del proceso de concentración
capitalista también era bienvenido, como un paso necesario del desarrollo en
dirección a la nueva sociedad. Se sostenía que las empresas a gran escala, la
cartelización, la trustificación, el control financiero, las interferencias
estatales, el nacionalismo y aun el imperialismo, eran los postes indicadores
de la "maduración" de la sociedad capitalista hacia la revolución social. Aún cuando esto
animaba a los reformistas a ver, el control del gobierno conquistado legalmente,
como un requisito suficiente para el cambio social, también hizo posible para
los revolucionarios esperar que, incluso bajo condiciones menos
"maduras", el socialismo podría ser instituido a través de la toma de
los poderes gubernamentales. Las disputas entre los socialistas y los
bolcheviques eran sobre problemas tácticos, y no afectaban a su acuerdo básico
en que la "última fase" del capitalismo podría transformarse en
socialismo mediante acciones gubernamentales. Si los socialistas parecían
esperar que el "progreso" siguiese su curso y les entregase el
gobierno, los bolcheviques estaban empeñados en realizar el progreso, y
realizarlo más rápido.
La derrota rusa en la I Guerra Mundial, y la necesidad
ampliamente apoyada de "modernizar" Rusia para asegurar su
independencia nacional, llevaron al derrumbamiento del zarismo y a una
revolución que llevó al poder a los "elementos progresivos". Pronto,
el ala más agresiva del movimiento socialista concentró el poder en sus propias
manos. Para acelerar el proceso de socialización, los bolcheviques obligaron a
la población a actuar en acuerdo estricto con su programa político. Desde su
punto de vista, no importaba si sus decisiones eran todavía de un carácter
capitalista, mientras tanto estuviesen alineados con el desarrollo capitalista
general hacia el capitalismo de Estado, y mientras tanto incrementasen la
producción y mantuviesen el gobierno bolchevique -que era visto como una
garantía de que, al final, a pesar de todas las incoherencias, compromisos y
concesiones a los principios y poderes capitalistas, un estado de socialismo
podría ser decretado desde arriba-. La cuestión era mantener revolucionario al
gobierno, esto es, en manos bolcheviques, y preservar su carácter
revolucionario a través del adoctrinamiento rígido de sus miembros en una
ideología básicamente inmutable. Fomentando un fanatismo capaz de oponerse a
todas las desviaciones, los bolcheviques intentaron que la máquina organizativa
se mantuviese más poderosa que todos sus enemigos. La dictadura gubernamental,
apoyada por un partido dirigido dictatorialmente y por un sistema jerárquico de
privilegios, se consideró como el primer paso, ineludible, en la realización
del socialismo.
[ 6. La extensión mundial de la tendencia al
totalitarismo ]
Más allá del crecimiento de la organización
monopolista, de las interferencias del Estado en la economía y de los requerimientos
organizativos del imperialismo moderno, una tendencia hacia el control
totalitario operaba en todos los países, particularmente en aquéllos que
sufrían de condiciones de crisis más o menos "permanentes". Si bien
la crisis capitalista, como su economía, es internacional, no azota a todos los
países con igual dureza ni de maneras idénticas. Hay países "más
ricos" y países "más
pobres", a respecto de los recursos materiales, humanos y capitalistas.
Las crisis y las guerras llevan a un nuevo reparto de las posiciones de poder,
y a nuevas tendencias en el desarrollo económico y político. Pueden ser
expresiones de relocalizaciones del poder ya efectuadas, o de instrumentos para
llevarlas a cabo. En cualquier caso, el mundo capitalista se encuentra decisivamente
cambiado y organizado de forma distinta. Las nuevas innovaciones organizativas
se generalizan, aunque no necesariamente de igual manera, por medio de las
luchas competitivas. En algunos países, las nuevas formas de dominación social,
introducidas por una concentración del capital elevada, pueden tener un
carácter predominantemente económico; en otros, asumirán una apariencia
política. En realidad, puede haber un
control centralista más avanzado en los primeros que en los últimos. Pero,
si éste es el caso, ello sólo obliga a las naciones menos determinadas de un modo
centralista a aumentar sus capacidades de dominación política. Un régimen
fascista es el resultado de las luchas sociales que acompañan a las
dificultades internas, y de la necesidad de compensar, por medio de la
organización, debilidades no compartidas por las naciones más fuertes en un
sentido capitalista. El régimen político autoritario es un sustituto para la
carencia de un sistema de toma de decisiones centralista "libremente"
desarrollado.
