Comunidad Cristiana del Reino de Dios


La crísis de nuestra época

Cuantas veces no hemos escuchado hablar de que vivímos en una época crítica que conlleva un derrumbe o deterioro de valores y actitudes; cuántas veces no hemos escuchado el estribillo de nuestros padres o abuelos acerca de que los tiempos pasados fueron mejores, que hubo un tiempo dorado como el que han soñado o recreado muchos filósofos de la historia en el que todo parecía mejor porque el ser humano no estaba contaminado por tanta maldad.

Sí, tenemos que reconocerlo, vivimos, en efecto, una época marcada por la crisis. En la que los cuatro deseos básicos de la vida son: Ser, Procrear, Pertenecer y Poseer. En cuanto al deseo de ser, el punto es la identidad. Una crisis de identidad personal debe ser resuelta si se quiere disfrutar de una vida normal. Los hombres que nunca han resuelto este asunto son erráticos y vacilantes. No pueden proveer ni identidad ni estabilidad. Aún más grave es la necesidad de identificación con Dios mediante Cristo. Es el punto básico del cristianismo. Pero las pandillas también proveen identidad. Para los miembros, sus colores son tan importantes que mueren por ellos.

El deseo de procrear significa producir. Ser productivo es la realización de la vida. Cuando las mujeres dan a luz hijos, se sienten realizadas. Los hombres la encuentran cuando en la cosecha recogen los frutos. Los niños la descubren aprendiendo. La iglesia la disfruta cuando otros nacen en la familia de Dios. Las pandillas proveen productividad y se reproducen ellos mismos, mediante iniciaciones rituales.

El deseo de pertenecer es satisfecho al ser aceptados y llegar a incorporarse como miembros regulares del grupo. Una encuesta informal realizada por un servicio social a jóvenes involucrados en prostitución en Hollywood, California, informó que casi el 100 %, tanto mujeres como hombres, fueron abusados sexualmente, y casi el 90 % de ellos fueron repudiados por sus familias. No eran deseados. No tener una familia les hacía sentirse sin valor alguno. La familia de Dios es la suprema pertenencia que da satisfacción. Las pandillas también proveen esto. El pertenecer a la hermandad es de tanto valor que bien vale la pena morir por ello.

El deseo de posesión es satisfecho cuando usted puede decir que algo es suyo, sea que se trate de un perro, un gato, una frazada, un auto, un grado académico, una casa, un negocio o cualquier otra cosa. La vida eterna es la posesión final. Nada es más grande, incluyendo una fama y fortuna. Pero aquí de nuevo, las pandillas proveen un sustituto en la posesión de zapatos, abrigos, sombreros y especialmente armas.

La vida familiar da al individuo satisfacción personal. Dios creó a la familia con ese propósito. Donde tal satisfacción está ausente, será provista, falsamente, bajo la élite de Satanás, el gran imitador. No es de extrañarse que tanta gente se junte en tantas denominaciones, clubes, organizaciones, partidos y grupos. Las personas son criaturas sociales y necesitan realizarse. El hogar y la iglesia son los lugares donde Dios intenta darnos el más grande sentido de realización.

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