“Cronología de las Escuelas de Comunicación y los oficios del
comunicador según Jesús Martín Barbero”
Texto elaborado por:
José Samuel
Martínez
26
de febrero del 2003
Índice
Presentación
Escuelas de Comunicación (Historia/Cronología)
Los Oficios del Comunicador (algunas ideas)
Referencias Documentales
PRESENTACIÓN
Si
partimos de que las escuelas de comunicación históricamente sólo han podido
aparecer hasta que no surgió un tipo de sociedad que hiciera de la comunicación
y la información un punto central de su proyecto y su constitución, de inmediato
entenderemos porque no ha sido sino hasta unos años después de comenzada la
segunda mitad del siglo XX (hasta los
años 60s, esos años en que la sociedad de la información y la comunicación
empezaba ya a perfirlarse),que en América Latina, luego de la lenta
incorporación de los medios a nuestras sociedades, paralelamente se dio inicio
a los estudios e investigaciones sobre
la comunicación, así como a la profesionalización
y formación de especialistas en el campo.
Expliquémoslo.
Desde hace algunas décadas y luego de que la sociedades latinoamericanas
contemporáneas empezaron a llenarse de redes y aparatos de información, sucedió
algo inevitable: la comunicación y sus procesos al convertirse en un lugar por
el que cruzan procesos estratégicos de la vida política y cultural de las
sociedades, llamó la atención y exigió la conformación de un campo de estudios.
Al mismo tiempo, tras el arribo y la progresiva concreción de la sociedad de la
información, con el desarrollo y el aumento de los medios, con la complicación
de las cosas, con el aumento de la competencia, con la división de tareas en
los procesos comunicativos y con el surgimiento de nuevos aparatos y de nuevas
formas de comunicación, se hizo necesario contar con la ayuda de especialistas
en ese campo, de gente que hiciera de la comunicación una profesión. Esos
primeros especialistas que a la larga fueron denominados comunicadores, para convertirse en tales tuvieron desde luego que
incorporarse a escuelas que los instruyeran y formaran. Las primeras escuelas
que se hicieron con ese propósito fueron ya las escuelas de comunicación.
Se
trata de unas escuelas de comunicación que con el boom comunicativo de los 70, con el aumento de medios, la
emergencia del campo y la demanda de comunicadores, al paso del tiempo
aumentaron su número, su capacidad, además de que se tecnificaron y se
especializaron. Lo cual de entrada nos explica porque, a pesar de que en
América Latina las escuelas de
comunicación (no así las de periodismo) son muy recientes (la más vieja es
de 1963), hoy (a causa de las modas y por la expansión gigantesca de la
sociedad de la información), existen cientos de ellas: cientos de esos sitios
dedicados exclusivamente a la formación de camarógrafos, periodistas,
fotógrafos, publicistas, locutores, investigadores, animadores, cineastas,
maestros, especialistas en relaciones públicas, videoastas, escritores,
productores, guionistas, técnicos y un amplio etcétera de profesionistas que
haciendo de la comunicación su campo de trabajo y su oficio tienen
invariablemente una gran responsabilidad por el lugar que ocupan los procesos
de comunicación en la sociedad.
Hablamos
de cientos de escuelas y miles de comunicadores cuya comprensión y noción de lo
que es la comunicación se ha modificado al ritmo del propio campo de estudio de
la comunicación, cuyo desarrollo “ha
estado tan marcado por factores externos a la dinámica propia de las
disciplinas académicas”.
Hablamos
de que por el paralelismo y la interdependencia entre la forma en que emergieron
y se desarrollaron el campo de la comunicación y las escuelas de comunicación,
éstas últimas, al hacer una reunión entre
ciencias sociales y adiestramientos técnicos, también han experimentado la
revoltura, la amalgama, la dispersión, la no especificidad y las tensiones
políticas y teóricas, que ha experimentado el primero. Paralelismo e
interdependencia que por otra parte lo que nos indica es que la historia de las escuelas es en mucho la
historia del campo de estudios de la comunicación. En otras palabras: la
historia de las escuelas y la del tipo de comunicadores que han formado, ha ido
de la mano de los cambios en las modas teóricas y las situaciones políticas.
Con
el propósito de acercarnos contextualmente a algunas de las indagaciones y comentarios
que diversos investigadores han hecho en torno a la “historia de las escuelas
de comunicación”, así como sobre los “oficios del comunicador”, a continuación
se presenta de manera muy esquemática y cronológica algunas de las ideas que
Jesús Martín Barbero ha expresado en torno a los acontecimientos más
significativos que han delineado esa “caótica” y compleja historia de las
escuelas de comunicación y el tipo de comunicadores que han formado o deberían
formar.
ESCUELAS DE COMUNICACIÓN
(Historia/Cronología)
1) HISTORIA DE LAS ESCUELAS DE COMUNICACIÓN SEGÚN JESÚS MARTÍN BARBERO
MARTÍN
BARBERO ubica que en A.L. las Escuelas de Comunicación han pasado por tres distintas etapas, que además de
marcar más o menos tres etapas del pensamiento comunicacional latinoamericano,
señalan tres momentos históricos diferentes.
Las
tres etapas son:
1)
La etapa de
las escuelas de periodismo de los 60.
2)
La etapa de
las escuelas de comunicación de los 70 y principios de los 80.
3)
Y la etapa
de las escuelas de comunicación de mediados de los 80 y 90.
a) PRIMERA ETAPA: Para
MB, la primer etapa de las escuelas
de comunicación, se caracteriza por ser una etapa en la que pedagógicamente las
escuelas (impregnadas por el clima
optimista y desarrollista de la época y por lo reciente del campo de estudios
de la comunicación) “estaban basadas en
una concepción eminentemente pragmática como la que hoy sostiene a las
llamadas escuelas técnicas:
predominio del aprendizaje de herramientas, de técnicas para hacer cosas”[1]. Se
trataba de unas escuelas donde lo que predominaba era una concepción de la comunicación como transporte de información de
unos emisores a unos receptores. Se trataba de unas escuelas en las que el modelo pedagógico[2] hegemónico
era el humanista, es decir, el
modelo pedagógico que había instaurado la iglesia[3], el
más antiguo, y por así decirlo, el más “noble”: nos referimos al modelo “que da
la primacía a la formación integral
de la persona por encima de la adquisición de destrezas e incluso de saberes, y
que tiende a supeditar cualquier razón científica o política a la razón moral”[4]. Con
ese modelo pedagógico, las escuelas de periodismo de los 60, lo que alentaban era
una formación general basada en las
disciplinas de la mente.
Se
trataba de unas escuelas, de unas primeras facultades donde la formación de periodistas era vista, por supuesto,
como el modo más eficaz y adecuado para la formación de los especialistas en
comunicación. Pero, ¿qué formación se les daba a esos primeros estudiantes?,
¿qué tipo de práctica periodística se enseñaba en esas escuelas?
MB
ha descubierto que el tipo de periodismo que se enseñaba en esas escuelas, era
un periodismo al estilo norteamericano, esto es, acorde al estilo hegemónico
que había imperado desde finales de la segunda guerra mundial. Un estilo
periodístico imbuido por la ideología de
la neutralidad y la objetividad, estilo apolítico donde el periodista no
actúa ya como escritor o autor, sino como técnico,
como mero transmisor de mensajes en
los que se cuida de no dejar la huella de su subjetividad. Ese era el estilo
bajo el cual las escuelas querían formar a los periodistas. Un periodista que
las escuelas, eso sí, querían humanista y para lo cual se preocupaban por
educarlo y formarlo bajo “un pragmatismo que se envolvía sin embargo en un humanismo genérico e idealista traducido en una ética profesional bastante
aséptica, pretendidamente apolítica.
Y todo ello adornado por una cultura
general de corte erudito”. Por lo mismo, aquellas eran unas primeras
escuelas, “unas facultades de las que estaba, sencillamente, ausente la
investigación y en las que -con raras excepciones- predominaba también una
visión socialmente funcionalista del estudio y del trabajo”[5].
b) SEGUNDA ETAPA:
Ubicando aproximadamente el inicio de la
segunda etapa de las escuelas de comunicación en los años 70 (años en los
que sea asistió a un boom en la comunicación, años en los que se dio el
nacimiento propiamente dicho de las escuelas de comunicación), MB ha dicho que
en esta etapa las escuelas además de distinguirse por haber aumentado en número
y capacidad, se distinguen por haber alentado el rigor científico (el cientificismo), por haber estimulado
desequilibradamente la propagación de
conocimientos teóricos (el teoricismo) en detrimento de los saberes prácticos[6],
por haber legitimado el paradigma
informacional y el mediacentrismo, por haber experimentado una profunda politización (ideologismo) y por haber buscado contradictoriamente la formación de un
comunicador/sociólogo que cuando no soñaba ser publicista, buscaba ser un
comunicador crítico/alternativo.
Hablamos
pues de una singular y compleja etapa donde luego de darse la transición de las escuelas de periodismo a las de
comunicación, éstas últimas instauran como su modelo pedagógico el modelo pedagógico racionalista, que “tiene como eje el
saber científico, con frecuencia de talante si no positivista al menos
empirista”, modelo que “identifica la formación con la disciplina de la mente y
la adquisición del rigor en el desarrollo del conocimiento”[7].
Se
trataba en pocas palabras de unas escuelas que lo que hacían era formar a los
comunicadores llenándolos de teorías
sociales que si bien dotaba a éstos de recursos para la crítica y la
denuncia, también les proporcionaban una idea rígida de lo social, una
concepción mecánica e instrumental de la comunicación, los sujetos y los
procesos sociales. Se trataba evidentemente de unas escuelas que
permanentemente vivían desgarradas entre el teoricismo, las polarizaciones, el
marginalismo y el denuncismo político propio de la época.
Sin embargo, como las cosas no
fueron tan simples como a primera vista se plantean, entender en toda su complejidad
la riqueza y la singularidad de está segunda etapa, lo que nos exige es
profundizar un poco más y revisar los cambios
dados contextualmente. Con eso en mente, lo primero que nos parece
pertinente revisar, son las tres entretejidas razones por las que, según JMB,
se presentó el cambio de las escuelas de periodismo a las de comunicación.
a)
La primer razón es que los 70s fueron los
años del boom, los años en los que se
registró la apertura de un gran número de escuelas a raíz de que con la difusión
de innovaciones y la lenta pero eficaz consolidación de la sociedad de la
información, la comunicación y sus problemas adquirieron gran relevancia social, ubicada al menos, a
dos niveles: “la que se produce en torno al debate mundial sobre el orden internacional
de la información, y el lugar estratégico que en él ocupara América Latina con
su posición y su investigación pionera, y la que viene de la consciencia
creciente de que la comunicación social ni conceptual ni profesionalmente se
agota en el periodismo”[8].
b)
La segunda y quizás la más fuerte razón de la transición de las escuelas de
periodismo a las de comunicación, se explica como sigue: luego de una estancia
en nuestro subcontinente, un norteamericano que trabajaba en CIESPAL, se
percató de que las escuelas de periodismo ya no estaban respondiendo a las
nuevas demandas y requerimientos. Con la intención de ponerlas a tono, un buen día se le ocurrió la idea del
“cambio de nombre, y no sólo de nombre sino de currículum de las escuelas de
comunicación en América Latina”. MB ha dicho que ese señor “fue un señor que se
llama Nixon, como el presidente,…que trabajó durante mucho tiempo en CIESPAL, y
propuso que había que cambiarle el nombre y el horizonte profesional a las
Escuelas de Periodismo, que así se llamaban en América Latina, para que pasaran
a llamarse Escuelas de Comunicación”[9]. Y
aparentemente lo hizo porque en ese momento dadas las políticas del nuevo orden
informativo y dada la aparición de nuevas tecnologías y medios, lo que se
estaba planteando era la necesidad de un experto en información, de un
especialista que ya no sólo fuera o tuviera el perfil del periodista, sino la
del técnico en información.
c)
La tercera y última razón por la cual MB
considera que se dio el paso de un tipo de escuela a otra, es que frente a las
escuelas de periodismo, “y merced no a la mera evolución interna sino a la
presión social de los acontecimientos de América Latina sobre ellas, se va a
producir en los años sesenta una toma de consciencia bien fuerte acerca del papel
que juegan los procesos masivos de comunicación en la dependencia
latinoamericana”[10].
Es con esa toma de consciencia en América Latina que se da el paso a las
escuelas de comunicación propiamente dichas, pues la toma de consciencia de que
los procesos masivos de comunicación no son ahistóricos, que no están por fuera
del procesos social de la dominación, trajo inevitablemente “consigo una
reformulación compleja de las viejas escuelas” de periodismo. Y es que lo que
fundamentalmente esas nuevas escuelas van a “descubrir” es “el lugar que ocupan
los procesos de comunicación en la estructura social, su articulación al
sistema productivo, a los procesos de producción ideológica”. Con ese
descubrimiento lo que por un lado sucede es que se pone en crisis “la visión
desarrollista y optimista” de la comunicación manejada en las viejas escuelas
de periodismo; pero también lo que sucede es con ese mismo descubrimiento “los
comunicadores en las nuevas facultades van a sentir que todo se politiza, no
solo los temas sino también el oficio del comunicador ”.
Al respecto de ésta politización de los
estudios, la escuela y el oficio del comunicador, por lo importante que fue y
por todo lo que permitió y obstaculizó, bien vale la pena ahondar en ella y
explicar que el hecho de que durante los años setentas “buena parte de las
escuelas” hayan convertido “la crítica y la denuncia en eje de la formación de
los comunicadores”, lo que implicó fue “una redefinición del oficio del
comunicador y la reubicación de los estudios de comunicación -hasta entonces
cohesionados por un saber operativo con complementos humanistas- en el espacio
de las ciencias sociales”. Una reubicación problemática y contraproducente,
pues fue una reubicación que “se efectuó en muchos casos de modo instrumental”.
Con ella “la teoría suplantó a la reflexión convirtiéndose en arma de
generalización puramente especulativa y en catecismo castrador de la
imaginación, sustitutivos de la producción”[11].
¿A qué se debió esa suplantación?, ¿por qué
se confundió el estudio con la denuncia?, ¿por qué las escuelas de comunicación
incorporaron la crítica en forma de receta? Por varias cosas: porque la escuela siempre ha estado ávida
de recetas, porque las universidades siendo bastiones y agentes de crítica
consideraron que esa forma era la adecuada, pero sobre todo porque lo que
predominaba en los ambientes teóricos e intelectuales de la izquierda de ese
momento era el marxismo y la teoría de
la dependencia. Dos concepciones teóricas muy en boga en ese momento y bajo
las cuales los procesos de comunicación masiva eran mecánica y
simplificadamente vistos sólo como formas de control, manipulación e invasión.
Concepciones que al trasladarse al espacio curricular de las escuelas hicieron
que durante esos años la mirada a lo social desde la comunicación, se
convirtiera en un espacio teóricamente contradictorio, “pues si con su
reubicación en el ámbito de las Ciencias Sociales los estudios de comunicación
se abren a la tematización de las implicaciones de los medios en los procesos
de dominación, ello no significó sin embargo la superación de concepciones que
disuelven los procesos de comunicación en la generalidad de la reproducción
social o hacen de las tecnologías comunicacionales un irreductible exterior del
que sólo los efectos serían sociales”[12].
Per lo importante a señalar aquí, es que al colarse
esas concepciones a las currículas de las escuelas de los 70s, lo que se
configuró fueron unos planes de estudio
muy polítizados, pero también muy desorientados, hechos a fuerza de
dispersión y amalgama, con muchas materias que no eran sino meros atisbos e introducciones. Aceptémoslo:
fue así como en las escuelas de comunicación nacieron introducción a la
sociología, introducción a la economía política, a la antropología, a la
filosofía, a la historia. Materias incorporadas a los planes de estudio de las
escuelas y facultades de comunicación “que con esos títulos o con otros más
pomposos como sociología de los medios o economía de la comunicación eran
incapaces de abordar la problemática por fuera de un esquema de recetas”.
Materias que además de animar una dependencia teórica de las escuelas y
legitimar una “tendencia a vivir de las modas, de los bandazos que se producen
en otra parte”, lo que hicieron por un lado, fue contribuir a una organización
curricular a partir de disciplinas teóricas y no de problemas[13],
y por otro, ayudar a justificar una “organización curricular en cuanto
fragmentadora de los procesos y
aisladora de los problemas”. Y con todo esto, como dice MB, invariablemente lo
único que se provocó fue la pérdida misma del objeto de la comunicación. Y es
que a pesar de la conscientización y las eficaces y oportunas denuncias
manipulatorias hechas por el marxismo y por otras teorías, al meterlas de forma
doctrinaria, introductoria y esquemática en las currículas se le transformó en una receta que lo único que hizo fue coadyuvar a la pérdida del objeto.
Una pérdida de objeto que después trajo consigo “un discurso vago, general e incoherente
en no pocos casos, un discurso que parecía padecer una especie de horror a la
búsqueda y al trabajo empírico. Un discurso sin rigor y que a base de
especulación trataba de ahorrarse la búsqueda sobre los objetos reales”[14].
Así, en tanto “herramienta para la formación de un
comunicador-sociólogo la teoría fue incapaz de dar cuenta de las
contradicciones que entrañaba esa figura profesional y mucho menos de la
escisión que consagró su modo de presencia en los planes de comunicación
social”[15]. ¿De
que escisión se habla? De la escisión entre teoría y práctica, la escisión
esquizoide de los 70s y de la que según MB “no permitieron salir ni el
pensamiento de la Escuela de Frankfurt ni la semiótica”, ya que “cuando a
mediados de los setenta esos dos reduccionismos se encuentran en las escuelas
de comunicación, muchos planes de estudio -ayudados sin duda por el realismo
mágico- le mezclarán a la enseñanza de destrezas y herramientas para manejar
los medios teorías y análisis para denunciar como somos manejados por ellos.