Si el totalitarismo es un resultado de cambios dentro
de la economía mundial, es también responsable de la actual tendencia mundial a
complementar la fuerza económica mediante medios político-organizativos. En
otras palabras, el desarrollo del totalitarismo sólo puede entenderse en
términos de la situación capitalista mundial. El bolchevismo, el fascismo
y el nazismo no son productos
nacionales independientes, sino reacciones nacionales a las formas cambiadas de
la competición mundial, justo como la tendencia hacia el totalitarismo en las
naciones "democráticas" es, en parte, una reacción a las presiones por y contra las actividades imperialistas. Por supuesto, sólo los países
capitalistas más grandes son competidores independientes por la dominación
mundial; las numerosas naciones más pequeñas, ya fuera de la carrera, simplemente
se adaptan a la estructura social de los poderes dominantes. Con todo, la estructura
totalitaria de la sociedad moderna no se desarrolló primero donde comunmente
sería de esperar -donde había una elevada concentración de poder económico-,
sino en las naciones capitalistas más débiles. Los bolcheviques, instruidos en
occidente, vieron en el capitalismo de Estado, la última fase del desarrollo
capitalista, una entrada al socialismo. Alcanzar la entrada por medios
políticos necesitaba de su dictadura,
y hacerla eficaz significaba ser
totalitaria. Los régimenes fascistas de Alemania, Italia y Japón
representaron intentos de recuperar, a través de la organización, lo que estaba
faltando en términos de fortaleza capitalista tradicional, de encontrar un atajo a la competición a gran escala,
puesto que el desarrollo económico general les impedía incrementar o conservar
sus cuotas en la explotación mundial.
Considerado desde este punto de vista, el desarrollo capitalista entero ha estado
moviéndose hacia el totalitarismo. La tendencia se volvió evidente a
principios del presente siglo. Los medios para su realización son las crisis,
las guerras y las revoluciones. No se restringe a clases especiales, ni a
naciones particulares, sino que implica a la población mundial. Desde esta
perspectiva, también puede decirse que un capitalismo "plenamente
desarrollado" sería un capitalismo mundial, controlado de modo centralista
a la manera totalitaria. Si fuese realizable, correspondería a la meta
socialista y bolchevique del gobierno
mundial, planificando la totalidad de la vida social. Correspondería
también al limitado "internacionalismo" de capitalistas, fascistas,
socialistas y bolcheviques, que tienen en mente organizaciones parciales tales
como la Pan-europa, el paneslavismo, el Bloque Latino, las Internacionales
numeradas, la Commonwealh [Comunidad de
Naciones], la Doctrina Monroe, la Carta Atlántica, Naciones Unidas y demás, como
pasos necesarios hacia el gobierno
mundial.
A la luz de hoy en día, el capitalismo del siglo
diecinueve parece haber sido un capitalismo "subdesarrollado", no
plenamente emancipado de su pasado feudal. El capitalismo, desafiando no la
explotación, sino sólo la posición monopolista de una forma particular de
explotación, podía verdaderamente desplegarse dentro del cascarón de la vieja sociedad. Sus acciones
revolucionarias meramente apuntaban al control
gubernamental, para penetrar las fronteras restrictivas del feudalismo y
para asegurar las libertades capitalistas. Los capitalistas estaban
completamente ocupados y satisfechos con su extensión del comercio mundial, su
creación del proletariado y la industria y su acumulación de capital. La
"libertad económica" era su preocupación principal y, mientras tanto
el Estado apoyara su posición social explotadora, la composición y la separación
del Estado no eran de su interés.
