

Vamos a dejar una cosa absolutamente aclarada. Ni por un instante estamos tratando de sugerir que los niños pequeños, o los bebés sin uso de la razón que no pueden pecar conscientemente, se condenen si mueren. Definitivamente, no. Nacen con una naturaleza caída y pecadora, pero si un niño muere, por supuesto que no será condenado. No ha llegado aún el uso de razón, que le permita pecar por decisión propia.
Hay un cierto aspecto de inocencia en el niño, a pesar de la naturaleza caída del ser humano. La Biblia enseña que la gracia de Dios guarda a los niños hasta que llegan al uso de la razón, momento a partir del cual pueden acudir ante Dios en busca de perdón. Sin embargo, esto no altera el hecho de que todos hayamos nacido el pecado original.
No obstante, debe comprender esto: nadie va al infierno por causa de su naturaleza de pecado. Ninguna persona puede remediar esto. Ahora bien, debido a esta naturaleza, todos los niños necesitan corrección para poder vencer su naturaleza pecadora con una voluntad consciente.
En ese momento es cuando se vuelven responsables de sus acciones. Hasta entonces, nadie es condenado al fuego del infierno por el pecado de Adán simplemente debido a que todas las personas, a través de su herencia, comparten inconscientemente esta naturaleza. "Porque así como Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados" (1ª Corintios 15:22).
Es decir, que todo cuanto el niño pierde por herencia, lo recupera en Cristo en el momento de su salvación. Se le mantiene seguro hasta que su personalidad y sentido moral se desarrollan al punto en que el Espíritu Santo les puede dar convicción de pecado. En ese momento el niño puede aceptar al Señor Jesucristo como Salvador personal suyo.... o rechazarlo.
Cuando tratemos con niños, debemos recordar que estamos tratando con una naturaleza torcida, manchada y caída, que necesita control. Tanto como sea posible, se debe dominar por medio de la imposición de una conciencia madura y de una personalidad moral desarrollada.
Estos elementos no surgen espontáneamente. Es necesario educarlos, enseñarlos e imponerse sobre la naturaleza básicamente salvaje que acompaña a todos invariablemente desde que nacemos. Por consiguiente, es necesario guiar al niño en el aspecto moral hasta que sea salvo y haya aceptado a Jesucristo. Por medio de la influencia del Espíritu Santo en la vida del jovencito, estos rasgos se seguirán desarrollando por sí mismos. Aún entonces, los padres tienen la responsabilidad de seguir guiando al niño hacia Dios con sus consejos, su influencia, su ejemplo, y si es necesario, con el castigo corporal.
Por supuesto, hay quienes sostienen la idea de que todos somos buenos al nacer y si se nos da una buena oportunidad terminaremos siendo personas de carácter noble y admirable. Sencillamente, esto no es cierto. El hombre fué creado a imágen de Dios (Génesis 1:27), pero cayó de la gracia (Génesis 3). Por tanto, aunque todos los niños tiene capacidad para el bien, es necesario alimentar y dirigir esta cualidad.
Dios ama a todos los niños y desea entrar en su corazón para hacerlos lo que deberían ser. Es El quien pone en cada uno de ellos ciertas capacidades que, por medio de la disciplina y el control, se pueden desarrollar para convertirse en nobles cualidades. No obstante, si se priva a un niño de disciplina, hay grandes probabilidades de que termine siendo, en mayor o menor grado, alguien malvado y antisocial.
Ciertamente, Dios pone en cada niño ciertas cualidades que, con cuidadoso cultivo, se puede convertir en una excelente personalidad cristiana. Ahora bien, sin disciplina, control ni corrección (lo cual incluye el castigo corporal cuando sea necesario), en lugar de desarrollarse hacia la rectitud de vida, es casi inevitable que el niño vaya tomando u mal camino. Todos los padres y madres, cuando vean a su precioso bebé, deben recordar que, potencialmente, ese pequeñito no es mejor que Caín, quien al crecer se convirtió en el asesino de su hermano Abel.
No olvidemos que hubo un día en que Eva meció en sus brazos ya acarició a un tierno infante, y le puso por nombre Caín. Sin embargo, al crecer se convirtió en un asesino, a pesar de evidente inocencia de bebé. Cualquier niño puede llegar a lo mismo si no se le domina, controla y disciplina.
El amor a la justicia de Dios es algo que debe ser enseñado, debido a la naturaleza caída que se halla escondida dentro de cada niño.
El establecimiento del temor de Dios es un proceso de educación. También es un proceso de cultivo y disciplina. Es necesario usar de instrucción y corrección (y también de amor, oración y lágrimas) en el desarrollo de cada niño. Los padres deben darse cuenta de que tienen esta responsabilidad de preparar a sus hijos para la vida .... y para el cielo.