Frágil mezcla que ha estado legitimando hasta hace poco una profunda escisión
entre concepciones teóricas y prácticas profesionales, entre saberes técnicos y
crítica social”[16].
En otro sentido, lo apremiante de esa escisión fue
que a causa de ella el comunicador en cuanto oficio sufriera una pérdida de
ubicación social que ha llegado hasta nuestros días. Desubicación que el
investigador colombiano atribuye al hecho de que al politizarse excesivamente el campo, se alentó suicidamente una
tendencia a abandonar el terreno de las practicas productivas. “En otras
palabras, una polítización exacerbada, muy característica por otra parte de la
situación universitaria”, llevó “a separar la práctica política de la práctica
profesional”[17].
Que es la separación donde en esos años residió la clave de la desubicación
social del comunicador”: en la idea de
que si todo lo que se produce en los medios masivos fatalmente funciona a favor
de la clase dominante no había nada que hacer,
salvo trabajar fuera de ellos, en la marginalidad, en lo alternativo y
popular.
Sí, fue la paradójica condena de lo alternativo y lo
marginal, que se volvió un chantaje, ya que si la única forma de escapar a la reproducción del sistema era escapando a
producir cosas para los medios, la única vía que quedaba a los
comunicadores denunciastas y críticos era siendo improductivos. De ahí por ejemplo que durante los últimos años de
los 70s y los primeros de los 80s, aún dentro de las escuelas de comunicación
se registrará una división tajante, entre los de derecha que se dedicaban a la
práctica profesional o a la ciencia y los de izquierda que sólo hablaban de la
práctica política. Lo interesante del caso fue que desde ambos bandos se estaba
paradójicamente de acuerdo en separar la práctica política de la profesional.
Tendencia a trabajar dicotomizando y polarizando, que al ser legitimada desde
la escuela muy pronto se tradujo en una tendencia a separar la investigación de
la práctica política, a separar la práctica profesional de la ciencia y a ésta
de la política[18].
c) TERCERA ETAPA:
Ubicando el comienzo de la tercer etapa
de las escuelas de comunicación a mediados de los 80, MB ha comentado que ésta
etapa es aquella en la que las escuelas socialmente se consolidan y expanden:
es la etapa en la que además se especializan[19] y se
tecnifican los estudios. Una etapa
en la que además de haber cobrado renombre y haber ganado prestigio y
legitimidad académica, las escuelas de comunicación llevan al máximo la fragmentación
de los saberes y las disciplinas, y se dedican a formar comunicadores
productores, a formar especialistas y
técnicos en base únicamente a los requerimientos del mercado: de ahí el hecho de que entre
otras cosas ésta sea la etapa del aumento de las escuelas de comunicación
(privadas), la sobre-saturación
profesional del campo y el optimismo
tecnológico de los estudios.
De
otro lado, una de las cosas que también definen a esta etapa, es que en ella
“la idea de información -asociada a las innovaciones tecnológicas- gana
operatividad y legitimidad científica mientras la de comunicación se opaca y se
desplaza y aloja en campos aledaños”[20].
Desplazamiento que aunado a la incertidumbre política y el fracaso de muchos proyectos sociales y teorías, además de hacer
pensar que la salida estaría en la sociedad de la información y el mercado,
repercutió en la escuela generando un
desmonte o una neutralización de las ciencias sociales y los saberes analíticos
y morales, cuyo descrédito ya de por sí aumentó a raíz de la supuesta
crisis de la razón. Y lo importante del caso fue que justificando y amparándose
en esto, desde mediados de los 80 muchas de las escuelas se constriñeron únicamente a dar una formación de corte más
instrumental y técnico, una formación donde lo que pesa no es tanto la
teoría o el análisis, sino el
inmediatismo practicista[21].
Formación que lo que ha requerido no es la aplicación de un modelo humanista o
racionalista, sino la instauración de un nuevo modelo pedagógico: el tecnicista. Aquel que, por supuesto,
tiene como prerrogativa “la fragmentación de los saberes”, aquel donde “formar
se [identifica] con especializar” y donde lo que se privilegia es “la tendencia
a valorar, sobre cualquier otra estrategia pedagógica, las técnicas de
aprendizaje y el desarrollo de saberes instrumentales”[22].
Pero
no todo es tan malo o desalentador como parece, ni tan poco tan unidireccional
o totalizador, ya que a pesar de en ésta
etapa se presenta en un gran número de escuelas la hegemonía teórica del saber tecnológico[23] (con
su correspondiente cuota de miopía social
y política), por dentro y por fuera de ellas suceden muchas otras cosas que
aún cuando no desplazan o erradican esa hegemonía, si por lo menos la desequilibran.
Nos
referimos al hecho de que por fuera de
las escuelas, en su contexto, además de que se fortalece y consolida la
sociedad del mercado en tanto sociedad de la información, además de que emergen
nuevas contradicciones y aparecen nuevos movimientos y dinámicas, se dan muchos
cambios en la teoría: modificaciones en las formas de asumir, percibir y
concebir lo social, cambios en la mirada comunicativa tras el desplazamiento
del concepto informacional de comunicación al de cultura, el redescubrimiento
de lo popular y la aparición del concepto de las mediaciones, cambios tras la
toma de conciencia del papel crucial de la comunicación y la toma de conciencia
de la trasnacionalización, la globalización y la internacionalización de los
mundos simbólicos. Y por dentro, nos
referimos a aquello que en el caso de
algunas pocas, muy pocas escuelas sucede: al débil pero fértil rompimiento
que han logrado hacer con ciertos mitos y lastres: por ejemplo, el rompimiento
con el mito de la objetividad científica y periodística, con la idea a pensar
la comunicación desde las disciplinas, con el reduccionismo de constreñirla
sólo a los medios, con el error de estimular sólo conocimientos teóricos en
oposición a los prácticos.
En
los dos casos, hablamos, en suma, de un desequilibrio, hablamos de la
existencia de una notoria esquizofrenia[24].
Y es que durante ésta etapa mientras en muchas escuelas lo que impera es la
racionalidad instrumental y tecnológica, el apego a recetas y técnicas, a
visiones mecánicas de lo social, a concepciones instrumentales de la
comunicación, alrededor de ellas las formas de mirar la realidad social han
cambiado, los métodos y las concepciones de análisis se han transformado, han
surgido nuevos problemas, nuevos retos y desafíos.
¿Qué nos indica este desequilibrio,
ésta esquizofrenia?, ¿acaso nos indica que durante ésta etapa unas pocas
escuelas han escapado a la hegemonía teórica del saber tecnológico, mientras la
mayoría ha sucumbido a él?, ¿nos indica esto que se trata de una irremisible
oposición entre las escuelas de derecha, las integradas, y las de izquierda,
las críticas?, ¿entre escuelas atentas a los adelantos teóricos y los cambios,
y escuelas indiferentes? Por supuesto que no. Lo único que no indica es la
necesidad de una renovación de las escuelas.
2) PRINCIPALES CRÍTICAS DE JESÚS
MARTÍN BARBERO A LAS “ACTUALES” ESCUELAS DE COMUNICACIÓN
Comprender
cuáles son las propuestas de renovación que MB ha planteado, hace indispensable
que primero conozcamos cuáles son los desacuerdos
y las críticas que el investigador colombiano insistentemente ha formulado a las
escuelas de comunicación latinoamericanas.
¿Qué
les critica? De acuerdo a lo que hemos detectado entre las líneas de sus textos, y aún cuando el autor jamás ha
hecho un listado como el que aquí presentaremos, podemos decir que en lo
fundamental, lo que MB critica a muchas de las escuelas, es:
- Les critica su maniquea
tendencia a plantear un tipo de formación o puramente teoricista o puramente practicista.
- Les critica su maniquea y estéril tendencia a
contraponer y a quedarse sólo con un tipo de formación: o una formación generalista, o una formación especialista.
- Les critica su tendencia a enseñar una visión mecánica de lo social y a legitimar una
idea de los actores sociales divididos sólo en emisores y receptores.
- Les critica su tendencia a enseñar trabajar con
objetos y no con procesos.
- Les critica su dependencia teórica, su tendencia a
vivir de modas e inercias cuya adopción, piensan, les da un aire de entendidos, además de un falso prestigio
académico.
- Les critica su tendencia a glorificar y fetichizar las tecnologías y los
aparatos, a enseñar a pensarlos por fuera de la cultura o la política, como si
fueran exteriores al mundo de la cultura.
- Les critica su tendencia a hacer del paradigma y el
modelo informacional (de corte
positivista o ideologicista) el único
definidor de la especificidad teórica de la comunicación; modelo que además de no ser el único, “no da cuenta de
las dimensiones básicas que son objeto de la
filosofía, de la sociología y la antropología, sino solamente de los
rasgos que específica el modelo”.
- Les critica su tendencia a no explicitar
adecuadamente la relación de la comunicación con la cultura, y en su caso, a no dar una
concepción amplia y no etnocentrista de la misma.
- Les critica su tendencia a no dar cuenta de la pluralidad de modos de comunicación
y la amplia gama de prácticas comunicativas de la sociedad.
- Les critica su tendencia a enseñar nociones débiles
del arte y la historia (¡cuando las enseñan!).
- Les critica su resistencia y su hermetismo a los
nuevos problemas, a los nuevos actores.
- Les critica su resistencia a no clarificar el por
qué de los modelos pedagógicos que usan.
- Les critica el hecho de mantener un círculo vicioso al establecer y
alimentar deficientemente una
amalgama entre “formación en ciencias sociales y adiestramiento para la
producción de medios”.
- Les critica su costumbre de no hacer explícito ni
el verdadero proyecto social que
toma cuerpo en el currículum que plantean, ni la relación que existe entre su
proyecto académico y el tipo de concepciones de la comunicación que enseñan.
- Les critica su tendencia a la esquizofrenia, su tendencia a no explicitar los propósitos del currículum oculto que secretamente las
guía y el currículum que si ponen a la vista.
- Les critica el tipo de organización curricular que
muchas veces plantean. Una organización curricular donde se separan y se parcelan los conocimientos por materias, sin establecer un
vínculo entre ellas. Una organización curricular fragmentada, aisladora y dividida en disciplinas[25],
que se ha dado como parte “de un chantaje que la moderna tecnología educativa
tiende a sofisticar: el orden y la sistematicidad imponen una organización a
partir de disciplinas e impiden una organización a partir de problemas”[26].
Disciplinas que según MB, actuando cada una por su lado, en las
cabezas de los profesores (hasta aquí la sociología!, hasta aquí la
historia!) funcionan como empresas de
propiedad privada y que lo único que demuestran es lo nefasto del tipo de
organización mercantil del conocimiento del cual se alimentan.
- Les critica el que la mayoría de los profesores que
imparten clases de Ciencias Sociales en las escuelas de comunicación, no vienen de la comunicación sino de
otros campos, de otras facultades, de otras escuelas.
- Les critica su tendencia a hacer de la interdisciplinariedad un pretexto para
la dispersión, cuando no un mero recurso para la retórica educativa. Ya que
por interdisciplinariedad “han
entendido no una propuesta metodológica o un modelo pedagógico sino la
mera presencia de diferentes
disciplinas en el currículum de los planes de estudio, cada uno desarrollándose
por su lado. ¿Qué significación puede
tener, por ejemplo, la presencia de un curso de antropología en un currículum
de comunicación si su contenido oscila entre una descripción enciclopédica de
las etapas de la evolución humana y una elemental presentación de las
diferentes ramas de la antropología?”[27].
- Les critica el planteamiento en las currículas de
unos cursos de sociología, economía, filosofía, antropología o historia,
“indefinidamente introductorios,
esto es cuyo nivel de generalidad es tan vago que le sirven por igual a
estudiantes de veterinaria, ingeniería química o comunicación”.
- Les critica el hecho de no proponer un mínimo de
formación básica, para ayudar a entender los tradicionales e ilusoriamente particulares cursos de
sociología de la comunicación,
filosofía de la comunicación o psicología de la comunicación.
- Les critica su tendencia a vivir ávidos de manuales, de esquemas, de fórmulas mágicas
y recetas, que además de reducir “los conceptos a slogans y simplificar
hasta su banalización especulativa o retórica los problemas de estudio”,
disuelven “las tensiones enunciadas en los conceptos convirtiendo en un mero
tema, neutro y aséptico, lo que son conflictivas pistas de investigación y
esfuerzos de conexión con las contradicciones sociales”.
- Les critica su tendencia a presentar y enseñar
pobre y desactivadamente, las escuelas teóricas “al modo como suele hacerse en
los cursos de método sobre
funcionalismo, marxismo y estructuralismo”. Esto es, presentándolas sólo como
una lista de afirmaciones abstractas, de modo catequista y doctrinario, sin explicar sus relaciones, sin
profundizar en sus matices, sin hacer una revisión de su proceso histórico,
atendiendo sólo a las recetas o a las consignas ideológicas y no a los problemas y a los
movimientos que las sustentaron y
originaron.
- Les critica su tendencia a enseñar y presentar las
técnicas, los métodos y los marcos
teóricos de investigación, totalmente descontextualizados,
aislados y desvinculados de las
condiciones que los engendraron. Les crítica su tendencia a enseñar las
técnicas, los métodos y los marcos teóricos, como si no implicasen una
determinada postura política, como si no implicaran una toma de posición ante
la realidad. Les critica su tendencia a presentarlos como si fueran “resortes
mágicos…cuyo vigor interno garantiza la verdad, o cuya verdad interna supliría
el rigor”.
- Les critica su tendencia confundir complejidad y
rigurosidad del método, con verdad o con “calidad” de conocimiento.
- Les critica su tendencia a hacer de la investigación sólo una asignatura más, al igual que las
otras. ¿Por qué? Porque “planteada como asignatura la investigación queda
aislada del resto de las actividades de la escuela, tanto de las teóricas como
de las prácticas, y neutralizada”.
- Les critica su tendencia
a legitimar una oposición y una desvinculación entre teoría y práctica, entre
la investigación y la producción, entre seminarios de análisis y talleres
de producción de medios. Desvinculación que lo que produce es “un tipo de
alumno que tiende a ver la investigación como sinónimo de teorización”, o sea,
que tiende a criticar en abstracto.
- Les critica no priorizar y no ofrecer las
condiciones necesarias para la investigación y les critica su reduccionista
tendencia a hacer de la universidad sólo un espacio para la docencia. Es decir,
les critica no sólo el poco apoyo a la
investigación, sino el no colocarla “como una de sus tareas fundamentales”.
¿Consecuencia? Ni los alumnos, ni los profesores hacen investigación, tan sólo
se dedican de cuando en cuando a presentar “trabajitos para pasar en el
escalafón”, los mínimos que “se necesita burocráticamente para ascender”.
- Les critica el hecho de no permitir el desarrollo
de la carrera docente y de no
permitir muchas veces las docencia de tiempo completo, sino sólo las
horas/cátedra. Les critica el hecho de alentar un tipo de docente funcionario que hace de la universidad “el ámbito global de
referencia”, un tipo de maestro obligado sólo a servir “a un proyecto social
con el que mantiene relaciones puramente instrumentales”. Un tipo de maestro
que obligado sólo a enseñar, al no
contar con apoyo para investigar o para llevar a cabo su propio proyecto
creador, se auto-reduce y limita a ser, no un productor, sino un mero repetidor de conocimientos.
En
otro orden, lo que MB crítica también, es:
- La deficiencia de las estructuras administrativas y
académicas, esto es, las excesiva burocratización
de las tareas dentro de la escuela.
- Les critica el hecho de organizar las más de las
veces, un tipo de relaciones
enseñanza/aprendizaje y universidad/alumnos, verticalmente dedicada sólo a instruir y disciplinar, a enseñar a reproducir los conocimientos que se transmiten.
- Les critica su tendencia a usar unos criterios de evaluación del rendimiento
escolar, basados en parámetros muy abstractos y formalistas, en parámetros
puramente academicistas.
- Les critica su rígida tendencia a organizar el
tiempo escolar bajo una lógica docente extraña por completo a las lógicas de la
investigación y la producción.
- Les critica su formalismo,
su tendencia a producir y ponderar conocimientos e investigaciones socialmente irrelevantes, aislados de las
demandas sociales, de las necesidades reales de la sociedad. O sea, les critica su poca
capacidad y su indiferencia para diseñar
alternativas.
- Les critica su tendencia a mitologizar y a
constreñir el campo de labor y acción profesional del comunicador sólo a los medios o las empresas. Por lo mismo les
critica que el tipo de perfil de comunicador, el tipo de imágenes, el tipo de
ideologías profesionales que alientan y estimulan, están regidas únicamente por
las exigencias que les ha planteado el mercado, sin tomar en cuenta las
exigencias y las necesidades de la sociedad
civil.
- Les critica el hecho de no preocuparse por construir con regularidad mapas nacionales de prácticas profesionales, es decir, mapas que
objetivamente demuestren los oficios y competencias que en determinado momento
histórico del país se necesitan y cuales tienen legitimidad y cuáles no.
- Les critica también no evaluar con regularidad su experiencia académica, sus resultados,
su relación con la sociedad y aún con las concepciones y modelos de
comunicación. Les critica no contrastar lo que abstractamente se han planteado
como objetivos, con lo que realmente han logrado. Les critica no dar cuenta del
tipo de gente que han formado y de la
que están formando.
3) PROPUESTAS DE JESÚS MARTÍN BARBERO PARA
“RENOVAR” LAS ESCUELAS DE COMUNICACIÓN
Partiendo
de las críticas anteriormente señaladas y seguro de que “lo que está pasando en
la realidad comunicativa del mundo y de nuestros países nos exige pensar de un
nuevo modo los formas de inserción de la reflexión crítica en la enseñanza de
la comunicación”[28],
el pensador colombiano ha hecho algunas propuestas
de renovación curricular[29]
dirigidas a solventar varios de los problemas de las escuelas.
Se
trata de unas propuestas de renovación que han arrancado y tomado su sentido, no únicamente de los límites y deficiencias que el autor ha
detectado y señalado, sino sobre todo de los cambios y la reconfiguración que desde mediados de los 80 se han
dado en los estudios de comunicación
latinoamericanos[30].