La independencia relativa del Estado no era, sin
embargo, una característica principal del capitalismo, sino meramente una
expresión del crecimiento capitalista dentro de condiciones capitalistas
incompletas. El desarrollo ulterior del capitalismo implicó la capitalización del Estado. Lo que el
Estado perdió en "independencia", lo ganó en poder; lo que los
capitalistas perdieron en favor del Estado, lo ganaron en dominación social
aumentada. Con el tiempo, los intereses del Estado y los del capital se
volvieron idénticos, lo que indicaba que el modo capitalista de producción y su
práctica competitiva eran, ahora, generalmente aceptados. El capitalismo de
amplitud estatal, organizado nacionalmente, hizo evidente, una vez más, que
había subyugado toda oposición: que el conjunto de la sociedad, incluyendo el
movimiento obrero -y no ya meramente los empresarios capitalistas-, se había
vuelto capitalista. El que la capitalización del movimiento obrero era
un hecho cumplido, se manifestaba en su interés creciente en el Estado como el instrumento de emancipación. Ser
"revolucionario" significaba escapar de la estrecha "conciencia
sindicalista" del período del capitalismo de Manchester, luchar por el
control del Estado y aumentar la importancia de éste último, extendiendo sus
poderes a áreas siempre mayores de la actividad social. La fusión del Estado y el capital era, simultáneamente, la fusión de
ambos con el movimiento obrero organizado.
En el bolchevismo ruso tenemos el primer sistema en el
que la fusión del capital, el trabajo y el Estado se cumplió a través de la
maniobra política del ala radical del viejo movimiento obrero. En la visión de
Lenin, la burguesía misma ya no era capaz de revolucionar la sociedad. El
tiempo de una revolución capitalista en
el sentido tradicional había pasado. Para escapar del status colonial, la
fase imperialista del capitalismo forzaba a las naciones atrasadas a adoptar,
como su punto de partida de desarrollo, lo que, bajo las condiciones del laissez faire, había sido considerado el
posible final de los procesos competitivos. Las naciones atrasadas podrían liberarse,
no mediante los medios tradicionales del desarrollo capitalista, sino mediante
luchas políticas según el modelo bolchevique. Desafiando no al sistema
capitalista de explotación, sino sólo su restricción a grupos particulares de
empresarios y financieros, el partido bolchevique usurpó el control de los
medios de producción a través del control del Estado. No había necesidad de
someterse al esquema histórico de hacer dinero y amasar capital para alcanzar
las posiciones sociales dominantes. La explotación no dependía de las
condiciones del laissez faire, sino
del control de los medios de producción.
Esto sería aun más rentable y seguro, con un sistema de control unificado y centralizado, de lo que había sido en el pasado, bajo el control
indirecto del mercado y con las intervenciones esporádicas del Estado.
Si en Rusia la iniciativa totalitaria venía del
movimiento obrero radical, esto se debía a su estrecha proximidad a Europa
occidental, donde procesos similares estaban en marcha -aunque eran gestionados
de manera reformista, no revolucionaria-. En Japón, la iniciativa fue tomada
por el Estado y el proceso tomó un carácter distinto, con las viejas clases
dominantes siendo convertidas en las ejecutoras de las políticas estatales. En
Europa occidental, la capitalización
del viejo movimiento obrero y su influencia sobre el Estado había alcanzado tal
punto, particularmente durante los años de guerra, que este movimiento fue vaciado
de iniciativa en relación al cambio social. No podía superar el estancamiento
social (causado, en parte, por su propia existencia, y acentuado por los
resultados depresivos de la guerra), sin transformarse primero radicalmente.
Sin embargo, los intentos de bolchevización fracasaron. Al contrario que la
rusa, la burguesía occidental poseía una mayor flexibilidad dentro de las
instituciones democráticas "progresivas", y operaba sobre una base
social más amplia y más integrada. Fue en Alemania, el país más fuerte -en el
sentido capitalista- de todas las naciones que habían sido derrotadas en la I
Guerra Mundial, y desdeñadas de la distribución de su botín, donde el fascismo
se desarrolló en último lugar. Pero el bolchevismo había señalado el camino al
poder a través de la actividad de partido.
El control totalitario por medio del partido -la posibilidad del capitalismo de partido- se demostró en
Rusia. Nuevos partidos políticos, en parte burgueses, en parte proletarios,
operando con ideologías nacionalistas-imperialistas y con programas
capitalistas de Estado más o menos coherentes, cobraron existencia para
enfrentarse a las viejas organizaciones como nuevas fuerzas
"revolucionarias". Con una base de masas propia, alimentada por la
crisis insoluble; con un menor respeto por la legalidad y los procedimientos
tradicionales, y con el apoyo de todos los elementos que estaban demandando una
solución imperialista a las condiciones de crisis, fueron capaces, primero en
Italia, más tarde en Alemania, de derrotar a las viejas organizaciones. Incluso
en América, la nación capitalista más fuerte, se realizaron intentos, durante
la Gran Depresión, para afianzar la autoridad incrementada del Estado,
recientemente conseguida mediante la creación de un apoyo de masas para las
políticas de colaboración de clases dirigidas por el gobierno.
El derrumbe de las naciones fascistas en la II Guerra
Mundial no alteró la tendencia totalitaria. Aunque la independencia de las
naciones derrotadas ha sido destruida, su estructura autoritaria permanece.
Sólo aquellos aspectos de su totalitarismo, que estaban directamente
involucrados en hacer la guerra de un modo independiente, fueron destruidos o
subordinados a las necesidades de los poderes victoriosos. Aunque los asientos
de mando se han desplazado, y se han invocado nuevos métodos, hay más
autoritarismo en el mundo hoy del que había antes de la guerra, e incluso
durante ella. Es más, las naciones "victoriosas" como Inglaterra y
Francia se encuentran en la misma posición hoy que las naciones derrotadas
después de la I Guerra Mundial. Parece que todo el desarrollo de Europa central
entre las dos guerras se repetirá en Inglaterra y Francia.
[ 7. Hacia un reenfoque de la cuestión de la
espontaneidad y la organización ]
El totalitarismo, no obstante, ya no está restringido a
las ambiciones políticas de nuevas organizaciones, sino que es fomentado por
todas las fuerzas políticas activas. Para competir internamente contra los
fascistas y las tendencias bolcheviques, las organizaciones predominantes
deben, ellas mismas, adaptarse a los métodos totalitarios. Debido a que todas
las luchas internas reflejan las rivalidades imperialistas, los preparativos de
guerra empujan a la sociedad aún más allá en el sentido del totalitarismo.
Debido a que el Estado controla más y más actividades sociales y económicas, la
defensa de los intereses privados y monopolistas requiere del fortalecimiento
de sus propias inclinaciones centralistas. En resumen, las fuerzas sociales que
fueron liberadas en las dos guerras, y que están intentando encontrar
soluciones dentro del status quo,
tienden todas a apoyar y desarrollar
un capitalismo totalitario.
Bajo estas condiciones, un reavivamiento del movimiento
obrero tal y como ha sido conocido en el pasado, y como todavía existe en forma
castrada en algunos países, está
claramente descartado. Todos los movimientos exitosos, bajo cualquier nombre,
intentarán adherirse a los principios
autoritarios. Tanto si la dominación social es ejercida en la forma de
alianzas monopolistas-estatistas, del fascismo o del capitalismo de partido, el
grado de poder puesto en manos de los controladores significa el fin del laissez faire y la extensión del capitalismo totalitario. Por supuesto,
es improbable que el capitalismo alcance alguna vez una forma totalitaria absoluta; nunca había sido un sistema de
laissez faire en el pleno sentido del
término. Todo lo que estas "etiquetas" designaban eran las prácticas
predominantes en organización que estaban de acuerdo con la práctica dominante,
dentro de una variedad de prácticas y diferenciaciones sociales. Está claro,
sin embargo, que, los nuevos poderes del Estado, el capitalismo altamente
concentrado, la tecnología moderna, el control de la economía mundial, el
período de guerras imperialistas y así sucesivamente, hacen necesaria, para el
mantenimiento del status quo
capitalista, una organización social sin
oposición, una dominación centralista comprehensiva
de las actividades socialmente efectivas de los hombres.