Cambios
que colindando con transformaciones en el ámbito sociocultural y
económico/político latinoamericanos, no han hecho sino volver más imperiosa y
urgente la necesidad de una renovación y hasta una transformación de las
escuelas dedicadas a la enseñanza de la comunicación.
Tales
propuestas, dispersas entre varios de los textos del investigador colombiano,
por el ámbito al que han sido destinadas, se pueden dividir en dos (desiguales)
grupos: las que fueron hechas pensando en los estudios a nivel de pre-grado (de licenciatura), que son
las más, y las que fueron hechas pensando en los estudios a nivel de post-grado (de maestría), que son las
menos.
A) Propuestas para el nivel de
LICENCIATURA (pre-grado).
Frente a ciertas reformas que
buscan ante todo la modernización tecnológica o temática la que aquí se relata
es un intento de reubicación del espacio teórico-político a partir del cual se
hacen pensables y académicamente trabajables los nuevos problemas.
Aunque
el autor por su forma de reflexión y escritura jamás lo ha planteado así, para
conocer y comprender mejor las propuestas que MB ha hecho a las escuelas para
su renovación a nivel pre-grado (esto es, para que integren las experiencias de
investigación, teoría y producción), a continuación las presentamos organizadas
en dos grupos: el primero corresponde a las seis propuestas que nos parece han
sido destinadas a detectar los problemas y crear las condiciones mínimas de posibilidad para cualquier renovación y el segundo corresponde a los dos pasos
que hemos ubicado se proponen para llevar acabo la renovación curricular
propiamente dicha.
En
cuanto al primer grupo, lo que MB ha
propuesto es:
1)
Que las
escuelas hagan un análisis del tipo de
relación que tienen con la sociedad. Relaciones que según el colombiano, a
grandes rasgos pueden ser de tres tipos:
-
Las de aquellas
escuelas “que se limitan a dar forma
académica a los oficios y prácticas de comunicación que el mercado laboral
instituye y solícita”.
-
Las de aquellas
que “asumen activamente su parte de responsabilidad -y las contradicciones y
conflictos que ello comporta- en la legitimación
cultural de los oficios que
conforman y transforman el campo de trabajo de los comunicadores”.
-
Y las de
aquellas que “se proponen explícitamente dar
forma a demandas sociales no formuladas desde el mercado ni el Estado, y
otorgar legitimidad cultural a
competencias y prácticas emergentes, esto es ligadas a movimientos sociales, en
el campo de la comunicación”.
Convencido de que cualquiera de las relaciones de las
escuelas no se enmarcan estrictamente en un sólo tipo de relación, lo que MB
ésta proponiendo con esto no es un
esquema para encajonar la vida en las escuelas, sino pistas para un análisis de sus tendencias. Por lo
mismo, de lo que se trata entonces no es más que de “investigar qué tipo de
tendencia predomina y qué repercusiones ello tiene sobre la estructura del
currículum y sobre el trabajo docente: qué concepciones de la comunicación
permea, qué problemas permite abordar y cuáles no, en qué modelos pedagógicos
se apoya, qué líneas teórico metodológicas favorece”[31].
2)
Que las
escuelas expliciten de alguna manera las articulaciones que desde el currículum
“vertebran el proyecto social que proponen”. O sea, que descubran y pongan
claro el “verdadero proyecto social que se hace cuerpo -teórico- y que da vida
-práctica-” al currículum que formalmente plantean.
3)
Que las
escuelas esclarescan el sentido y el propósito no del currículum que hacen
visible en su plan de estudio o en sus folletos publicitarios, sino del currículum oculto que secretamente las
guía, aquel que por debajo “da coherencia, sostiene y orienta en verdad la
práctica misma de la enseñanza en nuestras escuelas”.
Y para empezar a hacerlo, para empezar a descubrir su currículum oculto y el tipo de proyecto social que las guía,
MB propone que las escuelas (o quienes buscan alentar una renovación
curricular), den respuesta a las siguientes cinco preguntas:
a)
¿Cuáles son
las prácticas profesionales -oficios
y competencias- que hegemonizan el campo de la comunicación en nuestro país?
¿Qué saberes y destrezas son los que predominan, los que se necesitan?
b)
¿Cuáles son
las agencias de legitimación de esas
prácticas (medios masivos, instituciones estatales, instancias académicas,
organizaciones sociales) y cuál el peso relativo de cada una de ellas? ¿Quién
da valor a qué oficios y competencias?
c)
¿Qué prácticas de comunicación en nuestro
país se constituyen actualmente en emergentes,
es decir, erosionan el campo de las prácticas legitimadas evidenciando las
líneas de su transformación?; y en particular: ¿qué nuevos actores sociales y
qué nuevas competencias activan las transformaciones del campo de la
comunicación? ¿Cuáles son las nuevas figuras del comunicador, los cambios en
sus competencias y desde dónde se
movilizan?
d)
De esos
diferentes tipos de prácticas, ¿cuáles son las privilegiadas en el currículum
explícito? ¿Cuáles son los que avala la escuela?
e)
Y en el
currículum oculto, ¿cuáles prácticas se busca preservar, cuáles abolir y cuáles
potenciar, y mediante qué estrategias?
En otras palabras, lo que el autor ésta proponiendo
con esto es que las escuelas indaguen y construyan un mapa de prácticas e ideologías profesionales[32], un
mapa que clarifique las imágenes desde
las que es percibida y representada la profesión del comunicador, para
saber qué imágenes tienen legitimidad y vigencia en su país, así como las que
ella misma prioriza, pone como expectativa y a su vez contribuye a desarrollar.
Es decir, la escuela tiene que saber con claridad y con regularidad cuáles imágenes[33], qué
competencias, destrezas y oficios del comunicador son los que alienta desde su
currículum, y cuáles descarta y por qué. ¿El objetivo? Saber si la escuela y el
currículum están respondiendo a las necesidades reales de la sociedad, saber si
los que ella alienta son los comunicadores que la sociedad y el país requiere.
4)
Cercana a la
exigencia de construir un mapa de las ideologías y las prácticas, otra de las
cosas que según MB las escuelas tienen que hacer es revisar periódicamente su experiencia académica. Revisión que lo
que fundamentalmente implica es “la explicitación de la concepción de
comunicación que orienta la formación y da coherencia al conjunto de enseñanzas
y métodos que se trabajan en la escuela”. Lo que se busca con esto es saber ¿en qué sentido y con qué alcance las transformaciones en las
concepciones de comunicación que afectan a la escuela y qué tipo de repercusión
tienen en la investigación y en la formación profesional? ¿Cómo
averiguarlo? El intelectual colombiano ha dicho que tomándole el pulso y analizando los modos de relación del trabajo
académico con los modelos y las concepciones de comunicación. Modos que
según él, pueden ser de tres tipos:
a)
De dependencia. Se trata de un modo de
relación que predomina de dos maneras: “Una es aquella que consiste en negar la
necesidad de que la escuela explicite alguna concepción de comunicación, la
otra consiste en aceptar como propia la concepción que es hegemónica en un
determinado momento o la que está de moda. La primera suele basarse en un eclecticismo,
revestido de liberalismo intelectual, según el cual todas las concepciones son iguales y por lo tanto tienen los
mismos derechos, de ahí la imposibilidad de adoptar alguna como rectora y guía,
o bien en un pragmatismo que conduce a la negación pura y simple de que las
concepciones de comunicación tengan algo que ver con la formación. La segunda
responde a una visión según la cual, dada la precariedad de nuestro desarrollo,
lo nuestro es aplicar, al no podernos dar
el lujo de inventar lo que podemos hacer es estar al día…[En ambos casos]
la dependencia niega al trabajo académico la pertinencia y la necesidad de
pensar las relaciones entre concepciones
de comunicación y modelos de educación. Y una escuela que se niega a pensar esa
relación inducirá a los profesores a mantener la misma actitud respecto a las
teorías: o el eclecticismo o la sumisión a lo que hegemonice. A nombre del
pragmatismo o del oportunismo las escuelas no sólo resultarán incapaces de
elaborar una concepción propia sino que acabarán trasladando su actitud de
dependencia a la relación pedagógica”[34].
b)
De apropiación. En este caso, se trata de
un tipo de relación con la cual se “han ido haciendo nuestras las concepciones,
los modelos y las teorías. Son los usos y adaptaciones que de ellas hacemos
para comprender la especificidad de los procesos y las situaciones de
comunicación en nuestros países, y las lecturas desviadas y a veces hasta aberrantes a que las sometemos para
luchar contra la fetichización de los textos y los autores…[En el caso
latinoamericano] tres operaciones han sido claves de apropiación: abrir las
concepciones y los modelos a cuestiones no previstas inicialmente pero no
necesariamente incompatibles con ellos, tomar las teorías como conjuntos de
herramientas conceptuales más que como principios, y superar el purismo que nos
incapacitaba para hacer uso de procedimientos e instrumentos técnicos por su
contaminación irremediable con
concepciones consideradas espúreas”[35].
c)
De invención. Un modo no tan común de
relación, pero que por fortuna si se ha presentado en varias escuelas
latinoamericanas, en las que “no sólo se ha abordado de frente la especificidad
de nuestra situación comunicacional sino que se hacen ciertos esfuerzos por
acuñar categorías con las cuales pensarla”[36].
Evidentemente el colombiano a puesta a este último, pues sólo en una relación activa, de
apropiación y de invención, puede hacerse frente a la conversión de los modelos
en dogmas y de las teorías en doctrinas.
5)
Otra de la
cosas que las escuelas tienen que hacer es explicitar
y analizar el modelo de formación que proponen y aplican. Modelo que no
siendo “legible en los planes de estudio” y teniendo un “modo de existencia más
práctica que teórica”, por ser un lugar de
interacción entre las lógicas internas de la enseñanza y las culturas del
conocer predominantes en la sociedad, es de vital importancia conocerlo, ya
que en buena parte es él quién da piso a las ideologías profesionales y a los
modelos pedagógicos que guían los procesos de enseñanza/aprendizaje.
Lo que se busca al ubicar cuál modelo de formación es
el que las escuelas estimulan (si el humanista, el racionalista o el
tecnicista), es saber qué tipo de comunicador están buscando, formando y
promoviendo, y cómo y por qué lo están haciendo (activando un tipo de formación
generalista o especialista, apoyando más lo teórico, lo técnico o lo
artístico).
6)
Por último, lo que las escuelas tienen que
hacer para detectar los problemas y crear condiciones favorables para una
posible renovación curricular, es ubicar,
esclarecer y analizar el tipo de cultura política que legitiman y profesan.
Unas culturas que aunque no son nada explícitas, además de ser las más eficaces
“modeladoras de las relaciones entre maestros y alumnos, entre lo que significa
enseñar y lo que significa aprender”, son concepciones que transformadas en
hábitos políticos y en formas de establecer relaciones intersubjetivas, hablan
mucho de cómo lo extra-académico incide y conforma lo académico, de como los
comportamientos ciudadanos tienen que ver con las formas de relación escolar y
de cómo las relaciones sociales de poder también configuran y tejen las
relaciones dentro de la escuela. De lo que aquí se trata entonces, es de ubicar el tipo de cultura política que se da
al interior de la escuela. Cultura
política que según el investigador, puede ser de tres tipos (o de una amalgama
o combinación entre ellas):
a)
Una cultura autoritaria. Que es el tipo de
cultura política “que busca organizar las relaciones enseñanza/aprendizaje en
términos exclusivos de ejercicio del mandar por parte de directivos y
profesores, y del obedecer, esto es reproducir la información que se les
transmite, de parte de los alumnos; relación regida entonces por el principio de
la disciplina y el orden incluso a costa de la eficacia, e impregnada
frecuentemente de un paternalismo que disfraza de solidaridades lo que no es
sino modalidades de clientelismo escolar”.
b)
Una cultura anarco-espontaneísta. Que es tipo
de cultura política “que entiende el trabajo académico como espacio de
expansión de las individualidades, para la que cualquier tipo de normatividad
no es sino una estratagema de control y cualquier forma de método castración de
la libertad de expresión y creación. Y que al negar cualquier tipo de
regulación permanente se halla expuesta al chantaje de los facilismos
disfrazados de libertad y de los oportunismos descrestadores”.
c)
Una cultura democrática. Que es el tipo de
cultura política “que hace del trabajo académico una búsqueda permanente del
máximo de participación compatible con la eficiencia, que sin hacer del orden
un valor en si propugna por una regulación que no destruya sino que posibilite
la expresión de la diversidad de concepciones y estilos y su confrontación
discursiva, que apuesta por una docencia
basada en la autoridad que viene de autor más que en la imposición o la mera
liberalidad, y por un aprendizaje que tiene más de activa apropiación que de
reproducción fiel de lo aprendido”[37].
Por supuesto, una escuela que busque desde su propia
práctica académica contribuir a la formación de una sociedad justa y tolerante,
tiene que asumir una cultura política como la del último tipo, una cultura que
al ejercerse a través de la enseñanza de la comunicación forme comunicadores
preparados para consolidar cotidianamente la democracia.
Ahora bien, en cuanto al segundo grupo de propuestas (las que están encaminadas
estrictamente a la renovación curricular),
lo primero que MB ha sugerido, es:
-
Aceptar que en la enseñanza de la
comunicación y en la formación de comunicadores se juega en parte el futuro de la democracia y la
comunicación en nuestras sociedades.
-
Asumir de una
vez por todas que la escuela ni existe por fuera de la sociedad y sus
tensiones, ni es sólo un espacio para la docencia o la reproducción, sino más
bien un espacio de experimentación y
creación, de búsqueda de respuestas y acciones concretas.
-
Asumir que “el campo de acción de los
comunicadores no se agota en los oficios: que el campo de trabajo es a su vez
parte del mercado y parte de la sociedad. Y no se trata, por tanto, de
posiciones maniqueas, sino de captar que la dinámica del campo en el cual se
mueven los comunicadores no se reduce a determinados oficios, a determinados
saberes, a un momento específico”[38].
-
Asumir también que el currículum no es sólo
un grupo de materias, sino una mediación
entre las concepciones de comunicación (articuladas sobre la lógica de las
disciplinas y la dinámica de las sociedades) y el modelo pedagógico que tiene
la escuela. ¿Para qué asumirlo así? Para desde ahí pensarlo como lo que es:
como un dispositivo que hace posible
o imposible el abordaje de la comunicación y la sociedad, y como un enclave configurador de las relaciones entre una profesión y un campo
intelectual.
-
Enfrentar el hecho de que en la medida en que
la comunicación es crucial y que en la medida en que la del comunicador es
estrictamente una profesión práctica que
necesita de una formación teórica, en esa misma medida se hace necesario renovar las currículas, los modelos de
formación y las culturas políticas escolares, para que éstas hagan posible una
enseñanza de la comunicación democrática en que la que se vinculen el análisis
y la práctica, la investigación y la teoría con la producción y el diseño.
-
Tomar consciencia de que para alentar dicha
renovación curricular, lo que hay que hacer, a parte de intentar replantear los
estudios en función del campo cultural y político en que el comunicador trabaja
y poner en cuestión la lógica de las
disciplinas y la secuencia temática de los cursos, es buscar darle sentido y coherencia a la inevitable amalgama entre ciencias sociales
y adiestramientos técnicos que se da dentro de los currículums.
-
Y finalmente, aceptar que “el problema ya no
es la ponderación del peso que en la formación del comunicador deben tener los
diversos saberes y destrezas sino qué tipo de reflexión teórica puede
articularse al hacer comunicación sin
quedar absorbida o neutralizada por la razón tecnológica y la expansión de la
lógica mercantil a modelo de sociedad”[39].
Así,
una vez planteado que lo que se busca es un plan de estudios y una práctica
educativa que aliente una vinculación entre
teoría, producción e investigación, a continuación presentaremos en dos pasos (uno correspondiente a las
sugerencias en la teoría, y el otro, a las sugerencias en investigación y la
producción), lo que el intelectual ha propuesto:
1)
Romper con el círculo vicioso de los
curriculums, es decir, romper con el círculo vicioso que legitimado desde la escuela, separa
y hasta opone la práctica y el adiestramiento técnico de medios, del análisis y
la teoría. Para hacerlo, a modo de mediaciones que desde la teoría renueven el plan de estudios y articulen lo que el
currículum separa, se proponen cuatro acciones:
Escapar de la dispersión y la vaguedad que muchos
currículums han materializado luego de que legitimaron retóricamente (con el
pretexto de una supuesta interdisciplinariedad), la co-existencia confusa y
desarticulada dentro de los planes de estudio de varios cursos introductorios
de distintas disciplinas de las ciencias humanas y sociales. Coexistencia de
unos necesarios cursos de historia, sociología, antropología, filosofía,
psicología, que al ser meras introducciones (que lo mismo sirven para médicos
que ingenieros o comunicadores), al no articularse unos con otros y al ser
trabajados desactivados y en hueco,
es decir, sin vincularlos a un problema o un contexto, lo único que provocan en
el estudiante es confusión y una tendencia hacia una aplicación mecánica del
conocimiento. ¿Cómo escapar a esto? Lo que se propone es sacar el concepto de
interdisciplinariedad de la descontextualización y la desactivación en el que
se le ha metido, para enfocarlo y encaminarlo al ámbito específico de los
problemas de la comunicación, o sea, sacar a las disciplinas de su solipsismo y
aislamiento, para articularlas y enseñarlas
no a partir de los innegables aportes de cada una de ellas, sino a partir de una delimitación del campo específico de
problemas que interesan dentro de la comunicación. Una delimitación del
campo, con la cual nuestro investigador piensa que se daría el encuentro con aquello que en cada disciplina configura su aporte de
conocimiento a esos problemas; encuentro que a su vez haría posible la
construcción de “una especificidad teórica que en lugar de recortarse
idealistamente saca a flote las mediaciones que en la realidad configuran los
fenómenos que el comunicador deberá enfrentar profesionalmente”.