Si el fin del viejo movimiento obrero dejo sin
significado la cuestión de la organización y la espontaneidad, tal como fue
vista por ese movimiento y tratada en sus controversias, la cuestión puede
todavía tener significación en un sentido más amplio -un sentido completamente
aparte de los problemas específicos de las organizaciones de la clase obrera
del pasado-. Como las explosiones revolucionarias, las crisis y las guerras tienen
también que considerarse como acontecimientos espontáneos. No obstante, existe
más información, y se ha acumulado una experiencia mayor, a respecto de las
crisis y las guerras que a respecto de la revolución.
En el capitalismo, el ordenamiento de los requisitos
fundamentales de la sociedad, concernientes a la producción y la regulación del
trabajo social para la satisfacción de las necesidades sociales, es dejado, en
gran parte, al automatismo del mercado. Las prácticas monopolistas interrumpen
el mecanismo; pero, incluso sin tales interferencias, esta forma de práctica
socioeconómica sólo puede servir a las peculiares necesidades
"sociales" del capitalismo. El tipo de relación indirecta entre la
oferta y la demanda, establecido por el automatismo del mercado, se refiere a,
y está determinado por, la rentabilidad del capital y su acumulación. Los
aspectos de "ordenamiento" consciente que presentan los monopolios,
preocupados como están exclusivamente de sus propios intereses especiales,
incrementa la irracionalidad del sistema como un todo. Incluso la planificación
capitalista de Estado sirve, ante todo, a las necesidades particulares y a la
seguridad de sus grupos dominantes y privilegiados, no a las necesidades reales de la sociedad. Debido a que las
acciones de los capitalistas están determinadas por los requerimientos de beneficio
y por intereses especiales, no sociales,
los resultados efectivos de sus decisiones pueden diferir de sus expectativas;
el resultado social de diversas decisiones, determinadas individualizadamente,
puede perturbar la estabilidad social, y frustrar las intenciones que están
detrás de tales decisiones. Sólo algunas consecuencias sociales de las acciones
individualistas, no todas, son conocidas por adelantado. Los intereses privados
prohíben una organización social que
pudiese proporcionar una certeza razonable acerca de las principales
consecuencias de sus acciones. Esto implica un desarrollo social con crecientes
fricciones, desproporcionalidades y reorganizaciones diferidas, que conduce a
choques violentos entre los viejos y los nuevos intereses, a crisis y a depresiones, que parecen ser acontecimientos
espontáneos debido a la falta de
organización para tratar la sociedad
desde un punto de vista social, no clasista.
No hay posibilidad alguna, dentro del status quo, de organizar las actividades
sociales según los intereses de la sociedad como un todo. Las nuevas organizaciones son sólo
expresiones de posiciones de clase que se desplazan y que dejan intacta la
relación de clase básica. Las viejas minorías dominantes son reemplazadas por
nuevas minorías dominantes, la clase proletaria es fragmentada en diversos grupos por status, desaparecen capas de la
clase media, otras alcanzan mayor influencia. Dado que toda actividad práctica,
concreta, si es absolutamente social lo sólo es sólo en efecto y no por designio
-lo es por "accidente", por asíí decirlo-, no existe fuerza en la sociedad cuyo propio crecimiento continuo ponga
límites a la "anarquía" social y desarrolle una conciencia más
completa de las necesidades y oportunidades sociales, que podría conducir a
la autodeterminación social y a una sociedad verdaderamente social. En
cierto modo, entonces, es el número y
la variedad de organizaciones en el
capitalismo lo que impide la organización
de la sociedad. Esto significa que no sólo las actividades descoordinadas y
contradictorias tienen que acabar en crisis esperadas o inesperadas, sino
también que las actividades de toda la
gente, tanto organizadas como desorganizadas, son más o menos
"responsables" de las explosiones espontáneas en la forma de crisis o
guerra.