Hay que indicar que dicha delimitación, debe ser
trabajada “partiendo de la convergencia lograda por la investigación
latinoamericana en torno a tres ejes: estructuras
de profundidad y poder, procesos de producción
simbólica y prácticas de decodificación y consumo. No se trata de
territorios separados sino de planos que demarcan y organizan la relación entre
problemas y saberes. Esa delimitación hace posible una selección básica de
materias o asignaturas que responda menos a los requerimientos inmediatistas
del mercado laboral o las políticas académicas de turno y más a la
especificidad de unos problemas objeto. Pues los ejes propuestos efectúan una
mediación entre la generalidad de los conocimientos que trabaja cada disciplina
y la particularidad de los problemas en comunicación. Mediación indispensable
pues ni los alumnos -para entender los problemas de comunicación- pueden
ahorrarse el conocimiento de las estructuras sociales básicas ni se puede
exigir que los mejores profesores de sociología o economía sean expertos en
comunicación”[40].
El objetivo es entonces constreñir la enseñanza de
las disciplinas en torno a los tres ejes mencionados, para luego enseñar a
partir de problemas/objeto y no de teorías o doctrinas. Lo cual por supuesto
exigirá que cada profesor enseñe lo que “cae dentro de su área de conocimiento
pero seleccionado y organizado en torno a un punto de los ejes - sobre el que
van a converger los cursos de otras disciplinas: por ejemplo economía,
sociología e historia sobre el primer eje y lógica semiología y antropología
sobre el segundo. Y lo que se le propone de ese modo al alumno es un conjunto
de conocimientos mínimamente integrados a partir de los cuales él podrá pasar
al análisis de estructuras, procesos y prácticas de comunicación en lugar de
limitarse ha acumular la información de las investigaciones ya hechas”[41].
Colocar como
centro de atención de las diversas reflexiones y las teorías trabajadas en la
escuela, a las tres dimensiones de la vida social que se juegan en la practica
comunicativa. El objetivo perseguido con tal incorporación, es, tanto
ensanchar la percepción de los procesos sociales y ayudar a los alumnos a
comprender la importancia de lo que se juega en la comunicación, como hacer de
las dimensiones una mediación teórica
que articulando permita romper el circulo vicioso antes mencionado.
Las
dimensiones a incorporarse en el plan y sobre las cuales la teoría enseñada
tendría siempre que poner su atención, son: l
-
La socialidad,
“que es la trama de relaciones cotidianas que tejen las gentes al juntarse y en
la que anclan los procesos primarios de socialización de los modelos y los
modos de vida. Esa en que yace la racionalidad
comunicativa de que habla Habermas, esto es la comunicación como cuestión de fines y no sólo de medios, la
cuestión del sentido de la comunicación, pues en los modos de comunicar se
juegan y se expresan dimensiones claves del ser social. Tanto de aquellas que
dicen la lucha por horadar el orden como aquellas otras que hablan de las
cotidianas negociaciones con el poder”[42].
- La institucionalidad, que es la dimensión
que habla de como la comunicación da lugar a un tipo de instituciones, es
decir, de como en la comunicación “se juega
decisivamente hoy la supervivencia de lo público, la urdimbre
institucional de la sociedad civil”, de como la comunicación “al mediar en la
constitución de la representación política y en el reconocimiento cultural”, ha
pasado a constituir para las mayorías un
espacio sustitutivo de la institucionalidad comunitaria”[43].
- Y la tecnicidad,
que no es un simple instrumento ni es algo exterior a la cultura, es antes que
nada un organizador perceptivo, un
elemento que diseña y posibilita nuevas prácticas comunicativas. O dicho de
otra forma, es “aquella dimensión que en las prácticas sociales articula la
trans-formación material a la innovación discursiva”.
Otras de las
cosas que se tienen que hacer para poder romper con el círculo vicioso que
separa la teoría de la producción, es ubicar y darle prioridad temática y teórica dentro del currículum, a al
menos cuatro dimensiones que
inexcusablemente deben ser trabajadas tanto para construir las articulaciones
entre las disciplinas (economía, sociología, semiótica, antropología, historia)
y las teorías de la comunicación, como para poder profundizar el conocimiento y
la valoración de los procesos de comunicación.
Las cuatro dimensiones que colocadas como punto de interés temático servirán como mediaciones teóricas que posibiliten la
vinculación de la investigación y la crítica con la producción de medios, son:
-
Las estructuras sociales, no “tematizadas en términos de determinación
causal”, sino más bien como mediación que ayude a entender el sentido de las condiciones de producción y las
relaciones entre comunicación y sociedad, y que ayude también a “imaginar
alternativas que no se agoten en el esteticismo o se desangren en el
marginalismo”, es decir, pensando y percibiendo a las estructuras de tal modo
que la “inteligibilidad de lo social no se disuelva en la fragmentación que
introduce la percepción de la pluralidad y la nueva sensibilidad por la
diferencia”.
-
Las lógicas de producción, buscando tematizar sin maniqueísmos, básicamente
dos lógicas: la de la acumulación/rentabilidad
del capital y la del proceso industrial.
-
Las dinámicas culturales, tematizando fundamentalmente cinco dinámicas: “las dinámicas de incorporación de las
mayorías a la modernidad de la cultura audiovisual mediante el desplazamiento
de la producción de la cultura de las comunidades hacia instituciones y
aparatos especializados, y a su vez insertados en el movimiento de integración
a la economía mundial”[44]; las
dinámicas de fragmentación del hábitat
cultural; las dinámicas de secularización
de los mundos simbólicos; las dinámicas
de desterritorialización de las demarcaciones culturales y las dinámicas de hibridación de las culturas
y las subculturas que han dado lugar a identidades nuevas.
-
Y las gramáticas discursivas,
“entendiendo por tales las estrategias comunicativas en que se hace la ósmosis
de las matrices estéticas y los formatos comerciales. Gramáticas configuradas
por prácticas de enunciación de actores situados tanto en la producción como en
la recepción, y por formatos de sedimentación de saberes narrativos, hábitos y
técnicas expresivas. Gramáticas que dan lugar a una topografía de discurso
movediza, y en constante evolución que viene exigida no sólo por la renovación
del capital y las transformaciones tecnológicas sino también por el movimiento
permanente de las intertextualidades que alimentan los diferentes géneros en
los diferentes medios. Gramáticas que son lugar de complejos entramados de
residuos e innovaciones, de anacronías y modernidades, de asimetrías comunicativas
que involucran, de la parte de los productores sofisticadas estrategias de
anticipación, y de la parte de los espectadores la activación de competencias
de lectura y operadores de apropiación”[45].
Por último, lo
que habría que hacer a modo de colocar otra mediación
teórica, es incorporar al plan de estudios, y por ende, a la enseñanza de
la investigación, de las teorías y concepciones de la comunicación, “la historia de las transformaciones en la
formulación de los problemas y en los modos de abordarlos”. Con ello lo que
se busca básicamente es “hacer aprovechable una historia fundamental de la
investigación en comunicación que vincule la emergencia de las teorías del
movimiento de los problemas, esto es a los cambios en la situación social y en
las configuraciones culturales. Una historia que permita comprender que las
teorías -concepto y método- no son ni meras estrategias ideológicas ni
recetarios de técnicas sino el lugar en que se objetivan y desde el que se
hacen visibles cierto tipo de problemas y otros no”[46].
MB propone que dicha historia se puede enseñar y
desarrollar a partir de cinco etapas
en “una secuencia que no puede ser mecánicamente diacrónica pues hay sincronías
altamente significativas”.
Las etapas tentativamente serían las siguientes: “Uno, la propuesta inicial de la comunicatiom research y el análisis que
inaugura el concepto de industria
cultural de los de Frankfurt. Dos,
el difusionismo como matriz teórica de las primeras investigaciones de
comunicación en A.L. y su crítica a partir de la relación
comunicación/educación (P. Freire) y comunicación/cultura (A.Pasqualli). Tres, la renovación que introducen
Mcluhan y E. Morin en las dos posiciones, y la ruptura epistemológica que se
opera desde el materialismo histórico y la semiótica al hacer emerger la
problemática de la comunicación como espacio privilegiado para el análisis de
las condiciones sociales de producción del sentido. Cuatro, la lectura ideológica de los discursos y análisis
socioecónomico de los medios en A.L. (E. Verón y A. Matterlat); crisis de la
dependencia y apertura del espacio teórico: nuevo orden informativo, y
políticas nacionales de comunicación. Quinta,
racionalidad tecnológica (del progreso tecnológico)
y paradigma informacional; emergencia de un paradigma alternativo a partir del
espacio abierto por la sociología de la cultura (R. Williams, P. Bordieu, M de
Certeu), la antropología de las culturas subalternas (A. Cirese, N García
Canclini, G. Jiménez) y la investigación latinoamericana sobre la relación
entre cultura de masas y culturas populares”[47].
2)
Dado que la
intención del investigador colombiano al proponer incorporar las tres
mediaciones teóricas anteriores a los planes de estudios, es por un lado, introducir una reorganización de las áreas
teóricas, y por otro, producir una
ampliación del campo y algunos desplazamientos estratégicos en las áreas de
prácticas profesionales o talleres. El siguiente
paso para llevar a cabo una renovación curricular, es precisamente el que
se debe de dar entorno a las modificaciones necesarias para permitir una vinculación de las áreas de
investigación con los talleres de producción. Y para lograrlo, se proponen cinco cosas:
a)
Delimitar y especificar qué tipo de investigación es
posible a nivel de pre-grado y cuál es su objetivo, “esto es, qué tipo de investigación puede
insertarse tanto en el proceso de aprendizaje como en las prácticas de
producción”, qué tipo de investigación superará el nivel de la denuncia y
pasará a ser ingrediente renovador del hacer
comunicación. ¿Qué tipo de investigación puede asumir esos retos en el
nivel de pre-grado? MB considera que tiene que ser un tipo de investigación que
además de desmitificar la idea de la investigación como trabajo irreal o
de laboratorio, “ayude a que la producción responda a demandas de
comunicación que, aunque mediadas por la industria cultural, den expresión a
necesidades colectivas y recojan matrices de raigambre cultural”. Una
investigación que “dé la primacía a la claridad en la formulación de los
problemas y al rigor en la observación y el análisis más que al montaje de
grandes marcos teóricos o a la sofisticación de la formalización. Una
investigación que sea alentada informalmente desde cada curso a través de una
docencia que en lugar de entregar resultados explicite la gestación de los
conceptos y los ponga en relación con campos particulares de problemas, que en
lugar de autosatisfacerse exija permanentemente mirar más allá de las aulas y los libros”[48].
Sin que ello implique restricción temática o metodológica alguna, el colombiano piensa
que para lograr lo arriba mencionado “la investigación debería orientarse a un
objetivo básico: romper el formalismo del conocimiento académico abriendo los
cursos y talleres a la interpelación
constante de lo que mueve, preocupa, alienta al país, y desde ahí a América Latina. Interpelación que se concreta en el
trabajo sistemático de formulación de demandas de comunicación y cultura”[49]. Se
trata en últimas de un tipo de investigación y de una formulación de demandas
que lo que exigen es la búsqueda de problemas
que comprometan más allá de la retórica y el masoquismo de lo académico,
así como la búsqueda de nuevas “metodologías de participación que posibiliten a
los sujetos de los problemas acceder tanto al proceso como a los resultados de
la investigación”. Metodologías que coadyuven al desplazamiento del concepto de
informacional de comunicación al de cultura, que permitan ubicar históricamente
los procesos y los productos culturales, que ayuden a romper con el
etnocentrismo de clase y con la visión mecánica de lo social y los sujetos, que
permitan un acceso a las formas de comunicación que se dan por fuera de los
medios y que ayuden a rescatar lo cotidiano.
b)
Transformar la docencia y la universidad en un
espacio de experimentación social,
es decir, abrir “el trabajo académico a nuevos modos de relación con la vida real. Pues lo que torna irreal, especulativo y estéril, al
trabajo académico no es la distancia indispensable que requiere la producción
de conocimientos sino la irrelevancia social
de los problemas que se abordan y el formalismo
de las soluciones tanto teóricas como prácticas”. MB concibe por experimentación social “el trabajo
académico que articula la investigación y la docencia, la aplicación y la
invención, a la formulación de demandas sociales y la producción de
alternativas de comunicación”[50]. O
dicho de otra forma, entiende “por experimentación
social las estrategias de encuentro de la escuela con la realidad
comunicacional del país y la región, esto es la articulación de la docencia y
la investigación a proyectos de formulación
de demandas sociales y de diseño de alternativas”[51].
c)
Por su
parte, para estimular la formulación de
las demandas, lo primero que hay
que hacer es tomar de conciencia de que
éstas “no se agotan ni en las que formula el mercado -porque la lógica de los
intereses privados no sólo sesga el contenido sino que restringe fuertemente el
ámbito de las demandas aceptables- ni en las que formula un Estado grandemente
mediatizado por los intereses partidistas, lastrado por el centralismo y el
clientelismo”[52].
Lo cual entonces implica el que la escuela atienda
y formule sobre todo “las demandas de la sociedad civil”. Con dos
propósitos: “investigarlas, pues no
las conocemos y las que conocemos lo son en forma demasiado mediatizada, y legitimarlas con el aval modesto pero
efectivo que a la larga puede otorgarles la legitimidad de que goza la
universidad en nuestros países”[53].
d)
Una vez que
ya se ubicó que la formulación de las demandas corresponde a las áreas de investigación,
lo que sigue finalmente es el diseño de
alternativas, diseño que ahora corresponde a los talleres de producción y
cuya explicación exige previamente aclarar dos cosas: sobre el énfasis en “el
diseño”, aclarar que en tanto el diseño
tiene tanto de experiencia como de invención, lo que se busca es que el
comunicador/productor que se forma en la universidad no sea sólo un ejecutor, sino diseñador, “esto es alguien capaz de concebir el proceso entero
que va desde la idea a la realización, alguien que puede dar cuenta de lo que
se quiere comunicar, de los públicos a quienes se dirige y de los discursos en
los que deba expresarse”[54]. Y, sobre el énfasis en las “alternativas”,
aclarar que con ello no se habla de una supuesta búsqueda de la comunicación marginal,
auténtica, liberadora y totalmente horizontal que se encontraría por fuera de
los medios, sino que se habla en plural, es decir que lo que se busca es
encontrar y diseñar muchas formas de comunicación, “trabajar tanto para ampliar
las voces y los géneros que caben en los medios masivos como por potenciar la
democratización que se gesta en los proyectos de comunicación comunitaria. En
uno u otro ámbito lo que se trata es de hacer efectiva la pluralidad, la
diferencia que enriquece la sociedad y desde la que se construye la democracia”[55].
Aclarado lo anterior, toca el tiempo de decir que la
propuesta del diseño de alternativas lo que implica es que los talleres de
producción, en primer lugar, se tienen que abrir “a la pluralidad de modos de
comunicación a través de los cuales se expresan matrices culturales, tanto étnicas como de clase, nacionales y
regionales, a los modos masivos, comunitarios y alternativos, y a los tipos de prácticas que los atraviesan
-informativas, educativas, organizativas-.. Y en segundo lugar [tienen que]
desplazar el acento, reductoramente puesto en el ámbito de la emisión/recepción
de información, hacia el de la producción/consumo de cultura. Lo cual no
significa abandonar el campo de la información
sino sacarlo del modelo centrado en el medio y el mensaje, y reubicarlo en
el espacio de los dispositivos y las constricciones que vienen del sistema de producción -imposición de
géneros, rutinas productivas, ideologías profesionales- y de los modos de reconocimiento y constitución de
los sujetos sociales”[56].
Remarquemos entonces, que el objetivo perseguido con
todo esto, es que la producción de
comunicación parta de contextos sociales y asuma las configuraciones culturales
y que consecuentemente “el aprendizaje del diseño y la producción de
comunicación asuma el hecho de que el modo hegemónico de comunicación y los dispositivos de lenguaje que históricamente
han desarrollado los medios no representan la culminación de un
proceso/progreso fatal, que hay otros
modos de comunicación y otros usos posibles de los medios, modos que siendo
colectivos no son masivos y usos de medios que corresponden a lógicas
diferentes a aquellas que miden la calidad de la comunicación y la eficacia
comunicativa por rentabilidad comercial. Es quizás, además, el único camino
para que la comunicación en los medios pierda la rigidez de los formatos y se
abra ella misma a la experimentación. En últimas lo que está ahí en juego es la
posibilidad de romper el impasse que sufren la mayoría de las prácticas de producción
en nuestras escuelas; o mera y rutinaria repetición de lo que se hace o
experimentación formalizada. Claro que todo trabajo académico tiene sus
límites, pero ellos pueden ser ampliados mediante un tipo de prácticas que
impliquen a grupos sociales, que partan de situaciones concretas y se dirijan a
sujetos reales. Sólo así el trabajo de producción podrá ser arrancado al
chantaje de los criterios de evaluación puramente académicos y formalistas e
introducir criterios que permitan evaluar la validez social de la comunicación producida”[57].
e)
Por último,
lo que se propone para vincular la investigación con la producción y de paso
para romper tanto con la tendencia a
separar los conocimientos por materias, como con la rígida organización del
tiempo escolar, es alentar una organización curricular preocupada por una
“investigación que en los últimos semestres disponga de un mínimo de espacio no
compartimentado para que pueda asumirse como un proceso específico de
aprendizaje y a la vez ligarse a un proyecto particular de producción de
comunicación”[58].
En otras palabras, lo que se busca es que los
currículums escolares en los últimos semestres abran un espacio distinto. “Un
espacio que al no estar regido por la lógica de las separaciones -por materias,
por áreas, por tiempo- haga posible la integración buscada tan precaria y
parcialmente en los años anteriores. Un espacio estructurado a partir de
proyectos de investigación/producción que integren en pequeños equipos alumnos
y profesores de las distintas áreas…El objetivo fundamental es la puesta en
marcha de proyectos que respondan a un tipo de demanda concreta, en función del
cual es diseñado un proceso de comunicación, seleccionando los medios y los
tipos de prácticas”[59].
Pero, ¿cómo lograr esto? MB piensa que mediante un
ciclo de énfasis, esto es, mediante
un ciclo escolar en el que se tracen las líneas de trabajo que sinteticen y
“recojan la experiencia de los egresados, la demanda que viene del mundo
laboral y otros tipos de demandas sociales”. Para ello, propone por ejemplo que
en ese ciclo de énfasis se establezcan las siguientes líneas de trabajo,
correspondientes por su parte a unas determinadas figuras profesionales: prácticas informativas, periodismo y
animación cultural, comunicación educativa y comunicación en el desarrollo
comentario. Líneas importantes, pues desde ellas “lo que se abre es algo
más que un modo de aproximación a las complejidades del trabajo profesional: es
un acceso a la diversidad y complejidad de formas y espacios, de experiencias y
prácticas de comunicación que en los primeros años sólo han sido entrevistas
apenas. Por eso culmina ahí una reforma [curricular] que busca poner el énfasis ya no en los medios sino en las
mediaciones, y más que en la crítica de la homogenización en el descubrimiento
y reconocimiento de la diversidad cultural que se expresa y materializa en una
pluralidad de modos de comunicación vigente aun en el tiempo de los satélites y
la informática”[60].
B)
PROPUESTAS PARA EL NIVEL DE POSTGRADO.
Siendo
académicamente el nivel siguiente al del pre-grado, el post-grado ha sido el otro terreno escolar desde el cual MB ha
reflexionado y ha hecho algunas propuestas para renovar la enseñanza de la
comunicación en América Latina. Con el objetivo de acercarnos a ello y a pesar
de que no es mucho lo que el investigador colombiano ha dicho en torno a los
estudios de comunicación al nivel de post-grado, por su importancia y
singularidad, a continuación presentaremos la propuesta curricular que a
principios de los 90 el intelectual hizo para abrir una maestría en
comunicación en la Universidad del Valle.
Como
ya hemos visto, las escuelas y los estudios de comunicación por lo reciente de
su constitución, por la apresurada amalgama que han realizado entre conocimientos
sociales y adiestramientos técnicos, pero sobre todo por “el hecho de tener
como objeto de estudio procesos y problemas neurálgicos de la vida social y
cultural”, han estado permanentemente desgarrados
entre una tendencia practicista y otra teoricista, entre posiciones de sumisión
completa a las demandas del mercado o de fundamentalismo denuncista. Una
contraproducente tendencia de las escuelas de comunicación, que no se ha
experimentado sólo en el nivel de pre-grado, sino también en el de postgrado.
En el de pre-grado, orillando los estudios a dispersarse y fragmentarse, a
debatirse en “una búsqueda por articular lo avanzado en la investigación con lo
tematizable en la docencia”. Y en el postgrado, fortaleciendo tecnocráticamente
“la tendencia a identificar la cualificación profesional con la
especialización”[61].
Tendencia
tecnocrática que para MB es preocupante, pues ante la incapacidad del pre-grado
para asumir plenamente los desafíos de la sociedad y ante “la ausencia en
nuestros países de espacios institucionales para la investigación social fuera
de las universidades”, el postgrado debería ser por fuerza el espacio escolar
que tendría que encargarse de la “investigación básica y el trabajo teórico
capaces de dar forma a las demandas de la comunicación que vienen de la
sociedad”.
Convencido
entonces de que el postgrado ha de ser el espacio académico en el cual se deben
de presentar con mayor fuerza y profundidad las búsquedas por lograr una
conexión entre la escuela, las demandas sociales de comunicación y el diseño de
alternativas, el pensador colombiano hace algunos años propuso a la Universidad
del Valle, la instauración de una
maestría: la maestría en Comunicación y
diseño cultural.
Dicha
maestría para asumir los retos que la sociedad le plantea, ha tenido como
propósito formar comunicadores aptos para ligar “la investigación de la
comunicación al estudio de proyectos y políticas culturales”. Lo cual de
entrada ha exigido que el objeto de
estudio de esa maestría lo constituya “la relación entre políticas
culturales y políticas de comunicación, desde una concepción que no se limite a
reglamentar los medios y controlar sus efectos, sino que active la experiencia
comunicativa y creativa de las comunidades: punto nodal de las relaciones entre
comunicación y democracia, y tarea prioritaria asignada a los postgrados por
FELAFACS en el Simposio Latinoamericano de Estudios de Postgrado realizado en
Cali en abril de
Pensando
que los candidatos de esta maestría son “tanto los comunicadores como los
trabajadores de la cultura, los educadores, los profesores de ciencias sociales
y de tecnologías de la información”, son dos los tipos de objetivos que el investigador ha ubicado para esta maestría: los
institucionales y los de formación.
Los
objetivos institucionales que
persigue son tres:
1)
Ser un
espacio para la investigación de las transformaciones socioculturales ligadas a
procesos de comunicación colectiva, entendida esta no como ámbito de
innovaciones tecnológicas sino también de cambios en los modos de interpelación
de los sujetos sociales y en los procesos de constitución de las identidades.
2)
Ser un
espacio para alentar el diseño de proyectos de comunicación y cultura que
propicien la participación comunitaria en el uso de los medios, y de políticas
culturales y que asuman el desafío que plantea la privatización radical de la
economía y la desprivatización de la vida activando las competencias culturales
de los grupos y las asociaciones.
3)
Y ser un
espacio de encuentro entre los distintos saberes y competencias que gravitan
sobre el campo de la comunicación, un espacio permanente de intercambio de
experiencia entre docentes, creadores, administradores e investigadores y de
aliento a un trabajo que articule lo teóricamente logrado con lo socialmente
sentido.
Por
su parte, los objetivos de formación
que la maestría persigue, son:
1)
Hacer de la
investigación el componente central del trabajo académico activando la
construcción de enfoques capaces de superar la fragmentación de los saberes especializados
y de dar cuenta de la multidimensionalidad de los procesos de comunicación y
las prácticas culturales.
2)
Desarrollar
y profundizar la especificidad de la experiencia teórica e investigativa
latinoamericana en el campo de la comunicación y la cultura.
3)
Ligar
explícitamente el estudio de los medios y procesos de comunicación a la
comprensión de la composición y dinámicas de la diversidad cultural colombiana
y latinoamericana.
En
cuanto a la estructura curricular de la
maestría, el pensador colombiano ha planteado que ésta se puede llevar a
cabo en cuatro semestres organizados a su vez en dos etapas:
Primer
etapa: semestres I y II, cuyo
objetivo es poner en común los conceptos articuladores del campo
comunicación/cultura, efectuando un debate sobre los modelos teóricos y las
propuestas metodológicas y abriendo algunas pistas claves de investigación de
los diversos medios/lenguajes de comunicación y las diferentes formaciones
culturales que conviven en la sociedad. La propuesta de MB es que se trabaje en
seminarios y en talleres. Los
primeros, orientados a la
conceptualización y el debate metodológico, y los segundos, dedicados a la construcción de problemas de investigación.
I semestre:
Seminarios: de teorías del análisis
cultural y comunicacional.
Talleres: Medios y lenguajes: historia.
Formaciones culturales: etnias y tradiciones.
II semestre:
Seminario: Industrias y consumos culturales.
Talleres: Medios y lenguajes: modernidad/postmodernidad.
Formaciones culturales: regionales y trasnacionales.
Segunda
etapa: semestres III y IV, cuyo
objetivo es la integración de perspectivas globalizadoras -políticas culturales
y estrategias de desarrollo- al trabajo particularizado y opcional en uno de
cualquiera de los tres siguientes énfasis:
Diseño y gestión de proyectos culturales:
propuesta que articula la investigación de las lógicas propias de la
comunicación y la cultura con el aprendizaje de metodologías de planeación y
gestión, el estudio de las dinámicas de la creación artística con las
condiciones de las industrias y los mercados culturales y con las exigencias de
la organización empresarial y comunitaria. Comunicación
y procesos educativos: este énfasis se propone investigar las modalidades
de comunicación que sustentan las prácticas educativas con el fin de
transformar las concepciones moralistas e instrumentales que la escuela tiene
de la cultura audiovisual y los usos modernizantes
que ella hace de los MMC. Narrativas y
discursos del periodismo cultural:
las crisis y reorganización que atraviesa el mundo de las escrituras y los
relatos exige que la investigación se haga cargo de la envergadura de los
cambios que planean , en estos países, la complicidad de las culturas orales
con la visualidad electrónica, y la heterogeneidad de textos en que se hace y
se escribe el periodismo cultural.
III semestre:
Seminario: Políticas de
comunicación y cultura en A. Latina.
Seminario de énfasis.
Taller de proyectos I.
IV semestre:
Seminario: modelos y estrategias de desarrollo cultural.
Seminario de énfasis.
Taller de proyectos II.
Por
último, como parte de la propuesta en
torno a la maestría en comunicación y diseño cultural, el colombiano a sugerido
que en ella, cada semestre, se debe de llevar a cabo “una jornada en la que profesores y alumnos analizarán conjuntamente hechos de la coyuntura cultural y
comunicacional de América Latina, y un debate
en el que, sobre un tema escogido previamente, participarán comunicadores,
trabajadores culturales, políticos e investigadores”[63].
Tanto de la jornada como del debate, el colombiano ha propuesto se tendrían que
elaborar informes a publicar en los medios de comunicación.
4)
LOS OFICIOS DEL COMUNICADOR
Al
ser la comunicación un campo amplio que cruza muchas dimensiones de la
sociedad, el del comunicador es un
oficio no unitario, estallado en múltiples direcciones. Por lo mismo la del comunicador es una profesión no muy
definida; más bien es dispersa, abierta, maleable, camaleónica, ajustable.
Así lo han mostrado la propia formación del campo y las escuelas, la propia
historia de la formación de los comunicadores. Una historia de amalgamas e
hibridaciones entre saberes, competencias, prácticas, técnicas y disciplinas.
Historia que ha permeado inevitablemente a los propios comunicadores (que por
cierto, lo mismo son empleados que artistas, publicistas que periodistas,
animadores que expertos en relaciones públicas, productores o locutores, entre
muchas otras cosas).
Como
se sabe, una profesión así constituida (es decir, a base de mezclas y
revolturas), no ha podido sino terminar en la formación contradictoria de un tipo de profesional (de 2ª mano,
dicen algunos) que cabe en muchos sitios
pero también en ninguno. Ya que su generalidad y su capacidad de
desenvolverse en distintos ámbitos, es al mismos tiempo la ventaja y la condena del
comunicador. Eso sin contar que la poca
legitimidad intelectual[64] de
la que goza o el descrédito cultural
del que es víctima, han hecho del contradictorio oficio del comunicador un
oficio central para la sociedad, importante
políticamente hablando, pero ambiguo
cultural y profesionalmente. ¿Por qué?, ¿cuál es la historia de la
profesión?, ¿cómo se ha transformado? ¿Qué tipos de comunicadores han
existido?, ¿pueden los comunicadores seguir haciendo lo mismo que se hacía
antes?, ¿se pueden sustraer a los cambios socioculturales y tecnológicos de la
sociedad actual?, o ¿qué es lo que están haciendo hoy en día?, ¿están
contribuyendo responsablemente a la construcción de la democracia o son los
ingenuos cómplices de una sociedad que legitima desigualdades y atropellos?
¿Qué es lo que debería de hacer el comunicador?, ¿cuál es verdaderamente su
oficio, y por así decirlo, su misión en la sociedad?
A) La
esquizofrénica situación del comunicador.
Luego
de haber cruzado por muchas escuelas, haber visitado muchos países, haber
entrado en contacto con muchos investigadores y profesionales de la
comunicación, haber acudido a muchos congresos y encuentros y haber participado
en varios proyectos de comunicación; respecto de la forma en cómo es percibido social y culturalmente el comunicador,
Martín Barbero ha encontrado que éste es visto como “un divulgador”, como
“alguien que trabaja en un oficio de segunda mano”, alguien que “no es un
investigador, no es un artista, no es un creador, no es un productor, es
alguien que está ubicado en el proceso social, en un escenario secundario”[65].
Así
percibido, culturalmente desde la recalcitrante izquierda etnocéntrica y
mediacentrista, es descalificado por tener como campo de trabajo los medios
y los procesos de comunicación. Y es que al ver los medios como espacios de
reproducción y alienación, desde la izquierda el comunicador mecánica y
demonizádamente es visto como parte de la maquinaria del poder, como un
manipulador, cuando no como un simple títere al que de todas formas se le niega reconocimiento como actor
cultural.
Por
otro lado, desde la moralista, la
conservadora y prejuiciosa derecha,
el comunicador es visto como el que más contribuye a la decadencia cultural de
las masas, como alguien que desde los medios alienta el abaratamiento, la
putrefacción y la degradación de la “alta cultura”, como alguien que cuando no
sirve al conservadurismo político y el elogio de las buenas costumbres, orilla
hacia la crisis de los valores y la familia.
Como
sea, en los dos casos las sospechas sobre los medios han alcanzado al
comunicador, que es puesto como alguien que “no tiene legitimidad cultural y
menos legitimidad intelectual”. Claro a excepción de la gente que personalmente
desde algunos periódicos, estaciones de radio o desde la televisión, se ha
ganado un “nombre en la cultura”.
De
frente a su falta de reconocimiento cultural, el comunicador tanto desde la
derecha partidista e intelectual, como desde la izquierda, es políticamente respetado y hasta temido.
Y es que aun cuando culturalmente da
asco y se le descalifica, por lo central e importante de los procesos en
los que trabaja, políticamente da miedo.
Todos saben de su poder, de su enorme poder y por eso aunque se le rechace, se
le idólatra y respeta. Ese hecho, el de oscilar
entre la descalificación y el respeto, es una contradicción enorme que ha MB
le parece que lo que indica es que estamos
viviendo algo muy complejo y muy grave para nuestras sociedades, pues los
comunicadores, hablando en términos generales, no tienen reconocimiento
cultural, pero hoy gozan de un poder político muy grande.
Poder
político (que no es estrictamente partidista sino social) que lo que ha hecho
es que se engendre una “ideología del comunicador” como alguien que por su
legitimidad política, y aún cuando tenga una actitud totalmente servilista con
el sistema, casi puede sentirse un gran liberal, un mártir y hasta un líder con
la capacidad de enjuiciar al país, siempre en nombre de las mayorías. Situación
contradictoria cuya peligrosidad reside en la enorme confusión que genera la
terrible esquizofrenia de vivir entre la
ausencia de reconocimiento cultural y el exceso de poder político.
Esquizofrenia
que al paso del tiempo y al incorporarse a las escuelas, lo único que ha hecho
es desfigurar y desmembrar la figura del
comunicador, poniéndolo al filo de una frontera peligrosa: sin legitimidad
intelectual, sin reconocimiento cultural, sin un perfil definido, pero con un
innegable poder político. Con un poder que ha podido incluso
convertir el derecho de todo ciudadano en una profesión excluyente.
Pero,
¿de dónde viene esta contradicción?, ¿qué es lo que está a la base de la
profesión del comunicador?, ¿cómo se ha ido constituyendo?
B) La
deslegitimación del comunicador: una mirada rápida.
Aclarando
que la historia del comunicador no es necesariamente la historia de la
profesión como la conocemos hoy, sino más bien la historia de la gente que ha
tenido que ver con los medios, Jesús Martín Barbero ha indicado que para
responder las preguntas sobre el ¿cómo se ha constituido la figura y el oficio
del comunicador? y ¿cómo se ha engendrado su desconocimiento, su ausencia de
reconocimiento y su falta de legitimidad cultural?, hay que remontarse por lo menos a unos cinco siglos atrás.
Por
tal razón, el recorrido histórico que MB plantea para acercarse a la historia del oficio comunicativo, se divide en
las mismas tres etapas en las que se
divide más o menos la historia de los medios: 1) la primera, de finales del siglo XIV a principios del XVII, 2) la segunda, del siglo XVIII a
mediados del XIX, y 3) la tercera de
finales del XIX hasta nuestros días.
1)
Esta es la
etapa en la que surgen y se consolidan la xilografía, el aguafuerte, la
imprenta. Es la etapa de la reproducción masiva de imágenes. Etapa en la cual
con la irrupción de nuevas técnicas para reproducir imágenes, las clases ricas
de la época vieron poco a poco desvanecerse los privilegios que tenían sobre
ciertas obras. Para el colombiano es la etapa de la popularización de ciertos
iconos, de ciertos símbolos. Es la etapa en la que, por lo mismo, los primeros grabadores, los primeros reproductores de imágenes, los primeros
dibujantes populares, los -por así decirlo- primeros
comunicadores, los primeros trabajadores
de los medios, eran vistos ya desde los grupos en el poder como falseadores, como degradadores de aquello que durante tantos siglos había permanecido
sólo bajo su tutela.
Sí, de alguna manera los que tuvieron que ver con la
imagen grabada, fueron vistos como sospechosos,
“incluso alguien tan grande como Durero, porque se había metido en ese oficio
(medio obsceno) de romper el universo de la propiedad de las imágenes”. Ahí,
con la lucha de las copias y los originales, comienza pues para los
comunicadores la historia de descalificaciones y rechazos en su contra.
2)
Esta es la
etapa en que luego de la rápida expansión de la imprenta y la subsecuente
aparición de los primeros semanarios políticos y militares europeos, con el
surgimiento de los periódicos se asiste al surgimiento del periodismo como profesión, o sea, al nacimiento de la figura del periodista en tanto comunicador. Es también la etapa en la que surge el
folletín (la novela por entregas), cuyos primeros productores/escritores fueron
ya los primeros escritores/comunicadores dedicados a hacer algo en un formato
popular de masa. Es la etapa en la que con la aparición del periódico, su lenta
masificación y tecnificación, al traer una forzosa división del trabajo, desde
las clases pudientes se percibió etnocentristamente al periodista y al
folletinista, no cómo verdaderos
escritores o “autores” bohemios y locos, no como creadores de “cultura”, sino
solamente como meros trabajadores asalariados, como sujetos sin independencia y
sin libertad para la creación.