No hay ninguna manera, sin embargo, de desandar el
proceso que llevó a la crisis o a la guerra en todos sus detalles importantes,
y de explicar de este modo, a posteriori, cuáles actividades particulares, con
sus disposiciones respectivas dentro de los procesos de desarrollo,
determinaron la catástrofe. Es más fácil, y para los propósitos capitalistas
suficiente, seleccionar arbitrariamente un punto de partida, como el de que la guerra llevó a la crisis, y
la crisis a guerrear; o, menos sofisticadamente, apuntar a las idiosincrasias
de Hitler, o al hambre de inmortalidad de Roosevelt. Las guerras aparecen tanto
como explosiones espontáneas como como empresas organizadas. La culpa de su
estallido yace ante la puerta de las naciones, los gobiernos, los grupos de
presión, los monopolios, los cárteles y los trusts particulares. Con todo,
echar toda la culpa de las crisis y las guerras a organizaciones específicas y
políticas particulares, significa pasar por alto el problema real aquí involucrado, e indica una
incapacidad para encontrarlo eficazmente. Apuntar a los elementos organizativos
implicados, sin enfatizar sus limitaciones dentro de la "anárquica"
escena social total, promueve la ilusión de que posiblemente "otras
organizaciones" y "otras políticas" podrían haber impedido tales
catástrofes sociales, incluso dentro del status
quo. El status quo, sin embargo,
es sólo otro término para las crisis
y las guerras.
Había, es verdad, cierta clase de "orden"
observable en el capitalismo, y una tendencia de desarrollo definida basada en
este "orden". Éste era proporcionado por la creciente productividad
del trabajo. La productividad incrementada, empezando en una o más esferas de
la producción, llevaba a una modificación general del nivel productivo de la
sociedad y a alteraciones consecuentes en todas las relaciones socioeconómicas.
Los cambios se reflejaban como relaciones políticas alteradas y conducían a una
relación modificada, más o menos contradictoria, entre la estructura de clases
y las fuerzas productivas de la sociedad.
¿Qué son las
fuerzas de producción? Obviamente, el trabajo,
la tecnología, y la organización; menos obviamente, las fricciones de clase y, por consiguiente,
las ideologías. En otras palabras,
las fuerzas productivas son acciones
humanas, no algo separado que
determina las acciones humanas. Por lo tanto, no se tiene que seguir,
necesariamente, una línea de desarrollo previa. Pueden frenarse situaciones
sociales, o pueden crearse condiciones que destruyan lo que ha sido previamente
construido. Pero, si la "meta social" fuese la extensión y la continuación
de una tendencia de desarrollo previa, la historia podría ser, de hecho, la
historia del "progreso social", a través del despliegue de sus
capacidades de producción.
Que el capitalismo viniese a la existencia presuponía
un cierto crecimiento de las fuerzas productivas sociales, un incremento del
plustrabajo y de la capacidad para sostener a una creciente clase no
productora. Hablar en términos de "fuerzas productivas crecientes",
como lo determinante del desarrollo social total, era particularmente adecuado
bajo el fetichismo mercantil del
capitalismo de laissez faire, pues
bajo su individualismo económico parecía como si las "fuerzas
productivas" se desarrollasen independientemente de los deseos y
necesidades capitalistas. La insaciabilidad respecto de la acumulación,
desarrollada rápidamente con las fuerzas productivas y con el perfeccionamiento
de las mismas, permitió la reorganización consciente de la estructura
socioeconómica y, a su vez, las reorganizaciones funcionaron como nuevos
incentivos para una elevación ulterior de la productividad social. Se decía que
el capitalismo, históricamente hablando, se había justificado debido a su
"ciego" pero progresivo desarrollo de las fuerzas productivas de la
sociedad, entre las que el moderno proletariado industrial era considerado la
mayor.
[ 8. La agudización política del antagonismo
de clases ]
Si bien puede parecer que, una plena liberación de las
capacidades productivas de la sociedad, haría posible la formación y el
mantenimiento de una sociedad sin clases, está absolutamente claro que las
clases directamente privilegiadas no abandonarán su dominación actual
simplemente por la probabilidad de una futura sociedad socialista. En tal
situación, los propietarios y controladores de la producción no pueden actuar,
en cualquier caso, como una "clase"; una "revolución con
consentimiento" es un sin sentido. La acumulación por la acumulación
continúa, y lleva a una concentración superior de capital y poder, o sea, a la
destrucción de capital, las crisis, las depresiones y las guerras. Pues el
capitalismo desarrolla y retarda, simultáneamente, las fuerzas productivas, y
ensancha la brecha entre la producción efectiva
y la producción potencial. La
contradicción entre la estructura de clases y las fuerzas productivas excluye tanto
la "congelación" del nivel prevaleciente de la producción, como su
expansión hacia una abundancia real.