Esta es pues la etapa en la que se legitima la
separación y la pelea entre los supuestos escritores de “verdad” (los autores
que escriben para minorías entendidas), y los periodistas asalariados (vistos
como escritores de mentira, escritores que al escribir para una masa
indeterminada de pueblo, para gente que
no sabe leer, supuestamente escriben banalidades e impurezas). Con tales
pretextos y descalificaciones, para MB desde el siglo XIX “se va armar toda una
ideología, que dice que por ejemplo Dumas, el autor del Conde de Montecristo,
no era novelista” porque era periodista, porque era asalariado. Es así como se empieza a plantear una “separación
absolutamente radical”, que llega hasta nuestros días y que incluso auspiciada
por el mito de la objetividad, ha
legitimado la idea de que el periodista
no es autor y que no debe tener
estilo, porque el verdadero periodista es el que da sólo noticias, es el
que supuestamente es neutral y borra las
huellas que su subjetividad deja en la escritura.
Pero a contracorriente de lo anterior, lo interesante
del caso es que finalmente “el periodismo interiorizó ésta ideología burguesa y
clasista, por la cual los asalariados, la gente que escribe a partir de un
salario no es escritor”, ni autor, ni creador. Descalificación y rechazo que al
trasladarse a la imagen del comunicador, ha contribuido evidentemente mucho a
su deslegitimación, ya que siendo
regularmente también un asalariado al servicio de unas determinadas empresas de
comunicación, se sospecha de él y por
ende, se le despoja de toda autonomía intelectual, de toda capacidad
creativa, de todo reconocimiento.
3)
Esta es la
etapa de la aparición y consolidación del cine, la radio y la televisión. Es la
etapa de la conformación de la sociedad de la información. Es la etapa en la
que a ojos de las elites, el auge y desarrollo de los medios, puso a los
comunicadores en una posición políticamente
privilegiada, pero culturalmente degradada. Digámoslo de una vez por todas:
es la etapa en la que se consolida la imagen de la gente que trabaja en los
medios, como gente que, por trabajar para las mayorías, no hace arte, no hace
cultura, no inventa, sino que sólo informa, cuando no degrada y abarata,
falsea, engaña, reproduce.
Por lo mismo, esta es la etapa en la que salvo
algunos cineastas, fotógrafos y periodistas, los demás comunicadores, los que
trabajan en la televisión o en el radio, son
ambiguamente disueltos entre una derecha que los desvaloriza como autores y
como actores de la cultura, pero los reconoce como líderes de opinión, y una
izquierda, que los rechaza y señala como estrategas de la manipulación. En
otras palabras: esta es la etapa en que como ya dijimos, “a excepción del cine
y algún excelso periodismo serio (esa palabrita que lo acompaña), el resto de
los que trabajan en los medios de comunicación, no tiene legitimidad cultural y
son muy sospechosos políticamente”[66].
Etapa en la que sin duda el peso social y político
del comunicador que trabaja en los medios es grande y el peso social del
investigador, del maestro o del directivo de comunicación es pequeño, mínimo[67].
C)
Las figuras tradicionales del comunicador en América Latina.
Pero
para entender con mayor profundidad los extremos entre los que oscila la
contradictoria profesión del comunicador, conviene que pasemos revisión a las figuras del comunicador que han
dominado en estos últimos años el campo de la comunicación latinoamericana.
Esas
figuras profesionales (por cierto, tradicionalmente alentadas por las escuelas)
de las cuales vale la pena ubicar sus transformaciones, para MB, son tres: la del periodista, la del publicista
y la del comunicador crítico/alternativo.
1)
La figura del periodista, ha pasado por tres
etapas de sucesivos cambios:
a)
La etapa originaria según el colombiano,
es la etapa en la que el periodista
latinoamericano, al igual que el europeo, era “fundamentalmente un hombre
político”.
Se trata de la etapa en la que el periodista
latinoamericano, perteneciente al importante fenómeno cultural del gran periodismo (que va por lo menos
del siglo XIX al primer tercio del XX), siguiendo el ejemplo europeo, ejercía
un periodismo claramente de “partido”, un periodismo de postura abiertamente
política, de opinión, no un
periodismo de hacer información como lo conocemos hoy, sino de contrastar públicamente las diferentes
concepciones de la sociedad, las diferentes maneras de organizarla. Porque
los periódicos del XIX, recordemos, no eran como hoy: un espacio de noticias.
Eran más bien un espacio de debate
político, “de ahí que la mayoría de los directores de los periódicos, que
eran los dueños, eran a su vez directores o agentes fundamentales de los
partidos políticos”. Por ello lo que distingue a esta etapa son unos
periodistas, unos primeros comunicadores
que en su mayoría eran abogados o literatos con los cuales se produjo un
periodismo político cuyo discurso estaba entretejido por política, información
y literatura.
b)
La segunda etapa, es la etapa del
periodismo que se da a partir de la segunda guerra mundial, es la etapa en que
el modelo hegemónico de periodismo es el
norteamericano.
Se trata de una etapa en la que lo que se impone es la ideología de la objetividad, la
ideología de la neutralidad, del
producir información y nada más. Es la etapa donde el periodista pasa poco a
poco a convertirse en un técnico en
información. “Por supuesto, no tiene
las connotaciones que tiene hoy, esto de técnico en información, porque
en los años 50s y 60s, y sobre todo ya en los años 60s y 70s, el técnico en
información no tenía la carga fuerte que tiene hoy…Pero hay un desplazamiento
fundamental, frente a un periodismo político, en el que claramente el actor
político se convertía en sujeto de la escritura y no la disimulaba. Este nuevo
modelo de periodismo, este modelo de la objetividad, de la ideología de la
objetividad, es aquel que busca borrar
las huellas del sujeto escritor; la noticia no puede tener estilo, la noticia
puede tener estructura pero no estilo, porque el estilo sería la huella del
sujeto pasional, partidario. Este técnico en información, es básicamente un
instrumento dentro de un engranaje, que pierde no sólo su autonomía, sino que
pierde cada vez más claramente, capacidad de decisión dentro de la empresa,
capacidad que cede a una organización cada vez más racionalizada, una
organización cada vez, en el fondo, más centralizada”[68].
c)
La tercer y más reciente etapa es la del
periodista que ante la crisis del modelo norteamericano y ante los sucesos
políticos del subcontinente, se convirtió en un periodista que recoge cosas de
un sector aledaño al suyo, que es el sector del comunicador crítico, “del alternativo, de la denuncia, de la
contra/información, y de la marginalidad del comunicador guerrillero
semiológico, del comunicador al margen de los grandes medios”.
Se trata de una etapa en la que el periodista se
preocupa ya por hacer investigación, por informar, pero sin el ingenuo anhelo
de la objetividad. Etapa pues, en la que el periodista toma distancia frente al
técnico en información, pero no por ello regresa del todo al periodista
político, al de la agitación y el grito. Una etapa en la que a pesar de todos sus cambios, la del periodista sigue
siendo una figura vigente y operante que se sigue poniendo como expectativa
dentro de las escuelas.
2)
La figura del publicista. Luego del
aumento de las agencias de publicidad, la segunda figura del comunicador que ha
dominado y que se ha colocado como toda una expectativa y un modelo de vida, es
la del experto en publicidad.
Un experto que al paso del tiempo ha ido ganando
prestigio social, hasta convertirse casi en un estereotipo dentro de las
escuelas. Un tradicional estereotipo que por un lado, nutrido de mitos y
valores, ha hecho que la figura del publicista vista desde la vieja izquierda,
sea la imagen de un comunicador creativo, pero integrado al sistema, solvente y
exitoso, pero entregado al arte de alentar el consumo y por ende, el
capitalismo. Imagen tramposa, porque frente a todas las acusaciones y denuncias
en su contra, frente a todos los publicistas que sí le hacen el juego al
sistema, han surgido también nuevas generaciones de publicistas (pocos en
verdad) que llegados incluso de la izquierda, han enseñado que la publicidad también puede ser un campo de
negociación y lucha. Situación que
entre otras cosas, de lo que nos habla es de los cambios en la figura del
publicista, que aunque no forma la mayoría, si desde su ámbito demuestra “que
por la publicidad pasan no sólo las estrategias del capitalismo, sino
determinadas formas poéticas, determinada estética racional, incluso
determinadas formas de apropiación”.
3)
La figura
del comunicador crítico. En tanto
tercer figura dominante del comunicador en América Latina, la figura del
comunicador crítico alternativo, es una figura que no se puede disociar de la
situación de los regímenes autoritarios del Cono sur.
Figura alentada primeramente en los
países que vivieron bajo dictadura, la figura del comunicador alternativo
surgió como parte de una lucha “por mantener la memoria del pueblo, de activar
la solidaridad, de generar modos de participación, incluso política, al margen
de las instituciones oficiales, los medios oficiales”. Es la figura de un
comunicador que en nombre de una comunicación alternativa, al buscar luchar
desde los micro-grupos, desde los bordes, en los márgenes de lo prohibido, se
le condenó a la marginalidad, al aislamiento. Y es que “reproducía en cierta
medida, aquella concepción…[de] que mientras no hiciéramos la revolución
social, no se iba a poder cambiar nada en los medios”. Por eso el comunicador
alternativo era un comunicador que andaba en búsqueda de la “comunicación verdadera”,
de la “comunicación auténtica”, de aquella que supuestamente “pasaba por los
márgenes, pasaba por las experiencias pequeño/barriales, pequeño/rurales”.
Frente a esa figura,
transformándola, con otras ideas, en los últimos años ha aparecido en A.L. la
figura del promotor cultural, del animador cultural. Un tipo de comunicador que duda de que los medios sean sólo
enajenación o manipulación y los asume como espacios de lucha y negociación.
Este comunicador que aun cuando sigue la apuesta
ética del comunicador alternativo, sin tener una visión tan polarizada como
el primero, asumiendo el video como
nueva tecnología, ensaya “modos de comunicación no marginales” que
inteligentemente le permiten una
producción comunitaria, al tiempo que una distribución masiva.
Sin
embargo, bajo estas tres figuras tradicionales o bajo las imágenes que propone
la escuela (la del empleado, la del investigador, la del creador o la del
animador), lo que MB ha detectado es que muchos de los comunicadores
latinoamericanos, aún cuando al egresar del pre-grado hayan tenido
aparentemente muchas ganas de cambiar las cosas, “acaban siendo muy pronto,
meros repetidores de lo que hay, sumisos, sirvientes de lo que diga el amo”. ¿Por
qué? o ¿a causa de qué? El colombiano considera que a causa “de la distancia
entre la retórica de las declaraciones de los planes de estudio, y lo que en la
vida cotidiana en la relación profesor/alumno se gestó en el campo de las
ideologías profesionales”.
¿Qué
fue lo que se gestó en el campo de las ideologías y las imágenes profesionales
que del comunicador se tienen? Una trampa, la trampa que según el colombiano está en el fondo del oficio. La trampa que secretamente alimenta a
la mayoría de los comunicadores de hoy: la
de creer que por dedicarse a la comunicación y por estar en un sitio
privilegiado, pueden decidir cuál es la oferta cultural y la forma de
comunicación “correcta”.
Trampa
que al no saber que se vive en ella, ha llevado a muchos comunicadores de buen corazón, a acercar ingenuamente los
“bienes de la gran cultura” a las “incultas” mayorías, sin darse cuenta que lo
único que hacen con ello no es “ilustrar” a la gente, ni disminuir su
“distancia” respecto de las obras, sino más bien aumentarlas, ahondarlas.
Trampa que privilegiando unas formas sobre otras, los ha llevado a creer que el
del comunicador es un oficio de meros intermediarios,
de gente que se dedica sólo a “mostrar” o a llevar opiniones y mensajes.
¿De
quién hablamos? Hablamos del tipo de
comunicadores que en vez de luchar por abolir las diferencias y las
desigualdades existentes, por asumirse neutrales y al “servicio de la
sociedad”, consciente o inconscientemente las refuerzan.
Hablamos
de comunicadores que por deficiencias de formación, por ignorancia o por falta
de ética, asumen su oficio como un
oficio de meros mensajeros y protagonistas[69];
comunicadores que asumen que el objetivo de su trabajo sólo es informar, esto
es, conectar a los diferentes grupos
de la sociedad.
Y
es que cuando el comunicador no es consciente de que el campo en el que trabaja
es el campo de la cultura; cuando no
asume que lo que su oficio pone en juego es la cultura y el sentido de la
sociedad, al hacer un uso puramente
instrumental de los medios y los
procesos de comunicación (es decir, sin aceptar que por ahí también pasan
las desigualdades sociales), al informar y comunicar en nombre de la
objetividad, de la veracidad o del bien de la sociedad, termina…
-
Legitimando
inconscientemente cierta forma de hacer comunicación.
-
Reforzando
“determinadas concepciones de culturas ya sean excluyentes o integradoras”.
-
O legitimando su
visión y su palabra (una palabra en la que por supuesto no resuenan las
demandas, las búsquedas, las luchas y las necesidades de la gente).
Nos
referimos pues al tipo estandar de comunicador, el que MB ha señalado como intermediario, un comunicador que al no
asumir responsable y éticamente su oficio y lo que socioculturalmente implica,
y al no asumir que las desigualdades se juegan también en la comunicación y la
cultura, convierte su profesión en una forma oficialmente aceptada de mantener
la divisiones sociales y hasta de abolir lo que es derecho de muchos.
C) El
comunicador como intermediario.
Analizando
y examinando el desempeño profesional de muchos de los comunicadores de hoy en
día (gente de distintos perfiles o actividades, pero en especial a periodistas culturales ), MB ha
encontrado que en el fondo de lo que una gran parte de éstos hacen y que aún
detrás de la forma en que asumen su trabajo, hay algo que a pesar de todas sus
diferencias comparten, los guía y define: una
misma concepción del oficio, un misma forma de asumir su profesión, la
comunicación y la sociedad.
Se
trata por supuesto del comunicador
intermediario, el comunicador para el cual la sociedad por “naturaleza”
presenta divisiones sociales; el comunicador que acepta las diferencias y las
desigualdades sociales como constituyentes ontológicos del “ser” de las
sociedades.
Nos
referimos claro está, al comunicador que aceptando que la sociedad está “por
naturaleza” dividida entre emisores y receptores, entre productores y
consumidores, entre creadores y públicos, asume una política cultural excluyente y acepta que su función sólo es poner en relación a los que están separados; un
comunicador que por lo mismo, vive de
las divisiones sociales, que existe
porque existen divisiones sociales[70].
En concreto, ¿a que comunicador nos referimos? A la
mayoría, pues…
…sea
periodista, sea publicista, sea animador cultural, el comunicador que hoy
conocemos vive de la división entre emisores y receptores, entre productores y
consumidores, entre creadores y públicos[71].
Es
el comunicador que piensa que hablar de comunicación es hablar de emisores y
receptores, de productores y consumidores. Comunicador que piensa “que hay
gente que nació para emisores y hay gente que nació para receptores; que hay
gente que nació para productores, gente que nació para consumidores, gente que
nació para creador, gente que nació para ser público”[72].
Comunicador que teniendo como presupuesto
base la idea de que la división social “forma parte de la
naturaleza” de la sociedad y la cultura (y no de la lógica del mercado),
“define su función de intermediario consistente en establecer relaciones entre
actores o ámbitos que se afirman separados”[73].
Pero
como algunos preguntarían, ¿cuál es el problema? si desde el primer semestre a
los estudiantes se les enseña que la comunicación es cosa de emisores y
receptores, que dado que existen divisiones y separaciones el comunicador lo
que se debe hacer es relacionar,
informar, educar, hacer accesibles las cosas.
El
problema para MB es que justamente la
búsqueda ingenua de un establecimiento de relaciones, lo que hace es mantener y
reforzar las divisiones. Situación que lo que revela es una profunda
contradicción, como la que claramente se ve en el trabajo de los promotores
culturales y aún en el de los periodistas culturales, donde se ve como es que
ésta “aparente evidencia de que el oficio del comunicador es establecer
relaciones…se revela profundamente paradójica, ¿en qué sentido? En el sentido
de que el esfuerzo por acercar a los creadores y los consumidores, por hacer accesibles
las obras de la cultura, por elevar el nivel cultural de la gente, acaban
siendo objetivos muy loables, pero acaban siendo la legitimación y el refuerzo
de la división. Dicho en otras palabras, tenemos un comunicador cuyo oficio es
poner en relación a emisores y receptores, pero logrando que los emisores sigan
siendo emisores y los receptores, receptores[74]. Es
decir, tenemos una [práctica de la] comunicación que no sólo parte de creer que
la división social es un hecho natural
sino que está contribuyendo a que la división social siga, se mantenga y se
refuerce”[75].
Y
es que como el mismo colombiano ha dicho, el esfuerzo de muchos comunicadores,
de muchos periodistas culturales “por hacer accesibles las obras y elevar el
nivel de la gente,… no hacen sino enmascarar
lo que en ese proceso se produce: ¡el subrayado y refuerzo de la separación de
unos y otros, y la conversión del comunicador en oficiante de un culto, aquel
en el que la gracia de la creación artística o cultural puede tocar a los
pobres (mortales) consumidores! Sea vulgarizando las grandes obras o elevando
la baja capacidad de entendimiento de
la gente del común, el periodista acaba siendo el protagonista, ya que es él
quien da acceso y oficia los ritos de iniciación. La mejor prueba de que ese es
el periodismo que más abunda (y mejor funciona)
es que la relación de sus lectores o espectadores con las obras sigue fiel a
una relación no de uso, de apropiación y
de goce sino de reverencia y culto. Al conservar como únicos criterios de
validez la calidad en lo erudito y la autenticidad en lo popular -y no la
significación de las prácticas, los procesos de trabajo, las materialidades del
sentido y las sedimentaciones de los saberes que son las técnicas- ese
periodismo escapa difícilmente a la tentación formalista y a su trampa: nos
acerca a unas obras que sin embargo se cuida de mantener muy bien alejadas, que
el lector o espectador seguirán sintiendo lejanas[76]. La
calculada oscuridad del discurso que
da acceso a la significación de las obras se encarga de mantener vivo se secreto y con él su alejamiento”[77].
Aparece
así ante nosotros, una de las más graves acciones de los intermediarios: justificar la división y la desigualdad
social, a partir de la diferencia cultural. Acción con la cual, como dice
MB, “el comunicador intermediario acaba siendo el cómplice, hoy día el cómplice
mejor al sistema de división social que tenemos. Yo creo que no hay oficio en
el que la sociedad viva mejor está contradicción, simular que acerca a la gente
cuando en realidad lo que hace es reforzar
las divisiones y las separaciones”[78].
Reforzarlas si, porque la sociedad en la que el comunicador
intermediario existe, es lamentablemente una sociedad en donde históricamente cada diferencia ha sido una ocasión para
ejercer el dominio. “Una sociedad dividida en clases, dividida en razas,
dividida en sexos, dividida en grandes y chicos”. Una sociedad donde la diferencia cultural “da derecho a
unos a dominar a los otros. A los blancos sobre los negros, sobre los
indígenas. A los hombres sobre las mujeres, los viejos sobre los jóvenes”.
Sí,
ahí, en esa sociedad donde “la división, entre niños y adultos es la ocasión
para dominar, [donde]la división entre hombres y mujeres es la ocasión para
dominar”, el comunicador intermediario ha emergido como el sujeto idóneo[79] para
mantener el dominio a través de variadas formas de división, de segregación y
exclusión.
Algunos
de los rasgos que distinguen al comunicador
intermediario, son:
-
Se dedica
básicamente a fomentar el puro consumo
de información y cultura.
-
Su horizonte
informativo suelen ser sólo las “obras”.
-
Suele quedarse
con manifestaciones culturales literarias, pictóricas o cinematográficas,
descartando manifestaciones culturales como la religión, la ciencia o la
tecnología.
-
Manifiesta en
sus mensajes una excitación por lo efímero,
una compulsión por la actualidad y una tendencia a “valorar como verdaderamente
informativo únicamente aquello que atañe a los acontecimientos del día o de las
últimas horas”.
-
Sus discursos
sobre la cultura, al meterlos en la temporalidad compulsiva de la lógica
mercantil, descontextualiza y
disuelve las diferencias culturales y no respeta los distintos tiempos de las
culturas.
-
Tiene una
tendencia a pensar en los “receptores” como gente sin “competencia”, gente a la
que hay que darle las manifestaciones culturales fragmentadas, leves,
digeridas. Tiene “una visión según la cual lo único que la gente puede digerir
hoy es algo que sea suave, ágil y corto”. Lo cual, fomentando una banalización de los productos
culturales, evidentemente “representa una reducción extremadamente peligrosa de
la vida y especialmente de la cultura”.
-
Tiene una
concepción del arte y la cultura, cuya valoración informativa esta reforzada
por una compulsión por lo nuevo.
-
Tiene una visión
folklórica de lo popular.
-
Y por supuesto,
tiene una tendencia a ocultar o
disfrazar la relación que hay entre diferencia
cultural y desigualdad social.
Las cosas están muy claras, el comunicador intermediario es aquel que…
…se instala
en la división social, y en lugar de trabajar para disolver las barreras que
alzan y refuerzan las múltiples formas de la exclusión sociocultural, defiende
su oficio: el de establecer una comunicación que mantenga a cada cual en su
posición, una comunicación en la que los creadores no vayan a perder su
distancia y el público su pasividad. Porque de lo contrario el que peligra es
él. ¡Paradójico oficio el de un comunicador al que la lógica mercantil acaba
convirtiendo en su mejor cómplice, al reducir su tarea a la de empaquetador de
productos culturales o lubricador de los circuitos del mercado![80]
D) La propuesta: el comunicador como
mediador.
Buscando
la reubicación del oficio del comunicador, frente al comunicador intermediario,
MB propone un nuevo tipo de comunicador:
el comunicador mediador[81].
Se
trata de un comunicador que culturalmente
construye su oficio desde otro lugar,
pues “parte de hacer explícita la relación en nuestra sociedad entre diferencia
cultural y desigualdad social”. No parte de la “reducción de la diferencia a
desigualdad, sino de la imposibilidad de pensarlas completamente por separado
en nuestra sociedad”[82]. Se
trata de un comunicador que lucha por
disolver la división social, que lucha contra ella, aún “a sabiendas que
quizás nunca va a terminar esa división, que quizás nunca desaparecerá”.
Es
un comunicador que hace evidente lo que en la comunicación hay
de asimetría social, ya que es alguien que comprende “que la comunicación
no pone a la gente a la misma altura, que la comunicación es una forma de
dominio”, que en nuestra desigual sociedad, la comunicación “es una forma de
dominio”. Por lo mismo, es un comunicador que sabe “que su tarea no consiste en
descifrar los secretos de la obra de arte para hacerla accesible a los pobres
mortales. Que [sabe que] la dificultad no está en la complejidad de la obra,
sino en las diferentes situaciones de lectura, en los diferentes modos de ver”[83].
En
otras palabras: es un comunicador que sabe “que la difusión de una obra o la comprensión del sentido de una práctica
no tiene como únicos límites la densidad o complejidad del texto sino la situación de lectura y la imbricación
en ella de factores no puramente culturales”[84].
De
ahí, algo que es básico: el comunicador
mediador no es alguien que sólo pone su atención en el proceso de emisión, sino
también en el de recepción. Lo cual desde luego lo lleva a preguntarse, no
sólo por la obra, sino acerca de cómo ve la gente; pregunta que a su vez
lo lleva a preocuparse por cómo vive la
gente, de qué está hecha su vida, desde donde mira, desde qué cotidianidad,
por tanto, desde qué situación social, desde qué competencia educativa se
acerca a los productos culturales.
Muy
bien, pero ¿por qué se preocupa por los mundos de vida y los modos de ver de la
gente?
Por
tres cosas:
1)
Porque sabe
que para comunicar algo, para poner algo en común, tiene que conocer a la gente
con la que busca comunicarse.
2)
Porque es
consciente de que “hay comunicación no cuando alguien envía algo, sino cuando
alguien desde su mundo lo ve, lo goza, lo sufre, lo entiende, o lo escupe, o lo
rechaza”.
3)
Y porque es
alguien que busca actuar a partir de conocer lo siguiente: ¿qué es lo que mueve
a la gente?, ¿qué es lo que en la vida de la gente está vivo, que le apasiona?,
“¿cuál es la información que puede ayudar a la gente a comprender lo que está
pasando? y ¿cómo hacer para salir de la lógica de estar al día, para entrar en
una lógica de sentido?”[85].
A
diferencia del intermediario, para MB el mediador es un comunicador que “se
sabe socialmente necesario pero culturalmente problemático, en un oficio
ambiguo y hasta contradictorio: trabajar por la abolición de las fronteras y
las exclusiones es quitarle piso a su propio oficio, buscar la participación de
las mayorías en la cultura es acrecentar el número de los productores más que
el de los consumidores…incluido el consumo de sus propios productos!”[86].
Lo
cual, sin más nos lleva a indicar los
objetivos deseables del comunicador mediador:
-
Desde luego, “romper” las barreras y las divisiones
que separan a los emisores de los receptores y a los creadores y productores de
los consumidores.
-
Hacer explícitas las relaciones entre desigualdad social y diferencia cultural.
-
Incorporar en
sus mensajes no sólo el campo de las
“obras”, sino también el campo de las distintas prácticas y las distintas experiencias culturales.
-
“Dar voz, imagen y escritura a los
diversos actores sociales en cuanto sensibilidades, formas de hacer y
experimentar lo cultural”.
-
Acercarse e
incorporar en sus mensajes no sólo a la literatura, la pintura, el teatro o el
cine, sino también diferentes
manifestaciones culturales, incluyendo la ciencia y la trama tecnológica.
-
Ayudar a
“concebir la información cultural ligada más al mundo de la vida,…que a las
corrientes de moda y a las nostalgias”.
-
Darle entrada en sus mensajes a las diversas manifestaciones y prácticas
populares/urbanas.
-
Alentar un
“periodismo dedicado a auscultar en el mundo cultural los signos que iluminan
el opaco y contradictorio vivir cada día del país, a descifrar en él las
corrientes secretas que lo dinamizan o bloquean. Sin chauvinismos…”[87].
-
Construir
un discurso cultural en los medios “que sea específico sin ser narcisista ni
circular. Esto es, un discurso que no se encierre en [una] pseudoautonomía
[cultural], que para lo único que sirve es para ocultar sus lazos con los
intereses del mercado…[pues la supuesta autonomía de la cultura], escamotea las
interpelaciones que le vienen del mundo de la vida, [y] acaba siendo funcional
a los requerimientos del mercado que es la instancia más interesada en separar
y especializar el valor de lo cultural”[88].
-
Más que hacer
crítica especializada, más que hacer elogios, más que mostrar o exhibir: estimular el indispensable debate cultural.
Un debate que debe ser “un diálogo que va más allá de la iluminación y del
cuestionamiento del mundo de la obra - que es lo que hace la crítica -”. Un debate
que exige “un desplazamiento que [permita reubicar] las obras, los movimientos
y las prácticas culturales en el terreno de las experiencias y de las luchas
colectivas para interrogarlas acerca de sus secretas conexiones con las
dinámicas de la vida social y con las esperanzas de la gente”[89] .
-
Alentar
“una información y un trabajo cultural que active en la gente tanto su
capacidad de análisis como de fruición, de placer. Lo que implica una
transformación del discurso, una política
del lenguaje que haga posible valorar las demandas y competencias de las
mayorías sin caer en el populismo de las vulgarizaciones o el facilismo de las
recetas, que permita asumir la especificidad y complejidad de lo cultural sin
hacer de la jerga la clave de la información, que despierte el interés de la
gente sin caer en un discurso paternalista”[90].
-
Señalar y ayudar a entender que “las diferencias que importan en la cultura no son las
que diversifican u organizan el campo de la cultura, ni como mundo de prácticas
[literatura, música, teatro, plástica, danza, etc.), ni como trama de escuelas,
estilos o tendencias, sino las que produce la experiencia social, esto es, la
diferencia entre experiencias culturales”[91].
-
Alentar la
apropiación del “mundo cultural” por
parte del lector, del oyente, del espectador. Alentar la competencia creativa de la gente, sus ganas y su capacidad no sólo
de consumir, sino de hacer cultura.
Es decir, acrecentar el número de productores
más que de consumidores, coadyuvar al aumento “de la gente que escribe libros y
no solo lee, de la gente que hace vídeo y no solo mira, de la gente que hace
música y no solo oye discos”. En pocas palabras: “despertar en cada ciudadano
su capacidad de crear y apropiarse del mundo”.
-
Luchar
contra la tendencia ha hacer de la “cultura” un ghetto, un espacio de
privilegiados.
-
Activar desde
la cultura el sentido de lo comunitario y solidario.
-
Abrir desde
sus mensajes, al reconocimiento de lo
que gustan los otros. Esto es, hacer de sus mensajes un sitio clave para el
re-conocimiento de los diferentes.
Objetivo importantísimo, porque “al abrir al reconocimiento de lo que producen
o gustan los otros - tanto las mayorías como las minorías, tanto en lo culto,
en lo popular como en lo masivo - la información y el trabajo cultural están
poniendo la sociedad, el país y la región a comunicar, se están fortaleciendo
los procesos de democratización”[92].
Por
todas éstas razones, para MB:
…mediador
será entonces el comunicador que se tome en serio [la palabra reconocimiento],
pues comunicar -pese a todo lo que
afirmen los manuales y los habitantes de la postmodernidad- ha sido y sigue
siendo algo más difícil y largo que informar, es hacer que unos hombres reconozcan a otros, y ello en doble sentido: les reconozcan el derecho
a vivir y pensar diferentemente, y se reconozcan como hombres en esa
diferencia. Eso es lo que significa y lo que implica pensar la comunicación
desde la cultura[93].
E) El
comunicador como intelectual y la ética.
Por
último, hay que señalar que en el fondo, convencido de que la comunicación es
un lugar estratégico para pensar la sociedad, lo que MB ha propuesto (y el
mismo ha ejercido) es que el comunicador lo que debería hacer es
asumirse como un intelectual[94].
¿Escandaloso?
Tal vez, pero necesario y comprensible. ¿Por qué? Porque “en la medida en que
el espacio de la comunicación se torna cada día más estratégico, decisivo para
el desarrollo o el bloqueo de nuestras
sociedades -como lo revela la espesa relación entre violencia e información, la
incidencia de los medios en la legitimación de los regímenes autoritarios así
como en los procesos de transición a la democracia, y de las nuevas tecnologías
en la reorganización de la estructura productiva, de la administración pública
e incluso en la estructura de la deuda externa- se hace más nítida la demanda
social de un comunicador capaz de enfrentar la envergadura de lo que su trabajo
pone en juego y las contradicciones que atraviesan su práctica”[95].
Un
comunicador que para a enfrentar todo eso, MB considera que tendría
evidentemente que asumir el rol, no del ejecutor, o el puro productor de
comunicación, sino primordialmente el
rol del pensador, del intelectual. Y es que “frente a la crisis de la
conciencia pública y la pérdida de relieve social del intelectual es necesario
que los comunicadores hagan relevo y conciencia de que en la comunicación se
juega de manera decisiva la suerte de lo público, la supervivencia de la
sociedad civil y de la democracia”[96].
Pero,
¿por qué considera MB que los comunicadores tendríamos que asumirnos,
convertirnos en intelectuales? Porque…
…los
intelectuales siempre han sido un poco mediadores y sí, en la medida en la que
fuésemos capaces de pensar las contradicciones, los bloqueos, las dinámicas de
transformación de la sociedad desde la comunicación, creo que tendríamos el
derecho y la obligación de ser intelectuales, porque lo que está en juego son
las relaciones entre la vida cotidiana y las grandes decisiones[97].
Así,
con la respuesta anterior llegamos finalmente a uno de los puntos álgidos del
oficio del comunicador de nuestros días, a uno de los puntos que forman el
núcleo de las propuestas y aún la columna vertebral del propio trabajo de MB.
Ese punto es la ética. La ética como
el punto de referencia de quién se dedica a la comunicación.
Y
es que como el pensador colombiano lo ha reiterado, el comunicador, siendo
alguien que inevitablemente debe de tomar decisiones[98] de
vital importancia para la sociedad, de asumirse como intelectual, estará
siempre moralmente obligado a
incluir como parte de su oficio la
exigencia social y la actitud ética del sujeto que buscando construir
cotidianamente la democracia desde la comunicación, lucha contra las divisiones
sociales, contra las exclusiones, las fronteras y contra el monopolio de la
palabra pública.
¿A
qué clase, a qué tipo de ética se refiere el autor? Aclarémoslo: no a la tan
manoseada y siempre difusa “ética profesional”; no a la asunción de unos
determinados “códigos deontológicos del comunicador”; no a la “instancia que
atestigua el grado de madurez y
responsabilidad alcanzado por los profesionales”; sino a algo más amplio, a algo que es preciso asumir y
revalorar para rescatar la dignidad y la responsabilidad de nuestro oficio: a la ética
“como horizonte de sentido personal y colectivo no reducible a la racionalidad
instrumental que hegemoniza desde el orden tecnológico”[99].
BENASSINI
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[1] JMB, La
investigación en las facultades de comunicación, p 79.
[2] Hay que tener muy claro que para MB detectar el tipo de modelo pedagógico que guía a las escuelas, es crucial para entenderlas. Ya que siendo los modelos pedagógicos el “lugar de interacción entre las lógicas internas de la enseñanza y las culturas del conocer predominantes en la sociedad”, en ellos es donde mejor se puede percibir el tipo y el perfil de comunicador que se está buscando formar.
[3] Téngase muy en cuenta que en América Latina
[4] JMB,
Teoría, investigación y producción en la enseñanza de la comunicación, p
76.
[5] JMB, La investigación en las facultades de comunicación, p
[6] Hay que
indicar que con éste desequilibrio entre mucha teoría y poca práctica, se
sientan las bases para lo que años después sería uno de los debates más
maniqueos y acuciantes dentro de las escuelas de comunicación latinoamericanas:
el debate entre los teoricistas y los practicistas, entre los que abogan por el
énfasis en la teoría y los que luchan por que las escuelas de comunicación no
den tanto “choro” y se dediquen más a enseñar cuestiones prácticas.
[7] JMB , Teoría,
investigación y producción en la enseñanza de la comunicación, p 76.
[8] JMB, Crisis
en los estudios de comunicación y sentido de una reforma curricular, p 26.
[9] JMB, El
oficio del comunicador, 21.
[10] JMB, La
investigación en las facultades de comunicación, p 79.
[11] JMB, Pensar
la sociedad desde la comunicación, p 28.
[12] JMB, Teoría,
investigación, producción en la enseñanza de la comunicación, p 71.
[13] No se pierda
de vista que para MB este tipo de organización curricular, lo único que
demuestran es hasta que punto la organización mercantil de la producción de
conocimientos, al penetrar la currícula de las escuelas, concluyó en la mayoría
de las veces en pura amalgama y eclecticismo, en pura revoltura y mezcla de
posturas, teorías, disciplinas, que aisladas las unas de las otras no han hecho
sino ahondar la confusión y la dispersión de los estudios.
[14] JMB, La
investigación en las facultades de comunicación, p 80.
[15] JMB, Teoría, investigación, producción en la enseñanza de la comunicación, p 71.
[16] JMB, Pensar
la sociedad desde la comunicación, p 28.
[17] JMB, La investigación
en las facultades de comunicación, p 80.