No es por otra razón que por la fuerza de la costumbre,
por lo que parece probable que el futuro inmediato, como el pasado inmediato, se
vaya a caracterizar por el crecimiento ulterior de las fuerzas productivas.
Esto implica la agudización de la competición, a pesar de todos los intentos de
control parcial o completo de la producción. Aunque
unidades capitalistas más grandes hayan absorbido numerosas pequeñas empresas y
asegurado condiciones monopolistas temporales para el conjunto de las
industrias y combinaciones de industrias, este proceso simplemente ha
intensificado la competición internacional y la lucha entre las restantes empresas
no monopolistas. En el capitalismo de
Estado la competición toma una forma diferente, pero que es la más inclusiva, debido a la
atomización completa de la masa de la población mediante la máquina estatal
terrorista y, en la burocracia misma, debido a la estructura jerárquica de su
organización.
La aplicación de nuevas fuerzas de producción
tecnológicas y organizativas hace necesarios controles sociales adicionales. La
desorganización del proletariado marca el comienzo del proceso que conduce a la
atomización total del conjunto de la población y al monopolio de la
organización por el Estado. En un polo encontramos toda la fuerza organizada
concentrada; en el otro polo, una masa amorfa de personas incapaces de
asociarse para luchar por sus propios intereses. En la medida en que están
organizadas, las masas son organizadas por sus controladores; en la medida en
que son capaces de alzar sus voces, hablan con las palabras de sus amos. En todas las organizaciones, la masa
atomizada de gente se enfrenta siempre al mismo enemigo, el Estado totalitario.
La atomización
de la sociedad requiere una organización omniabarcante
del Estado. Los socialistas y los bolcheviques consideraron que la sociedad
capitalista estaba organizada de modo ineficaz, a respecto de la producción y
el intercambio, y en otros aspectos extraeconómicos. El énfasis en la organización era el énfasis en el control social.
El socialismo tenía que ser, ante todo, la organización racional del conjunto de la sociedad. Y una sociedad eficientemente
organizada excluye, por supuesto, actividades imprevistas capaces de acabar en acontecimientos espontáneos. El
elemento espontáneo en la sociedad tenía que desaparecer con la planificación
de la producción y la distribución de los bienes determinada de modo
centralista. No sólo los bolcheviques, sino también los fascistas, hablaban de
la espontaneidad; sólo mientras tanto su poder no era absoluto. Cuando todas
las capas sociales existentes se sometieron a su autoridad, ellos se convirtieron
en los organizadores más minuciosos de la sociedad. Y fue precisamente esta
actividad organizadora la que designaron con el término socialismo.
Sin embargo, la contradicción entre la estructura de
clases y las fuerzas productivas permanece y, con ella, la inevitabilidad de la
crisis y de la guerra. Aunque las masas inactivas no puedan ya resistir el
totalitarismo en su forma organizada tradicional, y aunque no hayan
desarrollado nuevas armas y formas de acción adecuadas a las nuevas tareas, las
contradicciones de la estructura social de clases siguen sin resolverse. El
sistema terrorista autoritario, mientras proporciona seguridad temporal,
también refleja la inseguridad cada vez mayor del capitalismo totalitario. La
defensa del status quo viola el status quo, dejando libres nuevas
actividades incontroladas, o incontrolables. Los controles más
poderosos sobre los hombres son realmente débiles cuando los comparamos con las
tremendas contradicciones que desgarran hoy el mundo. Aunque todas las contradicciones
se opongan ahora a una organización, la sociedad capitalista nunca estuvo tan
malamente organizada como ahora, cuando está completamente organizada.