[18] Sobre esta polarización, hay que señalar que en el fondo se trata de un purismo “cientifista en unos, politicista en otros”. Purismo que no es más que un maniqueísmo que lo que busca es justificar un bando a partir del desprecio del otro: “O la defensa a ultranza de la ciencia, del rigor y la coherencia interna, o la supeditación del trabajo investigativo a consignas políticas. En ambos casos: irrelevancia social e ineficacia tanto científica como política”.
[19] Para MB, “esa otra forma de neutralización que es la especialización profesional”, forma parte de “un chantaje epistemológico que significa hacer de la [propia] especialización una justificación para la fragmentación de lo real”.
[20] Sobre este desplazamiento que se opera en la política y las escuelas, sobre este actual y muy legitimado divorcio entre la idea de información y la de comunicación, MB ha dicho que se trata de una “demarcación explícita y ya no sólo de divergencias globales” entre dos concepciones distintas. Una demarcación tramposa que asociando la idea de información a la revolución tecnológica, al avance y al desarrollo, y asociando la idea de comunicación “tanto a la crisis de paradigmas, como a la crisis de las utopías políticas”, a demás de haber legitimado teóricamente a la idea de información como una la idea fuerte capaz de operar “desde la biología a la lingüística, desde la informática hasta el psicoanálisis”, la ha colocado por encima de la idea comunicación, que en ese movimiento “ha sido desplazada hacia lo que podríamos llamar las incertidumbres de lo social”.
[21] Un practicismo que siendo un modo de formación “inspirado y orientado desde el pensamiento instrumental”, lo que hace es “ligar los estudios de comunicación directa, aunque muy sofisticadamente, al marketing, al desarrollo del mercado”.
[22] JMB, Teoría,
investigación, producción en la enseñanza de la comunicación, p 76.
[23] Varias son las causas y razones que propiciaron la hegemonía alcanzada por la racionalidad tecnológica e instrumental. La primer razón fue el fracaso de muchas de las visiones críticas, los movimientos y los proyectos sociales de liberación y emancipación. La segunda razón fue el descubrimiento y la aceptación de que la información y la comunicación eran claves en el bloqueo y desbloqueo de los proyectos de muchos de nuestros países, esto es, el descubrimiento del lugar estratégico de la comunicación. La tercer razón fue el avance demoledor del mercado y su racionalidad instrumental. La cuarta razón fue que “ante la degradada situación laboral” de los comunicadores, las escuelas realizaron “la propuesta de un nuevo perfil de comunicador que, aunque, conserva cierta retórica social de los años setenta, lo define en verdad por su especificidad técnica y retoma las seguridades que en el terreno profesional parece garantizar la figura del periodista”. Y la quinta razón es que las escuelas, luego de la complejización del ecosistema comunicativo, luego de la densificación y el aumento de la estructura comunicativa y mediática, atendiendo a la situación y las demandas del mercado, se dejan llevar por la tentación profesionalizante: la tentación de crear comunicadores técnicos, eficaces y aptos para cubrir las tareas que la sociedad de la información impone. ¿Cómo se logró formar esos comunicadores? Supeditando los objetivos escolares al desarrollo de los saberes técnicos.
[24] Vale la pena recordar que esta esquizofrenia en tanto omisión y negación de las dinámicas de la realidad por parte de muchas de las escuelas, en el campo de las ofertas educativas que hacen, también se manifiesta de forma esquizofrénica, como un oposicionismo: unas apostando a la especialización y la técnica y otras apostando a la teoría, el análisis y la investigación, unas dedicándose a la formación de comunicadores analíticos y otras a la formación de especialistas en producción. Separatismo y oposicionismo que sin duda es una de los grandes lastres de las escuelas de nuestra etapa.
[25] Para MB, “ese lugar teoricista y ahistórico que son las disciplinas”, además de implicar división y dispersión de los conocimientos en nombre de la exactitud, “es otra forma de neutralización” política que en el fondo, parcelando los saberes y las miradas, busca fragmentar el mundo social a partir de su “estilo doctrinal”.
[26] JMB, La
investigación en las facultades de
comunicación, p 81.
[27] JMB, Crisis
en los estudios de comunicación y sentido de una reforma curricular, p 26.
[28] JMB, Teoría,
investigación, producción en la enseñanza de la comunicación, p 76.
[29] Hay que dejar muy claro que el tipo de renovación curricular que MB propone, no es de tipo academicista, no es para cambiar unas materias por otras, no es una renovación pensada en términos de tecnología educativa o en términos de debatir cuales son las “proporciones que en nuestros planes de estudio debe darse a la teoría y la práctica, a los saberes y las destrezas, a la investigación o a la producción”. Se trata más bien de una propuesta de renovación que lo que busca es poner en claro el currículum oculto, el que no aparece en el plan porque es él que por debajo lo guía, para luego desde ahí hacer ver que el currículum es un dispositivo “que hace posible o imposible el abordaje de la comunicación colectiva en cuanto lugar estratégico para la comprensión y transformación de la sociedad”.
[30] Esto es, a
partir de los cambios producidos en las formas de abordar lo social y lo
comunicativo tras el cuestionamiento de la razón instrumental y la ubicación
del lugar estratégico de la comunicación, tras la toma de consciencia del
proceso de la trasnacionalización y
de la emergencia de nuevas identidades, tras el redescubrimiento de lo popular
y la nueva percepción de lo nacional, tras la revaloración del espacio cultural
y el cotidiano, tras la emergencia del paradigma de las mediaciones y el
rompimiento con el mediacentrismo y el informacionismo, tras la apertura a
nuevos actores y problemas.
[31] JMB, Enseñanza
de la com.: la legitimación de una profesión como campo intelectual, p 6.
[32] ¿Qué son las ideologías
y las prácticas profesionales? y ¿a qué se refiere MB con esto de hacer un mapa
de las prácticas y los oficios? En cuanto a lo primero, recogidas de forma
implícitas en los currículums, el autor entiende a las ideologías y las
prácticas profesionales “como el lugar de ósmosis de las imágenes, que sobre su oficio proyectan los profesionales de la
comunicación, con las expectativas de vida y de trabajo que la escuela
moviliza” Y sobre lo segundo, MB, seguro de que lo que hace falta es un mínimo
de investigación sistemática, convencido de que en las escuelas se desconoce
esto, de que no saben exactamente qué es lo está pasando en el campo laboral o
en el mercado ocupacional, a lo que se refiere es: a saber “¿cuáles son en cada
uno de nuestros países las competencias, los tabúes, y las destrezas, que
conforman el bagaje básico del comunicador? ¿Y cuáles son las diferentes
figuras que hegemonizan el campo de comunicación en cada uno de nuestros
países?”. JMB, El oficio del comunicador, p 18.
[33] A propósito de éstas imágenes del comunicador, MB ha encontrado que luego de las primeras imágenes (las del periodista, el publicista y el comunicador crítico-alternativo), en la actualidad en la mayoría de las escuelas, las imágenes que se legitiman, las que se ponen como expectativas, las ideologías profesionales hegemónicas, son cuatro: “La de empleado, cuyo horizonte vital es el de la seguridad y el ascenso social, y cuya expectativa profesional es la de ejecución o administración. La de investigador, que teniendo como ubicación ideal las instituciones académicas, identifica su trabajo primordialmente con el análisis, la crítica y la docencia. La de animador o promotor, cuya ubicación suele encontrarse en las instituciones públicas o en las organizaciones comunales y cuyo horizonte de trabajo es la planificación y la promoción de actividades que alienten la participación comunitaria. La de artista o creador cuyo horizonte promordial es el de la autonomía de su trabajo y que, ya sea en la empresa privada o en la institución pública, lo identifica con el diseño, la experimentación y la producción innovadora”. JMB, Teoría, investigación, producción en la enseñanza de la com., p 75.
[34] JMB, Ibid., p 74.
[35] JMB, Ibid.,
p 75.
[36] Idem.
[37] JMB, Enseñanza
de la com.: la legitimación de una profesión como campo intelectual, p 8.
[38] JMB, en
Martha Velez, Conversación con Jesús Martín Barbero, p 39.
[39] JMB, Teoría,
investigación, producción en la enseñanza de la comunicación, p 71.
[40] JMB, Crisis
en los estudios de comunicación y sentido de una reforma curricular, p 27.
[41] Idem.
[42] JMB, Teoría,
investigación, producción en la enseñanza de la comunicación, p 71.
[43] Ibid., p 72.
[44] Idem.
[45] JMB, Ibid., p 73.
[46] JMB, Crisis
en los estudios de comunicación y sentido de una reforma curricular, p 27.
[47] Idem.
[48] JMB, Teoría,
investigación, producción en la enseñanza de la comunicación, p 74.
[49] JMB, Ibid., p 73.
[50] JMB, Enseñanza
de la com.: la legitimación de una profesión como campo intelectual, p 9.
[51] JMB, Teoría,
investigación, producción en la enseñanza de la comunicación, p 73.
[52] Idem.
[53] Idem.
[54] JMB, Ibid., p 74.
[55] Idem.
[56] JMB, Crisis
en los estudios de comunicación y sentido de una reforma curricular, p 27.
[57] JMB, Ibid., p 28.
[58] JMB, Teoría,
investigación, producción en la enseñanza de la comunicación, p 74.
[59] JMB, Crisis
en los estudios de comunicación y sentido de una reforma curricular, p 28.
[60] Idem.
[61] JMB, Comunicación
y diseño cultural, p 123.
[62] Idem.
[63] JMB, Ibid.,
p 124.
[64] Por falta de
legitimidad intelectual, a lo que MB se refiere es al poco respeto que
socialmente se le tiene al comunicador en cuanto especialista de su campo. Y es
que “los comunicadores en nuestras sociedades, al menos en las latinoamericanas
no tienen legitimidad intelectual ni cultural, salvo algunos periodistas, que
se lo han ganado más por su propio trabajo personal que por el oficio que
ejercen”. JMB, El oficio del comunicador, p 12.
[65] Idem.
[66] JMB, El
oficio del comunicador, p 17.
[67]
“¿Por qué esto?, ¿por qué está ausencia de
peso social, de figura social, de los estudiosos de su campo? En parte, creo
que tiene que ver con esta historia, que de una manera así, medio folklórica,
hemos trazado; en parte tiene que ver con esta ausencia de reconocimiento, que
a su vez tiene que ver con la manera de cómo los medios de comunicación, y por
tanto el trabajo de los comunicadores de los medios, y por fuera de los medios,
plantean como disolución de las demarcaciones culturales”. Porque los comunicadores
y los medios son una amenaza para los propietarios de la alta cultura. Idem.
[68] JMB, Ibid.,
p 21.
[69] El protagonismo siendo un elemento cultivado por la mediática sociedad de la información, en el caso del comunicador además de ser uno de los supuestos atributos del oficio, es quizá uno de las más grandes chantajes. En nombre y en busca de él, lo que los comunicadores terminan haciendo es monopolizar la palabra pública, hasta paradójicamente convertirse ellos mismos en el centro de su mensaje.
[70] Por contradictorio que parezca, hay que aceptar el comunicador intermediario es un tipo de comunicador que vive, que existe, porque socialmente existe una división entre emisores y receptores, entre productores y consumidores. Lo cual señala hasta que punto éste tipo de comunicador es producto de una sociedad desigual, que vive de las divisiones y las diferencias. División social sin la cual éste comunicador no sería necesario. División que este tipo de comunicador por supuesto alienta y estimula.. De ahí entonces que su práctica profesional este encaminada no a borrar las fronteras, sino a ponerlas muy claras, ya que de no hacerlo se quedaría sin oficio. Y es que el comunicador intermediario, “en lugar de luchar contra esas barreras que se alzan continuamente, que se transforman pero que siguen vivas, en lugar de luchar contra las múltiples formas de exclusión, de separación, de humillación, de desvalorización, defiende su oficio”. Es decir, “establece una comunicación que mantenga a cada cual en su posición”, haciendo de paso todo lo posible porque se le necesite. Paradoja enorme! Si realmente acercara a aquellos que están separados, “su oficio estaría de sobra”.
[71] JMB, El
oficio del comunicador, p 25.
[72] Ibid.
[73] JMB, Comunicación,
campo cultural y proyecto mediador, p 13.
[74] Acerca de la forma en que el periodismo cultural relaciona a emisores y receptores, a creadores y consumidores, MB ha preguntado: “¿Cuál es el efecto que produce en la mayoría de la gente el periodismo cultural que tenemos?, ¿es un periodismo que le de realmente a la gente ganas de hacer, que le de gusto, que le de placer o es un periodismo que lo que produce es admiraciones, que lleva a la gente [a exclamar]: ¡que maravilla, como son de geniales los artistas!, cómo son distintos, cómo son admirables? ¿Qué produce en la gente ese periodismo o esa comunicación que tenemos? ¿Produce realmente ganas de usar el arte, ganas de usar, ganas de entrar en las prácticas culturales? ¿Produce aminoramiento de la distancia, produce goce o produce más bien un efecto de reverencia y culto hacia la cultura, el arte?”. JMB, El oficio del comunicador, p 26.
[75] Idem.
[76] Sobre esto,
vale la pena poner un ejemplo de MB: “cuando el periodismo cultural (hay
excepciones, pero estoy hablando del que domina, del que hegemoniza), cuando el
periodismo cultural, se enfrenta a la necesidad de explicar las obras, a la
gente, la inmensa mayoría [de los periodistas] no tiene para nada en cuenta la
diversidad social y cultural de la gente, sino la especificidad del texto
poético, del texto plástico, [más bien] de lo que parte es de la especificidad
del texto poético, del texto plástico, de lo que se parte es de la dificultad
que encierra la obra, no del lugar desde el cual van a leer los diferentes
lectores. De tal manera que en últimas es un discurso del periodismo cultural
profundamente tramposo, hace como que acerca, hace como que facilita, pero sigue siendo un discurso oscuro para que
el lector se sienta fuera, se sienta superado, es decir, sigue manteniendo vivo
el secreto del arte, la distancia, la lejanía del arte, para la mayoría de los
mortales”. Idem.
[77] JMB, Comunicación,
campo cultural y proyecto mediador, p 13-14.
[78] JMB, El oficio del comunicador, p 28.
[79]
A
propósito del comunicador intermediario como el comunicador idóneo dentro de
una sociedad que divide, cabe preguntarse: ¿hasta dónde las escuelas de
comunicación estimulan la formación de este tipo de comunicador?, o “¿en qué
medida seguimos formando un comunicador que está hecho para simular una
comunicación que deja todo igual, que no hace nada contra esa división de la
cual vive, de tal manera que si cumpliera realmente su oficio de comunicador
acercando, rompiendo barreras, luchando contra las exclusiones se quedaría sin
oficio?”. JMB, Ibid., p 26.
[80] JMB, Comunicación,
campo cultural y proyecto mediador, p 14.
[81] Hay que señalar que entre otras cosas, el comunicador mediador es un comunicador “que por exigencias mínimas de honestidad con su oficio, tiene que asumir hoy que los procesos de comunicación no se agotan en el análisis de medios y mensajes, de canales y redundancias, y debe hacer entrar en su análisis y en su práctica la dimensión cultural y los conflictos que ella articula y los espacios en que se constituye: indígenas, populares rurales y urbanos, nacionales y transnacionales”. JMB, Procesos de comunicación y matrices de cultura, p 145.
[82] JMB, Comunicación,
Campo cultural y proycto mediador, p 14.
[83] JMB, El oficio del comunicador, p 29.
[84] JMB, Comunicación,
campo cultural y proyecto mediador, p 14.
[85] JMB, El
oficio del comunicador, p 29.
[86] JMB, Comunicación,
campo cultural y proyecto mediador, p 14.
[87] JMB, Un
periodismo para el debate cultural, p 30.
[88] JMB, Ibid., p 31.
[89] JMB, Comunicación,
campo cultural y proyecto mediador, p 14.
[90] Idem.
[91] JMB, Un
periodismo par el debate cultural, p 32.
[92] JMB, Comunicación,
campo cultural y proyecto mediador, p 15.
[93] Idem.
[94]
En torno a esta propuesta, hay que decir que “quizá la implicación más
importante del pensamiento de Jesús
Martín Barbero respecto a la formación y a la profesión de comunicadores
sociales sea sin duda la reflexión que él asume sobre el paso de la razón
instrumental, que por años dominó a la comunicación, a la concepción de la
comunicación como campo intelectual,
es decir, como lugar estratégico desde el cual pensar y transformar la
sociedad”. Lalinde, Ana María, La legitimación del campo intelectual de la
comunicación: un tema de la agenda para el próximo milenio, en Laverde
Toscano y Reguillo, Mapas nocturnos,
p 126.
[95] JMB, Ibid., p 8.
[96] Idem.
[97] JMB, De la
filosofía a la comunicación, p. 37.
[98] El
comunicador, recordemos, es quién por hacer de los procesos de comunicación
social y construcción simbólica de sentido, su campo de trabajo, es un sujeto
que en cada decisión, en cada elección
pone muchas cosas en juego. En cada tema elegido, en cada personaje, en cada
palabra, en cada imagen, en cada silencio, en cada secuencia, en cada toma, en
cada enfoque, en cada elogio, en cada opinión, en cada crítica, en cada
valoración, exclusión o renuncia, el comunicador pone mucho en juego. De ahí
que las suyas, por involucrar a grandes capaz de la sociedad, sean decisiones cuyo peso implican siempre
una consideración ética, una toma de posición política. Sólo entendiendo esto,
comprenderemos porque para MB “la ética de la comunicación rebasa… el ámbito de
la información periodística para hacerse cargo del papel que juegan los medios
masivos en el crecimiento de la insolidaridad y la intolerancia, en la
tendencia al repliegue sobre lo privado disolviendo el tejido colectivo y
desvalorizando la experiencia social al confundirla con el ámbito de la
inseguridad, el anonimato y la agresividad”. JMB, Desafíos a la ética de la
comunicación, p 57.
[99] Idem.