[ 9. Desintegración del capitalismo y
posibilidades de ataque del proletariado ]
Si bien no hay ninguna garantía de que el socialismo
deba, necesariamente, desplegarse en el curso del desarrollo social ulterior,
tampoco hay ninguna razón para asumir que el mundo llegará a su fin en el
barbarismo totalitario. La organización del status
quo no puede impedir esta desintegración. Como no hay totalitarismo
absoluto, quedan aperturas para el ataque
dentro de su estructura. La verdadera importancia social de estas debilidades
notables es todavía oscura. Algunos puntos de desintegración, aunque teóricamente
concebibles, son todavía inobservables, y pueden sólo describirse en términos
muy generales. Justamente como la teoría moderna de la lucha de clases requirió
para su formulación no sólo el desarrollo capitalista, sino también las luchas
proletarias efectivas dentro del sistema capitalista, así mismo es probable que
sea necesario observar, primero, intentos efectivos de revuelta bajo el
totalitarismo, para ser capaces de formular planes específicos de acción,
señalar las formas eficaces de resistencia, y encontrar y explotar las
debilidades del sistema totalitario.
La desesperación y la insignificancia manifiestas,
características de todos los comienzos, no son razón para perder la esperanza.
Ni el pesimismo, ni el optimismo, tocan el auténtico problema de las acciones
sociales. Ambas actitudes no afectan decisivamente a las acciones y reacciones
individuales, determinadas como lo están por fuerzas sociales más allá de su
control. La interdependencia de toda la actividad social, siendo un medio de control, también establece límites para todas las actividades
controladoras. El proceso de trabajo, tanto en su aspecto organizativo como en
su aspecto tecnológico, dependiendo como lo hace, simultáneamente, de fuerzas
anónimas y decisiones directas, posee suficiente independencia relativa, a
través de su mutabilidad, para hacer difíciles las manipulaciones centralistas.
Los manipuladores totalitarios no pueden librarse, ellos mismos, de las formas
específicas de la división del trabajo que, a menudo, delimitan los poderes del
control centralista. No pueden llegar a
grados determinados de industrialización sin poner en peligro su propia
dominación.
La resistencia
será, de este modo, ejercida de múltiples formas, algunas sin sentido, algunas
contraproducentes, y otras eficaces. Mientras algunas formas de acción actuales
pueden descartarse, otras formas pueden ser revividas
debido a ciertas similaridades exteriores
de la estructura totalitaria con anteriores régimenes totalitarios. Si la
política sindical no implica ya la acción "en el lugar de la
producción", sino manipulaciones entre cuerpos gubernamentales, las nuevas
modalidades eficaces de sabotaje y lucha pueden encontrarse en la industria y
en la producción en general. Si bien los partidos políticos expresan la
tendencia hacia el totalitarismo, todavía es concebible una diversidad de
formas organizativas para agrupar a las fuerzas anticapitalistas para acciones
concertadas. Si tales acciones van a adaptarse a la realidad totalitaria como
intentos de superar esa realidad, el énfasis debe ponerse en la
autodeterminación, el acuerdo, la libertad y la solidaridad.
La búsqueda de caminos y medios para acabar con el
capitalismo totalitario, para llevar la autodeterminación a los hasta ahora
impotentes, para acabar con las luchas competitivas, la explotación y las
guerras, desarrollar una racionalidad que no ponga a los individuos contra la
sociedad, sino que reconozca su entidad real en la producción y distribución
sociales, y permita un progreso humano sin luchas sociales, proseguirá de la
manera empírica y científica dictada por la seriedad. No obstante, parece claro
que, durante algún tiempo aún por venir, los resultados de todos los tipos de
resistencia y lucha serán descritos como acontecimientos espontáneos, aunque no sean más que acciones planeadas o inactividades aceptadas
de los hombres. La espontaneidad es una
manera de expresarse que atestigua nuestra incapacidad para tratar el fenómeno
social del capitalismo de una manera científica, empírica. Los cambios
sociales se presentan como las explosiones culminantes de períodos de formación
de capital, desorganización, fricciones competitivas y agravios sociales
acumulados durante mucho, que, finalmente, encuentran su expresión
organizativa. Su espontaneidad demuestra, meramente, la insocialidad de la organización social del capitalismo. El contraste entre organización y
espontaneidad existirá mientras tanto existan una sociedad de clases e intentos
de ponerle fin.
Paul Mattick